Blog gratis
Reportar
Editar
¡Crea tu blog!
Compartir
¡Sorpréndeme!
AUTORESESOTERICOS
Blog de masallaesoteric
25 de Noviembre, 2010 · General

JULIO VERNE Y GEORGE WELLES,2 ESTILOS :


JULIO VERNE Y GEORGE WELLES,2 ESTILOS :

JULES VERNES Y H.G.WELLS-WELLES SEGUN WIKIPEDIA-WELLS,MAS DATOS-LA GUERRA Y LA FILOSOFIA DE WELLS -WELLS PADRE DE LA CIENCIA FICCION-WELLS DESCRIBE SU UTOPIA-H.G.WELLS,SU TIEMPO Y SU OBRA-3 CUENTOS DE WELLS (ABISMO,RAZA ATERRADORA Y HACEDOR DE MILAGROS)-VERNE SEGUN LA WIKIPEDIA-MAS SOBRE VERNE-JULIO VERNE SOÑO CON INTERNET-JACK EL DESTRIPADOR Y JULIO VERNE ?-JACK Y JULIO,MAS  INDICIOS-UN COMENTARIO DE UN FORO SOBRE JACK-EL FUTURO 2889,SEGUN VERNE (CUENTO) 

Dentro de toda esta literatura que constituiría algo así como la edad de piedra de lo que consideramos que es la ciencia-ficción, aparece en Francia una primera excepción digna de ser reseñada con todas las matizaciones que sean precisas. Esta excepción se llama Jules Verne.

Nacido en Nantes en 1828 y muerto en los primeros años de nuestro siglo (1905), Verne obtuvo a los 36 años de edad y con la publicación de Cinco semanas en globo un éxito que compensó ampliamente sus anteriores fracasos como autor teatral. A partir de entonces se consagra a la novela de aventuras convirtiéndose en uno de los escritores más populares de su época. Novelas como Viaje al centro de la tierra, Veinte míl leguas de viaje submarino o La isla misteriosa se reeditan hoy en todo el mundo, habiendo alcanzado también un gran éxito sus versiones cinematográficas. Además Jules Verne, que durante tiempo fue considerado un escritor para niños, ha calado en los últimos años en un tipo de lector maduro que ha sabido encontrar en el alto valor simbólico de sus personajes un reflejo de sus propias fantasías.

El término ciencia-ficción, traducción del Science-fiction bajo el que circula este género en el mundo anglosajón, no comenzó a usarse hasta el año 1927. Y no conviene aplicarlo todavía a la narrativa de Verne por cuanto Verne no escribió cíencia-ficcíon, sino novela científica.

Con este término designaremos a aquella clase de narrativa en cuya trama argumental, y como elemento esencial de la misma, aparezcan descubrimientos científicos, imaginarios o reales, en torno a los cuales gire la acción de la novela. En Verne se dan estas condiciones y, si bien los adelantos científicos que muestra aparecen en su época como posibles, la crítica que de él se hace desde el mundo de la ciencia-ficción es que no profundiza bastante en la problemática social que generarían tales adelantos.

Que Verne sea o no un precursor de la ciencia-ficción es algo que se ha discutido con frecuencia. Desde nuestro punto de vista, no hay ninguna duda de que es así, y no sólo por el hecho de que en sus novelas combina sabiamente las aventuras con elementos científicos imaginarios, sino también porque en su obra se dan de forma más o menos explícita reflexiones que atañen al porvenir de la ciencia y del hombre en un mundo dominado por ella.

Tras esta primera excepción de novela científica de calidad, aparece de nuevo en Europa (en Inglaterra esta vez) un segundo foco de irradiación en la figura del escritor Herbert George Wells (1866-1946), cronológicamente posterior a Jules Verne.

La formación de este escritor, de cuya biografía nos ocuparemos más extensamente en el apéndice de esta obra, eminentemente científica. Había estudiado ciencias tales (con Huxley) en la universidad de Londres y llegó a publicar un manual de biología.

No hay duda de que esta base científica influyó notablemente en su actividad como escritor de anticipación, Sus novelas La máquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos obtuvieron pronto un éxito notable, siendo inevitablemente comparadas con las de Verne no ya por la asociación temática, sino sobre todo por la minuciosa elaboración y el cuidado formal común en la obra de ambos escritores.

Pero es preciso hacer notar que Wells, aparte de poseer bagaje científico considerable, es un autor muy politizado, que observa con cierta distancia crítica los adelantos de sociedad industrial. La combinación de ambas tendencias darán lugar a un tipo de escritura más «realista» que la de Verne y en la que subyace siempre un cierto pesimismo sobre  el futuro de la humanidad. Este pesimismo habría de aumentar con el inicio de la segunda guerra mundial, marcado por los primeros descubrimientos de la era atómica.

La discusión sobre si Wells es un precursor o no de la novela de ciencia-ficción se ha desarrollado en semejantes términos a la sostenida a propósito de Verne. Desde nuestro punto de vista no hay ninguna duda de que se trata de un escritor de novela científica de anticipación, y en ese sentido, aunque también por las connotaciones ideológicas presentes en su obra, nos parece el inmediato precursor del género que en esta introducción analizamos. 


WELLES SEGUN WIKIPEDIA :

Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent, Inglaterra — 13 de agosto de 1946 en Londres), fue un escritor inglés, notable novelista y filósofo británico, famoso por sus novelas de ciencia ficción, de la que es considerado, junto a Julio Verne, uno de sus precursores.

Tabla de contenidos

1 Biografía 
2 Convicciones 
3 Obra 
4 Bibliografía 
5 Premios 
6 Véase también 
 

Biografía

Desempeñó varios oficios (aprendiz, contable, tutor y periodista) hasta 1884, antes de obtener una beca para estudiar Ciencias Naturales en el Royal College of Science de Londres. Después enseñó en el University Correspondence College de Cambridge. Su relación con Rebecca West, que duró diez años, dio por fruto un hijo, Anthony West, nacido en 1914.

Al contraer tuberculosis abandonó todo para dedicarse a escribir, llegando a completar más de cien obras. Se le considera uno de los precursores de la ciencia-ficción y sus primeras obras tuvieron ya por tema la fantasía científica, descripciones proféticas de los triunfos de la tecnología y comentarios sobre los horrores de las guerras del siglo XX: “The Time Machine” (La máquina del tiempo) (1895), su primera novela, de éxito inmediato, en la que se entrelazaban la ciencia, la aventura y la política; “The Invisible Man” (El hombre invisible) (1897); “The War of the Worlds” (La guerra de los mundos) (1898); y “The First Men in the Moon” (1901). Muchas de ellas dieron origen a varias películas.

A la vez se interesó por la realidad sociológica del momento, especialmente por la de las clases medias, defendiendo los derechos de los marginados y luchando contra la hipocresía imperante, que dibujó con cariño, compasión y sentido del humor en novelas como “Love and Mr. Lewisham” (1900), “Kipps, the Story of a Simple Soul” (1905) y “Mr. Polly” (1910), novela de extenso retrato de los personajes en la que, como en “Kipps”, describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones sociales de sus protagonistas.

La gran mayoría de sus restantes libros pueden clasificarse como novelas sociales. Entre ellas se encuentran “Ann Veronica” (1909), en la que defiende los derechos de las mujeres, “Tono Bungay” (1909), un ataque al capitalismo irresponsable, y “Mr. Britling va hasta el fondo” (1916), que describe la reacción del inglés medio ante la guerra.

Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), redactó la historia de la humanidad en tres partes, “Outline of History” (1920), en la que colaboró Julian Huxley.

A lo largo de toda su vida Wells se preocupó, y dejó amplia constancia de ello, de la supervivencia de la sociedad contemporánea. Durante un breve periodo de tiempo fue miembro de la Sociedad Fabiana. Aunque creyó firmemente en la utopía según la cual las vastas y terroríficas fuerzas materiales puestas a disposición del ser humano podían ser controladas por la razón y utilizadas para el progreso y la igualdad entre los habitantes del mundo, poco a poco fue volviéndose más pesimista y cesó su pertenencia a dicha sociedad. Así dedicó su obra “42 to 44” (1944) a la crítica de muchos de los líderes mundiales del tiempo. Por otro lado, en “El destino del homo sapiens” (1945) expresaba las dudas acerca de la posibilidad de supervivencia de la raza humana. Escribió asimismo “Experimento en Autobiografía” (1934) antes de su muerte acaecida el 13 de agosto de 1946, en Londres. 
 

Convicciones

H.G. Wells fue toda su vida un izquierdista convencido. De hecho, su primera novela, La máquina del tiempo (1895), trataba fundamentalmente la lucha de clases. Los hermosos Eloi eran descendiente de los antiguos capitalistas, y los Morlocks de los proletarios, enterrados junto con las máquinas y la industria y que, en la novela, acaban por dominar a sus antiguos opresores.

Convencido de la necesidad de un sistema social más justo, se uniría al Fabian Club, cuyo objetivo era instaurar el socialismo de forma pacífica, si bien diferencias con ciertos miembros (por ejemplo Bernard Shaw) acabaron por distanciarlo del grupo.

Wells criticó también la hipocresía y la rigidez de la época victoriana, así como el imperialismo británico y en su novela Ana Verónica (1909) se adelanta a lo que serían los movimientos de liberación femeninos.

Wells estaba convencido de que la especie humana podría ser mejorada gracias a la ciencia y a la educación. Sin embargo, no cayó en la ingenuidad de muchos de sus contemporáneos y fue uno de los primeros pensadores que advirtió del peligro de confiar ciegamente en las máquinas. Siempre postuló que era el hombre quien debería dominar a las máquinas, y no al revés.

Durante la última época de su vida, Wells asumió la tarea de defender en escritos y conferencias todo aquello que considerara positivo para el progreso, así como en criticar los grandes conflictos bélicos que asolaron Europa. 
 

Obra

Toda la obra de H.G. Wells está influenciada por sus profundas convicciones. En La máquina del tiempo (1895) abordó el tema de la lucha de clases, en La isla del doctor Moreau (1896) y en El hombre invisible (1897) los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar de forma ética más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos, en La guerra de los mundos (1898) la crítica de los usos y costumbres de la época victoriana y las prácticas imperialistas británicas... Esto en lo que respecta a sus primeras novelas, que lo han convertido en uno de los más grandes escritores de ciencia ficción.

A partir de 1900 comenzó a escribir novelas que describían la vida de las gentes humildes, entre las que se encuentra Ana Verónica (1909), en la que aborda el tema de la liberación de la mujer.

Además de sus novelas, escribió ensayos de carácter enciclopédico como "El perfil de la historia" (1919) o "La conspiración abierta" (1922) y, si bien jamás desistió en su intento de crear un mundo más justo y solidario, sus últimos escritos "El destino del homo sapiens" (1939) y "La mente a la orilla del abismo" (1945) están marcados por un pesimismo fruto de contemplar una humanidad que, por ambición y odio, se destruye a si misma.

El estilo literario de Wells, sin embargo, no está a la altura de los temas que trata, de manera que su fama como escritor se debe exclusivamente a estos últimos. Según él lo que cuenta es lo que se escribe, no cómo se escribe. Como él mismo dijo:

«Yo hago honradamente lo que puedo por evitar repeticiones en mi prosa y cosas así pero, quitando un pasaje de altura, no veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje sin más.» 
Fue también el autor de Esquema de la Historia Universal-Historia sencilla de la vida y de la humanidad ,obra dividida en 3 partes que narra toda la historia universal desde los egipcios hasta la caída de la Alemania Nazi .

En 1997 fue incluido en el Salón de la Fama de la ciencia ficción con carácter póstumo en reconocimiento a su obra pionera en el género. Igualmente se ha reconocido su influencia en muchos otros eventos, como en el hecho de que aparezca reseñado en la encuesta Locus de 1997 como uno de los mejores autores de ciencia ficción de todos los tiempos, y sus obras La máquina del tiempo y La guerra de los mundos obtuvieran también esa distinción en la encuesta realizada en 1998, todo un siglo después de al publicación de la segunda de estas obras.

A continuación se muestra una lista que enumera toda su obra (las obras marcadas con * se encuentran disponibles en el sitio web del Proyecto Gutenberg):

The Chronic Argonauts (1888) 
Textbook of Biology (1893) (revisado en 1898 como Textbook of Zoology) 
Honours Physiography, co-escrito con R. A. Gregory, (1893) 
Select Conversations with an Uncle (now extinct) (1895) 
The Time Machine: An Invention— La máquina del tiempo (1895)* 
The Wonderful Visit (1895) 
The Stolen Bacillus and Other Incidents (1895)* 
The Argonauts of the Air (1895) 
Under the Knife (1896) 
In the Abyss (1896) 
The Island of Doctor Moreau—La isla del doctor Moreau (1896)* 
The Red Room (1896)* 
The Wheels of Chance: A Bicycling Idyll (1896)* 
The Sea Raiders (1896) 
The Crystal Egg (1897) 
The Star (1897) 
A Story of the Stone Age (1897) 
The Plattner Story, and Others (1897) 
The Invisible Man: A Grotesque Romance— El hombre invisible (1897)* 
Certain Personal Matters: A Collection of Material, Mainly Autobiographical (1898) 
The War of the Worlds— La guerra de los mundos (1898)* 
The Man Who Could Work Miracles (1898) 
When the Sleeper Wakes (1899) (revisado más adelante como The Sleeper Awakes, 1910)* 
Tales of Space and Time (1899)

A Story of the Days To Come (1899) 
Love and Mr Lewisham: The Story of a Very Young Couple (1900)* 
The First Men in the Moon (1901)* 
Filmer (1901) 
The New Accelerator (1901) 
Anticipations of the Reaction of Mechanical and Scientific Progress upon Human Life and Thought (1902) 
The Discovery of the Future (1902) 
The Sea Lady: A Tissue of Moonshine (1902) 
Mankind in the Making (1903)* 
The Magic Shop (1903)* 
Twelve Stories and a Dream (1903) 
The Truth About Pyecraft (1903) 
The Food of the Gods and How It Came to Earth (1904)* 
The Land Ironclads (1904) 
Kipps: The Story of a Simple Soul (1905) 
A Modern Utopia (1905)* 
The Empire of the Ants (1905) 
In the Days of the Comet (1906)* 
The Future in America: A Search After Realities (1906) 
Faults of the Fabian (1906) 
Socialism and the Family (1906) 
Reconstruction of the Fabian Society (1906) 
This Misery of Boots (1907), reimpresa de la revisión independiente, Dic. 1905. 
Will Socialism Destroy the Home? (papel, escrito en 1907) 
New Worlds for Old (1908) 
The War in the Air (1908)*

First and Last Things: A Confession of Faith and Rule of Life (1908)* 
The Valley of Spiders (1909) 
Ann Veronica (1909)* 
Tono-Bungay (1909)* 
The History of Mr. Polly (1910)* 
The Sleeper Awakes (1910)* - Edición revisada de When the Sleeper Wakes 1899 
The Late Mr Elvesham (1911) 
The New Machiavelli (1911)* 
The Country of the Blind and Other Stories (1911)* 
The Door in the Wall and Other Stories (1911) 
Floor Games (1911)* 
The Great State: Essays in Construction (título en los EEUU: Socialism and the Great State: Essays in Construction) (corregida por Wells, G. R. S. Taylor y Lady Warwick (1912) 
The Labour Unrest (1912) 
Marriage (1912) 
War and Common Sense (1913) 
Liberalism and Its Party: What Are the Liberals to Do? (1913) 
Little Wars: A Game for Boys from Twelve Years of Age to One Hundred and Fifty and for that More Intelligent Sort of Girls who Like Boys' Games and Books (1913) 
The Passionate Friends: A Novel (1913) 
An Englishman Looks at the World: Being A Series of Unrestrained Remarks upon Contemporary Matters (título en los EEUU: Social Forces in England and America) (1914) 
The World Set Free: A Story of Mankind (1914) 
The Wife of Sir Isaac Harman (1914) 
The War That Will End War (1914) 
The Peace of the World (1915) 
Boon, The Mind of the Race, The Wild Asses of the Devil, and The Last Trump: Being a First Selection from the Literary Remains of George Boon, Appropriate to the Times (la primera edición fue publicada pseudoanónimante bajo el nombre de 'Reginald Bliss') (1915) 
Bealby: A Holiday (1915) 
Tidstänkar (1915) 
The Research Magnificent (1915) 
What is Coming? A Forecast of Things After the War (1916) 
Mr. Britling Sees It Through (1916) 
The Elements of Reconstruction: A Series of Articles Contributed in July and August 1916 to The Times (la primera edición fue publicada pseudoanónimante bajo las iniciales 'D. P.') (1916) 
God the Invisible King (1917)* 
War and the Future: Italy, France and Britain at War (edición en los EEUU publicada como Italy, France and Britain at War) (1917)*

The Soul of a Bishop (1917)* 
A Reasonable Man's Peace (1917) 
Joan and Peter: The Story of an Education (1918) 
In the Fourth Year: Anticipations of a World Peace (1918) 
The Undying Fire: A Contemporary Novel (1919) 
The Idea of a League of Nations (con el vizconde Edward Grey, Lionel Curtis, William Archer, H. Wickham Steed, A. E. Zimmern, J. A. Spender, Viscount Bryce y Gilbert Murray) (1919) 
The Way to a League of Nations (con el vizconde Edward Grey, Lionel Curtis, William Archer, H. Wickham Steed, A. E. Zimmern, J. A. Spender, Viscount Bryce y Gilbert Murray) (1919) 
History is One (1919) 
The Outline of History: Being a Plain History of Life and Mankind, I, II (1920, 1931, 1940; revisiones póstumas de Raymond Postgate 1949, 1956, 1961, 1971) 
Russia in the Shadows (1920) 
The Salvaging of Civilization (1921)

The New Teaching of History. With a Reply to Some Criticisms of 'The Outline of History' (1921) 
Washington and the Hope of Peace (título en los EEUU: Washington and the Riddle of Peace) (1922) 
What H.G. Wells Thinks about ‘The Mind in the Making’ (1922) 
University of London Election: An Electoral Letter (1922) 
The World, its Debts and the Rich Men (1922) 
A Short History of the World (1922, 1931, 1938, 1945; con varias revisiones póstumas de G. P. Wells y Raymond Postgate) 
 The Secret Places of the Heart (1922)* 
Men Like Gods: A Novel (1923) 
Socialism and the Scientific Motive (1923) 
To the Electors of London University, University General Election, 1923, from H.G. Wells, B.Sc., London (1923) 
The Labour Ideal of Education (1923) 
A Walk Along the Thames Embankment (1923) 
The Story of a Great School Master (1924) 
The Dream: A Novel (1924) 
The P.R. Parliament (1924) 
A Year of Prophesying (1924) 
Christina Alberta's Father (1925) 
A Forecast of the World’s Affairs (1925) 
The World of William Clissold: A Novel at a New Angle, I, II, III (1926) 
Mr. Belloc Objects to the 'Outline of History' (1926) 
Democracy Under Revision (1927) 
Playing at Peace (1927) 
Meanwhile: The Picture of a Lady (1927) 
The Stolen Body (1927) 
A Dream of Armageddon (1927)

The Short Stories of H. G. Wells (1927) (retitulado más adelante como The Complete Short Stories of H. G. Wells y puestas al día posteriormente en 1998) - incluyen A Vision of Judgment 
The Way the World is Going: Guesses & Forecasts of the Years Ahead (1928) 
The Open Conspiracy: Blue Prints for a World Revolution (1928, 1930 [subtitulado A Second Version of This Faith of a Modern Man Made More Explicit and Plain], 1933 [sin subtítulo], también publicado bajo el título What are We to do With our Lives? [1931]) 
Mr. Blettsworthy on Rampole Island: Being the Story of a Gentleman of Culture and Refinement who suffered Shipwreck and saw no Human Beings other than Cruel and Savage Cannibals for several years. How he beheld Megatheria alive and made some notes of their Habits. How he became a Sacred Lunatic. How he did at last escape in a Strange Manner from the Horror and Barbarities of Rampole Island in time to fight in the Great War, and how afterwards he came near returning to that Island for ever. With much Amusing and Edifying Matter concerning Manners, Customs, Beliefs, Warfare, Crime, and a Storm at Sea. Concluding with some Reflections upon Life in General and upon these Present Times in Particular (1928) 
The Book of Catherine Wells (1928) (editado por Wells) 
The King Who Was A King: The Book of a Film (subtitulado en los EEUU como An Unconventional Novel) (1929)

Common Sense of World Peace (1929) 
The Adventures of Tommy (1929) 
Imperialism and The Open Conspiracy (1929) 
The Autocracy of Mr. Parham: His Remarkable Adventures in this Changing World (1930) 
The Science of Life: A Summary of Contemporary Knowledge about Life and its Possibilities, I, II, III (con Julian S. Huxley y G. P. Wells) (1930) (reeditado posteriormente en nueve volúmenes, 1934-1937, bajo el título general The 'Science of Life' Series) 
The Way to World Peace (1930) 
The Problem of the Troublesome Collaborator: An Account of Certain Difficulties in an Attempt to Produce a Work in Collaboration and of the Intervention of the Society of Authors Therein (1930) 
Settlement of the Trouble between Mr. Thring and Mr. Wells: A Footnote to the Problem of the Troublesome Collaborator (1930)
What Are We To Do With Our Lives? (revisión de The Open Conspiracy) (1931) 
The Work, Wealth and Happiness of Mankind (EEUU 1931; primera edición británica 1932) 
After Democracy: Addresses and Papers on the Present World Situation (1932) 
The Bulpington of Blup: Adventures, Poses, Stresses, Conflicts, and Disaster in a Contemporary Brain (1932)

What Should be Done Now? (1932) 
The Shape of Things to Come: The Ultimate Revolution (1933) 
Experiment in Autobiography: Discoveries and Conclusions of a Very Ordinary Brain (since 1866), I, II (1934) (un tercer volumen, titulado H. G. Wells in Love, fue publicado póstumamente en 1984) 
Stalin-Wells Talk: The Verbatim Record and a Discussion (con Josef Stalin, George Bernard Shaw, J. M. Keynes, Ernst Toller y Dora Russell (1934) 
The New America: The New World (1935) 
Things to Come: A Film Story (1935) 
The Anatomy of Frustration: A Modern Synthesis (1936) 
The Croquet Player (1936) 
The Idea of a World Encyclopaedia (1936) 
The Man Who Could Work Miracles: A Film (1936) 
Star Begotten: A Biological Fantasia (título en los EEUU, Star-Begotten) (1937) 
Brynhild, or the Show of Things (1937) 
The Camford Visitation (1937) 
The Informative Content of Education (1937) 
The Brothers: A Story (1938) 
World Brain (1938) 
Apropos of Dolores (1938) 
The Holy Terror (1939)

Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water (1939) 
The Fate of Homo Sapiens: An unemotional Statement of the Things that are happening to him now, and of the immediate Possibilities confronting him (título en los EEUU, The Fate of Man) (1939) 
The New World Order: Whether it is attainable, how it can be attained, and what soert of world a world at peace will have to be (1939) 
The Rights of Man, Or What Are We Fighting For? (1940) 
Babes in the Darkling Wood (1940) 
The Common Sense of War and Peace: World Revolution of War Unending (1940) 
All Aboard for Ararat (1940) 
Guide to the New World: A Handbook of Constructive World Revolution (1941) 
You Can't Be Too Careful (1941) 
The Outlook for Homo Sapiens: An unemotional Statement of the Things that are happening to him now, and of the immediate Possibilities confrontinmg him (1942) (amalgama de The Fate of Homo Sapiens y The New World Order)

Science and the World-Mind (1942) 
Phoenix: A Summary of the Inescapable Conditions of World Reorganization (1942) 
A Thesis on the Quality of Illusion in the Continuity of Individual Life of the Higher Metazoa, with Particular Reference to the Species Homo Sapiens (1942) 
The Conquest of Time (1942) 
The New Rights of Man: Text of Letter to Wells from Soviet Writer, Who Pictures the Ordeal and Rescue of Humanistic Civilization - H. G. Wells' Reply and Program for Liberated Humanity (con Lev Uspensky) (1942) 
Crux Ansata: An Indictment of the Roman Catholic Church (1943) 
The Mosley Outrage (1943) 
The Rights of Man: An Essay in Collective Definition (editado anónimamente por Wells) (1943) 
'42 to '44: A Contemporary Memoir upon Human Behaviour during the Crisis of the World Revolution (1944)

The Illusion of Personality (1944) 
The Happy Turning: A Dream of Life (1945) 
Mind at the End of Its Tether (1945) 
The Desert Daisy (publicación póstuma de un trabajo escrito entre 1878-1880) (1957) 
The Wealth of Mr Waddy (publicación póstuma de un trabajo escrito entre 1898-1905, que Wells revisó y publicó como Kipps, editado por Harris Wilson) (1969) 
H. G. Wells in Love (tercer volumen póstumo de su autobiografía, editado por G. P. Wells) (1984) 
The Betterave Papers and Aesop's Quinine for Delphi, editado por John Hammond

Bibliografía

H. G. Wells, La historia de Plattner y otras narraciones. Traducción de Rafael santervás. Colección: El Club Diógenes / CD-248. Valdemar: Madrid, 2007. ISBN 978-84-7702-572-6. Incluye: el mismo contenido de la colección Avatares ya publicada 
—, La máquina del tiempo y otros relatos. Traducción de Rafael Santervás. Colección: El Club Diógenes / CD-247. Valdemar: Madrid, 2007. ISBN 978-84-7702-571-9. Incluye: el mismo contenido de la colección Avatares ya publicada 
—, Los ojos de Davidson; Prólogo Alberto Manguel; Traducción José Luis López Muñoz, Premio Nacional de traducción 1980. Ediciones Atalanta: Girona, 2006. ISBN 84-935313-0-8. Incluye: 
Los ojos de Davidson 
Bajo el bisturí 
El astro 
El huevo de cristal 
El país de los ciegos (incluye conclusión original de 1904 y final revisado de 1939) 
—, La guerra de los mundos, Editorial Edaf: Madrid, 2005. ISBN 84-414-1640-0 
—, El país de los ciegos, Acantilado: Barcelona, 2004. ISBN 84-96136-90-6 
—, La puerta en el muro, Acantilado: Barcelona, 2003. ISBN 84-96136-42-6 
—, La isla del Dr. Moreau, Editorial Anaya: Madrid, 2003. ISBN 84-667-2478-8 
—, El nuevo Fausto y otras narraciones. Traducción de Rafael Santervás. Colección: Avatares / AV-055. Valdemar: Madrid, 2002. ISBN 84-7702-417-0. Incluye: 
La nariz 
Un perfecto caballero sobre ruedas 
La esencia de Wayde 
La extraña historia del periódico de Brownlow 
Walcote 
El devoto del arte 
Un artista incomprendido 
El marido terrible 
El tesoro del rajá 
La presencia junto al fuego 
El dopplegänger del señor Marshall 
La cosa del nº 7 
La huella del pulgar 
Una fuga familiar 
Nuestro vecinito 
La lealtad de Esau Common 
Los asnos silvestres del diablo 
Respuesta a la oración 
El nuevo fausto 
La reconciliación 
Mi primera avioneta 
Mamita en la cima del Mörderberg

La historia del último trompetazo 
La raza abominable 
—, La máquina del tiempo y otras relatos. La historia de Plattner y otras narraciones. Traducción de Rafael Santervás. Colección: Avatares / AV-043. Valdemar: Madrid, 2001 [2ª edición 2002]. ISBN 84-7702-345-X. Incluye: 
La máquina del tiempo y otros relatos: 
La máquina del tiempo 
El imperio de las hormigas 
Una visión del juicio final 
Los acorazados terrestres 
El traje maravilloso 
La puerta en el muro 
La perla del amor 
El país de los ciegos 
La historia de Plattner y otras narraciones: 
La historia de Plattner 
Los argonautas del aire 
La historia del difunto señor Elvesham 
En el abismo 
La manzana 
Bajo el bisturí 
Los invasores marinos 
Pollock y el hechicero Porroh 
La habitación roja 
El cono 
El píleo rojo 
Las calabazas de Jane 
Al estilo de hoy: una historia de amor antipática 
Una catástrofe 
La herencia perdida 
La triste historia de un crítico dramático 
Una muestra en el microscopio 
—, El hombre invisible, Editorial Anaya: Madrid, 2001. ISBN 84-667-0604-6 
—, El bacilo robado y otros incidentes. Traducción de Rafael Santervás. Colección: Avatares / AV-038. Valdemar: Madrid, 2000. ISBN 84-7702-306-9. Incluye: 
El bacilo robado y otros incidentes: 
El bacilo robado 
La floración de la extraña orquídea 
En el observatorio astronómico de Avu 
Los triunfos de un taxidermista 
Un negocio de avestruces 
Por la ventana 
La tentación de Harringay 
El hombre que volaba 
El fabricante de diamantes 
La isla de Ípiornis 
El extraordinario caso de los ojos de Davidson 
El dios de las dinamos 
El robo en el parque Hammerpond 
La polilla 
El tesoro en el bosque 
Cuentos del espacio y del tiempo: 
El huevo de cristal 
La estrella

Una historia de la edad de piedra 
Una historia de tiempos futuros 
El hombre que podía hacer milagros 
—, Doce historias y un sueño. Traducción de Agustín Izquierdo, Rafael Díaz, Javier Sánchez. Colección: El Club Diógenes / CD-035. Valdemar: Madrid, 1995 [2ª edición 2001]. ISBN 84-7702-145-7. Incluye: 
Filmer 
La tienda mágica 
La verdad sobre Pyecraft 
El valle de las arañas 
Mr. Skelmersdale en el país de las hadas 
El fantasma inexperto 
Jimmy Goggles, el dios 
El nuevo acelerador 
Las vacaciones de Mr. Ledbetter 
El cuerpo robado 
El tesoro de Mr. Brisher 
El corazón de Mss. Winchelsea 
El sueño de Armageddon

Premios

1997: Incluido en el Salón de la Fama de la ciencia ficción 
1998: Encuesta Locus, 17ª mejor novel anterior a 1990 por La máquina del tiempo 
1998: Encuesta Locus, 28ª mejor novel anterior a 1990 por La guerra de los mundos 
1999: Encuesta Locus, 2ª mejor novela corta de todos los tiempos por La máquina del tiempo 



WELLS,MAS DATOS :

Herbert George Wells

(Bromley, 1866 - Londres, 1946) Narrador y filósofo político de nacionalidad inglesa. Escritor moderno, de gran capacidad creadora y originalidad temática, H.G. Wells se encuentra en la línea de novelistas que exponen una visión realista de la vida y mantienen una enérgica creencia en la capacidad del hombre para servirse de la técnica como medio para mejorar las condiciones de vida de la humanidad.

Un accidente infantil por el que se rompió la tibia y su larga convalecencia lo obligaron a permanecer durante meses en reposo. Con ocho años de edad, esta impuesta quietud propició el descubrimiento de la lectura y en particular, guiado por su padre, de autores como C. Dickens o W. Irving. En su juventud, Wells estudió biología en la Normal School of Science de Londres, y alejado del humanismo clásico, se situó en una posición más cercana a las ciencias, que le proporcionó buena parte de la energía creadora que nutrió su trayectoria como novelista.

Su producción podría dividirse en tres etapas: la de novela científica, la familiar y la sociológica. La novela científica comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió pronto en un género popular, y las escritas por Wells son obras maestras del género gracias a su interés científico, así como a sus sólidas estructuras estilísticas y a su prodigio imaginativo. Basta como ejemplo la primera de ellas, La máquina del tiempo (1895), en la que el inventor de la máquina puede viajar hacia el pasado o el futuro con un sencillo movimiento de palanca.

El protagonista viaja al año 802701 y contempla un panorama patético, consecuencia de la doctrina evolucionista, en un mundo habitado por dos especies humanoides: los eloi, vegetarianos ociosos, apacibles y simpáticos, desprovistos de inteligencia, y los desalmados y terribles morlocks, habitantes del subsuelo y herederos de las clases sojuzgadas, que de vez en cuando suben a la superficie para devorar a los eloi.

A ésta le siguieron La visita maravillosa (1895) y El hombre invisible (1897). Muchos de los inventos y procedimientos científicos que marcaron el siglo XX fueron imaginados por Wells a finales del XIX, tales como la bomba atómica, y aparecen en novelas como La isla del Dr Moreau (1896), El primer hombre en la luna (1901), Manjar de dioses (1904) o La guerra en el aire (1908).

Kipps (1908) fue su primera novela familiar, a la que le siguió Tono-Bungay (1909), una notable sátira sobre la sociedad inglesa de finales del siglo XIX y la aparición de los nuevos ricos". A ésta le siguieron Ann Verónica (1909), The History of Mr. Polly (1910) y Matrimonio (1912). La novela sociológica o didáctica de Wells es la que comprende más títulos, de los que se destacan El nuevo Maquiavelo (1911) y El mundo liberado (1914), en la que describe una guerra europea realizada con bombas atómicas y radioactividad.

El autor publicó más de ochenta títulos en los que siguió la tradición de J. Bunyan y D. Defoe al margen de la influencia que los autores franceses y rusos ejercían sobre novelistas contemporáneos suyos como H. James, G. Moore y J. Conrad.

Herbert George Wells, también conocido como H.G.Wells (n. 21 de septiembre 1866 en Bromley, Kent, Inglaterra, † 13 de agosto 1946 en Londres), fue un escritor inglés, notable novelista y filósofo británico, famoso por sus novelas de ciencia ficción, de la que es considerado, junto a Julio Verne, uno de sus precursores.Desempeñó varios oficios (aprendiz, contable, tutor y periodista) hasta 1895, antes de obtener una beca para estudiar Ciencias Naturales en el Royal College of Science de Londres. Después enseñó en el University Correspondence College de Cambridge. Su relación con Rebecca West, que duró diez años, dio por fruto un hijo, Anthony West, nacido en 1914.

Al contraer tuberculosis abandonó todo para dedicarse a escribir, llegando a completar más de cien obras. Se le considera uno de los precursores de la ciencia-ficción y sus primeras obras tuvieron ya por tema la fantasía científica, descripciones proféticas de los triunfos de la tecnología y comentarios sobre los horrores de las guerras del siglo XX: `The Time Machine` (La máquina del tiempo) (1895), su primera novela, de éxito inmediato, en la que se entrelazaban la ciencia, la aventura y la política, `The Invisible Man` (El hombre invisible) (1897), `The War of the Worlds` (La guerra de los mundos) (1898), y `The First Men in the Moon` (1901). Muchas de ellas dieron origen a varias películas.

A la vez se interesó por la realidad sociológica del momento, especialmente por la de las clases medias, defendiendo los derechos de los marginados y luchando contra la hipocresía imperante, que dibujó con cariño, compasión y sentido del humor en novelas como `Love and Mr. Lewisham` (1900), `Kipps, the Story of a Simple Soul` (1905) y `Mr. Polly` (1910), novela de extenso retrato de los personajes en la que, como en `Kipps`, describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones sociales de sus protagonistas.

La gran mayoría de sus restantes libros pueden clasificarse como novelas sociales. Entre ellas se encuentran `Ann Veronica` (1909), en la que defiende los derechos de las mujeres, `Tono Bungay` (1909), un ataque al capitalismo irresponsable, y `Mr. Britling va hasta el fondo` (1916), que describe la reacción del inglés medio ante la guerra.

Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), redactó la historia de la humanidad en tres partes, `Outline of History` (1920), en la que colaboró Julian Huxley.

A lo largo de toda su vida Wells se preocupó, y dejó amplia constancia de ello, de la pervivencia de la sociedad contemporánea. Durante un breve periodo de tiempo fue miembro de la Sociedad Fabiana. Aunque creyó firmemente en la utopía según la cual las vastas y terroríficas fuerzas materiales puestas a disposición del ser humano podían ser controladas por la razón y utilizadas para el progreso y la igualdad entre los habitantes del mundo, poco a poco fue volviéndose más pesimista y cesó su pertenencia a dicha sociedad. Así dedicó su obra `42 to 44` (1944) a la crítica de muchos de los líderes mundiales del tiempo. Por otro lado, en `El destino del homo sapiens` (1945) expresaba las dudas acerca de la posibilidad de supervivencia de la raza humana. Escribió asimismo `Experimento en Autobiografía` (1934) antes de su muerte acaecida el 13 de agosto de 1946, en Londres. 



LA GUERRA Y LA FILOSOFIA DE WELLS :

La película La guerra de los mundos, protagonizada por Tom Cruise, se anunció en semanas pasadas como una nueva versión de la transmisión radiofónica que, en 1938 y dirigida por Orson Welles, produjo un pánico masivo en Londres. Si el filme tiene el éxito esperado, se mencionará, ojalá, que Orson Welles se basó en la novela de su casi tocayo Herbert George (H.G.) Wells, publicada en 1898. Es decir, The War of the Worlds tiene buenas posibilidades de transformarse en "libro para la película".

Al lado de Jules Verne, Wells figura en la historia literaria mundial como uno de los padres de la ciencia ficción moderna. La diferencia entre las obras del francés y del inglés, que es abismal, se ilustra fácilmente con sus datos de vida. Verne: 1828-1905; Wells: 1866-1946. Wells vive conscientemente dos guerras mundiales, vive lo peor del siglo XX. Verne vivió otras, muchas, guerras, la franco-prusiana entre ellas, pero su visión de un futuro tecnificado y maquinizado todavía es ingenua, las consecuencias desastrosas de la maquinaria bélica sólo se vislumbran y, para un lector moderno, no dejan de ser infantiles: Verne juega con el Apocalipsis hecho por humanos, no cree realmente en su realización. Wells practica el Apocalipsis y da a la ciencia ficción una dimensión eminentemente política, la transforma en filosofía de la historia ficcionalizada. 
  
 

Dietmar Dath, en un artículo publicado recientemente en la prestigiosa Frankfurter Allgemeine Zeitung, apostrofó a Wells como "imperialista de la razón". Durante los últimos años del siglo XIX, cuando escribía La guerra de los mundos, Wells no dejó dudas acerca de sus posiciones ideológicas: era socialista y, sobre todo, pacifista. Sin embargo, el pacifismo de Wells cambió debido al creciente poder militar de Prusia-Alemania, percibido en Inglaterra como amenaza para su posición predominante como imperio global. El miedo a la industria bélica alemana fue un móvil central para escribir su novela "utópica". La fuerza destructiva del gas mostaza finalmente, de los tanques y submarinos, desplegada por Prusia a partir de 1914, lo incitó a exigir "una guerra para terminar la guerra". Una contienda global le pareció entonces la única manera de realizar el sueño de una comunidad humana libre y universal. En ello no se diferencia mucho de los sueños orientalistas de un Hermann Hesse quien, en su Demian, saludó a la Primera Guerra Mundial como acontecimiento libertador, como el comienzo de algo vagamente nuevo y humanitario. Sin embargo, tal "imperialismo ilustrado" impuesto por la guerra -y no se debe olvidar que la república universal utópica de Wells refleja las pretensiones del imperio británico- trae implícita la oposición a las instancias políticas o económicas que se aprovechan de ella. Cito de una entrevista: "Los que ganan las guerras son los muertos y los heridos. Los muertos no pueden desfilar, y los heridos normalmente no quieren, o tampoco pueden. Pero los que regresan de América o de sus escondites en la provincia, a ellos les gusta pensar que han ganado la guerra". Encima de la destrucción física, que causa la guerra, se ubica la perversión moral que no tiene que ver con intereses nacionales, ni con la defensa de la patria, que sólo es -y Nietzsche lo había anunciado poco antes de Wells- demasiado humana. El escritor inglés la toma en cuenta y, paradójicamente, parece aceptar, en el periodo final de la guerra, el lema favorito de los militares prusianos: el fin justifica los medios.

La guerra mecanizada, la posibilidad teórica de matar a millones de seres humanos y, finalmente, los pocos escrúpulos de los políticos europeos para recurrir a esas posibilidades, derrumbaron definitivamente la creencia en una Historia que se desarrolla hacia el bien, hacia un estado paradisíaco; derrumbaron también la idea kantiana de que el ser pensante, el filósofo, puede influir en la Historia subordinando conscientemente su desarrollo al cumplimiento de una Idea, educando y mejorando de este modo el género humano. Wells, quien había estado convencido de la validez de estos conceptos, se vio defraudado y abogó por la solución bíblica: "Si el profeta no quiere ir a la montaña, entonces que la montaña vaya al profeta". 
  
 

Pero me he apartado demasiado del Wells de La guerra de los mundos. En 1906, ocho años después del "libro para la película", Wells afirma, quizá por última vez, su creencia en el valor del humanismo. La novela In the Days of the Comet describe -proféticamente- una guerra entre Inglaterra y Alemania. La termina el gas (¡!) esparcido por un cometa que vuelve sensible a todo el mundo y -son las palabras lacónicas de Bertrand Russell- "everybody takes to free love". Sólo sería necesario un impulso externo para que la humanidad se convirtiera en una sociedad amorosa pre-hippie. Este impulso podría ser tanto la ciencia moderna, como un líder carismático e ilustrado. Wells tuvo que darse cuenta que la ciencia no termina las guerras y, al final de su vida, que los líderes carismáticos no son lo que se había imaginado.

Wells, en la Inglaterra victoriana, fue temido por su anticlericalismo. Éste no le impidió citar con frecuencia, y con gusto, de la Biblia. Entre sus pasajes favoritos se encuentran unos versos de la Primera epístola a los corintios: "Ahora nos contemplamos en un espejo, / y sólo vemos contornos enigmáticos". Pero el enigma se resolverá: para el cristianismo a más tardar con el Juicio Final, para Wells con los avances de la ciencia moderna. El problema es que no sabemos qué nos tocará en el Juicio Final, y Wells no sabe si la técnica nos salvará o nos matará; y, de hecho, hasta la fecha no sabemos, aunque poco a poco sospechamos. Si seguimos leyendo el pasaje bíblico citado, nos encontramos con una frase que podría ser el lema de Wells: " el que profetiza habla a los hombres para su edificación y consolación". Profetizar, dice San Pablo, no es hablar en lenguas; al que habla en lenguas, la gente no lo entiende. Profetizar es de esta tierra y no es condición sine qua non que lo profetizado se haga realidad. La profecía puede ser una advertencia con la esperanza implícita de que su público haga todo para que no se cumpla. Así profetiza Wells en La guerra de los mundos. Los marcianos usan gas venenoso y aparatos que se parecen mucho a los tanques de la primera contienda y -dicho sea de paso- también a los aparetejos de La guerra de las galaxias (no mucho más que una hipérbole de la novela de Wells: que me disculpen los aficionados). Los marcianos menosprecian al género humano, lo perciben como presa fácil, como raza muy inferior a la suya. Pero son marcianos muy humanos. Los lectores contemporáneos de Wells pudieron reconocer en ellos -aunque a muchos se lo impidió la ceguera nacionalista- la altanería del imperio británico frente a sus colonias, un poco más tarde la férrea disciplina prusiana que no respeta a la vida ajena, ni siquiera a la propia, otro poco más tarde la barbarie nacionalsocialista. ¿Y los lectores de hoy? ¿Qué podríamos reconocer nosotros? Que lo diga el presidente de Tom Cruise. 
 

Las profecías de Wells no quieren ser cumplidas, aunque para su desgracia muchas sí lo fueron. En 1943, adelantándose tres años, Wells publicó, en el Strand Magazine, su propio epitafio: " fue un socialista en su antagonismo a la monopolización personal, racial o nacional". Inglaterra, el opresor por antonomasia a finales del siglo XIX, que pretende extender su civilización, su idea de una vida normada y encauzada hacia el bienestar, a grandes partes de Asia y África, siente, a través de la novela de Wells, la impotencia del oprimido, sufre precisamente la monopolización de "La Verdad" por una potencia extraña al propio ser nacional. Cortés y sus compañeros en Tenochtitlán: ¿no fueron marcianos? Los ingleses en la India, los soldados estadounidenses en el desierto iraquí: ¿cómo los habrán percibido un sikh o un kurdo? Wells, quien aborrece la guerra, defiende la actitud humana más común frente a la monopolización de los valores: la de desear la muerte del impostor. Escuchemos al narrador del texto, nada marciano en circunstancias normales: "Algo muy parecido a la fiebre bélica que, en ocasiones, recorre una sociedad civilizada, se había infiltrado en mi sangre [] Tuve miedo de que los últimos tiroteos que había escuchado significaran la exterminación de nuestros invasores de Marte. Puedo expresar bien mi estado mental diciendo que quería participar en su muerte". Irónicamente los marcianos no perecen en actos de guerra, sino son vencidos por un microorganismo, inofensivo para los humanos, pero letal para los usurpadores. El imperio británico no se perdió en la guerra, sino se deshizo porque resultó ser incompatible con las idiosincrasias ocupadas. El virus hindú terminó con él.

No he visto la película. Normalmente la buena literatura en el cine me da coraje. No creo que Hollywood haya sido capaz de aprender la lección de Wells. Sospecho que Tom Cruise no sólo salva a Estados Unidos, sino, de una vez, a todo el globo. 



WELLS PADRE DE LA CIENCIA FICCION :

Hoy en día al hablar de Ciencia Ficción se piensa siempre en cine de efectos espectaculares, en el espacio de los astronautas, en el futuro o pasado fantásticos, lleno totalmente de irrealidades. Pero no es así del todo, me atrevo a decir que más que eso es, tanto más, que a veces resulta que se confunde con lo real, sobre todo cuando se trata de los relatos de Ciencia Ficción considerados como clásicos. Salomón Derreza en su ensayo sobre Vivir o morir en el siglo XXI, dice: “La ciencia se ha convencido de que la Ficción no es sino el nombre que los sabios le van dando a ciertas verdades para disimular su ignorancia.” Es decir, lo que aparecía dentro de un genero literario como pura fantasía, imaginación, incluso utopías, resulta que ahora forman parte de proyectos científicos objetivos, tecnologías y verdades evidentes.

Por ficción entendemos: la acción y efecto de fingir o simular, esto del latín Fictionem, es decir, el esconder, el ocultar, que también se asocia con la creación, con el inventar imaginando, entonces ese genero literario que se ha llamado Ciencia Ficción, sería: el crear o imaginar la ciencia de modo disimulado, de una manera oculta, o sea, plantear desde la imaginación o por medio de ella, lo científico. Pero más que lo científico, la aplicación de la ciencia, la tecnología con el discurso literario. Aunque el planteamiento científico-tecnológico literario, no sea considerado como propio de la ciencia, ésta no olvida nunca, que para el desarrollo de los proyectos científicos, siempre es necesario dentro de tantos elementos, la aplicación de lo imaginario. Carl G. Hempel afirmaba lo siguiente: “...en la ciencia no hay reglas de inducción generalmente aplicables por medio de las cuales se puedan derivar o inferir mecánicamente hipótesis o teorías a partir de los datos empíricos. La transición de los datos a la teoría requiere imaginación creativa. Las hipótesis y teorías científicas no se derivan de los hechos observados, sino que se inventan para dar cuanta de ellos....” Para aclarar un poco mas el papel de lo imaginario en la ciencia basta con decir que la NASA pone ahora en marcha el proyecto Tecnologycal Innovations From Science Fiction to be Applicated on Space: que consiste en el análisis de obras de Ciencia Ficción mas comprometedoras, para buscar en ellas inspiración para futuros desarrollos.

Al hablar de la literatura de Ciencia Ficción nunca puede quedar fuera la obra del Ingles Herbert George Wells (1866-1946) en donde en sus más de cien títulos esta presente la imaginación científica, la utopía, lo tecnológico, el asombro, la ficción; además de lo político, lo social y filosófico. Hay quienes dicen que el fundador de la Ciencia Ficción es Julio Verne, pero Verne estaba más cercano en su escritura a lo que es la aventura que a la ciencia; y lo que hace es una narración de aventuras-imaginaria con los elementos básicos de una verificación y aplicación de las hipótesis científicas contemporáneas. Evidentemente Verne fue quien abrió el camino hacia el género, era un escritor distinto a los demás por incluir en su obra ciertos elementos cientistas. Pero es solamente Wells el primero en explorar ese genero al que Verne dio posibilidades. Por ello que no se equivoca Oscar Wilde al decir en 1899 que Wells es un Julio Verne científico. Sin embargo es Wells quien más allá de relatar aventuras invita a la reflexión filosófica mucho más directamente, a la conciencia de lo social, a la imaginación científica, incluyendo las posibilidad de progreso, un ejemplo de esto es la antiutopía, uno de los temas de Wells en donde lo importante no será tanto la construcción imaginativa del discurso científico-social, sino de la discusión y la polémica —incluso las consecuencias que aquejan a la sociedad— a causa de la ciencia. Se abrirá, podemos decir, una escuela de seguidores a este genero inspirados en H. Wells, por ejemplo el Ruso E. Zamiatin, antiutopista que en 1927 publica su novela “Nosotros”, luego le seguirán en esta corriente un poco más filosófica y política, “Brave New World” de Aldous Huxley, “1984” de George Orwell, y Utopía Moderna del mismo Wells, estas de las más citadas e importantes, entre otras.

Consideremos que la ciencia ficción nace con Wells teniendo como antecedente más próximo a Verne aunque Wells habla de sus relatos como Scientific Romances, no es sino hasta 1927 que Hugo Gernsback acuño inicialmente el término “Scienti-Fiction”, en ingles. De ese género no escapo Wells. 
Para quienes leemos a Wells, no podemos negar la genialidad de ese hombre, preocupado por su tiempo y también por el futuro de su tiempo, sobre todo por el impacto de la ciencia en la vida cotidiana. Wells creía en las maquinas como instrumento humano. Decía Wells: Platón ...imagino todas las posibilidades de un estado político, pero no tuvo idea de la importancia que tienen las maquinas para la organización humana y la política misma... Pero no todo invento humano es perfecto, eran los pensamientos de Wells, porque las creaciones materiales reflejaban las condiciones de su creador, si las maquinas eran destructivas e imperfectas, era por que la sociedad es destructiva e imperfecta. Ante todo vemos en este autor su descontento por el uso de las tecnologías, por el sistema social de su tiempo, por ello imagina siempre con los pies en la tierra, mirando su época, su espacio y de acuerdo con ello las posibilidades de cambio hacia un futuro.

También en la obra de este Ingles encontramos anticipaciones a algunos de los inventos científicos y a algunos acontecimientos socio-políticos que posteriormente veremos realizados, no es de extrañarse pues que en el relato The land Ironclads, encontremos la exacta descripción de un tanque de guerra de los que más tarde serán utilizados en la primera y segunda guerra mundial por Inglaterra y Alemania. Detalles como este se prestan a que surjan de pronto lectores con una visión mas bien mística que científica o literaria. Wells nos habla ya a finales del siglo XIX de las pretensiones de una guerra bacteriológica en el The Stolen Bacillus. Al grito de ¡Vive l’ Anarchie! Un francés pretende robarse de un laboratorio la bacteria del cólera y extenderla a toda la población. Este anarquista es engañado por el científico que custodia la bacteria, quien la cambia por otra sustancia inofensiva. Vemos pues que Wells alude a las consecuencias que existen al que los científicos tengan en su poder la crianza de materiales biológicos y químicos, peligrosos puestos en manos incorrectas o incluso de ellos mismos. Habla de un cólera, hoy sabemos que es Gripe, Sida, Ántrax, etc, etc. En La Isla del Doctor Mareau, nos advierte otra vez el autor, las consecuencias de que se lleve a cabo una manipulación genética desmedida en manos inmorales y de personas inadecuadas, hoy, la polémica sobre la clonación humana. Podemos ver que Wells es un visionario de la ciencia, nada fuera de lo común para él, alumno de la Normal School of Science, y con el elemento científico primordial a la mano: la imaginación desbordada.

Toda la obra de H. G. Wells esta llena de imaginación científica, por ejemplo El Hombre Invisible, La Maquina del Tiempo, La Guerra de los Mundos, La visita Maravillosa, Los Primeros Hombres en la Luna, Kipps, Tono-Bungay, La Historia de Mr. Polly El amor_y Mr. Lewishan El nuevo Maquiavelo, El señor Brithing, Dios, Rey invisible o Juana y Pedro, . Anticípaciones, La humanidad en formación; entre un centenar de cuentos y ensayos.

No es mi intención aquí hacer un comentario directo de las obras de Wells, sino más bien hacer un comentario como lector que soy, de la obra, de esta genialidad inglesa de las letras, del gran pensamiento de G. H. Wells. Y sí, volver a repetir, que en este caso la literatura es el punto de partida hacia la realización de la ciencia tecnológica, que donde comenzó como imaginación imposible, se convierto en realidad posible, también que existe el reflejo de una sociedad, una política, sus limites y sus alcances, la humanidad puesta en el relato, la crítica, la imaginación; pues finalmente, es creación humana.

Wells hace de la Ficción una Ciencia, planteando lo no oculto dentro de lo oculto, es decir, la ciencia positiva en la fantasía, lo verdadero en lo posible, lo imposible en lo verdadero y viceversa; tiene los datos, el camino hacia la teoría es la novela, el relato, el cuento, la imaginación, lo demás aparece con el tiempo

*Estudiante de la Unidad Académica de Filosofía de la Universidad Autónoma de Zacatecas 
 

H G Wells, el padre de la ciencia ficción

Más alucinado que maldito o heterodoxo, H. G. Wells es, junto con Julio Verne, el "padre" de la ciencia ficción. Una de las claves de su gran obra, aquella que nace de la convicción de que la especie humana -al igual que el resto de las especies- es el resultado de un proceso evolutivo, hay que buscarla en sus días de estudiante de Biología en la Universidad de Londres (1888). En sus aulas, el futuro escritor fue el más agradecido discípulo del biólogo Thomas H. Huxley, quien -además de abuelo de Aldous Huxley- fue el mayor propagador de las ideas de Charles Darwin que tuviera la docencia inglesa en las postrimerías del siglo XIX.

Nacido en Kent el 11 de septiembre de 1866, la Herbert George Wells fue familia modesta. Ya autor aclamado, su extracción social habría de inspirar algunas de sus más célebres antiutopías, a la vez que le llevaba a ingresar en clubes como el de los Fabianos, nacidos para la difusión del socialismo en Inglaterra. Redimido por la educación -Wells siempre fue un gran amante de la cultura- una beca le sacó del taller textil en que era aprendiz para llevarle a la Normal School of Science de Londres. No obstante, pese a su avidez de sabiduría, no superó su examen final. 
 Acentuación de monosílabos y tilde diacrítica - Cómo acentuar en español - ¿Qué es la Gramática Española? - Palabras dudosas o poco usuales en español - Mayúsculas y minúsculas 
 

Maestro de provincias

Maestro el mismo en una pequeña escuela de provincias, en 1893 abandona la enseñanza para dedicarse por entero a la literatura. "La máquina del tiempo", la primera de sus grandes novelas, aparece en 1895. Su protagonista, merced al prodigio aludido en el título, tiene la oportunidad de viajar en el futuro hasta el final de la humanidad y del planeta. Antes de asistir a la auténtica consunción de los siglos, será testigo de cómo la evolución ha obrado en contra de nuestra especie, dividiendo a los hombres en dos clases: los "eloi", tan bellos como inútiles, y los "morlocks", tan rudos como trabajadores. Siendo la época de la publicación de "La 
máquina del tiempo" aquella en la que libraban sus más enfebrecidas batallas la lucha de clases, huelga decir el éxito obtenido por Wells en su primera novela.

Su siguiente ficción, "La isla del doctor Moreau", aparecida en 1896, vuelve a dar prueba del interés de Wells por los problemas de la evolución. Pieza fundamental de ese inquietante subgénero que es el de los doctores locos, el que aquí se nos presenta ha realizado los más terribles experimentos con animales a los que ha querido dar forma humana, llegando a conseguir únicamente unos híbridos a mitad de camino entre el hombre y la bestia. El aplauso que despertara en su primera entrega no tarda en verse revalidado.

Novelas de tesis

Otro científico loco, cuya ambición también será su perdición, es el protagonista de "El hombre invisible" (1897). Las mejores páginas de nuestro autor prosiguen en "La guerra de los mundos" (1898), donde narra una invasión alienígena ante la que se verá impotente la humanidad. Finalmente serán nuestros gérmenes quienes nos salvarán de los marcianos. El Wells que sienta las bases de la ciencia ficción, el gran Wells sigue adelante en títulos como "Cuando el durmiente despierte" (1899), "Los primeros hombres en la Luna" (1901) y "El alimento de los dioses" (1904). A partir de entonces, el interés de nuestro autor por esta clase de ficciones va dejando paso a una nueva inquietud por la realidad. No en vano, en 1903 ha pasado a formar parte de los 
Fabianos, asociación en la que coincide con George Bernad Shaw y otros grandes intelectuales de la época.

El resto de su larga vida -murió en Londres, el 13 de agosto de 1946- lo dedicó a una copiosa producción de novelas que podríamos llamar de tesis, tesis de marcado carácter social. No falta entre ellas algún título de ciencia ficción en el que se atisba el esplendor de sus primeras páginas. Tal es el caso de "The Holy Terror" (1939) antiutopía ambientada en un tiempo de carismáticos dictadores. Pero la prosa de H. G. Wells ya no tiene el esplendor de antaño. De hecho, en su bibliografía del siglo XX, tienen más peso las novelas biográficas -"Kipps" (1905)- o seudofilosóficas -"Mundos nuevos en lugar de los viejos" (1908). Ya cuarentón, parece ser que a H. G. Wells le interesaron mucho más las damas que la anticipación. Así, John Clute, en su "Enciclopedia de la ciencia ficción" apunta: "Su piel olía a miel. Amó a sus esposas, pero se acostaba con cualquier mujer que (embriagada por el olor a miel) le hiciera un sitio en su cama".

Herbert George Wells, el Shakespeare de la ciencia-ficción según el decir de Brian Aldiss, era hijo de un tendero que aspiraba ingresar en la clase media, Nació el 21 de septiembre de 1866, en Bromley, Kent. Estudió con una beca en la Normal School of Science de Londres, trabajó como aprendiz, contable, tutor y periodista hasta 1895, cuando ya pudo dedicarse a escribir profesionalmente.

Inició su interés por los temas futuristas con THE MAN OF THE YEAR MILLION, que junto a otros ensayos aparecieron en una publicación científica, para transformarse luego en la base de LA MAQUINA DEL TIEMPO, donde justifica el viaje temporal con una hipótesis científica con-temporánea: una cuarta dimensión y en la que se sirve de la visión del futuro del año 802701, poblado por los Eloi y los Morlocks, para analizar la situación social de su propia época y llevar a cabo una penetrante especulación sobre la evolución social.

El resto es historia conocida; las grandes obras menores sobre las que cimentaría su prestigio; LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU (1897), en la que la biología y los peligros de la manipulación sobre animales son el centro de la narración, y en la que desarrolla las ideas que ya planteó en el ensayo Los límites de la plasticidad. EL HOMBRE INVISIBLE (1897), LA GUERRA DE LOS MUNDOS (1898) WHEN THE SLEEPER WAKES (1899), donde el viaje al futuro ya no precisa de ninguna máquina, sino que es fruto de la hibernación, y permite al protagonista, Graham, contemplar una sociedad antiutópica en nuestro futuro inmediato. Esta, además se trata de la primera de un segundo grupo de novelas caracterizado esencialmente por el abandono de la visión fantástica y un tanto maravillada para dar paso a la inquietud y el compromiso social. Esta es la característica principal de obras como EL ALIMENTO DE LOS DIOSES (1904, EN LOS DÍAS DEL COMETA (1906) y LA GUERRA EN EL AIRE (1908) 
 Algunas reflexiones sobre el desnudo en el arte - Misterios del Vaticano - Albino Luciani o Juan Pablo I - Qué es la gramática española - La metáfora

Luego vendrían las obras serias, no tan felices, en las cuales delinearía sus tesis filosóficas, entroncadas directamente con el pensamiento utópico anglosajón, novelas en las que llevaba a cabo extensos retratos de los personajes, ejemplos de las cuales pueden ser KIPPS (1905) y LA HISTORIA DE MR. POLLY (1910), en los que describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones sociales de sus protagonistas, ANN VERONICA (1909), en la que defiende los derechos de las mujeres; TONO-BUNGAY (1909), un ataque al capitalismo irresponsable; y MR. BRITLING VA HASTA EL FONDO (1916), que describe la reacción del inglés medio ante la I Guerra Mundial, tras la que escribió una obra histórica que se hizo inmensamente popular, EL ESQUEMA DE LA HISTORIA (2 volúmenes, 1920).

Muchas de las más sorprendentes ideas de Wells aparecen en sus relatos cortos, presagiando así el gran futuro de este tipo de narración en la futura ciencia ficción. Pero Wells sigue siendo conocido principal-mente por sus romances científicos, en los que apuntó muchos de los temas que después ha desarro-llado la ciencia ficción.

A lo largo de toda su vida, Wells dejó amplia constancia de su preocupación sobre la supervivencia de la sociedad contemporánea, así, 42 TO 44 (Del 42 al 44, 1944) criticaba a la mayoría de los líderes mundiales de ese periodo; y EL DESTINO DEL HOMO SAPIENS (1945) expresaba las dudas del autor acerca de la posibilidad de supervivencia de la raza humana. Escribió asimismo Experimento de autobiografía (1934), antes de su muerte, el 13 de agosto de 1946, en Londres.

Francisco José Súñer Iglesias 



WELLS DESCRIBE SU UTOPIA :

CONSIDERACIONES TOPOGRÁFICAS

La Utopía que esboza un soñador moderno debe diferenciarse esencialmente de los hombres de Ninguna Parte y de las Utopías que han acariciado antes de que Darwin acelerase el pensamien-to del mundo. Estos estados imaginarios eran perfectos y estáti-cos, con un equilibrio de dicha logrado para siempre sobre las fuerzas de agitación y de desorden que son inherentes alas cosas humanas. Se admiraba una sencilla y sana generación gozando de los frutos de la tierra en un ambiente de virtud y de felicidad, a cual generación seguirían otras, asimismo virtuosas y felices, enteramente semejantes las unas a las otras hasta que los dioses se cansasen de esta monotonía. Todo cambio y todo desarrollo quedaban por siempre limitados y contenidos por inquebranta-bles diques. La Utopía moderna no debe ser estática, sino cinéti-ca; no puede tomar una forma inmutable, pero debe aparecérse-nos como una fase transitoria a la que seguirá una serie de fases que la irán transformando sin cesar. En nuestros días no solemos resistir a la gran corriente de las cosas, ni siquiera la atajamos, antes al contrario, nos dejamos arrastrar por ella. No construi-mos fortalezas, pero sí buques que continuamente evolucionan. En vez de una organización metódica de ciudadanos que gocen de una igualdad de dicha garantía y asegurada para ellos y sus des-cendientes hasta la consumación de los siglos, necesitamos esta-blecer «un compromiso simple y elástico en el cual y perpetua-mente la sucesión de nuevas individualidades tienda, lo más eficazmente posible, hacia un desarrollo inteligente y progresivo». Esta es la diferencia primera y más esencial que ha de existir entre una Utopía basada sobre las concepciones modernas y todas las Utopías escritas en tiempos pasados ya.

Nuestra misión aquí es la de ser utopista, de animar y hacer creíble, en la medida de nuestras fuerzas, primero una faceta y luego otra de un mundo imaginario perfecto y dichoso. Nuestra intención deliberada es la de mostrar las cosas, no, en verdad, irre-alizables, pero desconcertantes seguramente, subiendo para ello todas las escaleras que unen el hoy con el mañana. Por un momen-to vamos a volver la espalda al obsesionante examen de «lo que existe», para dirigir nuestras miradas hacia espacios más puros y libres, hacia los espacios más vastos de «lo que puede existir», hacia la concepción de un estado o de una ciudad que «valga la pena», hacia la proyección sobre el espejo de nuestras fantasías de un cuadro de vida posible hipotéticamente y que valga, más que la nuestra, la pena de ser vivida. Tal es la obra que nos pro-ponemos; y empezaremos por enunciar ciertas proporciones pri-mordiales, precisas, para partir luego a la exploración de la espe-cie de mundo que esas proposiciones nos ofrecen... 
Esta empresa es ciertamente una empresa optimista. Pero bueno es librarse, siquiera un instante, de la nota crítica que ha de sonar indefectiblemente cuando discutamos nuestras imper-fecciones actuales; bueno es evitar las dificultades prácticas y las trabas de los procedimientos y de los medios; bueno es detener-se al borde del sendero, dejar la mochila en tierra, enjugarse la frente y hablar un poco de las escabrosas vertientes de la mon-taña que tratamos de escalar y que los árboles nos ocultan a la vista.

Prescindiremos de buscar un sistema o un método. Es esta una diversión de vacaciones que nos prometemos, lejos de los políticos, de sus agitaciones y de sus programas. Sin embargo, habremos de imponernos ciertas limitaciones. Si tuviésemos la libertad de divagar a nuestras anchas, seguiríamos a William Morris hacia su Ninguna Parte; cambiaríamos al par la naturaleza del hombre y la naturaleza de las cosas; haríamos que la raza entera fuese sabia, tolerante, noble, perfecta; aclamaríamos una anarquía espléndida que permitiese a cada uno hacer lo que quisiera, sin que nadie se complaciese en el mal en un mundo esencialmente bueno, tan perfecto y tan asoleado como el Paraíso antes de la caí-da de nuestros primeros padres. Pero esta edad de oro, este mun-do ideal se halla fuera de las condiciones del tiempo y del espa-cio. En el tiempo y en el espacio la universal Voluntad de vivir sostiene eternamente la perpetuidad de lucha. Nuestro proyec-to se basa sobre un plan algo más práctico. En principio nos res-tringiremos a los límites de la posibilidad humana, tal y como los conocemos hoy; luego abordaremos toda la inhumanidad, toda la insubordinación de la naturaleza. Bosquejaremos nuestro Esta-do universal con estaciones variables, catástrofes repentinas, enfer-medades, bestias y sabandijas hostiles y hombres y mujeres suje-tos a las pasiones y las variaciones del humor y el deseo, semejantes a las nuestras. Además, nosotros aceptaremos este mundo de con-flictos sin afectar hacia él actitud alguna de renunciación, y le hare-mos frente sin espíritu ascético, pero según el carácter de los pue-blos occidentales cuyo objetivo es el de sobrevivir y triunfar. Todo esto lo adoptaremos, siguiendo el ejemplo de aquellos que no se ocupan de Utopías, pero sí del mundo de Aquí y Ahora.

Sin embargo, ateniéndonos a los buenos precedentes, nos tomaremos ciertas libertades con respecto a los hechos actuales. Confesamos que la tónica del pensamiento puede ser distinta de la que se advierte en nuestro mundo. Nos permitiremos el libre manejo del conflicto mental en la vida, dentro de los límites de las posibilidades del espíritu humano tal y como le conocemos. Nos arrogaremos igual permiso con respecto a todo el organis-mo social que el hombre ha fabricado, por decirlo así, para su uso; las casas, los caminos, los trajes, los canales, la maquinaria, las leyes, las fronteras, los convencionalismos y las tradiciones, las escuelas, la literatura, las organizaciones religiosas, las creen-cias, las costumbres, todo aquello, en fin, cuya transformación entra de hecho en el poder del hombre. Tal es, en verdad, la hipó-tesis capital de todas las especulaciones utópicas antiguas o moder-nas; la República y las Leyes de Platón, la Utopía de sir Thomas More [Tomás Moro], la Altruria atribuida a Howells, la Bos-ton futura de Bellamy, la Gran República Occidental de Comte, la Comarca Libre de Hertzka, la Icaria de Cabet y la Ciudad del Sol de Campanella levantáronse, como levantaremos nosotros nuestra Utopía, sobre esta hipótesis de la completa emancipación de una comunidad de hombres libres de la tradición, de las costumbres, de los lazos legales y de esa servidumbre más sutil que implica toda posesión. Una gran parte del valor esencial de esas especulaciones reside en la indicada hipótesis de emanci-pación, en ese respeto de la libertad humana, en esa perpetua necesidad de nuestra naturaleza que la mueve a escapar a sí mis-ma, en esa facultad de resistir a la casualidad del pasado y de aco-meter, persistir y vencer.

Existen también limitaciones artísticas bien definidas.

Las especulaciones utópicas parecen inevitablemente algo áridas y tenues. Su común defecto es, en general, el de la inercia. La sangre, el calor, la realidad de la vida faltan en ellas totalmente: o existen individualidades, pero sí individuos generalizados. En casi todas las utopías, salvo quizás en Noticias de Ninguna Parte, de William Morris, se advierten edificios magníficos pero sin originalidad, culturas perfectas y simétricas y una multitud de gentes sanas, dichosas, soberbiamente vestidas, pero sin ningún carácter distintivo personal. Las más de las veces, la imagen evo-cada semeja la «clave» de uno de esos grandes cuadros que repre-sentan coronaciones, bodas reales, parlamentos, conferencias o asambleas, cuadros que estuvieron muy en boga bajo el reinado de Victoria; en la citada «clave» se substituye la cabeza de cada figura por un óvalo que encierra un número para consultar la lis-ta confeccionada ad hoc donde constan los nombres de los per-sonajes. Esas ringleras de óvalos nos infunden invenciblemente una impresión de irrealidad, y no se yo cómo podré escapar a esta impresión; en todo caso, es ello una desventaja que se ha de acep-tar quieras o no. Toda institución que ha existido o que existe, por irracional y absurda que parezca, posee, en virtud de su contac-to con las individualidades, una realidad y una rectitud que cosa alguna, no sujeta a prueba, puede tener; todas han madurado, todas han recibido su bautismo de sangre, todas han sido pulidas y manoseadas por el constante sobo, y sus contornos se han redon-deado o dentellado según su contacto con la vida; todas se han empeñado quizá con una bruma de lágrimas. Pero la cosa sim-plemente enunciada, simplemente sugerida, por racional y nece-saria que sea, parece extraña e inhumana en sus líneas claras, duras, inflexibles y con sus superficies y sus ángulos bien determinados. 
No hay remedio. El Maestro sufre como el último y más pequeños de sus sucesores. A pesar de cuanto tiene de humano el procedimiento dramático del diálogo, dudo yo de que nadie haya experimentado jamás el deseo de ser un ciudadano de la Repú-blica de Platón; yo me pregunto, ¿quién podría soportar duran-te un mes la implacable publicidad de la virtud, imaginada por sir Tomás Moro...? Nadie se resignaría a vivir en una comunidad de todos los instantes, a menos que le incitaran a ello las indivi-dualidades con quienes se encontrare. Ese conflicto fertilizante de las individualidades es precisamente el objeto de la vida per-sonal, y todas nuestras utopías se reducen, en realidad, a meros proyectos de perfeccionamiento de las indicadas relaciones. Por lo menos así se presenta la vida, y cada día más, ante las inteli-gencias modernas. Nada nace a la vida sin intervención de las indi-vidualidades, y, cuando se rompe el espejo del menor de los espí-ritus individuales, cesa un Universo. 
 

El plan de una Utopía moderna exige, por lo menos, un planeta. Hubo un tiempo en el que una isla o un valle oculto entre las mon-tañas procuraban el aislamiento suficiente para que se mantuvie-ra exenta de la influencia de las fuerzas exteriores una organiza-ción política; la República de Platón estaba sobre las armas, dispuesta a la defensiva; la Nueva Atlántida y la Utopía de Moro se mantuvieron en teoría, como la China y el Japón se mantuvie-ron en la práctica durante siglos, libres de toda intrusión. Ejem-plos tan recientes como el satírico Erewhon, de Samuel Butler, y la comarca de África Central donde las funciones sexuales esta-ban perturbadas, del señor Stead, establecieron, como una regla sencilla y eficaz, la costumbre tibetana de condenar a muerte a todo visitante curioso. Pero la tendencia del pensamiento moder-no es por completo opuesta la conservación de esos recintos amurallados. En nuestros días se sabe de una manera cierta que, por sutilmente organizado que se halle un estado, la epidemia, la bar-barie o las exigencias económicas reúnen sus fuerzas alrededor de las fronteras de aquél para destruirlas y franquearlas. La rápida marcha de las invenciones favorece al invasor. En la actualidad quizá pudiera ser defendida una montaña rocosa o un desfilade-ro estrecho; pero, ¿qué pasará ese mañana próximo en el que la máquina voladora hendirá los aires y podrá descender allí donde se le antoje? Un estado bastante poderoso para permanecer ais-lado en las condiciones modernas, sería también lo bastante pode-roso para gobernar el mundo, y de no gobernarlo efectivamente, de hecho, por lo menos habría de otorgar su consentimiento pasi-vo e indispensable a todas las demás organizaciones humanas, siendo, por consiguiente, el responsable de todas ellas. Tal esta-do habría de ser un Estado Mundial. 
No hay, pues, sitio para una Utopía moderna, ni en África Central, ni en la América del Sur, ni alrededor del Polo, esos últi-mos refugios de la Idealidad. La isla flotante de La Cité Morellyste tampoco nos sirve. Nos hace falta un planeta. Lord Erskine, autor de una Utopía («Armata»), y a quien quizás inspiró Hewins, fue el primero de los utopistas que se percató de aquella necesi-dad; Erskine juntó polo con polo, por una especie de cordón umbi-lical, sus planetas mellizos. Pero la imaginación moderna, obse-sionada por la física, debe ir aún más lejos. 
Más allá de Sirio, en las profundidades del espacio, más allá del alcance de un proyectil que viajase millones de años, más allá de lo que a simple vista se puede vislumbrar, titila la estrella que es el sol de nuestra Utopía. Para aquellos que saben hacia dón-de deben mirar y ayudándose con un buen telescopio, aparece dicho astro, con otros tres aparentemente agrupados a su alrede-dor, como una mancha de luz. En derredor de ese sol giran los planetas, unos planetas semejantes a los nuestros, pero que cum-plen un diferente destino; en medio de los planetas se encuentra Utopía con su hermana luna. Es un planeta idéntico al nuestro, con los mismos continentes, las mismas islas, los mismos océa-nos y mares, hay asimismo un bellísimo Fujiyama dominando a otro Yokohama, y otro Matterhorn domina el helado desorden de otro Teódulo. Hasta tal punto se semeja al nuestro este plane-ta, que un botánico encontraría allí cada una de las especies terres-tres, hasta la menor planta acuática o la más rara flor alpina... 
¡Sin embargo, cuando el botánico hubiera cogido la flor y emprendido el camino del regreso, quizá no habría hallado su albergue! 
... 
Pero, ¿porqué nos lo han impuesto?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué no ha de discutirse impersonalmente una Utopía moder-na, sin la intrusión de un personaje? Esto, se dirán, ha embrolla do el libro, ha hecho difícil de seguir la argumentación, ha dado un carácter ficticio al conjunto. ¿No se pone en ridículo las utopí-as, se preguntarán, sirviéndose de esas nobles esperanzas genera-lizadas como de un telón de fondo ante el cual dos personajes en desacuerdo se apostrofan y se riñen? ¿Quiero yo decir que no vol-veremos a ver la tierra prometida sino al través de los designios de los compañeros de viaje? Se admite generalmente que toda lec-tura de una Utopía acaba con entusiastas llamamientos y decisio-nes concretas, con listas de adheridos, formaciones de Comité y hasta con un principio de suscripciones. Pero esta Utopía fue pues-ta en marcha sobre una filosofía de la fragmentación y remata con-fusamente sobre un monstruoso tumulto de realidades inmedia-tas, en el polvo y en la duda, o todo lo más con las aspiraciones de un individuo. Antaño las utopías eran de buena fe, proyectos de recreación del mundo, demasiado completos y temerarios en todos sus detalles; esta Utopía denominada Moderna, es la simple narración de aventuras personales entre las filosofías utópicas.

A decir verdad, todo esto ha sobrevenido sin anuencia del autor y en tal forma se ha aparecido la visión evocada. Si yo veo alrededor de mí una multitud de almas pequeñas y de grupos de almas, tan oscuras, tan relativas como la mía, a medida que los años transcurren comprendo más y más claramente el carácter de los motivos que me incitan y que las incitan a obrar... No obs-tante, algo más veo, y no me impide verlo mi pequeñez. De vez en cuando y contrastado con esta visión inmediata, advierto los indicios de un gran esquema en el cual esas personalidades flotan, el esquema de un organismo sintético más vasto, de un Gran Esta-do, la Humanidad, en el cual nos movemos todos como los cor-púsculos de la sangre en el cuerpo del hombre, como las células nerviosas, hasta quizá como las células cerebrales. Pero las dos visiones son simultáneas y coincidentes, al menos para mí, y no puedo saber con certeza si existen coincidencias de la una con la otra. Los medios necesarios para cumplir estos fines más vastos no caen bajo la acción recíproca de mis vanidades y de mis deseos. Este deseo superior concierne a los hombres y a las mujeres que yo conozco, y a lo que, aunque su inteligencia excede con mucho a la de los dos viajeros, he intentado ligar como a mi pareja charlata-na a las perspectivas y los espacios, las montañas y las ciudades, las leyes y la organización de Utopía. Cuando la atención se con-centra sobre esos dos personajes, este vasto paisaje aparece borro-so y distante, y cuando se lo ha contemplado, los seres de carne y hueso que uno conoce parecen vagos e irreales. Sin embargo, yo no puedo separar esos dos aspectos de la vida humana que se comen-tan mutuamente. En esta falta de conformidad entre lo grande y lo individual, reside la incompatibilidad que yo no he logrado resolver y que, por consiguiente, me ha sido preciso presentar en esta forma contradictoria. A veces creo que ese gran deseo aca-para la vida de ciertos hombres como una pasión, como un móvil real y viviente; hay quien lo conoce como un objeto desagradable; a mí mismo y en ciertas circunstancias, los menudos atractivos de la vida inmediata me parecen vanos y mezquinos, y mi alma se lanza hacia el Ser poderoso para cogerle, servirle y conquistarle. Pero es ésta una ráfaga luminosa que pasa como el viento, una lucidez vaga y transitoria que deja el deseo del alma transfor-mado en presunción y en hipocresía. Se extiende a mano para apo-derarse del Universo y sólo se coge el... lo trivial. Los apetitos, los celos, los prejuicios y las costumbres se alían contra nosotros, y lle-gamos, a pesar de nuestro gusto, a pensar que es de esta manera y no de otra como estamos destinados a servir los misterios; que es con esas anteojeras con las que se nos conduce hacia un objetivo que no comprendemos. Después, en contados instantes, en las vela-das nocturnas, cuando uno se pasea solitariamente, cuando se refle-xiona o se conversa con un amigo, las vastas aspiraciones resplan-decen de nuevo con los colores del deseo inaccesible, llenándonos de una emoción sincera... 
He ahí todo lo que me imagino de esta Utopía, del deseo y de la necesidad de una Utopía, y he ahí la relación en que este pla-neta utópico se encuentra con el planeta que soporta a los hombres y subviene a su existencia cotidiana. 
 

APÉNDICES 
EL ESCEPTICISMO DEL INSTRUMENTO

Fragmento de un documento leído en la Sociedad 
Filosófica de Oxford, el 8 de noviembre de 1903, 
y reimpreso, con algunas revisiones, de la versión dada 
en Mind, vol. XIII (N.S.), n° 51. 
(Véase también capítulo primero,  6, y capítulo décimo, 1 y  2)

Me parece que puedo intentar interesaros esta noche describien-do muy brevemente el particular sistema metafísico y filosófico en que fundo mi pensamiento, y más especialmente señalando a vuestra consideración uno o dos puntos en que yo mismo difie-ro más ampliamente de la filosofía aceptada corrientemente. 
Debéis estar preparados para unas cosas que os asombrarán por groseras, para una cierta diferencia de acento y dialecto que tal vez no os gustarán, y asimismo habéis de estar preparados a oír lo que puede sorprenderos como una declaración estúpida de mi ignorante redescubrimiento de cosas ya bellamente pensadas y dichas. Pero al final, tal vez os sintáis dispuestos a perdonar-me algunas de estas primeras ofensas... Es totalmente inevitable que, al establecer estos intelectuales fundamentos míos, escape por unos momentos hacia la autobiografía.

Una convergencia de circunstancias me condujo a tener cono-cimiento de cosas concretas desarrolladas muy extensamente antes de que llegase a su examen filosófico. He oído decir que un salvaje o un animal es mentalmente un ser objetivo, y en este aspec-to yo fui igual que un salvaje o un animal hasta que cumplí bastante más de veinte años. Me hallaba tremendamente ignorante del elemento subjetivo o introvertido de mi ser. Era positivista sin saberlo. Mi educación primaria fue floja, y en ella la obser-vación privada, el afán de saber y la experimentación fueron unos factores más importantes que cualquier otra instrucción, o quizá deba decir que la instrucción que recibí fue menor de la que apren-dí por mí mismo, terminando aquélla a los trece años. Entré en contacto íntimo con las duras realidades de la vida, con hambre dé sus varias formas, y las muchas necesidades básicas y desagra-dables, antes de los quince. A esta edad, siguiendo las indicacio-nes de ciertas curiosidades teológicas y especulativas, empecé a aprender algo de lo que llamaré, deliberada y justamente, Cien-cia Elemental, materia que saqué del Cassell's Popular Educator y algunos libros de texto baratos, y luego, por unos accidentes y algunas ambiciones que ahora no tienen importancia, pasé tres años de labor científica buena e iluminadora. El hecho central de esos tres años fue el curso de Huxley sobre anatomía comparada en la academia de Exhibition Road. Con esto como núcleo, dis-puse un espacioso resumen de hechos. Al fin de esta época, había adquirido lo que todavía considero como una visión bastante cla-ra, completa y ordenada del universo ostensiblemente real. Per-mitidme indicaros las principales cosas que yo tenía. Había situa-do definitivamente al hombre en el gran esquema del espacio y el tiempo. Sabía que era totalmente incurable por lo que era, finito y no final, un ser de compromisos y adaptaciones. Había llegado a sus pulmones, por ejemplo, desde una vejiga natatoria, paso a paso, con escalpelo y sonda, a través de una docena de tipos o más; había visto al intestino ciego encogerse hasta un nido de enfermedades, el apéndice actual; había visto la hendidura bran-quial modificarse lentamente para oír, y la suspensión de la man-díbula del reptil utilizada para suplir las necesidades de un órga-no sensorial tomada de su agua nativa y natural. Yo había elaborado el desarrollo de estos instrumentos, extraordinaria-mente insatisfactorios y poco fiables, que son los dientes huma-nos, de la piel de la cola del tiburón hasta su función actual como base de los empastes de oro, y seguido el lento despliegue de los complejos y penosos procesos de la gestación por los que el hom-bre viene al mundo. Seguí todas estas cosas y otras muchas median-te la disección y la embriología. Comprobé otra vez toda la teo-ría del desarrollo en un cursillo de paleontología, de un año, y anoté las dimensiones de todo el proceso por medio de la escala de las estrellas, en un cursillo de física astronómica. Todo esta can-tidad de elucidación objetiva la obtuve antes de haber llegado a los comienzos de cualquier indagación filosófica o metafísica, antes de cualquier indagación acerca de lo que yo creía, acerca de cómo creía, de lo que creía, o de saber de qué clase era la mate-ria fundamental de las cosas.

Bien, al final de todo este acopio de conocimientos, llegó un momento en que tuve que entregarme a la enseñanza, por lo que fue aconsejable adquirir uno o dos de esos Diplomas de Maestro que tan amplia y tontamente despreciaba, y esa empresa me con-dujo a un superficial pero sugestivo estudio del método educa-tivo, de la teoría educativa, de la lógica, de la psicología, y así suce-sivamente, hasta que al fin, cuando el pequeño asunto del diploma estuvo arreglado, estudié filosofía. Ahora llego al momento en que la lógica me condujo a las tierras altas de la anatomía com-parada, lo cual ayuda a suprimir del cerebro una serie de con-ceptos preconcebidos de forma natural. Supongo que es un modo de llegar a la lógica por el flanco. Cuando se ha comprendido has-ta la médula que todos los órganos físicos del ser humano y toda su estructura física son lo que son a través de una serie de adap-taciones y aproximaciones, y que se mantienen a un nivel de efi-ciencia práctica sólo por la eliminación de la muerte, y que esto también ocurre igual con el cerebro, con sus instintos y con muchas de sus predisposiciones mentales, no es posible aceptar este aparato pensante como algo misteriosamente diferente y mejor. Y yo había leído sólo un poco de lógica antes de conocer unas implicaciones con las que no podía estar de acuerdo, y unas suposiciones que me parecían una variante del esquema general del hecho objetivo instalado en mi mente.

Efectué un examen de los procesos lógicos y de los del len-guaje, con la esperanza de que compartirían el carácter profun-damente provisional, el carácter irregular de limitación y adapta-ción que penetra todo el ser físico y animal del hombre. Y descubrí lo que había esperado. Y como consecuencia de ello encontré una especie de robustez en la presunción de la lógica, que al principio me confundió y luego despertó en mi mente todo el latente escep-ticismo. 
Mi primera pelea con la aceptada lógica se desarrolló hace largo tiempo, en un breve artículo que se publicó en la Fortnightly Review, en julio de 1891. Se titulaba el «Redescubrimiento de lo único», y al releerlo percibí, no sólo lo malo y hasta irritante que era en la forma -cosa que ya sabía desde algún tiempo atrás-, sino notablemente malo en la expresión. Tengo buenos motivos para dudar si mis poderes de expresión en esos menesteres han mejorado perceptiblemente, pero de todos modos, ahora hago cuanto puedo con este anterior fallo ante mí. 
Este desafortunado artículo, entre otros errores que ya no puedo considerar triviales, no me permitieron fijarme por com-pleto en el hecho de que ya existía toda una literatura sobre el antagonismo del uno y de los muchos, del ideal específico y la realidad individual. No definía relaciones con otras ideas u otros pensadores. Ahora comprendo lo que no entendí entonces: el por-qué estaba esto completamente ignorado. Pero sigue aferrada en mí la idea que afloraba en dicho artículo. La considero como una idea que finalmente se considerará de suma importancia para el pensamiento humano, y ahora trataré de presentar la sustancia de aquel primer artículo muy brevemente, como la mejor introduc-ción a mi caso en general. Mi primitivo escepticismo es esen-cialmente una duda sobre la realidad objetiva de la clasificación. No vacilo en confesar que ésta es la primera y primaria proposi-ción de mi filosofía.

Pienso que esta clasificación es una condición necesaria del trabajo de la herramienta mental, pero que también es un punto de partida de la verdad objetiva de las cosas, opino que la clasificación presta un gran servicio a los propósitos prácticos de la vida pero asimismo es un preliminar muy dudoso para las deli-cadas penetraciones del propósito filosófico, en sus más arro-gantes modos y demandas. Todas las peculiaridades de mi for-ma de pensar se derivan de esto. 
Una mente alimentada por el estudio anatómico está, natu-ralmente, penetrada con la sugestión de la vaguedad e inestabili-dad de las especies biológicas. Una especie biológica es, obvia mente, un gran número de individuos únicos, separables de las demás especies biológicas sólo por el hecho de que un enorme número de otros individuos relacionados entre sí son inaccesibles en el tiempo -están, dicho de otro modo, muertos y desapare-cidos-, y que cada nuevo individuo de esta especie, en la distin-ción de su propia individualidad, se aparta, aunque sea en un gra-do infinitesimal, de las propiedades anteriores de la especie. No hay ninguna propiedad de cualquier especie, ni siquiera las que constituyen la definición específica, que no sea asunto de más o de menos. Si, por ejemplo, una especie se distingue por un pun-to rojo en el lomo, se descubrirá, si se examina un gran número de especímenes, que el punto rojo se encoge hasta la nada, expan-diéndose hacia un enrojecimiento más general, que se debilita a un rosado, se acentúa hasta el rojo y el pardo, con matices color carmesí, y así sucesivamente, Y esto ocurre no sólo en las espe-cies biológicas, sino también en las clases de minerales que for-man una especie mineral, y recuerdo como un constante estribi-llo de las conferencias del profesor Judd sobre la clasificación de las rocas, estas palabras: «pasan a otra especie por insensibles gradaciones». Esto es verdad, afirmo, en todas las cosas.

Cabe pensar tal vez que los átomos de los elementos son ejemplos de cosas idénticamente similares, pero en realidad no son ejemplos de la experiencia sino de la teoría, y no existe un solo fenómeno químico que no esté correctamente explicado con la suposición de que es la inmensa cantidad de átomos necesaria-mente tomados en cualquier experimento lo que enmascara, por medio de la operación de la ley de probabilidades, el hecho de que cada átomo también posee su cualidad única, su especial diferen-cia individual. Esta idea de la unicidad en todos los individuos no sólo es exacta en la clasificación de la ciencia material, sino que es aplicable, y todavía más, a las especies del pensamiento común, a los términos más comunes. Tomemos la palabra silla. Cuando se dice silla, se piensa vagamente en una silla normal. Pero en los ejemplos individuales, se piensa en sillones, o en poltronas, en sillas de comedor, en sillas de cocina, en sillas convertibles en bancos, en sillas que cruzan sus fronteras y se transforman en sofás, en sillones de dentista, en tronos, en estrados de ópera, en toda clase de asientos, o en estas milagrosas excrecencias fun-goides que llenan el suelo de la Exposición de Artes y Oficios, y se percibe que este término directo es realmente un fardo mal ata-do. En colaboración con un inteligente carpintero intentaría des-truir cualquier definición de silla o sillería que se me diera. Las sillas, lo mismo que los organismos individuales, lo mismo que los especímenes de roca y mineral, son cosas únicas -si se los conoce lo bastante como para hallar una diferencia individual incluso en un conjunto de sillas fabricadas en serie- y solamen-te debido a que nosotros no poseemos una mente de capacidad ilimitada, debido a que nuestro cerebro tiene sólo un número limi-tado de casilleros para nuestra correspondencia con un universo ilimitado de objetivos únicos, nos vemos obligados a padecer la ilusión de que hay una semejanza en esta especie común y dis-tintiva a todas las sillas.

Dejad que lo repita: esto tiene una pequeñísima importancia en todos los asuntos prácticos de la vida, e incluso en relación con todo, exceptuando la filosofía y las más amplias generalizaciones. En filosofía, en efecto, esto interesa profundamente. Si pido dos huevos frescos para el desayuno, me sirven dos huevos sin abrir. aunque sean dos individuos en potencia, y pese a esto pueden ser-vir a mi tosco propósito fisiológico. Puedo permitirme el lujo de ignorar los huevos de gallina del pasado que no estuvieron tan cer-ca de esta suerte de cosas, y los huevos de gallina del futuro que acumularán modificaciones de época en época; puedo aventurar-me a ignorar la rara casualidad de una anormalidad en la compo-sición química o alguna sorprendente aberración de mi reacción fisiológica; puedo, con una confianza correctamente perfecta, refe-rirme, con una sencillez incalificable, a «dos huevos», pero no pue-do saber si mi preocupación no se refiere a mi desayuno matuti-no sino a la muy importante y posible verdad. 
Ahora, pido que se me permita indicar hacia dónde tiende esta idea de la unicidad. Sostengo que el silogismo está basado en la clasificación; que todo el difícil razonamiento lógico tiende a implicar, y es apto para implicar, una confianza en la realidad obje-tiva de la clasificación. En consecuencia, al negar esto, niego la absoluta validez de la lógica. Clasificación y número, que en ver-dad ignoran las tenues diferencias de las realidades objetivas, se han impuesto a las cosas en el pasado del pensamiento humano. Séame permitido aquí, a favor de la claridad, tomarme una liber-tad: incurrí, como se puede pensar, en una imperdonable inso-lencia. El pensamiento indio y el pensamiento griego, a la par, me impresionan por estar excesivamente obsesionados por un trata-miento objetivo de ciertas necesarias y preliminares condiciones del pensamiento humano: número, definición, clase y forma abs-tracta. Pero estas cosas: número, definición, clase y forma abstrac-ta, afirmo, son tan sólo unas condiciones inevitables de la activi-dad mental, condiciones lamentables más que hechos esenciales. Los fórceps de nuestra mente son fórceps inadecuados, y aplastan un poco la verdad al hacer presa en ella.

Es a propósito de esta dificultad que Platón jugó de modo poco convincente toda su vida. Mayormente, se inclinó a consi-derar la idea como algo ajeno a la realidad, mientras que a mí me parece que la idea es la cosa más cercana y la menos perfecta, la cosa por la que la mente, ignorando las diferencias individua-les, intenta abarcar un número, de lo contrario impracticable, de realidades únicas. 
Séame asimismo permitido citar una figura aproximada de lo que trato de demostrar en este primer ataque contra la vali-dez filosófica de los términos en general. Ya se han visto los resultados de estos diversos métodos de la reproducción en blanco y negro que envuelven el uso de una red rectangular. Se conoce la clase de proceso fotográfico al que me refiero: solía emplearse con frecuencia en la reproducción de fotografías. A corta distancia parece ser una reproducción fiel de la foto original, pero al obser-varla más de cerca se ven, no sólo la forma única y los bultos del original, sino también una multitud de pequeños rectángulos, uni-formes en tamaño y forma. Cuanto más se concentra la mirada en la foto, cuanto más de cerca se contempla, más se pierde la foto en reticulaciones. Sostengo que el mundo de la investigación razo-nada tiene una relación muy semejante con el mundo que yo juz-go objetivamente real. Para los propósitos cotidianos, el ejemplo de la foto servirá, pero cuanto más delicado sea el propósito, menos servirá, y para un propósito idealmente delicado, tanto para el conocimiento absoluto como para el conocimiento general, que será tan verdadero para el hombre que posea un telescopio para ver a distancia, como para el que tenga un microscopio, no ser-virá en absoluto.

Cierto es que se puede tejer una red de interpretaciones lógi-cas cada vez más tenue, se puede filtrar más la clasificación... pero hasta un cierto límite. Sin embargo, y esencialmente, se está trabajando sobre límites, y a medida que uno se aproxima más, a medida que se estudian cosas cada vez más finas y sutiles, al dejar el propósito práctico para el que existe el método, aumenta el ele-mento de error. Cada especie es vaga, cada término se nubla en sus bordes, y así, en mi forma de pensar, la lógica implacable es solamente otra frase que indica estupidez, una clase de testarudez intelectual. Si se lleva a cabo una investigación filosófica o meta-física a través de una serie de silogismos válidos -sin cometer nunca una falacia general y reconocible-, quedará, no obstan-te, un cierto frotamiento y una pérdida marginal de la verdad obje-tiva, efectúandose desviaciones difíciles de seguir, en cada fase del proceso. Cada especie varía en su definición, cada herramienta queda un poco floja en el mango, cada escala tiene su error indi-vidual. Mientras se razona por propósitos prácticos acerca de las cosas finitas de la experiencia, es posible, de vez en cuando, comprobar el proceso, y corregir los ajustes. Mas no es así cuan-do se hacen lo que se denominan investigaciones filosóficas y teo-lógicas, cuando se vuelve la herramienta hacia la verdad absolu-ta de las cosas. Hacer esto es como disparar a un blanco inaccesible, indestructible y sin marcar, a una distancia desconocida, con un rifle defectuoso y unos cartuchos diferentes uno del otro. Aun-que se haga blanco por casualidad, no se puede saber qué se ha alcanzado, por lo que la hazaña carece de valor. 
Este aserto sobre la necesaria inseguridad de todos los pro-cesos de razonamiento se deriva de la falsedad de la clasificación, en la cual es concebible un universo de unicidades, formando sólo un aspecto introductor de mi escepticismo general acerca del Ins-trumento del Pensamiento.

Ahora voy a referirme a otro aspecto de este escepticismo del instrumento que concierne a términos negativos. 
Las clases en lógica no solamente se representan mediante círculos con un firme perímetro, en tanto no tengan unos límites tan bien definidos, sino que también tienen una constante disposición a pensar en términos negativos, como si representaran cla-ses positivas. Con las palabras, lo mismo que con los números y las formas abstractas, hay fases definidas del desarrollo huma-no. Hay, como es sabido, respecto al número, la fase en que el hombre apenas cuenta para nada en absoluto, o cuenta en per-fecta buena fe y sanidad con sus dedos. Luego, viene la fase en que se lucha con el desarrollo del número, cuando se empieza a elaborar toda clase de ideas respecto a los números, hasta que al final se desarrollan unas complicadas supersticiones acerca de los números perfectos y los números imperfectos, acerca de los tres y los sietes, y otros parecidos. Igual es el caso de las formas abs-tractas, e incluso hoy día estamos apenas con la cabeza fuera del agua fangosa, de pensar en esferas y en formas perfectas y demás, que fue el precio del pequeño paso necesario para pensar con cla-ridad. Muchos saben mejor que yo el gran papel que la magia numérica y geométrica, la filosofía numérica y geométrica han desempeñado en la historia de la mente. Y todo el aparato del len-guaje y la comunicación mental está amenazado por ciertos ries-gos. El lenguaje del salvaje es, supongo, puramente positivo; la cosa tiene un nombre, el nombre tiene una cosa. Esta es la tradi-ción del lenguaje, y hasta hoy día, cuando oímos un nombre esta-mos predispuestos -y a veces esta predisposición es muy vicio-sa- a imaginar algo que responda al nombre. Estamos dispuestos, como un incurable vicio mental, a acumular intención en los tér-minos. Si yo digo Lará o Larí, se verá que no significan nada, que no son más, por determinarlo de alguna manera, que blancos blan-queados, y entonces se intenta pensar qué pueden ser tales pala-bras. Y donde esta predisposición es más intensa, en su forma más incitante, es en el caso de los términos negativos. Nuestro ins-trumento de conocimiento persiste en el manejo incluso de tér-minos abiertamente negativos como lo Absoluto, lo Infinito, como si tuvieran existencia real, y cuando el elemento negativo está tan poco disimulado, como por ejemplo, en la palabra Omnisciencia, en que la ilusión de la realidad positiva puede ser completa.

Hay que recordar, por favor, que trato de explicar mi filo-sofía y que no estoy discutiendo la vuestra. Séame permitido expre-sar de qué manera ha tomado forma este asunto de los términos negativos en mi cerebro. Pienso en algo que tal vez quedaría mejor descrito como estando fuera de escena o fuera del patio, o como el Vacío sin Implicaciones, o como la Nada o como las Tinieblas Exteriores. Este es una especie de Más Allá hipotético al mundo visible del pensamiento humano, y por Allá pienso en todos los términos negativos logrados al fin, fundidos y convirtiéndose en nada. Sea cual sea la clase positiva que se haga, sea cual sea el límite trazado, de forma rectilínea desde este límite, empieza la correspondiente clase negativa y pasa al ilimitable horizonte de la nada. Se habla de cosas rosadas, y en cambio se ignoran, si uno es un adiestrado ser lógico, los más esquivos matices del rosa, y cómo trazar la línea. Más allá no está el color rosado, conocido y conoscible, y en ninguna región rosada se llega a las Tinieblas Exteriores. Ni el azul, ni la felicidad, ni el hierro, ninguna de estas clases se encuentran en las Tinieblas Exteriores. Estas mismas Tinieblas Exteriores y la nada constituyen el espacio infinito y el tiempo infinito, así como todo ser de cualidades infinitas, y toda esta región que yo descarto en mi filosofía. No afirmaré ni nega-ré, si puedo conseguirlo, nada acerca de estas cosas. No trataré de estas cosas en absoluto, salvo por accidente o inadvertencia. Si uso la palabra «infinito», la uso como uno de los frecuentes usos «incontables», «las incontables huestes del enemigo», o «incon-mensurable», «arrecifes inconmensurables», o sea el límite de lo mensurable más que el límite de la mensurabilidad imaginaria, como un conveniente equivalente a cuántas veces mide esta tela un metro, y a cuán grande es, etc. Bien, un gran número de tér-minos aparentemente positivos son, o han llegado a ser, prácti-camente términos negativos y se hallan bajo la misma proscrip-ción que yo. Un número considerable de términos que han desempeñado un gran papel en el mundo del pensamiento, me parecen invalidados por el mismo defecto: no tener contenido o tenerlo indefinido, o injustificado. Por ejemplo, la palabra Omnis-ciente, implicando un conocimiento infinito, me impresiona por ser, a mi entender, una palabra con el aspecto ilusorio de ser sóli-da y llena, cuando en realidad es hueca, sin el menor contenido. Estoy convencido de que el conocimiento es la relación de un ser consciente con algo que no está en sí mismo, que la cosa cono-cida está definida como un sistema de partes, aspectos y relacio-nes, que el conocimiento es comprensión, y que solamente las cosas finitas pueden conocerse o ser conocidas. Cuando se habla de un ser de extensión infinita y de duración infinita, omniscien-te, omnipotente y

Perfecto, a mí me parece que se habla en tér-minos negativos de la nada. Cuando se habla de lo Absoluto, a mí se me habla de la nada. Sin embargo, si se me habla de un ser finito y pensante, de un ser que no sea yo, que se extienda más allá de mi imaginación en tiempo y espacio, sabiendo todo lo que yo puedo pensar que es conocido, y capaz de hacer todo lo que yo juzgo que se puede hacer, se penetra en la esfera de las operacio-nes mentales, y en el esquema de mi filosofía. 
Estas son mis dos primeras acusaciones contra nuestro Ins-trumento del Conocimiento: primero, que sólo puede funcio-nar descartando la individualidad y tratando a los únicos como objetos idénticamente similares a este respecto, o agrupándolos bajo un solo término, y que una vez hecho esto, se tiende auto-máticamente a intensificar el significado del término, y segun-do: que sólo se puede tratar libremente con términos negativos como si fuesen positivos. Pero yo aún tengo otra objeción con-tra el Instrumento del Pensamiento Humano, que no está rela-cionado con las anteriores objeciones, aunque es más difícil de exponer. 
Esencialmente, esta idea es la exposición de una especie de estratificación de las ideas humanas. Pienso que varios términos de nuestro razonamiento se hallan, en realidad, en diferentes niveles y en distintos planos, y que nosotros cometemos gran canti-dad de errores y confusiones razonando en términos que no se hallan o apenas se hallan en el mismo plano.

Intentaré ser un poco menos oscuro mediante un ejemplo más claro sobre las cosas físicas. Supongamos que alguien empie-za a hablar seriamente acerca de un individuo que está observan do un átomo por un microscopio, o mejor aún, intentando par-tir uno por la mitad con un cuchillo. Hay cierto número no analítico de personas que estarían dispuestas a creer que un áto-mo es visible a simple vista o que se puede cortar de esta manera. Pero todo el que está familiarizado con los conceptos físicos pen-saría que tan difícil es matar a la raíz cuadrada de 2 con un rifle defectuoso como cortar un átomo por la mitad con un cuchillo. Nuestro concepto del átomo llegó a través de un proceso de hipó-tesis y análisis, y en el mundo de los átomos no hay cuchillos ni individuos que los corten. Si alguien pensara en un fuerte y consistente movimiento mental, al imaginar a un átomo bajo la hoja el cuchillo, debería pensar que la hoja del cuchillo es una nube de átomos que giran y se agrupan, y que las lentes del microscopio son un pequeño universo de moléculas oscilantes y vibratorias. Si se medita sobre el universo, pensando a nivel de átomos, no existe ningún cuchillo que corte, ni balanza que pese, ni ojo que observe. El universo, en este plano al que desciende la mente del físico molecular, no presenta ninguna de las formas o figuras de nuestra vida normal. La mano con que escribo es en el universo del físico molecular una nube de átomos y moléculas que luchan entre sí, combinándose una y otra vez, chocando, girando, volan-do incansablemente en la atmósfera del éter universal. 
Espero que comprendáis a qué me refiero cuando digo que el universo de la física molecular está a un nivel diferente del uni-verso de la experiencia común; lo que llamamos estable y sólido es en este mundo un sistema libremente móvil, de centros de fuer-za relacionados entre sí; lo que llamamos color y sonido no es más que la diferencia de longitud de las vibraciones. Hemos lle-gado a un concepto de este universo de la física molecular por medio de un gran esfuerzo de análisis organizado, y nuestro uni-verso de las experiencias cotidianas se halla en relación con este mundo elemental como si fuese una síntesis de estas cosas ele-mentales.

Diría que éste es solamente un ejemplo muy extremado del estado general de los asuntos humanos, que podría haber unas diferencias de nivel más sutiles y finas entre un término y el otro, y que se puede pensar que los términos yacen oblicuamente y son retorcidos a través de diferentes niveles. 
Quizás os daré una idea más clara de lo que trato de comu-nicar si sugiero una imagen concreta para todo el conjunto del pensamiento y el conocimiento de un hombre. Imaginad una gela-tina grande y clara, en la que todas las esquinas y en todos los esta-dos de simplicidad o contorsión estén engastadas ideas del hom-bre. Son ideas válidas y posibles, allí engastadas, ninguna realmente incompatible con las demás. Si se imagina la dirección de alto o bajo en esta gelatina, como si fuese la dirección en que uno se mueve por análisis o síntesis, si se desciende, por ejemplo, desde la materia a los átomos y los centros de fuerza, y se asciende hacia los hombres, los estados y los países... si se imagina que las ide-as están de esta manera, se comprenderá el principio de mi inten-ción. Pero nuestro Instrumento, nuestro proceso pensante, como un dibujo antes de descubrir la perspectiva, sólo parece capaz de tratar con, o de razonar sobre, ideas, proyectándolas en el mis-mo plano.

El Escepticismo del Instrumento no es, por ejemplo, incom-patible con la asociación religiosa y con la organización sobre la base de una fe común. Es posible considerar a Dios como un Ser sintético en relación con los hombres y las sociedades, tal como la idea de un universo de átomos, moléculas y relaciones inorgánicas es analítica en relación con la vida humana. 
El repudio de la demostración de casos inmediatos y com-probables al que apunta este Escepticismo del Instrumento, el abandono de toda validez universal en las proposiciones morales y religiosas, trae la enseñanza ética, moral y religiosa al terreno de la poesía, y sirve para corregir la diferencia entre el conoci-miento y la belleza, que es un rasgo de la gran existencia mental en esta época. Todas estas cosas son autoexpresión. Tal opinión establece un nuevo y mayor valor en esa cualidad penetrante e iluminadora de la mente que llamamos perspicacia, perspicacia que cuando se dirige a las contradicciones que se derivan de las imperfecciones del instrumento mental se denomina humor. Es en estas cualidades innatas, de imposible enseñanza, afirmo, en el humor y en el sentido de la belleza, que reside la esperanza de sal-vación intelectual desde el pecado original del instrumento inte-lectual que podemos albergar en este incierto y fluctuante mun-do de apariencias únicas... 
Así, con franqueza, os ofrezco mi escaso equipamiento de presunciones fundamentales, cordialmente encantado de la opor-tunidad que se me brinda de exponerlas, de considerarlas con la particularidad que asegura la presencia de los oyentes, y de escu-char la impresión que os causan. Naturalmente, este esbozo debe provocar un efecto inevitablemente breve. El tiempo que tuve para ello, me refiero al tiempo de que dispuse para la preparación, fue demasiado limitado para lograr un exhaustivo acabado de la presentación; pero opino que, en conjunto, he logrado organizar bien las principales líneas de este mapa abocetado de la verdad básica de mi mente. Distinto es haber conseguido exponer mi tesis con claridad. Sois vosotros los que debéis decir ahora de qué modo esta abocetado mapa concuerda con vuestra propia y más siste-mática cartografía...

INTRODUCCIÓN 
A «UTOPÍA», DE TOMAS MORO

Hay escritores que están principalmente interesados en sí mis-mos, y otros que, por una oportunidad y por acuerdo unánime de los hombres, se han convertido en símbolos e indicios con-venientes de algún grupo o carácter con opiniones particulares. A este último grupo pertenece sir Thomas More (Tomás Moro). Una época y un tipo mental han hallado en él y en su Utopía una figura señera y un símbolo; y si bien al lector actual se le pre-senta su personalidad y su vida íntima como honorable y grata, es dudoso que hubiera alcanzado distinción tan peculiar entre sus numerosos contemporáneos, de quienes hemos tenido la ocasión de leer canas y documentos similares, de no haber tenido el honor de ser el primer hombre público de Inglaterra que imitó la Repú-blica de Platón. Por esta casualidad fue elegido para dar al mun-do un sustantivo y un adjetivo del que se ha abusado mucho: «Utopía», y de recordar de qué manera, bajo la estimulante influencia liberal de Platón, los problemas más acuciantes de nues-tro mundo moderno también estaban presentes en la mente libe-ral de los ingleses de su época. En su mayor parte, los proble-mas a los que se enfrentaba son los mismos problemas a los que nos enfrentamos hoy en día; algunos pueden haber aumentado e incluso estar interrelacionados; otros nuevos pueden acompa-ñarles, pero pocos, si hay alguno, han desaparecido, y son pare-cidos en sus similitudes a, y diferentes de, la moderna mente espe-culativa, y es allí donde radica su interés esencial.

El retrato ofrecido por los relatos contemporáneos y por sus propias admisiones intencionales o no, es el de un hombre de men-te activa y modales agradables, un trabajador constante, marcadamente propenso a frases agudas e ingeniosas, sabedor de su doble reputación de erudito y hombre ingenioso. Esta última cua-lidad es la que le hizo ascender en la Corte, y pudo ser su claramente confesada renuencia a desempeñar el papel de un informal bufón para su rey, lo que sentó las bases de ese profundo resen-timiento real que sólo acabó con su ejecución. Pero al mismo tiem-po, el rey le valoraba por unos méritos muy sólidos, por los que le necesitaba; y fue mucho más que unas chanzas o un choque de opiniones sobre la validez del divorcio, fue algo más profundo que el distanciamiento general y la evitación del servicio, lo que provocó el ataque de petulancia real por cuya culpa More fue eje-cutado. 
Al parecer, empezó y terminó su carrera en la religión orto-doxa y en la admisión general de las ideas y costumbres de su épo-ca, y también desempeñó un papel honorable y aceptable en su tiempo; pero su interés permanente no radicó en su conformis-mo general sino en su incidental escepticismo, en el hecho de que, por debajo de las observancias y las reglas reconocidas que sus-tentaban el entramado de su vida, se ocultaban unas profundas dudas, y que, estimulado y perturbado por Platón, estuvo dis-puesto a ponerlas por escrito. Cabe dudar si tal escepticismo es inusitado en sí mismo, toda vez que una alta proporción de gran-des estadistas, grandes eclesiásticos y administradores no han esca-pado a las fases de autocrítica destructora de los principios sobre los que estuvieron enmarcadas, en general, sus carreras. Pero muy pocos lo han confesado tan paladinamente como sir Thomas More. Indudablemente fue un buen católico y, no obstante, le vemos capaz de concebir una comunidad no cristiana superior a toda la Cristiandad en sabiduría y virtudes; en la práctica, su sentido del conformismo y la ortodoxia se puso bastante de manifiesto, pero en su Utopía se aventura a contemplar, no sólo como algo lejano, sino con cierta confianza, la posibilidad de una absoluta tolerancia religiosa.

La Utopía no resulta menos interesante por el hecho de ser uno de los libros más profundamente inconsistentes. Nunca estu-vieron las formas del socialismo y el comunismo animadas por un espíritu tan entero e individualista. Las manos son las manos de Platón, las del pensamiento liberal griego, pero la voz es la de un humanista caballero inglés, de espíritu abierto pero limita-do y muy práctico, que acepta como algo cierto la inferioridad de sus inferiores, al que disgustan los frailes, los vagabundos y los perezosos, y que gobierna además su propio hogar. Abunda en ideas prácticas y excelentes sobre la migración de los segadores, sobre la universalidad de los parques y sobre la incubación arti-ficial de los huevos, y barre por completo la sugerencia platóni-ca de la mujer ciudadana, como si jamás se le hubiese ocurrido al filósofo tal cosa. Poseía, en realidad, un temperamento liberal, que se manifestaba incluso en la práctica de leer en voz alta y en compañía, lo que aún se conserva entre los supervivientes más representativos de la tradición liberal inglesa. Discute sobre la propiedad privada, pero no alberga ningún pensamiento tan radi-cal como la admisión de que sus pobres labriegos, con la cabeza semiafeitada y vistiendo el tosco uniforme contra todo intento de fuga, participen en la propiedad de las tierras. Su comunismo se dirige a la conveniencia de sus sifograntes y sus tranibores, esos caballeros de gravedad y experiencia, a menos que uno sobre-salga de los demás. Así también es la idea alojada en el liberalis-mo esencial sobre la limitación de los ingresos del Príncipe. Se trata del mismo espíritu del constitucionalismo del siglo XVIII. Y su liberalismo se apoya en el utilitarismo y no en la vanidad de una flor. Entre sus ciudades, todas de las mismas dimensiones, de modo que «quien conoce una las conoce todas», la bentamista habría revisado su teología escéptica, admitiendo la posibilidad del cielo.

Igual que cualquier liberal inglés, More exaltaba la razón por encima de la imaginación, en todos los órdenes, y así no com-prende el mágico prestigio del oro, convirtiendo al bello metal en bajeles del deshonor que apoyen su caso contra el mismo; no tuvo el menor atisbo del encanto de la extravagancia, por ejemplo, o de lo deseable de ciertos vestidos. Los utópicos llevan todos pren-das de lino y lana sin teñir -¿por qué debería el mundo ser colo-reado?-, y toda la economía del trabajo y el acortamiento de los días laborables no tienen más finalidad que prolongar los años de estudio y el goce de la lectura en voz alta, y las sencillas satisfac-ciones del buen joven residen en sus estudios, hasta el fin de su vida. «La conciencia de haber obrado bien, la benevolencia y el agradecimiento de los beneficiados, causan más placer de que os abstuvisteis. Además, Dios recompensa con una alegría eterna e inmensa el sacrificio de un placer exiguo y breve. Por todo esto creen los utópicos que debemos considerar todas nuestras accio-nes y, aun las virtudes, como dirigidas en último extremo al pla-cer y la felicidad.» 
Por tanto no es ninguna paradoja afirmar que la Utopía, que por una conspiración de accidentes se ha convertido en una pro-verbial fantasía indisciplinada de los asuntos sociales y políti-cos, es en realidad una obra poco imaginativa. En esto, junto al accidente de su prioridad, reside el secreto de su continuado inte-rés. En algunos aspectos, es como uno de esos preciosos y deli-ciosos álbumes de recuerdos que la gente desentierra en las vie-jas casas de campo; su misma pobreza de poder sintético sale de sus ingredientes, los recuerdos y las imitaciones de Platón, la rece-ta para la incubación de los huevos, las severas resoluciones con-tra los tipos facinerosos y crueles, así como todo lo más agudo y brillante. Siempre se hallarán gentes que gusten de leerla, y habrá innumerables personas que continuarán ignorando cómo usar su nombre para todo lo que es más ajeno a la esencial cualidad de More.

H. G. WELLS



H.G.WELLS,SU TIEMPO Y SU OBRA :

En la tan bizantina como superfina polémica acerca de la paternidad de la ciencia ficción moderna, dirimida entre el francés Julio Verne y el británico Herbert George Wells (véase la introducción a La ciencia ficción de Julio Verne, en el número 89 de esta misma colección), Verne es considerado generalmente como el precursor temático del género, mientras que Wells es calificado más bien como su precursor ideológico. Verne, fiel a las constantes de culto al maquinismo y a la moda de las aventuras «científicas» que reglan en su país, inventaba el submarino, disparaba su cañón contra la Luna, viajaba a los polos, daba la vuelta al mundo e imaginaba un buque aéreo sustentado en el aire por multitud de hélices horizontales. Wells, mas sumergido en las inquietudes sociales que arrasaban en aquella época su país, se ocupó mas de las ideas: utilizó la máquina del tiempo como vehículo para examinar la degradación de la burguesía y las clases obreras en un futuro lejano; las promesas de la aviación le hicieron pensar inmediatamente en su aprovechamiento bélico; la genética significó para él la visión de la manipulación del hombre; y nuestro satélite le sirvió de cuna para el estudio de una civilización alienígena completamente distinta a la nuestra.

Bajo estas premisas, por supuesto, Julio Verne se ha convertido en el auténtico clásico de los partidarios de la hard science fiction, la ciencia ficción profundamente arraigada en la ciencia mientras que H. G Wells es el adalid de los partidarios de la ciencia ficción de ideas, de la que es un buen ejemplo (aunque no, evidentemente, el único) la new wave y toda la ciencia ficción experimental: Pero todo esto, por supuesto, son nimiedades. Excepto para los exquisitamente puristas, Verne y Wells comparten en panteones contiguos pero no antagónicos, el honor de ser los auténticos maestros iniciadores de la ciencia ficción moderna. Intentar demostrar otra cosa es querer buscar tres pies al gato, la cuadratura del círculo y el parentesco con IBM de los robots de La guerra de las galaxias. En otras palabras, pura necedad.

El paralelismo (que no antagonismo) entre la obra de Verne y Wells, cada uno dentro de su particular dimensión, empieza en el hecho de que ambos fueron fruto de su tiempo, de su país y de su sociedad. Herbert George Wells, nacido el 21 de septiembre de 1866 en Bromley, en el condado de Kent, fue el tercer hijo de un tendero, cuyos humildes orígenes (los del padre) quedan claramente reflejados en el hecho de que, antes de establecerse, había sido jardinero y jugador de críquet, y se casó con una sirvienta. La lucha constante del padre de Wells por hacerse un sitio en la recién nacida pequeña burguesía inglesa de la segunda mitad del siglo pasado sería luego reflejada en vanas obras de su hijo, como El amor y M. Lewisham, Kipps o Tono-Bungay.

El padre de «Bertie», como era llamado familiarmente Wells, murió joven, y la madre tuvo que ponerse a servir en un café para mantener a la familia. En consecuencia, la juventud de Wells lo fue todo menos fácil y placentera. Al igual que sus hermanos (y que la mayor parte de los jóvenes e incluso niños ingleses de la época), tuvo que ponerse a trabajar pronto, y realizó los mas diversos oficios, incluidos el de aprendiz de pañero y mancebo de botica, circunstancia que reflejaría magistralmente, junto con otros muchos detalles autobiográficos, en su novela Tono-Bungay (recientemente publicada en español). 
En 1883 pasó a ocupar un puesto de alumno/maestro en la escuela de segunda enseñanza de Midhurst, gracias a lo cual consiguió una beca para la escuela normal de ciencias de Londres. Allí tuvo la fortuna de estudiar bajo la batuta de Thomas Henry Huxley, abuelo de Julián y Aldous Huxley, un acérrimo defensor de las teorías darvinianas y un declarado humanista científico, que influyó grandemente en todo su pensamiento posterior, y con cuyo nieto Julián (y su propio hijo) escribiría, muchos años más tarde, la obra La ciencia de la vida (1929). Consiguió graduarse como externo, fue nombrado lector de biología en el University Correspondence College y escribió dos libros de texto (publicados en 1893, cuando aún no había cumplido los treinta años). Pero el estrés pudo mas que él, y tuvo que ser ingresado durante varios meses en un hospital.

Es ahí precisamente donde empieza su meteórica carrera literaria, a través de una serie de artículos y ensayos en diversas revistas literarias y científicas. Es curioso constatar que el más famoso de esos primeros artículos, «El hombre del año un millón», describía las ideas científicas de Wells sobre el hombre de un lejano futuro. En ese artículo aparecen por primera vez las constantes de cómo verá la ciencia ficción al hombre del futuro: gran cabeza, ojos enormes, manos delicadas y un cuerpo muy reducido. Pero Wells iba más lejos y veía a esos hombres sobreviviendo a la muerte del Sol, inmersos permanentemente en líquidos nutritivos en refugios muy profundos bajo la superficie de la Tierra. Otros artículos de esa época trataban también de visiones que hoy llamaríamos prospectivas: «El advenimiento del hombre volante» lo dice todo en su título; «Una excursión al Sol» era una poética visión del sistema solar que contemplaba las tormentas solares como grandes mareas electromagnéticas; «La extinción del hombre» . planteaba la tesis de que el ser humano quizá no sea la especie más apta para sobrevivir en nuestro planeta; «Las posibles cosas vivas» examina ha la posibilidad de la vida basada en el silicio, en vez de en el carbono. 
Y entonces se produce la entrada triunfal en el campo de la literatura. Basándose en una serie de ensayos que había elaborado en 1888 para una publicación de aficionados, Wells escribe La máquina del tiempo (1895), que obtiene inmediatamente un clamoroso éxito. A ella le siguen en poco tiempo: La visita maravillosa (1895 también), una mordaz sátira de la sociedad victoriana de su tiempo vista por los ojos críticos y despiadados de un ángel caído de los cielos; La isla del doctor Moreau (1896). basada en un ensayo anterior del propio Wells, «Los límites de la plasticidad»; El nombre invisible (1897). La guerra de tos mundos (1898), Cuando el durmiente despierta (1899), Los primeros hombres en la Luna (1901), El alimento de los dioses (1904), Una utopía moderna (1905), En los días del cometa (1906). Todas esas obras son acogidas con enorme entusiasmo por un público ansioso de nuevas ideas. Todas ellas (excepto La visita maravillosa, que puede ser considerada como fantasía pura) serían calificadas, hoy día, como pertenecientes a la mas estricta ciencia ficción. 
En la primera década del nuevo siglo, sin embargo, la literatura de H. G. Wells empieza a sufrir un profundo cambio. Aunque la critica social nunca ha dejado de estar presente en su obra, ahora empieza a abandonar el «sentido de la maravilla» presente hasta entonces y a centrar su literatura en una realidad más concreta. Sus obras se hacen más realistas, se centran en sus propias experiencias vitales, aunque siempre defendiendo causas que eran muchas veces escandalosas para la sociedad victoriana de su tiempo, como en Ana Verónica (1909), donde contempla con ojo critico la situación de la mujer en la sociedad inglesa de principios de siglo, o Los nuevos Maquiavelos (1911), en la que aborda con una lucidez no exenta de cinismo los problemas políticos de su tiempo.

La Primera Guerra Mundial constituye para Wells, como para tantos otros europeos, un profundo trauma. Su interés por el conflicto bélico se refleja en el hecho de que no deja de recorrer el frente, actuando como periodista y dando conferencias en defensa de la civilización y de la democracia. Como resultado de esas experiencias publicará más tarde una serie de libros sobre la guerra, cuyos títulos son suficientemente elocuentes: Guerra y futuro; Italia, Francia y Gran Bretaña en la Guerra; La guerra que terminará con la guerra... 
Tras esa primera etapa de ciencia ficción y esa segunda etapa de novelas realistas, muchas de ellas casi autobiográficas, Wells sufre un nuevo cambio literario. Sus obras de entreguerras reflejan su gran preocupación hacia sus semejantes, juntó con un profundo y amargo sentido de la crítica. Wells empieza ya a sentirse desesperanzado con respecto a la humanidad y sus posibilidades de redención. En Mr. Blettsworty en la isla Rampole (1928), por ejemplo, un hombre que ha naufragado en una isla intenta por todos los medios convertir a los supersticiosos salvajes que la habitan e inculcar en sus mentes un poco de sentido común, pero no consigue vencer sus crueles y estúpidas costumbres tribales; el rizo final de la obra surge cuando el protagonista se da cuenta de que durante toda la novela ha estado delirando, que no existen sus salvajes, y que la isla de Rampole es en realidad Nueva York. En El fuego eterno, una revisión del libro de Job trasladada a la Inglaterra contemporánea de Wells, el agonizante héroe wellsiano es reconfortado en sus amarguras por diversos filósofos sociales.

Ese segundo libro señala ya el camino que emprenderá la futura carrera literaria de Wells. Cada vez mas interesado por la sociología, Wells abandona poco a poco la literatura y regresa a sus orígenes, el ensayo. En esa época se recluye en su propiedad de Bastón Globe, en Dummond, Essex, y escribe dos de sus obras capitales: El trabajo, la riqueza y la felicidad de la humanidad (1931) y su secuela, una ficción especulativa, medio narración, medio ensayo (de la que saldría posteriormente el famoso guión de la película de William Garrierson Menzies), La forma de las cosas que han de venir (1933). Junto con estas obras capitales, Wells escribe una serie de obras menores, mientras sigue atormentado por visiones cada vez más mesiánicas en las que se ve como oráculo de la humanidad. Escribe también su Autobiografía (1934), cuya sinceridad es considerada brutalmente escandalosa, y una serie de ensayos socio-filosóficos, de los que habían sido heraldos varias obras anteriores, como El esquema de la historia (1920) y El salvamento de la civilización (1921), pero ahora mucho más pesimistas: El destino del Homo sapiens (1939), El nuevo orden del mundo (1939), La conquista del tiempo (1942). Su última obra, publicada en pleno caos de la Segunda Guerra Mundial, es una fantasía literaria que parece querer cerrar de forma definitiva la opinión de los últimos años de Wells sobre el hombre, la historia y Dios: Todos a bordo hacia Ararat (1941) es una pesimista fantasía en la cual Dios le pide a un nuevo Noé que construya una segunda Arca. Noé acepta, pero pone una condición: esta vez debe ser Dios quien se embarque en ella como pasajero, dejando libres a los hombres para que se ocupen de su propio destino. 
Aquejado por la tuberculosis y la diabetes, Wells se retira los últimos años de su vida en su casa de Londres, soportando los postreros coletazos de la guerra. Apenas sobrevivirá a ella: morirá el 13 de agosto de 1946, sin ver cumplidos sus anhelos de libertad y justicia social y derrotado en su fe en el futuro de la humanidad.

Es curioso constatar que, aunque Wells pareció «renegar» de la ciencia ficción que le había proporcionado sus primeros éxitos apenas hubo consolidado su fama literaria (si bien nunca renunció a la fantasía, que no deja de aparecer a lo largo de toda su obra), y aunque ninguna de sus obras posteriores a 1910 pueden compararse en ese sentido a las anteriores, son precisamente sus primeras novelas, sus obras más estrictamente de ciencia ficción, las que más han perdurado a nivel popular. Es cierto que el conjunto de su obra sigue editándose y leyéndose en todos los idiomas; pero el público de sus obras sociales es mucho mas restringido que el de sus primeras fantasías. Si su nombre se conoce mundialmente en la actualidad, es más por La máquina del tiempo o por El hombre invisible que por Kipps o por Ana Verónica, para citar unos ejemplos, pese a ser todas ellas obras estimables literariamente. 
Del mismo modo también, aunque Wells es conocido principalmente por sus novelas (y quienes no las hayan leído, que indudablemente son aún muchos, sí han visto algunos de los numerosos filmes que sobre ellas se han realizado), donde con mayor intensidad surge la gran fantasía de H. G. Wells, mas aún que en sus novelas, es en sus relatos cortos. Casi todos ellos fueron escritos en la primera época de su carrera: después de la Primera Guerra Mundial se dedicarla casi exclusivamente (aparte su labor periodística) a la novela, y en la última época de su vida al ensayo y a la obra monumental. Pero es en el frescor de sus primeras obras cortas, libre todavía de su pesimismo y del trascendentalismo que permeó la última etapa de su vida, donde surgen todas las grandes ideas fantásticas de Wells.

En total, Wells publicó (censados) 63 relatos cortos, que forman la monumental obra The Short Stories of H. G. Wells, un volumen de 1148 páginas publicado en Londres en 1927. La mayor parte de ellos corresponden al género de ciencia ficción y fantasía, y contienen joyas tan universales como «Los acorazados terrestres», donde anticipa por primera vez el uso de los tanques en la guerra; «El bacilo robado», sobre la contaminación intencionada de las aguas potables; «La estrella», uno de los primeros relatos de ciencia ficción sobre el desastre provocado por el choque con un meteorito; «El nuevo acelerador», «El señor de las dinamos», el relato prehistórico «Una raza aterradora», «El país de los ciegos»... y tantos otros relatos donde la imaginación de Wells se mezcla con un profundo sentido de la ciencia y la realidad científica y de la filosofía y la realidad humana. Sin embargo, es curioso constatar que la mayor parte de esos relatos, que constituyen cada uno una joya en sí mismo, aunque conocidos de oídas por muchos lectores, apenas han sido publicados en español, excepto de una forma muy dispersa y aislada, en los últimos treinta años. Pese a que constituyen uno de los puntales de la obra wellsiana, junto con sus inmortales La máquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos. 
Nada mejor, pues, que rematar la edición de esta Biblioteca de Ciencia Ficción de Ediciones Orbis con estos dos volúmenes que reúnen los relatos de ciencia ficción mas destacados de Herbert George Wells, seleccionados de entre esos 63 relatos de su producción global. Se trata, a la vez, de un rescate, el pago de una deuda y un homenaje. Y, por supuesto, del mejor colofón que puede tener esta Biblioteca.

DOMINGO SANTOS



3 CUENTOS DE WELLS (ABISMO,RAZA ATERRADORA Y HACEDOR DE MILAGROS) :

EN EL ABISMO :

El teniente permanecía en pie frente a la esfera de acero y mordía un trozo de astilla de pino. 
—¿Qué piensa de ello, Steevens? —preguntó. 
—Es una idea —dijo Steevens con el tono del que se mantiene mentalmente abierto. 
—Creo que se hará pedazos... completamente —dijo el teniente. 
—Él parece haberlo calculado todo bastante bien —dijo Steevens, todavía desinteresado. 
—Pero piense en la presión —dijo el teniente—. En la superficie del agua es de catorce libras por pulgada, a treinta pies de profundidad es el doble; a sesenta, el triple; a noventa pies, el cuádruple; a novecientos, cuarenta veces; a cinco mil, trescientas, esto es a una milla... es doscientas cuarenta veces catorce libras; o sea que... vamos a ver... treinta quintales... una tonelada y media Steevens; una tonelada y media por pulgada cuadrada. Y el océano adonde va tiene cinco millas de profundidad Es decir, siete y media... 
—Suena a mucho —dijo Steevens—, pero es acero muy grueso. 
El teniente no respondió, sino que volvió a su astilla de pino. El objeto de su conversación era una enorme bola de acero con un diámetro exterior de unos nueve pies. Parecía el obús de alguna pieza de artillería titánica Estaba cuidadosamente colocada en un monstruoso andamiaje montado dentro del armazón del buque y las gigantescas cabrias que pronto iban a echarla por la borda daban a la popa del barco una apariencia que hubiera despertado la curiosidad de cualquier modesto marino que la hubiera divisado, desde las aguas de Londres al Trópico de Capricornio. En dos puntos, el uno sobre el otro, en el acero se abrían dos ventanas circulares de vidrio enormemente espeso; una de ellas, colocada en un marco de acero de gran solidez, estaba en ese momento parcialmente desenroscada. Ambos, hombres habían visto el interior de aquel globo por primera vez aquella mañana Estaba cuidadosamente forrado de cojines de aire y dotado de pequeños pivotes hundidos entre protuberantes almohadones para manipular el simple mecanismo del artilugio. Todo estaba primorosamente forrado, incluso el equipo Myers que tenía que absorber el ácido carbónico y reponer el oxígeno inspirado por su inquilino, cuando se hubiera introducido por la boca de entrada y ésta hubiera sido atornillada. Estaba tan cuidadosamente forrado que un hombre podía ser disparado dentro del mismo por un cañón con total seguridad. Y así había de ser, pues pronto un hombre iba a meterse en él por aquella boca de entrada de vidrio y, herméticamente cerrado, seria arrojado por la borda para descender, descender y descender hasta cinco millas, como decía el teniente. Aquello había hecho presa fuertemente en su imaginación le había producido una ola de confusión, y encontró en Steevens, el recién llegado a bordo, un enviado del cielo con quien hablar de ello una y otra vez. 
—Opino —dijo el teniente— que el vidrio se curvará, se combará y se hará pedazos bajo semejante presión. Bajo grandes presiones, Daubrée ha hecho que las rocas se vuelvan fluidas como el agua, y fíjese en lo que estoy diciendo... 
—Si el cristal se rompiera —dijo Steevens—, ¿qué pasaría? 
—El agua se introduciría como un chorro de hierro. ¿Ha sentido alguna vez un chorro directo de agua a alta presión? Golpea con la fuerza de una bala Simplemente, le destrozarla y le aplastaría Le desharía la garganta y se le metería en los pulmones; se introduciría en sus oídos... 
—¡Qué imaginación tan detallista tiene! —protestó Steevens, que veía estas cosas vividamente. 
—Es una sencilla explicación de lo inevitable —dijo el teniente. 
—¿Y la esfera? 
—Emitiría unas cuantas burbujitas y se posaría confortablemente hasta el día del juicio entre el cieno y el barro del fondo... con el pobre Elstead aplastado contra sus propios cojines como la mantequilla sobre el pan. —Y repitió esta frase como si le agradara mucho—. Como la mantequilla sobre el pan. 
—¿Echando una mirada al aparato? —dijo una voz, y Elstead apareció junto a ellos, de blanco flamante, con un cigarrillo entre los dientes y una sonrisa en la mirada que asomaba bajo la sombra de la amplia ala de su sombrero—. ¿Qué es eso de pan y mantequilla Weybridge? ¿Quejándose como de costumbre de la paga insuficiente de los oficiales navales? Falta menos de un día para que empiece. Hoy prepararemos las eslingas. Este cielo limpio y este mar apacible son lo más favorable para mecer una docena de toneladas de plomo y de hierro, ¿no es verdad? 
—No te afectará mucho el tiempo que haga —dijo Weybridge. 
—No. A setenta u ochenta pies de profundidad, y yo estaré allí en una docena de segundos, no se mueve ni una partícula aunque el viento se desgañe arriba y el agua salte a medio camino de las nubes. No. Lo que hay allí abajo es... —Se fue hacia el costado del buque y los otros dos le siguieron. Los tres se apoyaron en la borda y se quedaron mirando fijamente el agua verde-amarillenta. 
—Paz —dijo Elstead terminando su pensamiento en voz alta. 
—¿Estás completamente seguro de que el aparato de relojería funcionará? —preguntó Weybridge en seguida. 
—Ha funcionado treinta y cinco veces —dice Elstead—. Está obligado a funcionar. 
—¿Pero si no lo hace? 
—¿Por qué no había de hacerlo? 
—Yo no bajaría en ese maldito trasto —dijo Weybridge—, ni por veinte mil libras. 
—Qué tipo mas alegre eres —dijo Elstead, y escupió amistosamente hacia una burbuja del agua. 
—Todavía no comprendo cómo vas a intentar que la cosa funcione —dijo Steevens. 
—En primer lugar, yo quedaré atornillado dentro de la esfera —dijo Elstead—, y cuando haya encendido y apagado la luz eléctrica tres veces para indicar que estoy dispuesto, me lanzarán por popa mediante aquella grúa, con todas esas grandes plomadas colgadas debajo. El lastre de plomo tiene un carrete con unas cien brazas de cuerda fuerte enrollada y eso es lo que une las plomadas a la esfera, además de las eslingas, que serán cortadas cuando el artefacto sea bajado. Utilizamos cuerda en vez de cable porque es más fácil de cortar y más flotante; puntos ambos necesarios, como veréis. 
>En cada uno de estos lastres veis que hay un orificio que atravesará una varilla de hierro la cual sobresaldrá seis pies por ¡a parte inferior. Al ser atacada esa varilla desde abajo, golpea una palanca que pone en marcha el mecanismo de relojería situado en la parte del cañete en que se enrolla ¡a cuerda. 
»Bien. Todo el aparato se introduce suavemente en el agua y se cortan las eslingas. La esfera flota pues con aire en su interior es más ligera que el agua pero los lastres van rectos hacia abajo hasta que la cuerda se acaba Cuando toda la cuerda esté desenrollada la esfera descenderá también, tirada por la cuerda. 
—¿Pero por qué la cuerda? —preguntó Steevens—. ¿Por qué no atar los pesos directamente a la esfera? 
—Por el choque, allí abajo. Todo el artefacto se precipitaría hacia abajo, milla tras milla, a toda velocidad al final Se haría pedazos en el fondo si no fuera por la cuerda. Pero los pesos chocaran con el fondo, y en cuanto lo hagan se pondrá en juego la flotación de la esfera. Continuará hundiéndose cada vez más lentamente; por último se parará y a continuación empezará a ascender de nuevo. 
»Es entonces cuando entra en acción el mecanismo de relojería. Los pesos se estrellan directamente contra el fondo del mar; la varilla es golpeada, acciona el mecanismo de relojería y la cuerda se rebobina en el carrete. Así, seré arrastrado hacia el fondo del mar. Allí permaneceré una media hora, con la luz eléctrica encendida, observando a mi alrededor. Entonces el mecanismo de relojería disparará una cuchilla de resorte, la cuerda será cortada y yo me lanzaré de nuevo hacia arriba como una burbuja de agua carbónica. La propia cuerda contribuirá a la flotación. 
—¿Y si por casualidad choca con un barco? —dijo Weybridge. 
—Subiré a tal velocidad que lo atravesaré —dijo Elstead—, como una bala de canoa No te preocupes por eso. 
—Suponte que un hábil crustáceo se enreda en tu mecanismo de relojería... 
—Sería una apremiante invitación a detenerme —dijo Elstead, volviéndose de espaldas al agua y mirando fijamente la esfera. 
Levantaron a Elstead sobre la borda a las once. El día estaba serenamente brillante y en calma, con el horizonte perdido en la niebla. El resplandor eléctrico del pequeño compartimento superior destelló jovialmente tres veces. Entonces le posaron suavemente en la superficie del agua y un marinero se colgó de las cadenas de popa dispuesto a cortar el aparejo que mantenía unidos los lastres a la esfera. El globo, que parecía tan grande en cubierta, bajo la popa del barco parecía la cosa más pequeña que se pueda concebir. Giró un poco y sus dos oscuras ventanas, que estaban por encima de la línea de flotación, parecían ojos girando asombrados hacia las personas que se apiñaban en la borda Una voz se maravillaba de que a Elstead le gustara el balanceo. 
—¿Está listo? —preguntó el comandante. 
—¡Sí, sí señor! 
—¡Entonces selladle! 
La cuerda del aparejo se presionó contra la cuchilla y se cortó; un remolino agitó al globo de forma grotesca y. desmañada Uno saludó con un pañuelo, otro intentó un ineficaz saludo y un guardiamarina contaba lentamente: 
—¡Ocho, nueve, diez! —Otro balanceo, y después, con una sacudida y un chapoteo, la esfera se enderezó. 
Pareció quedar fija por un momento y hacerse rápidamente más pequeña; a continuación el agua se cenó sobre ella y por unos momentos aún fue visible, agrandada por la refracción y más oscura bajo la superficie. Antes de que se pudiera contar hasta tres había desaparecido. Hubo un centelleo de luz blanca bajo el agua hasta que se convirtió en un punto y desapareció. Después, nada excepto el abismo marino y la oscuridad de las profundidades en que nadaba un tiburón. 
Bruscamente la hélice del barco empezó a girar, el agua se arremolinó, el tiburón desapareció en una rugosa confusión y un torrente de espuma se levantó de la claridad cristalina que había engullido a Elstead. 
—Y ahora ¿qué pasa? —dijo un marinero a otro. 
—Vamos a virar de borde un par de millas por temor a que choque con nosotros cuando suba —dijo su compañero. 
El barco marchó lentamente hacia su nueva posición. A bordo casi todos los que estaban desocupados se quedaron observando el burbujeo en que se había hundido la esfera. Durante la siguiente media hora es dudoso que se hablara una palabra que no atañera directa o indirectamente a Elstead. El Sol de diciembre estaba en su punto más alto y el calor era considerable. 
—Tendrá bastante frió allá abajo —dijo Weybridge—. Dicen que por debajo de cierta profundidad el agua del mar está casi congelada. 
—¿Por dónde subirá? —preguntó Steevens—. He perdido la orientación. 
—Aquél es el lugar —dijo el comandante, que se enorgullecía de su omnisciencia Extendió un dedo seguro hacia el sureste. —Y éste, según calculo, es casi el momento preciso —dijo—. Ya lleva treinta y cinco minutos. 
—¿Cuánto tiempo tarda en llegar al fondo del océano? —preguntó, Steevens. 
—Para una profundidad de cinco millas y contando, como lo hemos hecho, una aceleración de dos pies por segundo, en ambos sentidos, viene a ser sobre unos tres cuartos de minuto. 
—Entonces va retrasado —dijo Weybridge. 
—Casi —dijo el capitán—. Supongo que hacen falta unos minutos para que la cuerda se enrolle. 
—Lo había olvidado —dijo Weybridge, evidentemente aliviado. 
Y entonces empezó el suspense. Un minuto transcurrió lentamente y la esfera no salió del agua Siguió otro y nada rompía la tenue y oleaginosa marejada Los marineros se explicaban unos a otros el detalle del enrollado de la cuerda La arboladura estaba salpicada de rostros expectantes. 
—¡Sube, Elstead! —llamó impacientemente un lobo de mar de pecho velludo; y los demás le instaron y gritaron como si esperasen a que se levantara el telón de un teatro. 
El comandante les miró irritado. 
—Por supuesto, si la aceleración era inferior a dos —dijo—, estará más rato. No estamos absolutamente seguros de que ésa fuera la cifra exacta No soy un creyente esclavo de los cálculos. 
Steevens asintió concisamente. En el puente nadie habló durante un par de minutos. Entonces sonó el reloj de Steevens. 
Cuando, veintiún minutos después de que el Sol hubiera llegado al cénit seguían esperando que reapareciera la esfera, nadie a bordo se había atrevido a musitar que la esperanza estaba perdida Fue Weybridge el que primero expresó esta evidencia. Habló mientras el sonido de las campanas todavía resonaba en el aire. 
—Siempre desconfié de esa ventana —dijo de pronto a Steevens. 
—¡Dios mío! —dijo Steevens—; no creerás... 
—¡Bien! —dijo Weybridge, y dejó el resto a merced de la imaginación. 
—No creo gran cosa en los cálculos —dijo el capitán dubitativamente—, de forma que todavía tengo esperanzas. 
A medianoche la cañonera seguía moviéndose lentamente en espiral alrededor del lugar en que se había hundido el globo; un blanco rayo de luz eléctrica huía, se detenía y barría de mala gana una y otra vez la inmensidad de las aguas fosforescentes bajo las minúsculas estrellas. 
—Si la ventana no ha estallado y ha quedado aplastado —dijo Weybridge—, entonces el panorama es condenadamente peor, pues el mecanismo de relojería se habrá estropeado y estará vivo, a cinco millas bajo nuestros pies, en el frío y la oscuridad, anclado en su pequeña burbuja donde nunca ha brillado un rayo de luz ni un ser humano ha vivido desde que las aguas se formaron Estará allí sin alimentos, hambriento, sediento y asustado, pensando si se morirá de hambre o ahogado. ¿Qué pasará? El equipo Myers se está agotando, supongo. ¿Cuánto durará? ¡Cielo santo! —exclamó—, ¡qué poca cosa somos! ¡Qué osados diablillos! Allá abajo, millas y millas de agua... sólo agua, y toda esta extensión de agua alrededor de nosotros, y este... —tendió sus manos, y mientras lo hacía, una pequeña raya blanca pasó silenciosamente por el cielo, como luego más lentamente, se detuvo y se convirtió en un punto inmóvil, como si una estrella nueva hubiera saltado al cielo. Después se fue deslizando de nuevo hacia abajo y se perdió entre los reflejos de las estrellas, la blanca niebla y la fosforescencia del mar. 
Ante aquella escena se detuvo, con los brazos extendidos y la boca abierta. Cerró la boca, la volvió a abrir y agitó las manos con un gesto impaciente. Después se volvió hacia el primer vigía y gritó: 
—¡Elstead, ah del buque! —y se fue corriendo. hacia Lindley y hacia el proyector—. ¡Le he visto! —dijo—. ¡Allí, a estribor! Su luz está encendida y ha salido disparado del agua. Gira el reflector. Lo veremos flotando cuando se eleve sobre las olas. 
Pero no recogieron al explorador hasta el amanecer. Entonces casi le echan a pique. La grúa giró y la tripulación de un bote enganchó la cadena a la esfera. Cuando abordaron la esfera, desatornillaron la entrada y se asomaron a la oscuridad del interior (pues la luz eléctrica estaba prevista para iluminar el agua de alrededor de la esfera y no alumbraba su interior). 
El aire estaba muy caliente dentro de la cavidad y el caucho del borde de la entrada se había reblandecido. No hubo respuesta a sus ansiosas llamadas, m movimiento alguno. Elstead parecía estar echado sin sentido, encogido en el fondo del globo. El médico de a bordo se introdujo y lo alzó hacia los hombres que estaban fuera. Durante un momento no supieron si Elstead estaba vivo o muerto. Su rostro, a la luz amarilla de las lámparas del barco, relucía de sudor. Le llevaron a su propio camarote. 
No estaba muerto, según comprobaron, pero sí en un estado de absoluto colapso nervioso y además cruelmente magullado. Durante algunos días tuvo que permanecer echado completamente inmóvil. Transcurrió una semana antes de que pudiera contar su experiencia. 
Prácticamente sus primeras palabras fueron que pensaba descender de nuevo. La esfera tendría que ser modificada dijo, con el objeto de que se pudiera echar fuera la cuerda si fuera necesario, y eso fue todo. Había tenido la más maravillosa experiencia. 
—Pensasteis que no encontraría más que fango —dijo—. ¡Os reísteis de mis exploraciones y yo he descubierto un mundo nuevo! —Contó su historia en fragmentos deshilvanados y en desorden, de manera que es imposible repetirla con sus propias palabras. Pero lo que sigue es la narración de su experiencia. 
Empezó atrozmente, dijo. Antes de que la cuerda se tensara, el artefacto seguía rodando. Se sentía como una rana en un balón de fútbol. No podía ver nada excepto la grúa y el cielo por encima de su cabeza, con un panorama ocasional de la gente en la borda del barco. No tenía ni idea de cómo rodaría el objeto a continuación. De repente se encontró con los pies por alto, trataba de enderezarse y volvía a rodar, patas arriba y de cualquier modo, sobre el almohadillado. Cualquier otra forma que no fuera la estática hubiera sido más confortable, pero ninguna hubiera sido digna de confianza bajo la enorme presión del abismo submarino. 
De pronto el vaivén cesó, el globo se enderezó y cuando se puso en pie vio el agua a su alrededor de un azul verdoso; una tenue luz se filtraba desde arriba y una muchedumbre de pequeñas cosas flotantes pasaban corriendo ante él, según le pareció, hacia la luz. Mientras miraba se hizo cada vez más oscuro, hasta que el agua se volvió tan oscura como el cielo a medianoche, si bien de un matiz más verde por arriba y por abajo, negra. Pequeños cuerpos transparentes formaban en el agua un débil destello de luminosidad y pasaban raudamente como lánguidas franjas verdosas. 
¡Y la sensación de la caída! Fue como el arranque de un ascensor, sólo que se mantenía. Hay que imaginarse lo que significa esa sensación sostenida. Fue entonces el único momento en que Elstead se arrepintió de su aventura. Vio las probabilidades que tenía a una luz completamente nueva Pensó en las jibias gigantes que se sabía existían en las aguas medias, en los cuerpos que se encontraban a veces medio digeridos en las ballenas o flotando muertos, descompuestos y medio comidos por los peces. Suponte que una se agarrara y no se soltara. ¿Y había sido el mecanismo de relojería en realidad suficientemente comprobado? Pero que deseara continuar o retroceder ahora no importaba lo más mínimo. 
En cincuenta segundos todo se hizo tan oscuro como la noche, excepto donde el destello de su luz traspasaba las aguas y tocaba de vez en cuando algún pez o material en suspensión. Pasaban por delante de él demasiado deprisa para ver lo que eran. Una vez cree que pasó un tiburón Y entonces la esfera empezó a calentarse por la fricción contra el agua. Habían subestimado eso, al parecer. 
Lo primero que notó fue que estaba sudando; después oyó un silbido cada vez mas agudo bajo sus pies y vio una gran cantidad de burbujitas —eran muy pequeñas— abalanzándose hacia arriba, como un abanico, a través del agua exterior. ¡Vapor! Tocó la ventana y estaba caliente. Encendió la diminuta lámpara de incandescencia que iluminaba su propia cavidad, miró el reloj acolchado que había junto a los pivotes y vio que llevaba viajando dos minutos. Pensó que la ventana se quebrarla por el contraste de temperaturas, pues sabía que el agua del fondo está cercana a la congelación. 
Entonces repentinamente el suelo de la esfera pareció presionar contra sus pies, la carrera de las burbujas exteriores se hizo cada vez mas lenta y el silbido disminuyó. La esfera rodó un poco. La ventana no se había roto, nada había cedido y vio que los peligros de naufragio, por lo menos, habían pasado. 
En otro minuto o así estaría sobre el lecho de las profundidades marinas. Pensó, dijo, en Steevens y Weybridge y en los demás que estaban a cinco millas por encima de su cabeza, a más altura que las nubes más altas que flotan sobre la tierra, navegando lentamente, mirando hacia abajo y preguntándose qué habría sido de él. 
Escudriñó por la ventana Ya no había burbujas y el silbido se había parado. Fuera había una densa oscuridad, negra como el terciopelo negro, excepto donde la luz eléctrica perforaba el agua y mostraba su color, un verde amarillento. Entonces, tres cosas como formas de fuego se pusieron en su campo de visión nadando y siguiéndose unas a otras por el agua No podía decir si eran pequeñas y cercanas o grandes y alejadas. 
Cada una estaba contorneada por una luz azulada casi tan brillante como las luces de una lancha pesquera una luz que parecía humear profusamente; a sus costados había nubes, como las troneras de iluminación de un buque. Su fosforescencia parecía apagarse a medida que entraban en el haz de su luz y entonces vio que eran pequeños peces de extraño aspecto, con enormes cabezas, grandes ojos y cuerpos y colas menguados. Sus ojos estaban dirigidos hacia él y entendió que le estaban siguiendo en su descenso. Supuso que eran atraídos por su fulgor. 
En seguida se unieron a ellos otros de la misma clase. Mientras continuaba descendiendo, notó que el agua se volvía de un color pálido y que las pequeñas motas centelleaban bajo su haz de luz como partículas en un rayo de sol. Esto era probablemente debido a las nubes de fango y cieno que el impacto de sus lastres había removido. 
Cuando fue arrastrado hacia las plomadas estaba en una densa bruma blanquecina que su luz eléctrica no podía atravesar más de unas cuantas yardas, y transcurrieron muchos minutos antes de que se hundieran en parte las masas colgantes de sedimentos. Después, iluminado por su lámpara y por la pasajera fosforescencia de un distante banco de peces, pudo ver bajo la enorme negrura de las aguas una ondulante extensión, de cieno blanco-grisáceo, roto aquí y allá por enmarañadas malezas de una vegetación de lirios marinos que ondeaban hambrientos tentáculos. 
Más lejos estaban los graciosos y translúcidos contornos de un grupo de gigantescas esponjas. Sobre este lecho se esparcía gran número de penachos erizados, aplanados y de rico color púrpura y negro, que determinó debían ser alguna especie de erizos de mar, así como pequeñas cosas de grandes ojos o ciegas que tenían un curioso parecido, algunas a cochinillas y otras a langostas, que se arrastraban perezosamente por el rastro de luz y se desvanecían en la oscuridad de nuevo, dejando surcos tras de sí. 
Entonces, repentinamente un enjambre revoloteante de peces pequeños viró y se dirigió hacia él como un bandada de estorninos. Pasaron sobre él como una fosforescente nevada y entonces vio detrás de ellos una criatura más grande que avanzaba hacia la esfera. 
Al principio podía verla sólo débilmente, era una figura moviéndose lánguidamente que parecía un caminante; después entró en la luz que la lámpara arrojaba Cuando el resplandor la hirió, cerró los ojos, deslumbrada Se quedó con la vista clavada en rígido asombro. 
Era un extraño animal vertebrado. Su cabeza púrpura oscura sugería vagamente a un camaleón, pero tenía la frente tan alta y un cráneo como jamás ningún reptil había presentado; el perfil vertical de su cara le daba un extraordinario parecido con un ser humano. 
Dos grandes y protuberantes ojos se proyectaban desde los huecos —cosió un camaleón— y tenían una ancha boca de reptil con labios córneos bajo sus pequeñas fosas nasales. En lugar de orejas tenía dos agallas enormes, de las que sobresalía flotando un árbol ramificado de filamentos coralinos, casi como las branquias en forma de árbol que poseen todas las jóvenes rayas y tiburones. 
Pero la humanidad de su cara no era lo más extraordinario de la criatura Era un bípedo; su cuerpo casi esférico estaba posado sobre un trípode formado por dos patas como las de las ranas y una larga y gruesa cola; sus miembros delanteros, que caricaturizaban la mano humana, al igual que en la rana, portaban un largo eje óseo cobrizo. El color de la criatura era abigarrado; su cabeza, manos y patas eran púrpura; pero su piel, que colgaba descuidadamente sobre ella, como si fueran ropajes, era de un gris fosforescente. Y allí permanecía, cegada por la luz. 
Finalmente, esta ignota criatura del abismo entornó los ojos y, protegiéndolos con su mano libre, abrió la boca y dio escape a un sonido vociferante, articulado casi como pudiera ser el habla, que penetró incluso en la caja de acero acolchada de la esfera Cómo pueda realizarse un sonido vociferante sin pulmones, Elstead no intenta explicárselo. Entonces se movió hacia un lado, fuera del resplandor, adentrándose en el misterio de las sombras que le rodeaban, y Elstead sintió más que vio que venía hacia él Imaginando que la luz le había atraído, desconectó el interruptor de la corriente. En ese momento algo suave frotó sobre el acero y el globo se inclinó. 
Entonces el grito se repitió y le pareció que un eco distante le contestaba La frotación volvió y todo el globo se inclinó y se ancló en la barra en que estaba enrollado el cable. Permaneció en la oscuridad y escudriñó la inacabable noche del abismo. Y en seguida vio, muy débil y remotamente, otras formas fosforescentes casi humanas apresurándose hacia él. 
Casi sin saber lo que hada, tentó su tambaleante prisión buscando el pivote de la luz eléctrica exterior y dio por casualidad con su propia lamparita incandescente, que estaba en el hueco acolchado. La esfera giró y le derribó; oyó gritos como de sorpresa y cuando se puso en pie vio dos pares de acechantes ojos que miraban por la ventana inferior y reflejaban su luz. 
Al poco unas manos frotaron vigorosamente su caja de acero y se produjo un sonido, bastante horrible en su situación, de la protección metálica del mecanismo de relojería, que estaba siendo fuertemente golpeado. Esto, ciertamente, le puso el corazón en la boca pues si aquellas extrañas criaturas lograban detenerlo, no se produciría nunca su liberación. Apenas lo había pensado cuando sintió que la esfera se balanceaba violentamente y el suelo le presionaba firmemente los pies. Apagó la lamparita que iluminaba el interior y envió el rayo de la lámpara grande hacia el agua exterior. El lecho del mar y las criaturas en forma de hombre habían desaparecido y un par de peces persiguiéndose se dejaron ver por la ventana. 
Pensó en seguida que los extraños habitantes de las profundidades habían roto la cuerda y que se había soltado. Ascendió cada vez más deprisa y entonces se detuvo con una sacudida que le lanzó contra el techo acolchado de su prisión. Durante medio minuto, quizás, permaneció demasiado atónito para pensar. 
Después sintió que la esfera giraba lentamente y se balanceaba y le pareció que era arrastrado por el agua. Agachándose junte a la ventana, trató de hacer efectivo su peso y de girar aquella parte de la esfera hacia abajo, pero no pudo ver nada salvo el pálido rayo de su lámpara cortando ineficazmente la oscuridad Se le ocurrió que podía ver más si apagaba la lámpara y hacía que sus ojos se acostumbraran a la profunda oscuridad. 
En esto fue sensato. Al cabo de algunos minutos la oscuridad aterciopelada se convirtió en una oscuridad translúcida; y entonces, allá a lo lejos, y tan débil como la luz de una tarde inglesa de verano, vio figuras moviéndose por abajo. Pensó que las criaturas habían desenganchado su cable y le estaban remolcando por el lecho marino. 
Y entonces vio algo vago y remoto a través de las ondulaciones de la planicie submarina, un amplio horizonte de pálida luminosidad que se extendía por aquí y por allá tan lejos como el campo de visión de su pequeña ventana le permitía apreciar. Era remolcado hacia allí como un globo desde el campo abierto a la ciudad. Se aproximaba muy lentamente, y muy lentamente el brillo indistinto se concentraba en formas mas definidas. 
Eran casi las cinco cuando llegó a esa zona luminosa, y para entonces pudo distinguir una distribución sugestiva de calles y casas agrupadas sobre una amplia elevación sin techo que sugería grotescamente una abadía en ruinas. Estaba desplegada como un mapa bajo él Las casas eran recintos de muros sin techumbre y su material de huesos fosforescentes, como más tarde vio, daba al lugar la apariencia de estar construido a base de disparates sumergidos. 
Entre las cuevas interiores del lugar, árboles liliáceos ondulantes extendían sus tentáculos, y altas, tenues y vidriosas esponjas brotaban como brillantes minaretes y lirios de luz membranosa del resplandor general de la ciudad En los espacios abiertos del lugar pudo divisar un agitado movimiento de multitudes, pero él se hallaba a demasiadas brazas por encima de ellas como para distinguir a los individuos de aquella multitud. 
Entonces le arrastraron lentamente hacia abajo, y mientras lo hadan, los detalles del lugar se introdujeron lentamente en su conocimiento. Vio que los caminos entre los nebulosos edificios estaban señalados por líneas rebordeadas de objetos redondos, y entonces percibió que en diversos puntos por debajo de él, en amplios espacios abiertos, había formas como de barcos incrustados. 
Lentamente y con seguridad fue arrastrado hacia abajo y las formas que había bajo él se hicieron más brillantes, más claras, mas distintas. Era llevado, notó, hacia el gran edificio del centro de la ciudad, y pudo echar una ojeada de vez en cuando a las formas multitudinarias que tiraban de su cuerda. Se quedó asombrado al ver que la arboladura de uno de los barcos, que formaba la característica prominente del lugar, estaba repleta de una hueste de figuras gesticulantes que le observaban y a continuación los muros del gran edificio se levantaron silenciosamente alrededor de él ocultando la ciudad a sus ojos. 
Y cómo eran las paredes, de madera anegada en agua y cable retorcido, arboladuras de hierro y cobre, huesos y cráneos de hombres muertes. Los cráneos corrían en zigzag, en espirales y en curvas fantásticas sobre los edificios; y dentro y fuera de las cuencas de sus ojos, sobre toda la superficie del lugar, acechaban y jugaban una multitud de pequeños peces plateados. 
De repente sus oídos se llenaron de un grave vocerío y de un ruido como un violento resoplido de cuerpos, que fue sucedido por un fantástico canto. Por debajo de la esfera se hundían, mas abajo de las enormes ventanas ojivales, a través de las cuales las vio vagamente, gran número de aquellas gentes fantasmales que le observaban, yendo finalmente a posarse en lo que parecía una especie de altar que se levantaba en el centro del lugar. 
Ahora estaba en un nivel en el que podía ver a aquellas extrañas gentes del abismo distintamente una vez mas. Para su asombro percibió que se postraban ante él, todos menos uno, vestido según parecía con una ropa de escamas en placas y coronado con una diadema luminosa, que se quedó abriendo y cerrando su boca de reptil, como si dirigiera el canto de los adoradores. 
Un curioso impulso llevó a Elstead a encender de nuevo su pequeña lámpara para hacerse visible a aquellas criaturas del abismo, aunque el resplandor las hiciera desaparecer rápidamente en la oscuridad. Tras esta repentina visión de él el cántico dio paso a un tumulto de alborozados gritos; y Elstead, ansioso por observarles, apagó la luz de nuevo y desapareció de su vista Pero durante un rato quedó demasiado cegado para distinguir lo que estaban haciendo, y cuando al final pudo descubrirlos estaban arrodillándose de nuevo. Y así continuaron adorándole, sin descanso o interrupción, durante tres horas. 
Muy minucioso fue el relato de Elstead de su asombrosa ciudad y de su gente, aquella gente de la perpetua oscuridad que nunca habían visto el Sol, la Luna o las estrellas, la verde vegetación ni ninguna criatura viviente de respiración aérea, que nada sabían del fuego ni de ninguna luz que no fuera la fosforescencia de los seres vivientes. 
Con todo lo sobrecogedora que pueda ser su historia, todavía es mas sobrecogedor saber que científicos tan eminentes como Adams y Jenkins no encuentran nada increíble en ella. Afirman que no ven ninguna razón por la que seres inteligentes, de respiración acuática, criaturas vertebradas habituadas a las bajas temperaturas y a una enorme presión y de tan pesada estructura que ni vivas ni muertas puedan flotar, no puedan vivir sobre el fondo del profundo mar enteramente insospechadas para nosotros, descendientes como nosotros de la gran Thenomorpha de la Nueva Era de Arenisca Roja. 
Nosotros seríamos vistos por ellos, sin embargo, como criaturas extrañas, meteóricas, que habitualmente caemos de modo catastróficamente muertos de la misteriosa oscuridad de su cielo acuoso. Y no solamente nosotros, sino también nuestros barcos, nuestros metales, nuestras herramientas, llegarían lloviendo de la noche. 
Algunas veces objetos de naufragios les golpean y aplastan, como si fueran el juicio de algún poder superior de las alturas, y algunas veces llegan cosas de la mayor rareza o utilidad o formas de sugestión estimulante. Cabe comprender, quizás, algo de su comportamiento ante el descenso de un hombre viviente, si se piensa qué gente bárbara podría parecer a quien se le presentara de súbito caído del cielo una resplandeciente criatura provista de un halo. 
En un momento u otro probablemente, Elstead contó a los oficiales del Ptarmigan todos los detalles de sus extrañas doce horas en el abismo. Cierto que también intentara escribir, pero nunca lo hizo, y así, desgraciadamente, hemos tenido que reunir trozo a trozo los discrepantes fragmentos de su historia según los recuerdos del capitán Simmons; Weybridge, Steevens, Lindley y los demás. 
Nosotros lo vemos oscuramente en ojeadas fragmentarias: el enorme edificio fantasmal, los cantores prosternados con sus cabezas oscuras de forma de camaleón y su vestimenta débilmente luminosa; y Elstead, con su luz nuevamente encendida, tratando vanamente de llevar a sus mentes la idea de que la cuerda a la que estaba sujeta la esfera iba a ser cortada Minuto a minuto se soltaba y Elstead, mirando su reloj, se horrorizó al ver que sólo tenía oxígeno para cuatro horas más. Pero el canto en su honor continuó tan despiadadamente como si fuera la marcha fúnebre de su cercana muerte. 
La forma de su liberación no la comprende, pero a juzgar por el extremo de la cuerda que colgaba de la esfera, había sido cortada por el roce contra el borde del altar. Bruscamente, la esfera giró y subió precipitadamente fuera de aquel mundo, como si una criatura etérea envuelta en el vacío volara por nuestra propia atmósfera de regreso a su éter nativo. Debió arrancarse de su vista como una burbuja de hidrógeno se precipita hacia arriba en nuestro aire. Debió parecerles una extraña ascensión. 
La esfera se lanzó hacia arriba con mayor velocidad aún que cuando, cargada con las plomadas, se había precipitado hacia abajo. Notó un calor excesivo. Viajó hacia arriba con las ventanas por encuna y recuerda el torrente de burbujas espumeantes contra el cristal A cada momento esperaba que echase a volar. Entonces, repentinamente, algo parecido a una enorme rueda pareció desprenderse sobre su cabeza, el compartimento acolchado empezó a girar y se desmayó. Su recuerdo siguiente fue el de su camarote y la voz del médico. 
Ésta es la esencia de la extraordinaria historia que Elstead relató fragmentariamente a los oficiales del Ptarmigan. Prometió dejarlo por escrito en fecha próxima Su mente estaba ocupada sobre todo por la mejora de su aparato, cosa que llevó a cabo en Río. 
Queda solamente por decir que el 2 de febrero de 1896 realizó su segundo descenso al abismo del océano, con las mejoras que su primera experiencia le sugirió. Lo que sucedió probablemente nunca lo sabremos. Nunca volvió. El Ptarmigan batió todo el punto de su inmersión buscándole en vano durante trece días Luego regresó a Río y las noticias fueron telegrafiadas a sus amigos. De forma que hasta el presente así está el asunto. Pero es muy probable que se haga algún otro intento de verificar esta extraña historia sobre las hasta ahora insospechadas ciudades de las profundidades marinas.

UNA RAZA ATERRADORA :

—¿Pueden tener vida estos huesos? 
¿Hay acaso algo más muerto, mudo e inexpresivo para el ojo inexperto que los fragmentos de hueso amarillentos y los trozos de pedernal que constituyen los restos humanos más antiguos? Los vemos en las vitrinas de los museos, clasificados de acuerdo con unos principios que no conocemos y designados con nombres extraños: Chelense, Musteriense, Solutrense, etc... tomados, por regla general, de los lugares donde se encontraron: Chelles, Le Moustier, Solutré y otros. La mayoría de nosotros los miramos a través de un cristal, preguntándonos vaga y fugazmente por el pasado, medio salvaje, medio animal de nuestra raza. «El hombre primitivo —decimos—. Herramientas de piedra, el mamut que solía cazar...» Pocos de nosotros nos damos cuenta de hasta qué punto el trabajo sutil e infatigable del científico que los estudia a fondo consigue obtener información de esos testigos obstinados de aquellos tiempos remotos. 
Uno de los resultados mas sorprendentes de los últimos trabajos es la gradual evidencia de que gran cantidad de estos utensilios de piedra, y algunos de los fragmentos de hueso más antiguos atribuidos al hombre, corresponden a criaturas que en muchos aspectos se le parecen, pero que, en rigor, no pertenecen a la especie humana. Los científicos llaman a estas razas extinguidas hombres (Homo), de la misma manera que llaman a los leones y tigres felinos (Felis), pero existen fundadas razones para creer que esos hombres primitivos no fueron nuestros antepasados ni llevaron nuestra misma sangre. Se trataría de un extraño animal extinguido, semejante y emparentado con nosotros pero distinto, de la misma forma que el mamut difiere del elefante aunque esté emparentado con él y se le parezca. Los utensilios de hueso y piedra se encuentran en depósitos de considerable antigüedad: algunos de los exhibidos en nuestros museos pueden tener hasta un millón de años o incluso mas, pero los restos de criaturas humanas, mental y anatómicamente parecidas a nosotros, sólo se remontan a poco más de veinte mil o treinta mil años. Fue en aquella época cuando en Europa apareció el verdadero hombre y no sabemos de dónde vino Aquellos animales capaces de utilizar herramientas y encender fuego, que se piensa eran como el hombre pero no verdaderamente humanos, desaparecieron cuando ya existía el hombre verdadero 
Las autoridades científicas distinguen cuatro especies en dichos seudohombres. y es probable que vayan descubriéndose otras. Una raza singular construyó los utensilios que llamamos chelenses. La mayoría de ellos son cuchillos de piedra, de forma amigdaloide, encontrados en depósitos de unos 300.000 ó 400 000 años de antigüedad aproximadamente En cualquier museo de importancia, pueden verse utensilios de la época chelense. Son gigantescos, cuatro o cinco veces mayores que los construidos por cualquier raza de hombres verdaderos, y están bastante perfeccionados Desde luego, los manufacturó una criatura inteligente, y unas manos grandes y toscas aferraron y utilizaron esos fragmentos de piedra Pero hasta ahora, sólo se ha encontrado una pequeña parte de esqueleto perteneciente a esta época, una maciza mandíbula inferior, sin barbilla, con unos dientes bastante más especializados que los del hombre actual. Sólo podemos conjeturar cómo era la singular figura de forma humana que comió con esa mandíbula y golpeó a sus enemigos con esos enormes y útiles cuchillos de piedra. Debe corresponder a un tipo formidable, con un cuerpo probablemente mucho mayor que el del hombre, capaz sin duda de agarrar a los osos y a los feroces leones por el cuello. No lo sabemos. Sólo disponemos de esos grandes cuchillos de piedra, de esa mandíbula maciza y... de libertad para imaginar. 
El misterio más fascinante relativo a aquellas épocas de frío y escasez, anteriores a la llegada del hombre verdadero, es el enigma del hombre musteriense, que seguramente aún poblaba el mundo cuando .el hombre verdadero penetró en Europa. Vivió hasta épocas muy posteriores a la de aquellos gigantes chelenses; hace treinta mil o cuarenta mil años: ayer, en comparación con los tiempos chelenses. A estos musterienses también se les llama neandertalenses. Hasta tiempos muy recientes, se les creía hombres verdaderos como nosotros, pero estamos empezando a darnos cuenta de que eran muy distintos; tanto, que resulta imposible considerarlos parientes próximos nuestros. Andaban o se arrastraban adoptando una inclinación peculiar, no podían levantar la cabeza, y su dentadura se asemejaba muy poco a la del hombre verdadero. Curiosamente, en uno o dos aspectos tenían menos en común con los monos que nosotros. El diente canino, el tercero a partir del centro, tan desarrollado en el gorila, y que en el hombre es puntiagudo y completamente distinto de los demás, no lo es en el hombre de Neanderthal. Éste tiene una hilera de dientes igualada; sus muelas difieren mucho de las nuestras y se parecen menos a las del mono. Tenía la cara más ancha y la frente mas estrecha que el hombre verdadero, pero no porque su cerebro 'fuese más pequeño: por el contrario, era tan grande como el del hombre actual, aunque tenía otra forma: más voluminoso en su parte posterior y menos en la anterior, lo cual nos induce a suponer que actuó y pensó de manera distinta a nosotros. Quizá tenía más memoria y menos poder de raciocinio que el hombre verdadero, o acaso mas energía y menos inteligencia. Carecía de barbilla, y la manera como encajan sus mandíbulas hace muy improbable que utilizara los mismos sonidos que nosotros para hablar; cabe incluso que no hablara en absoluto. No podía sostener un objeto entre el índice y el pulgar. Cuanto más sabemos acerca de este hombre-bestia, más extraño lo encontramos y menos parecido al salvaje australoide que se ha supuesto que fue. 
Cuando intentamos encontrar cualquier tipo de parentesco próximo entre este animal, feo, fuerte, bravo y torpe y la humanidad, disminuyen las probabilidades de que tuviera la piel y el cabello como los nuestros, y aumentan las de que fuera distinto: de cabellos hirsutos y peludo, con un extraño aspecto inhumano y más parecido al elefante o al rinoceronte, también peludos, contemporáneos suyos. Lo mismo que ellos, vivió en las frías tierras que bordeaban las nieves y los glaciares y que, por aquel entonces, retrocedían hacia el norte. Peludo y temblé, con la cara grande como una máscara, grandes cejas protuberantes y desprovisto de frente, empuñando un enorme pedernal y corriendo como un mono con la cabeza inclinada hacia delante, y no erguida como en el hombre, debió resultar una espantosa criatura para nuestros antepasados. 
Es casi seguro que estos hombres peludos y los verdaderos se encontraron. Estos últimos debieron penetrar en el hábitat de los neandertalenses y debieron enfrentarse y pelear. Quizá algún día hallemos las pruebas de esta lucha. 
Europa occidental, que es tan sólo una parte del mundo, pero que ha sido completamente explorada en busca de restos del hombre primitivo, se fue calentando poco a poco. Los glaciares, que una vez cubrieron la mitad del continente, estaban en retroceso, y grandes trechos de pastos estivales y unos pocos bosques de pinos y abedules se iban extendiendo lentamente por aquellas tierras antes heladas. Por entonces, el sur de Europa era semejante a la actual península del Labrador. Unos pocos animales resistentes al frío subsistían entre las nieves, y los osos invernaban. Con la primavera, los pastos y bosques se llenaron de renos, caballos salvajes, mamuts, elefantes y rinocerontes procedentes de los declives de aquel gran valle templado, hoy colmado de agua: el Mediterráneo. Antes de que éste fuera invadido por el océano, las golondrinas y muchas otras aves adquirieron el hábito de migrar hacia el norte, que todavía las empuja a desafiar el paso a través de los mares peligrosos que inundan y ocultan los recónditos secretos de los antiguos valles mediterráneos. El hombre peludo se alegró del regreso de la vida, salió de las cuevas en que se había refugiado durante el invierno, y empezó a dar buena cuenta de las fieras. 
Seguramente estas criaturas fueron seres casi solitarios. 
En invierno, la comida escaseaba demasiado para alimentar comunidades. Cuando un macho y una hembra se juntaban, sin duda se separaban durante el invierno para volverse a reunir en el verano; cuando sus hijos crecieron lo suficiente para molestarle, el hombre peludo los mató o expulsó. Si los mató, posiblemente se los comiera. Si lograron escapar, cabe que regresaran para matarle a él. Los hombres peludos tal vez tuvieron buena memoria, poca inteligencia y un carácter obstinado. 
El hombre verdadero penetró en Europa procedente del sur, pero no sabemos de dónde. Cuando apareció, sus manos eran tan hábiles como las nuestras. Podía realizar dibujos, que aún hoy admiramos, y sabía pintar y esculpir. Los utensilios hechos por él eran más pequeños que los musterienses y mucho mas que los chelenses, pero mejores y más variados. No se vestían, pero fueron capaces de pintarse y probablemente hablaban. Llegaron en pequeños grupos. Eran más sociales que el hombre de Neanderthal, tenían leyes y se sometían a autocontrol; sus mentes habían recorrido un largo camino de adaptación y represión, lo que ha llevado a la intrincada mentalidad del hombre actual, con sus deseos ocultos, sus confusiones, su risa, sus fantasías y sueños. Esos hombres se mantenían unidos y se regían por las extrañas ¡imitaciones del tabú. 
Eran aún seres salvajes, muy proclives a la violencia y vehementes en su lujuria y deseos; pero hasta donde eran capaces, obedecían unas leyes y costumbres, que ya eran antiguas, y temían el castigo si obraban mal. Entenderemos mejor cuanto ocurría en sus mentes si recordamos los temores, deseos, fantasías y supersticiones de nuestra niñez. Sus problemas morales eran iguales a los nuestros, sólo que... mas superficiales. Pertenecen a nuestra misma clase, pero no podemos entender m remotamente a aquella raza terrible, ni concebir con nuestras mentes actuales las extrañas ideas que pasaban por aquellos cerebros de forma rara. Nos sería más fácil intentar soñar y sentir cómo sueña y siente un gorila. 
Podemos imaginar como el hombre verdadero, procedente de las desaparecidas tierras del valle mediterráneo, se extendió hacia el norte ocupando los valles hispánicos más altos, el sur y centro de Francia y todavía más arriba, la actual Inglaterra —pues no existía el canal entre Inglaterra y Francia—; las regiones forestales al este de! Rin, el amplio desierto que ahora constituye el mar del Norte, y la llanura alemana. Debieron abandonar los desiertos nevados de los Alpes, bastante más altos entonces y cubiertos de glaciares, dirigiéndose hacia el este. La migración septentrional obedeció a una razón evidente: la raza se multiplicaba y la comida escaseaba. Estarían agobiados por luchas y guerras. Carecían de morada estable, estaban acostumbrados a emigrar según las estaciones, y de vez en cuando, alguno de los grupos, empujado por el hambre y el miedo, se aventuraba mas al norte, hacia ¡o desconocido 
Podemos imaginar a un pequeño grupo de estos nómadas, antepasados nuestros, llegando a una cumbre cubierta de pastos en esas tierras del norte. Debió ocurrir a finales de la primavera o a principios del verano, mientras seguían algunos animales herbívoros: una manada de renos o caballos. 
Sirviéndose de diferentes medios, nuestros antropólogos han sido capaces de reconstruir diversos aspectos de la apariencia y costumbres de esos padres itinerantes de la humanidad. 
No debieron ser grupos numerosos, pues en caso contrario no se les hubiera podido desalojar de sus anteriores territorios. Dos o tres hombres mayores de treinta años, ocho o diez mujeres y muchachas con unos cuantos niños, y algunos jóvenes de catorce a veinte años debieron constituir la comunidad. Gente de ojos marrones y cabellos ondulados oscuros; el color rubio de los europeos y el negro azulado de los chinos aún no habían aparecido en el mundo. Probablemente, el hombre más anciano gobernaba el grupo. Las mujeres y los niños se mantenían apartados de los hombres y los jóvenes, distantes de cualquier relación íntima por complejos y estrictos tabúes. Los jefes debían ser los encargados de rastrear la manada a la cual seguían. El rastreo era por aquel entonces el summum de la virilidad. Mediante señales y huellas que escaparían a un ojo civilizado, debieron ser capaces de interpretar los movimientos efectuados el día antes por la manada de vigorosos y pequeños caballos que les precedía. Debieron ser tan expertos, que por ligeros indicios fueron capaces de seguir el rastro como el perro sigue un olor, 
Los caballos a los que perseguían les llevaban poca ventaja —según descubrían los rastreadores—, eran numerosos y nada los alarmaba. Pastaban y avanzaban muy despacio. No había señales de perros salvajes o de cualquier otro enemigo que pudiera provocar una estampida. Algunos elefantes también viajaban hacia el norte, y un par de veces nuestra tribu se cruzó con el rastro de unos rinocerontes que marchaban hacia el oeste 
La tribu se movía con ligereza. Sus individuos iban desnudos, pero pintados de blanco y negro, rojo y amarillo. Es tanto el tiempo que nos separa de ellos, que resulta difícil saber si se tatuaban. Probablemente, no. Los recién nacidos y los niños más pequeños eran llevados por las mujeres a sus espaldas, sujetos con bandas o en bolsas hechas con pieles de animales, y acaso algunos, o todos, vestían mantos o fajas de piel de león y ceñían bolsas o cinturones de cuero. Los hombres empuñaban lanzas de punta afilada y llevaban fragmentos de pedernal en las manos. 
Unas semanas antes, el anciano, el patriarca, señor, dueño y padre del grupo, había sido pisoteado y destrozado por un enorme toro en una ciénaga lejana. Después dos de las muchachas fueron raptadas por los jóvenes de otra tribu mas numerosa. A causa de estas pérdidas, el resto de la tribu buscaba nuevas tierras para cazar. 
El paisaje que pudo contemplar el reducido grupo al llegar a la cima de la colma, era una versión mas sombría, desolada e inhóspita que el de la Europa occidental que hoy conocemos. En derredor, se extendía un declive cubierto de pastos, a través del cual voló una avefría emitiendo su melancólico grito. Más allá, un gran valle flanqueado por colmas purpúreas, por encima de las cuales se perseguían las sombras de las nubes de abril. Donde las colmas se volvían arenosas, surgían bosques de pinos y abedules, pequeños valles aparecían llenos de matorrales y en sus laderas húmedas se encontraba una serie de pantanos de un color verde brillante y extensos charcos de agua sucia. En la espesura de los valles, acechaban muchos animales, y donde los riachuelos serpentinos habían erosionado el suelo, aparecían riscos y cuevas. A lo lejos, mas al norte, en los declives de unas colinas que ahora descubrían, podían verse poneys pastando. A una señal de los dos jefes, el pequeño grupo se detuvo, y una de las mujeres que hablaba en voz baja con una niña pequeña, calló. Los hermanos observaban gravemente la vasta perspectiva. 
—¡Uf! —exclamó uno bruscamente, señalando con el dedo. 
—¡Uf! —gritó su hermano. 
Los ojos de toda la tribu miraron en la dirección apuntada por el dedo. 
Todos quedaron con la mirada fija. 
Todos permanecieron inmóviles; la sorpresa los había dejado paralizados. 
A lo lejos, en la falda de una colina, con el cuerpo de perfil y la cabeza vuelta hacia ellos, también paralizada por la sorpresa, se divisaba una figura gris y encorvada, más corpulenta pero mas baja que un hombre. Había trepado por detrás de un repliegue del terreno con el fin de escudriñar a los poneys, y de pronto volvió sus ojos y vio a la tribu. Su cabeza se proyectaba hacia delante como la de un babuino. En su mano aferraba algo que al grupo le pareció una gran piedra. 
Durante algún tiempo, la mutua curiosidad animal mantuvo inmóviles al descubierto y a los descubridores. Luego, algunas mujeres y niños empezaron a moverse y avanzaron para ver mejor a la extraña criatura. 
—¡Hombre! —dijo una vieja de cuarenta años—. ¡Hombre! 
Al advertir el movimiento de las mujeres, aquel hombre terrible se volvió y corrió toscamente una veintena de metros hacia el bosque de abedules y malezas. Después, se paró otra vez para mirar un momento a los recién llegados, agitó el brazo de una forma extraña y penetró entre la vegetación. 
Las sombras de la maleza lo engulleron, y en el momento de ocultarlo le confirieron un aspecto colosal. Confundido con ella, les observó. Las ramas de los árboles se convirtieron en largas extremidades plateadas, y un tronco crujió al caer. 
Eran las primeras horas de la mañana y a lo largo del día, los jefes de la tribu esperaban llegar hasta donde estaban los poneys, aislar a uno allá abajo, entre las malezas y lugares pantanosos, herirlo, seguirlo y matarlo. Entonces celebrarían una fiesta, y en algún lugar del valle encontrarían agua y madera seca para encender fuego antes de que se hiciera de noche. Hasta el momento, la mañana les había parecido agradable y esperanzadora. Pero ahora se hallaban desconcertados. La aparición de aquella figura gris era como una repentina, horrible e inexplicable mueca que les hubiera dedicado la soleada mañana. 
La expedición permaneció un rato mirando atentamente, y a continuación los dos jefes intercambiaron unas pocas palabras. Waugh, el mayor, señaló el lugar con el dedo. Click, su hermano, asintió con la cabeza. Irían, pero en lugar de bajar por el declive hacia la maleza, rodearían la colma 
—Venid —dijo Waugh, y el pequeño grupo se puso otra vez en movimiento. 
Pero ahora marchaba en silencio. Cuando uno de los niños pequeños quiso preguntar algo a su madre, ésta lo redujo al silencio con una amenaza. Todos miraban fijamente hacia la maleza. 
De pronto, una muchacha chilló y señaló con el dedo. Los demás se sobresaltaron y detuvieron la marcha. 
Aquella cosa terrible estaba nuevamente allí. Corría por el terreno despejado, brincando casi a gatas. Tenía la espalda curvada y era bajo pero muy grande; era un monstruo semejante a un lobo de pelo gris. Algunas veces, sus largos brazos casi tocaban el suelo Estaba más cerca que antes, pero desapareció otra vez entre las ramas. Parecía introducirse entre unos helechos rojos marchitos... 
Waugh y Click se consultaron mutuamente. 
A un kilómetro y medio de allí comenzaba el valle cubierto de maleza. Más allá, se extendían unas colmas onduladas y sin vegetación. Los caballos seguían pastando en la dirección del sol, y ahora, hacia el norte, en lo alto de una colma, podía verse una manada de rinocerontes alejándose, cuyos redondos traseros parecían una sarta de cuentas negras. 
Si la tribu avanzaba a través de los pastos, aquel ser que les acechaba tendría que permanecer oculto o salir al descubierto. Si salía, los doce hombres y jóvenes de la tribu ya sabían cómo tratarle. 
Así pues, empezaron a caminar a través de los pastos. El pequeño grupo dio un rodeo hasta el principio del valle y, una vez allí, los hombres se quedaron en la cima mientras las mujeres y los niños avanzaban por campo abierto. 
Durante un rato, los observadores permanecieron inmóviles, y a continuación Waugh empezó a hacer ademanes de desafío. Click no iba a quedarse atrás. Se lanzaron gritos hacia el espía escondido, y uno de los muchachos, que tenía algo de payaso, después de ejecutar ciertas muecas y gestos desagradables, acabó haciendo una excelente imitación de aquella cosa gris corriendo a saltos. Al ver esto, el miedo dio paso a la hilaridad. 
En aquella época, la risa era un don social. Los hombres podían reír, pero no aquel horrible prehumano que observaba y se sorprendía en la sombra. Se maravilló. Los hombres se movían, reían y se pegaban mutuamente en los muslos mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. 
Ninguna señal salió de la maleza. 
—¡Yajah! —exclamaron los hombres—, ¡Yajah! Bzzzzz. ¡Yajah! ¡Yah! 
Olvidaron por completo lo asustados que habían estado. 
Y cuando Waugh pensó que las mujeres y los niños ya estaban a suficiente distancia, ordenó a los hombres que le siguieran. 
De una manera parecida a ésta, aquellos hombres, antepasados nuestros, vieron por primera vez a los pre humanos en las soledades de Europa occidental... 
Ambas razas no tardarían en mantener una vecindad más estrecha. 
Los recién llegados fueron introduciéndose paulatinamente en las tierras de aquellos hombres aterradores. Al poco tiempo, empezaron a verse otros ejemplares de formas semihumanas que se ocultaban y figuras grises que corrían entre las sombras del anochecer. Una mañana, Click encontró unas huellas estrechas y largas alrededor del campamento... 
Días mas tarde, mientras comía una baya espinosa, una de las niñas se alejó demasiado del grupo. Se oyó un chillido, un forcejeo y un ruido sordo, y una cosa gris y peluda se abrió paso entre los matorrales llevándose a su víctima. Waugh y tres de los hombres más jóvenes le persiguieron. Alcanzaron a su enemigo en una hondonada oscura y muy espesa. Esta vez no se las tuvieron que ver con un neandertalense solitario. Saliendo de entre las ramas, se les acercó un gran macho con el fin de proteger la retirada de su compañera, y alcanzó con una roca a un joven, al que dejó cojo. Pero Waugh arrojó su lanza, que hirió en e! hombro al monstruo, el cual se detuvo gruñendo. 
No escucharon ningún otro sonido procedente de la niña robada. La hembra apareció durante un momento por encima de la hondonada, gruñendo, manchada de sangre y con un aspecto horripilante, y los hombres se detuvieron, temerosos de continuar su persecución y sin importarles desistir. Uno de ellos ya se alejaba cojeando y tocándose la rodilla con la mano. 
¿Cuál fue el resultado de esta primera batalla? 
Quizá fue contrario a los hombres de nuestra raza. Quizá el gran macho neandertalense con los pelos y barba horriblemente erizados, cayó a la hondonada con un rugido atronador y una gran piedra en cada mano. No sabemos si lanzaba aquellos grandes discos de pedernal o golpeaba con ellos. Quizá Waugh murió en el momento de huir. Acaso para la pequeña tribu el episodio significó un tremendo desastre. Sin detenerse, dos de sus miembros huyeron hacia las colmas tan aprisa como pudieron, manteniéndose juntos para protegerse y dejando atrás al joven herido, que cojeaba solo y aterrado. 
Supongamos que al fin consiguió regresar a su tribu... después de vanas horas de pesadilla. 
Ahora que Waugh había desaparecido, Click se convirtió en el patriarca. A él correspondió disponer el campamento de la tribu aquella noche y encender el fuego en lo alto de las colinas, entre los brezos lejos de los matorrales donde podía esconderse el hombre aterrador. 
Lo que aquél pensaba de ¡os hombres lo ignoramos, pero lo que éstos pensaban de él sí podemos imaginarlo: consideraban los diversos modos en que podía actuar el enemigo e idearon la manera de engañarlo. Tal vez fue Click el primero en tener la idea de acercarse por arriba al barranco, donde tenían sus guaridas los hombres de Neanderthal, porque, como ya hemos dicho, los neandertalenses no podían levantar la cabeza. Una vez allí, deslizarían una piedra sobre ellos o bien les arrojarían teas ardiendo a fin de incendiar los helechos secos. 
Es agradable pensar en una victoria de los hombres. Ese Click que hemos conjurado huyó presa del pánico al producirse el primer ataque del terrible macho, pero aquella noche, mientras meditaba al lado del fuego, creyó oír el grito de la ruña raptada y le invadió la rabia. Luego, soñó que aquel ser aterrador le atacaba. Click luchó con él y acabó despertándose completamente furioso La hondonada donde había perecido Waugh le fascinaba. Se sintió impelido a volver allí para ver otra vez a aquellas bestias horribles acecharlas siguiendo sus huellas y, emboscado, observarles otra vez. Se dio cuenta de que los neandertalenses no podían trepar con ¡a misma facilidad del hombre, oír tan bien, ni huir con la misma rapidez. Aquellos hombres horribles debían ser tratados como los osos, animales cuya lentitud permite echarse a correr, dispersarse y luego acercárseles por detrás. 
Pero dudamos de que el primer grupo humano llegado a la tierra de los hombres aterradores fuera tan inteligente como para solucionar los problemas presentados por este nuevo tipo de guerra. Quizá regresaron al sur, a las regiones mas propicias de las cuales procedían, y fueron absorbidos o eliminados por los de su propia estirpe. Acaso perecieron todos en aquella nueva tierra donde eran unos intrusos. Pero tal vez permanecieron allí y mantuvieron su presencia y aumentaron su número. Si, en efecto, sucedió de este modo, otros de su propia clase les siguieron y conquistaron un futuro mejor. 
Aquél fue el principio de una era de pesadilla para los niños de la tribu humana. Sabían que les vigilaban. 
Les seguían las huellas. Las leyendas acerca de ogros y gigantes que comen carne humana y cazan a los niños pueden provenir de esos lejanos días de terror. En cuanto a los neandertalenses, éste fue para ellos el principio de una guerra incesante, que sólo terminaría con su exterminio. 
Aunque no fuesen tan altos ni anduviesen tan erectos como el hombre, los neandertalenses eran mas pesados y fuertes, pero también más estúpidos, y vivían aislados en grupos de dos o tres; en cambio, los hombres eran más rápidos, inteligentes y sociales: cuando luchaban lo hacían unidos. Acecharon, rodearon, incomodaron y atacaron a sus enemigos por todos lados. Lucharon con aquella horrible raza como los perros con un oso. Se gritaban unos a otros lo que debían hacer, mientras los neandertalenses, que no solían hablar, no les entendían. Se movían demasiado aprisa y luchaban con demasiada astucia. 
Fueron muchos y encarnizados los duelos y batallas que sostuvieron por la posesión del mundo estas dos estirpes de hombres en las estepas ventosas y en aquella sombría época. Las dos razas eran incompatibles. Ambas ambicionaban las mismas cavernas y pedregales cercanos a los ríos, donde podían obtenerse los pedernales de mayor tamaño. Ambas luchaban por los mamuts muertos, encenagados en los pantanos, y por los renos que sucumbían en la época de celo. Cuando una tribu humana encontraba señales de los hombres neandertalenses cerca de su cueva o lugares de acecho, se veía forzada a perseguirlos y matarlos; su segundad y la de sus hijos únicamente podía asegurarse mediante estas matanzas. Por su parte, los neandertalenses pensaban que los niños humanos eran buenos para jugar y para devorarlos. 
Ignoramos cuánto tiempo logró sobrevivir el hombre aterrador en aquel frío mundo de pinos y abedules plateados, entre las estepas y los glaciares, después de la llegada del hombre. Puede haber subsistido durante muchísimo tiempo, volviéndose más astuto y peligroso a medida que disminuía su número. El hombre lo cazó rastreando sus huellas, observando el humo de sus fuegos y quitándole la comida.

En ese mundo olvidado, aparecieron grandes paladines, hombres que se enfrentaban con el hombre-bestia gris, lo derrotaban y mataban. Confeccionaron largas espadas de madera, con las puntas endurecidas por el fuego, y construyeron escudos de piel para protegerse de sus poderosos golpes. Los atacaron con piedras atadas a cuerdas o lanzadas con hondas. Pero no fueron sólo los hombres quienes lucharon contra la bestia horrible; también se enfrentaron a ellos las mujeres. Éstas protegieron a sus hijos y estuvieron al lado de sus hombres para luchar contra el ser espantoso que parecía y no parecía humano. A menos que los sabios interpreten erróneamente los signos, fueron las mujeres quienes engrandecieron las tribus en que se fueron convirtiendo las familias de aquellos tiempos remotos. El ingenio sutil y amoroso de las mujeres protegió a sus hijos de la cólera feroz del patriarca, enseñó a esquivar sus celos y furores, y lo persuadió para que los tolerara, obteniendo así su ayuda contra el terrible enemigo. Fue la mujer, dice Atkinson, quien en los principios de la raza humana enseñó los primeros tabúes: que un hijo debe apartarse del camino de su madrastra y buscar esposa en otra tribu, para así mantener la paz en la familia; quien se interpuso entre los fratricidas y quien primero trataba de pacificar los ánimos. Las primitivas sociedades humanas fueron fruto de su trabajo. Supo enfrentarse a la sociedad y a la fiereza distante del macho adulto A través de ella los hombres aprendieron a colaborar como hijos y hermanos. El neandertalense no aprendió ni el más mínimo rudimento de colaboración, en cambio, el hombre ya había ideado un alfabeto que algún día se difundiría por toda la Tierra. Los hombres formaban grupos que oscilaban de doce a veinte individuos aproximadamente. En cambio, los grupos de neandertalenses no pasaban de dos o tres, por lo que fueron perseguidos y eliminados hasta su total extinción. 
Generación tras generación, época tras época, se desarrolló esa larga lucha entre los hombres que no eran completamente humanos y el hombre verdadero, antepasado nuestro, que llegó a Europa occidental procedente del sur. Miles de combates y muertes, matanzas inesperadas y huidas temerarias tuvieron lugar entre las cuevas y las malezas de aquel ventoso y frío mundo de la época que va desde la última glaciación a los tiempos actuales. Al fin, el último de aquellos hombres horribles se vio obligado a enfrentarse con las espadas de sus perseguidores en medio de la ira y el desespero. 
¡Cuántos sobresaltos durante esa larga lucha! ¡Cuántos momentos de terror y de triunfo! ¡Cuántos actos de fidelidad y valentía desesperada! Y los esfuerzos de los vencedores eran nuestro esfuerzo; en líneas generales, nosotros somos idénticos a aquellos seres morenos y pintarrajeados que corrían, luchaban y se ayudaban unos a otros. La sangre de nuestras venas ya ardía en aquellas batallas y se helaba en aquellos terrores de un pasado olvidado. Porque se ha olvidado. Excepto, quizá, en algunos vagos terrores de nuestros sueños y en algunos elementos subyacentes en las leyendas y cuentos infantiles, ha desaparecido por completo de la memoria de nuestra estirpe. Pero nunca se pierde todo sin dejar rastro. Hace setenta u ochenta años, unos sabios curiosos empezaron a sospechar que en ciertos fragmentos de pedernal y restos de huesos hallados en depósitos antiguos, se ocultaban recuerdos de aquellas épocas primitivas. Mucho más recientemente, otros han empezado a encontrar indicios de extrañas experiencias remotas en los sueños y fantasías de las mentes modernas. De manera gradual, estos huesos resecos empiezan a revivir. 
La reconstrucción del pasado es una de las aventuras mas sorprendentes de la humanidad. Ésta, al seguir las investigaciones de los estudiosos de estos antiguos restos, se siente como un hombre que hojea las páginas amarillentas de un viejo y olvidado diario, un libro que habla de su adolescencia. Su pasada juventud revive, una vez más le aguijonean los antiguos estímulos y recobra la felicidad de antaño. Pero las antiguas pasiones que una vez ardieron, ahora sólo le producen un poco de calor, y los viejos temores y angustias ya no significan nada. 
Puede que un día, estas memorias recuperadas se vuelvan tan vividas como si nosotros mismos hubiéramos estado allí compartiendo la emoción y el miedo de aquellos primeros tiempos; puede llegar un día en que las bestias del pasado cobren vida en nuestra imaginación, recorramos una vez más escenarios ya desvanecidos, movamos unos miembros pintados que creíamos convertidos en polvo, y sintamos de nuevo el calor del sol de un millón de años atrás.

EL HOMBRE QUE PODÍA HACER MILAGROS

H. GEORGE WELLS

Un pantum malayo en prosa

Es dudoso que el don fuera innato. Por mi parte, pienso que le vino de repente. Es más, hasta los treinta años fue escéptico y no creía en poderes milagrosos. Tengo que mencionar aquí que era un hombre bajito, de encendidos ojos castaños, pelo rojizo muy erizado, un bigote cuyas puntas doblaba hacia arriba, y con pecas. Se llamaba George McWhirter Fotheringay —un nombre que de ninguna manera inducía a esperar milagros— y era oficinista en Gomshott. Muy dado a los razonamientos contundentes, fue mientras aseguraba la imposibilidad de los milagros cuando tuvo la primera premonición de sus extraordinarios poderes. Sostenía este particular argumento en el bar del Dragón Largo, y Toddy Beamish se encargaba de llevarle la contraria con un monótono pero eficaz Eso dice usted, que llevó al señor Fotheringay a los mismísimos límites de la paciencia.

Estaban presentes, además de estos dos, un ciclista muy polvoriento, Cox —el dueño del bar— y la señorita Maybridge, la respetable y bastante corpulenta camarera del Dragón. La señorita Maybridge estaba de espaldas al señor Fotheringay lavando vasos. Los otros le observaban, más o menos entretenidos por la ineficacia del método contundente en aquel momento. Aguijoneado por la estrategia de Torres Vedras empleada por el señor Beamish, el señor Fotheringay decidió hacer un esfuerzo retórico inusitado:

—Escuche, señor Beamish —dijo Fotheringay—, entendamos claramente lo que es un milagro. Es algo que va contra el curso de la naturaleza hecho por el poder de la voluntad, algo que no podría suceder sin ser expresamente querido.

—Eso dice usted—dijo Beamish oponiéndose.

El señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había sido un oyente mudo, y recibió su asentimiento, transmitido con una tos dubitativa y una mirada al señor Beamish. El dueño no expresaba opiniones y el señor Fotheringay, volviendo al señor Beamish, recibió la inesperada concesión de un asentimiento cualificado a su definición de milagro.

—Por ejemplo —dijo Fotheringay muy envalentonado—, esto sería un milagro. Esa lámpara siguiendo el curso natural de la naturaleza no podría arder de esa manera si estuviera boca abajo, ¿verdad, señor Beamish?

—Según usted no podría—dijo el señor Beamish.

—Y usted —dijo Fotheringay—... ¿No querrá usted decir?... ¿eh?

—No —dijo el señor Beamish a regañadientes—. No, no podría.

—Muy bien —continuó el señor Fotheringay—. Pues he aquí que viene por aquí alguien, que pudiera ser yo mismo, y se pone, pudiera ser aquí mismo, y dice a la lámpara, como podría hacerlo yo concentrando toda mi voluntad: «Vuélvete boca abajo sin romperte y continúa ardiendo regularmente y...» ¡Sopla!

Aquello bastaba para hacer a cualquiera exclamar: ¡Sopla! Lo imposible, lo increíble estaba a la vista de todos ellos. La lámpara colgaba invertida en el aire, ardiendo tranquilamente con la llama hacia abajo. Era tan sólida, tan incuestionable como lo fuera jamás lámpara alguna, la prosaica y vulgar lámpara del bar del Dragón Largo. 
  
 

El señor Fotheringay estaba con el dedo índice extendido y el entrecejo fruncido del que prevé un choque catastrófico. El ciclista, que estaba sentado junto a la lámpara, se agachó y cruzó de un salto el bar. Todos saltaron más o menos. La señorita Maybridge se volvió y chilló. Durante casi tres segundos la lámpara permaneció quieta. Un débil grito de angustia mental salió del señor Fotheringay.

—No puedo mantenerlo por más tiempo —dijo.

Se tambaleó hacia atrás y la lámpara invertida de repente llameó, cayó contra el rincón del bar, rebotó lateralmente, se hizo pedazos en el suelo y se apagó.

Fue una suerte que tuviera un recipiente metálico, si no todo el lugar habría estallado en llamas. El señor Cox fue quien habló primero, y su observación, despojada de excrecencias innecesarias, venía a decir que Fotheringay era imbécil. ¡Fotheringay no estaba para discutir ni siquiera una proposición tan fundamental como ésa! Se encontraba completamente pasmado ante lo sucedido. La conversación que siguió no arrojó absolutamente ninguna luz sobre el asunto por lo que a Fotheringay se refería. La opinión general no sólo siguió muy de cerca a la del señor Cox, sino que lo hizo con mucha vehemencia. Todos acusaron a Fotheringay de un truco estúpido y le hicieron verse a sí mismo como un insensato destructor de la comodidad y la seguridad. Su cabeza era un tornado de perplejidad, hasta él mismo se inclinaba a estar de acuerdo con ellos y presentó una oposición notablemente ineficaz a la propuesta de que se marchara.

Se fue a casa rojo y acalorado, con el cuello del abrigo aplastado, los ojos ardiendo y las orejas coloradas. Al pasar observó nerviosamente cada una de las diez farolas. Únicamente cuando se encontró solo en su pequeño dormitorio de Church Row fue capaz de enfrentarse seriamente a los recuerdos de lo ocurrido y preguntarse qué demonios había pasado.

Se había quitado el abrigo y las botas y estaba sentado en la cama con las manos en los bolsillos repitiendo el texto de su defensa por decimoséptima vez. Yo no quería que la maldita lámpara volcara... cuando se le ocurrió que en el preciso momento de decir las palabras clave, sin darse cuenta, había querido lo que decía, y que cuando había visto la lámpara en el aire había tenido la sensación de que dependía de él mantenerla allí sin saber claramente cómo había de hacerlo. No tenía una mente especialmente compleja o se habría detenido durante un tiempo en ese sin darse cuenta había querido, que engloba, realmente, los problemas más abstrusos de las acciones voluntarias, pero de hecho, la idea le vino envuelta en una bruma bastante aceptable. Y, no siguiéndose de ese punto, como he de admitir, ninguna conclusión lógica clara, llegó a la comprobación experimental.

Apuntó resueltamente a su vela y concentró la mente, aunque tuvo la sensación de que hacía una estupidez.

—Levántate —dijo.

Pero en un segundo esa sensación había desaparecido. La vela se elevó, quedó suspendida en el aire un vertiginoso momento y, por lo que el señor Fotheringay coligió, cayó con estrépito en el tocador, dejándole a oscuras salvo por el mortecino resplandor de la mecha.

Durante un rato el señor Fotheringay estuvo sentado a oscuras, completamente quieto.

—Realmente ha sucedido, después de todo —dijo—. Lo que no sé es cómo voy a explicarlo.

Suspiró profundamente y empezó a palparse los bolsillos en busca de una cerilla. No pudo encontrar ninguna y se levantó y buscó a tientas por la mesa.

—Ojalá tuviera una cerilla—dijo.

Recurrió al abrigo. Allí tampoco había ninguna, y entonces se le ocurrió que los milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendió una mano y la miró con el ceño fruncido en la oscuridad.

—Que haya una cerilla en esa mano —dijo.

Notó que un objeto ligero caía por la palma y los dedos se cerraron sobre una cerilla.

Tras varios intentos inútiles de encenderla descubrió que era una cerilla de seguridad. La tiró y luego se le ocurrió que podía haberla querido encendida. Así lo hizo, y la vio ardiendo en medio del felpudo del tocador. La cogió a toda prisa y se apagó. Percibió que sus posibilidades se ensanchaban. Cogió a tientas la vela y volvió a colocarla en su palmatoria.

—Ahora, ¡enciéndete! —dijo el señor Fotheringay.

En el acto la vela estaba llameando mientras descubría un pequeño agujero negro en el paño que cubría el tocador con un mechón de humo elevándose de él. Durante un rato pasó la mirada del agujero a la llamita y de nuevo al agujero, luego levantó la vista y vio su propia mirada en el espejo. Con esta ayuda se comunicó consigo mismo en silencio durante un tiempo.

—¿Qué pasa ahora con los milagros? —dijo finalmente el señor Fotheringay dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo.

Las subsiguientes meditaciones del señor Fotheringay fueron de una descripción rigurosa, pero confusa. Todo lo que podía comprender era que por lo que a él se refería se trataba de un caso de pura voluntad. La naturaleza de las primeras experiencias le desanimó a hacer más experimentos excepto los de tipo más cauteloso. Pero levantó una cuartilla de papel, y volvió rosa y luego azul el agua de un vaso, y creó un caracol que aniquiló milagrosamente y se proporcionó un milagroso cepillo de dientes nuevo. En algún momento, ya a altas horas, había comprendido que el poder de su voluntad debía de tener alguna cualidad especialmente rara y cáustica, un hecho del que había tenido indicios antes, pero sin certeza corroborada. El susto y la perplejidad de su primer descubrimiento estaba ahora matizado de orgullo ante las pruebas de su singularidad y por vagos presentimientos de ventaja. Se dio cuenta de que el reloj de la iglesia estaba dando la una, y como no se le ocurrió que podía librarse milagrosamente de sus deberes cotidianos en Gomshott, volvió a la tarea de desvestirse para meterse en la cama sin más dilaciones. Cuando luchaba para sacarse la camisa por la cabeza se le ocurrió una idea brillante.

—Que esté en la cama—dijo, y así fue.

—Desvestido —precisó, y encontrando frías las sábanas, añadió apresuradamente—: y en mi camisón. No, en un bonito y suave camisón de lana. ¡Ah! —suspiró con inmenso deleite.

—Y ahora que me quede cómodamente dormido...

Se despertó a la hora usual y estuvo pensativo durante todo el desayuno, preguntándose si la experiencia de la noche anterior no sería un sueño especialmente intenso. Finalmente volvió a pensar en experimentos cautos. Por ejemplo, tenía tres huevos para desayunar, dos se los había suministrado la patrona, buenos, pero de tienda, el otro era un delicioso huevo de ganso, puesto, cocinado y servido por su voluntad extraordinaria. Se fue a Gomshott deprisa en un estado de profunda excitación, aunque cuidadosamente disimulada, y sólo se acordó de la cáscara del tercer huevo cuando la patrona habló de ella por la noche. No pudo hacer nada durante todo el día por culpa del asombrosamente nuevo conocimiento de sí mismo, pero eso no le produjo ningún inconveniente, porque lo compensó milagrosamente en los últimos diez minutos.

Según avanzaba el día su estado mental pasó del asombro a la euforia, si bien las circunstancias de su expulsión del Dragón Largo eran todavía desagradables de recordar y una embrollada relación del asunto que había llegado a oídos de sus colegas originó algunas chanzas. Era evidente que había de tener cuidado al levantar objetos frágiles, pero por otra parte su don prometía cada vez más según le daba vueltas en la cabeza. Pretendía entre otras cosas aumentar su riqueza personal mediante actos de creación poco ostentosos. Dio la existencia a un par de espléndidos gemelos de diamantes y los aniquiló de nuevo precipitadamente cuando el joven Gomshott cruzó la contaduría hasta su mesa. Temía que el joven Gomshott se preguntara cómo los había obtenido. Vio con toda claridad que el don requería cautela y atención para ejercitarlo, pero, hasta donde podía discernir, las dificultades que acompañaban a su dominio no serían mayores que las que ya había hecho frente en la práctica del ciclismo. Fue quizás esa analogía tanto como la sensación de que no sería bienvenido en el Dragón Largo, la que le llevó después de cenar al callejón de detrás de la fábrica del gas, a ensayar algunos milagros en privado.

Sus intentos adolecían posiblemente de cierta falta de originalidad, pues, aparte del poder de su voluntad, el señor Fotheringay no era un hombre muy excepcional. Le vino a la cabeza el milagro de la vara de Moisés, pero la noche era oscura y poco propicia para el control adecuado de grandes serpientes milagrosas. Luego recordó el cuento de Tannháuser que había leído en la parte posterior del programa de la Filarmónica. Eso le pareció singularmente atractivo e inofensivo. Clavó su bastón —un bastón muy bonito hecho de tronco de palmera enana— en el césped que bordeaba el sendero y ordenó a la madera seca que floreciera. El aire se llenó inmediatamente de perfume de rosas, y mediante una cerilla, él mismo vio que este maravilloso milagro se había realizado, desde luego, a la perfección. Unas pisadas que se aproximaban pusieron fin a su satisfacción. Asustado por un descubrimiento prematuro de sus poderes se dirigió apresuradamente al floreciente bastón:

—Vuelve atrás.

Lo que quería decir era: Vuelve a ser como antes, pero desde luego estaba confuso. El bastón retrocedió a velocidad considerable, y llegó, irreprimible, un grito airado y una palabrota procedentes de la persona que se acercaba.

—¿A quién tira zarzas, estúpido? —gritó la voz—. Me ha dado en la espinilla.

—Lo siento, viejo —dijo el señor Fotheringay, y entonces, dándose cuenta de lo embarazoso de su explicación, se atusó nerviosamente el bigote. Vio avanzar a Winch, uno de los tres policías municipales de Immering.

—¿Qué significa esto? —preguntó el policía—. ¡Anda! Es usted, ¿no? ¡El tipo que rompió la lámpara del Dragón Largo! 
  
 

—No significa nada —respondió el señor Fotheringay—. Nada en absoluto.

—¿Entonces por qué lo hace?

—¡Oh, aburrimiento! —dijo el señor Fotheringay.

—Aburrimiento, ¡ya! ¿Sabe que ese palo hace daño? ¿Para qué lo hace, entonces?

De momento al señor Fotheringay no se le ocurrió ninguna razón por la que lo había hecho. Su silencio pareció irritar al señor Winch.

—Esta vez, joven, ha estado agrediendo a la policía. Eso es lo que ha hecho.

—Escuche, señor Winch —dijo el señor Fotheringay, enojado y confuso—, lo siento mucho. El hecho es que...

—¿Sí?

No pudo pensar en otra cosa que la verdad.

—Estaba ensayando un milagro.

Trató de decirlo de una forma casual, pero por más que lo intentó no lo consiguió.

—¡Haciendo un ...! Vamos, no diga tonterías. ¡Haciendo un milagro, nada menos! ¡Un milagro! ¡Bueno, esto sí que es divertido! Vaya, ¿no era usted el tipo que no creía en milagros...? El hecho es que éste es otro de sus estúpidos trucos de magia... eso es lo que es. Pues bien, le digo...

Pero el señor Fotheringay nunca oyó lo que el señor Winch iba a decirle. Se dio cuenta de que se había delatado, de que había arrojado su secreto a todos los vientos del cielo. Una violenta racha de irritación le impulsó a la acción. Se enfrentó al policía rápida y furiosamente.

—Vale —dijo—, ya he aguantado bastante. Yo te enseñaré un estupido truco de magia, ¡claro que lo haré! ¡Vete al Hades! ¡Vete ya!

—¡Estaba solo!

El señor Fotheringay no llevó a cabo más milagros esa noche, ni tampoco se molestó en ver lo que había sido de su floreciente bastón. Volvió a la ciudad, asustado y muy tranquilo, y se fue a su dormitorio.

—¡Cielos! —dijo—, es un don poderoso, extremadamente poderoso. Apenas quería decir ni la mitad de lo que dije. ¡Me pregunto cómo será el Hades!

Se sentó en la cama y se quitó las botas. Iluminado por una feliz idea, transfirió el policía a San Francisco, y, sin ninguna interferencia más con la causalidad normal, se fue sensatamente a la cama. Por la noche soñó con la ira de Winch.

Al día siguiente el señor Fotheringay oyó dos interesantes noticias. Alguien había plantado un bellísimo rosal trepador contra la casa privada del señor Gumshott padre en Lullaborough Road, y el río iba a ser dragado hasta el molino de Rawling en busca del policía Winch.

El señor Fotheringay estuvo abstraído y meditabundo todo el día, y no realizó ningún milagro excepto ciertas disposiciones para Winch, y el milagro de completar el trabajo del día con escrupulosa perfección a pesar del enjambre de pensamientos que le zumbaba por la cabeza. La extraordinaria abstracción y humildad de su actitud fue destacada por varios y constituyó un motivo de bromas. La mayor parte del tiempo estuvo pensando en Winch.

El domingo por la tarde fue a los oficios religiosos, y cosa bastante curiosa, el señor Maydig, que tenía cierto interés en temas de ocultismo, predicó sobre cosas que no son legítimas. El señor Fotheringay no asistía regularmente a los oficios, pero el sistema de escepticismo contundente al que ya he aludido, se encontraba ahora muy debilitado. El tono del sermón arrojó una luz completamente nueva sobre estos novedosos dones y de repente decidió consultar al señor Maydig inmediatamente después del servicio. Tan pronto como lo tuvo decidido se estuvo preguntando por qué no lo había hecho antes.

Al señor Maydig, hombre flaco y excitable, de muñecas y cuello notablemente largos, le produjo una gran satisfacción la petición de una conversación privada por parte de un joven cuya despreocupación por los asuntos religiosos era tema de general observación en la ciudad. Después de algunos imprescindibles retrasos le llevó al despacho de la residencia eclesiástica, contiguo a la iglesia, le sentó cómodamente y, en pie delante de un animado fuego —sus piernas proyectaban un arco de sombra a lo Cecil Rhodes sobre la pared opuesta—, pidió al señor Fotheringay que expusiera su negocio.

Al principio el señor Fotheringay estaba un poco avergonzado y encontró alguna dificultad en presentar el asunto.

—Mucho me temo que va a ser difícil que me crea... —y cosas así durante algún tiempo. Finalmente probó con una pregunta y solicitó la opinión del señor Maydig sobre los milagros.

El señor Maydig estaba todavía diciendo:

—Bueno... —en un tono extremadamente judicial, cuando el señor Fotheringay le interrumpió de nuevo:

—Supongo que no creerá que una persona corriente, como yo mismo por ejemplo, que pudiera estar sentada aquí mismo ahora, pudiera disponer de algún tipo de don en su interior que le capacitara para hacer cosas por medio de su voluntad.

—Es posible—dijo el señor Maydig—. Algo de eso, quizás, es posible.

—Si pudiera utilizar con toda libertad algo de lo que hay aquí creo que le podría explicar mediante una especie de experimento —dijo el señor Fotheringay—. Bueno, fíjese, por ejemplo, en esa tabaquera que está sobre la mesa. Lo que yo quiero saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Sólo medio minuto, por favor, señor Maydig.

Frunció el ceño, apuntó a la tabaquera y dijo:

—Conviértete en un florero con violetas.

La tabaquera hizo lo que se le ordenó.

El señor Maydig se sobresaltó violentamente con el cambio y se quedó mirando del taumaturgo al florero. No dijo nada. Pronto se aventuró a inclinarse sobre la mesa y oler las violetas. Eran recién cortadas y muy finas. Luego miró fijamente al señor Fotheringay de nuevo.

—¿Cómo lo hizo? —preguntó.

El señor Fotheringay se tiró del bigote.

—Sólo lo dije, y ahí tiene. ¿Es eso un milagro, o magia negra, o qué es? Y ¿qué cree que me pasa? Eso es lo que quería preguntar.

—Es un suceso de lo más extraordinario.

—Y tal día como hoy la semana pasada no tenía más idea que usted de que pudiera hacer cosas como ésa. Me sobrevino totalmente de repente. Es algo raro en mi voluntad, supongo, y eso es todo cuanto puedo decir.

—Es eso... lo único. ¿Podría hacer otras cosas como ésa?

—¡Cielos, claro que sí! —respondió el señor Fotheringay—, exactamente cualquier cosa.

Pensó y, de repente, recordó un truco de prestidigitación que había visto.

—¡Ahora! —apuntó—. Transfórmate en un jarrón de peces. No, eso no, transfórmate en un jarrón de cristal lleno de agua con peces de colores nadando en su interior. ¡Así está mejor! ¿Lo ve, señor Maydig?

—Es asombroso. Es increíble. Usted es o el más extraordinario... Pero no...

—Podría cambiarlo en cualquier cosa —dijo el señor Fotheringay—. Realmente cualquier cosa. ¡Ahora! Conviértete en una paloma, ¿quieres?

Al otro momento una paloma azul estaba aleteando por la habitación y haciendo que el señor Maydig se agachara cada vez que se le acercaba.

—Párate ahí, quieres —dijo el señor Fotheringay, y la paloma colgó inmóvil en el aire.

—Podría cambiarla de nuevo en florero —dijo, y después de colocar a la paloma en la mesa hizo ese milagro.

—Supongo que dentro de poco querrá su pipa —dijo, y restableció la tabaquera.

El señor Maydig había seguido todos estos últimos cambios en una especie de silencio exclamativo. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con mucho cuidado, cogió la tabaquera, la examinó y la volvió a colocar en la mesa.

—¡Bien! —fue la única expresión de sus sentimientos.

—Ahora, después de eso, es más fácil de explicar a lo que vine —dijo el señor Fotheringay, y procedió a una relación larga y enrevesada de sus extrañas experiencias, comenzando con el asunto de la lámpara del Dragón Largo y complicada con persistentes alusiones a Winch. Según avanzaba en el relato, el pasajero orgullo que había producido la consternación del señor Maydig desapareció, y se convirtió de nuevo en el señor Fotheringay corriente del trato cotidiano. El señor Maydig escuchó atentamente, la tabaquera en la mano, y su porte cambió también con el curso de la narración. Pronto, mientras el señor Fotheringay abordaba el milagro del tercer huevo, el ministro le interrumpió con una ondeante mano extendida...

—Es posible —dijo—. Es creíble. Es sorprendente, pero reconcilia algunas dificultades. El poder de hacer milagros es un don, una cualidad especial como la genialidad o la clarividencia... hasta ahora le ha sucedido a gente excepcional en muy raras ocasiones. Pero en este caso... Siempre he dudado de los milagros de Mahoma, de Buda y de Madame Blavatsky. Pero, ¡por supuesto! ¡Sí, es simplemente un don! Ejemplifica tan bellamente los argumentos de ese gran pensador —el tono de voz del señor Maydig bajó—, su Excelencia el Duque de Argyl. Aquí topamos con leyes más fundamentales, más profundas que las leyes ordinarias de la naturaleza. Sí, sí. ¡Continúe, continúe!

El señor Fotheringay pasó a contar su percance con Winch, y el señor Maydig, ya no sobrecogido ni asustado, comenzó a estirar los miembros y a añadir asombros.

—Esto es lo que más me ha preocupado —siguió el señor Fotheringay—. Esto era sobre lo que más necesitaba que me aconsejaran. Por supuesto, está en San Francisco, donde quiera que esté San Francisco, pero desde luego es embarazoso para los dos, como comprenderá, señor Maydig. No veo cómo puede comprender lo que ha sucedido y me atrevería a decir que está asustado y exasperado de forma tremenda y tratando de echarme el guante. Y diría que sigue poniéndose en camino para venir aquí. Yo lo devuelvo mediante un milagro cada pocas horas cuando pienso en ello. Y desde luego eso es algo que no podrá entender y necesariamente le enojará, y además si cada vez compra un billete le costará mucho dinero. He hecho lo más que he podido por él, pero desde luego es difícil para él ponerse en mi lugar. Posteriormente pensé que sus vestidos podían haberse chamuscado, ya sabe, si el Hades es lo que se supone que es, antes de que lo trasladara. En ese caso supongo que en San Francisco lo hubieran encerrado. Por supuesto que le ordené un traje nuevo y puesto encima tan pronto como pensé en ello. Pero, como ve, estoy ya metido en un endiablado enredo...

El señor Maydig puso aspecto serio.

—Comprendo que esté metido en un lío. Sí, es una posición difícil. Cómo ha de solucionarlo... —se volvió difuso e indeciso—. Sin embargo, vamos a dejar a Winch por un rato y a discutir el problema más general. Creo que no se trata de un caso de magia negra o algo así. Creo que no hay el menor matiz de delincuencia en todo ello, señor Fotheringay, ninguna de ningún género, a no ser que haya suprimido hechos materiales. No, son milagros, puros milagros, milagros, si puedo decirlo, de la más alta categoría.

Empezó a dar pasos por la alfombra de la chimenea y a gesticular, mientras el señor Fotheringay estaba sentado con el brazo sobre la mesa y la cabeza en el brazo con aspecto preocupado.

—No sé cómo voy a solucionar lo de Winch —dijo.

—El don de hacer milagros, obviamente es un don muy poderoso —dijo el señor Maydig—; encontraremos una solución para Winch, no se preocupe. Mi querido señor, es usted un hombre de lo más importante, con las posibilidades más sorprendentes. ¡Aportando pruebas, por ejemplo! Y en otros aspectos, las cosas que puede hacer...

—Sí, he pensado en una cosa o dos —dijo el señor Fotheringay—. Pero algunas de ellas salieron un poco torcidas. ¿Vio usted aquel pez del principio? El tipo de jarrón equivocado y el tipo de pez incorrecto. Y pensé en preguntar a alguien.

—Un comportamiento apropiado —dijo el señor Maydig—, un comportamiento muy apropiado, el comportamiento más apropiado.

Se detuvo y miró al señor Fotheringay.

—Es prácticamente un don ilimitado. Comprobemos sus poderes, por ejemplo. A ver si realmente... Si realmente son todo lo que parecen ser.

Y de esa manera, por increíble que pueda parecer, en el estudio de la casita de detrás de la iglesia congregacionalista, la tarde del domingo 10 de noviembre de 1896 el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó a hacer milagros. Se recaba la atención del lector respecto de la fecha de forma especial y definitiva. El lector objetará, probablemente ha objetado ya, que ciertos puntos de esta historia son improbables, que si cualquiera de las cosas de este tipo ya descritas hubieran ocurrido realmente habrían aparecido en todos los periódicos hace un año. Encontrará especialmente difíciles de aceptar los detalles que siguen a continuación, porque entre otras cosas implican que él o ella, el lector en cuestión, tuvo que haber muerto de forma violenta y sin precedentes hace más de un año. Ahora bien, un milagro no es nada si no es improbable, y de hecho el lector fue muerto de forma violenta y sin precedentes hace un año. En el subsiguiente curso de esta historia eso quedará completamente claro y creíble, como lo admitirá todo lector sensato y razonable. Pero éste no es lugar para el fin de la historia, estando como estamos a poco más de la mitad. Al principio los milagros realizados por el señor Fotheringay eran pequeños y tímidos, menudencias con copas y mobiliario de salón, tan débiles como los milagros de los teósofos y, aun débiles como eran, eran recibidos con estupor por su colaborador. Él hubiera preferido dejar solucionado el asunto de Winch, pero el señor Maydig no se lo permitía. No obstante, después de haber hecho una docena de estas trivialidades domésticas, su sensación de poder aumentó, su imaginación comenzó a dar señales de estimulación y su ambición creció. Su primera empresa de mayores dimensiones se debió al hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama de llaves del señor Maydig. La comida a la que el ministro condujo al señor Fotheringay estaba mal puesta y era poco atractiva como refrigerio para dos laboriosos hacedores de milagros, pero estaban sentados, y el señor Maydig lamentaba con dolor más que con ira las deficiencias de su ama de llaves, cuando al señor Fotheringay se le ocurrió que tenía una oportunidad por delante.

—No cree, señor Maydig —dijo—, si no es tomarse libertades... que yo...

—¡Mi querido señor Fotheringay! ¡Por supuesto! ¡No faltaba más! El señor Fotheringay ondeó la mano.

—¿Qué tomamos? —preguntó con generosa liberalidad, y, a petición del señor Maydig modificó la cena muy a fondo.

—En cuanto a mí —dijo echando un ojo a lo seleccionado por el señor Maydig—, soy siempre especialmente aficionado a la jarra de cerveza y a una buena rebanada de pan con queso fundido al estilo de Gales, y eso es lo que pediré. No soy muy dado al borgoña —y de inmediato la cerveza y el queso galés aparecieron puntualmente a sus órdenes. Estuvieron mucho tiempo sentados cenando, hablando de igual a igual, como pronto percibió el señor Fotheringay con una sensación de sorpresa y satisfacción, de todos los milagros que harían próximamente.

—Y por cierto, señor Maydig —dijo el señor Fotheringay—, quizá pudiera ayudarlo... en plan casero.

—No entiendo bien —dijo el señor Maydig llenándose un vaso de viejo borgoña milagroso.

El señor Fotheringay se sirvió un segundo queso galés que quedaba y dio un bocado.

—Estaba pensando —dijo— que podría (ñam, ñam) hacer (ñam, ñam) un milagro con la señora Minchin (ñam, ñam), hacerla mejor.

El señor Maydig bajó el vaso y miró dubitativo.

—Ella... se opone fuertemente a las interferencias, ya sabe, señor Fotheringay. Y de hecho son más de las once y media y probablemente esté en la cama y dormida. Cree usted que en general...

El señor Fotheringay consideró estas objeciones.

—No veo que no se deba hacer mientras duerme.

Durante un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea y luego cedió. El señor Foderingay emitió las órdenes y un poco menos cómodos, quizá, los dos caballeros continuaron con su comida. El señor Maydig se estaba explayando sobre los cambios que podría esperar al día siguiente en su ama de llaves con un optimismo que pareció incluso al sentido del yantar del señor Fotheringay un poco forzado y agotador cuando desde arriba empezó a llegar una serie de confusos ruidos. Se intercambiaron miradas interrogativas y el señor Maydig abandonó apresuradamente la habitación. El señor Fotheringay le oyó llamando a su ama de llaves y luego oyó sus pisadas subiendo suavemente hasta ella.

En un minuto o así el ministro volvió, el paso leve y la cara radiante.

—Maravilloso —dijo—, ¡y conmovedor! ¡De lo más conmovedor!

Empezó a dar pasos por la alfombra de la chimenea.

—Un arrepentimiento, un arrepentimiento de lo más conmovedor... por la rendija de la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Un cambio de lo más maravilloso! Se había levantado. Se debió de haber levantado inmediatamente. Se había despertado para romper una botella privada de brandy que tenía en su baúl. ¡Y para confesarlo además!... Pero esto nos da, nos abre, el panorama más sorprendente de posibilidades. Si hemos podido obrar este milagroso cambio en ella...

Al parecer la cosa es ilimitada —dijo el señor Fotheringay—. Y en cuanto a Winch...

—Completamente ilimitada.

Y desde la alfombra de la chimenea el señor Maydig, dejando a un lado la dificultad de Winch, desplegó una serie de maravillosas propuestas, propuestas que inventaba sobre la marcha.

Ahora bien, cuáles fueron esas propuestas no concierne a lo esencial de esta historia. Baste decir que estaban pensadas en un espíritu de infinita benevolencia, la clase de benevolencia que solía calificarse de panza llena. Baste decir también que el problema de Winch siguió sin resolver. Ni siquiera es necesario describir hasta qué punto esa serie llegó a realizarse. Hubo cambios sorprendentes. A altas horas los señores Maydig y Fotheringay se encontraban cruzando a toda velocidad la fría plaza del mercado bajo la quietud de la luna en una especie de éxtasis de taumaturgia, el señor Maydig, todo agitación y gesto, el señor Fotheringay, conciso e hirsuto y ya nada avergonzado de su grandeza. Habían reformado a todos los borrachos del distrito parlamentario, cambiado toda la cerveza y alcohol en agua —el señor Maydig se había impuesto al señor Fotheringay en este punto—, además habían mejorado considerablemente las comunicaciones ferroviarias del lugar, drenado la ciénaga de Flinder, mejorado el suelo del monte de Un Árbol y curado la verruga del vicario, e iban a ver qué se podía hacer con el dañado muelle del Puente Sur.

—La ciudad —jadeó el señor Maydig— no será la misma mañana. ¡Qué sorprendidos y agradecidos estarán todos!

Y justo en ese momento el reloj de la iglesia dio las tres.

—Oiga —dijo el señor Fotheringay—, son las tres. Tengo que volver a casa. He de estar en el trabajo a las ocho. Y además la señora Wimms...

—Estamos sólo empezando —dijo el señor Maydig rebosante de la dulzura del poder ilimitado—. Estamos sólo empezando. Piense en todo el bien que estamos haciendo. Cuando la gente se despierte...

—Pero... —objetó el señor Fotheringay.

El señor Maydig le cogió de repente por el brazo. Tenía los ojos brillantes y desorbitados.

—Mi querido amigo —dijo—, no hay prisa. Mira —apuntó a la Luna en el cenit—, ¡Josué!

—Josué? —dijo el señor Fotheringay.

—Josué—dijo el señor Maydig—. ¿Por qué no? Párala.

El señor Fotheringay miró a la Luna.

—Está un poco alta—dijo después de una pausa.

—¿Por qué no? —repitió el señor Maydig—. Por supuesto que no se para. Detienes la rotación de la Tierra, ya sabes. El tiempo se para. No es que estemos haciendo daño a nadie.

—¡Hum! —dijo el señor Fotheringay—. Bueno —suspiró—. Lo intentaré.

—Ahora.

Se abotonó la chaqueta, y se dirigió al globo habitable, con tanta seguridad como tenía en sus poderes.

—Ya, para de rotar, ¿quieres? —dijo el señor Fotheringay.

Atropelladamente estaba volando de pies a cabeza en el aire a una velocidad de docenas de millas por minuto. A pesar de los innumerables círculos que estaba describiendo por segundo, pensó, porque el pensamiento es maravilloso —a veces tan lento como la brea fluyendo, a veces tan instantáneo como la luz. Pensó en un segundo y quiso:

—Que baje sano y salvo. Pase lo que pase, que baje sano y salvo.

Lo quiso justo en el preciso momento, porque sus vestidos calentados por su rápido vuelo por el aire estaban ya empezando a chamuscarse. Bajó con una enérgica, aunque de ningún modo peligrosa, sacudida a lo que pareció ser un montículo de tierra recién removida. Una gran masa de metal y cascotes, extraordinariamente parecida a la torre del reloj del medio de la plaza del mercado, se estrelló contra la tierra cerca de él, revotó sobre él y voló hecha piedras, ladrillos y cascotes como una bomba que estalla. Una vaca volando por el aire golpeó uno de los bloques y se aplastó como un huevo. Hubo un estrépito que hizo que todos los más violentos estrépitos de su vida anterior no parecieran sino el sonido de polvo cayendo y fue seguido por una serie descendente de estrépitos menores. Un fortísimo viento rugió por toda la tierra y el cielo de forma que apenas si pudo levantar la cabeza para mirar. Durante un rato estuvo demasiado atónito y sin aliento incluso para ver dónde estaba o qué había pasado. Y su primer movimiento fue para palparse la cabeza y cerciorarse de que el pelo que flotaba al viento era todavía el suyo.

—¡Cielos! —jadeó el señor Fotheringay, apenas capaz de hablar a causa del vendaval—. ¡Me he librado por un pelo! ¿Qué ha salido mal? Tormentas y truenos. Y hace sólo un minuto una noche apacible. Es Maydig el que me ha metido en este tinglado. ¡Qué viento! Si sigo haciendo estas estupideces tendré un accidente estúpido...

—¿Dónde está, Maydig? ¡En qué maldito lío está todo!

Miró a su alrededor hasta donde los aleteos de su chaqueta le permitían. El aspecto de las cosas era realmente extraño en extremo.

—El cielo está bien, de todas formas —dijo el señor Fotheringay—. Y eso es casi todo lo que está bien. Y hasta parece que se aproxima un terrorífico vendaval. Pero allá arriba está la Luna. Exactamente igual que estaba en este momento. Brillante como el mediodía. En cuanto al resto... ¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde... dónde está todo? ¿Y qué diablos puso este viento a soplar? Yo no ordené ningún viento.

El señor Fotheringay luchó en vano por ponerse en pie, y después de un fracaso permaneció a cuatro patas, aguantando. Revisó el mundo iluminado por la luna en dirección a sotavento, con las puntas de la chaqueta ondeando sobre su cabeza.

—Hay algo que está realmente mal —dijo el señor Fotheringay—. Pero qué es... sólo Dios sabe.

A lo largo y a lo ancho no se veía nada en el blanco resplandor a través de la bruma de polvo que iba por delante del rugiente vendaval más que revueltas masas de tierra e incipientes montones de ruinas, nada de árboles, ni casas, ni formas familiares, sólo un páramo de desorden desvaneciéndose por fin en la oscuridad bajo las columnas y serpentinas de los remolinos, los rayos y truenos de una tormenta que se levantaba rápidamente. Cerca de él, en el lívido resplandor, había algo que podía haber sido alguna vez un olmo, una aplastada masa de astillas, temblaba de las ramas a la base, y más lejos una retorcida masa de vigas de hierro —obviamente el viaductosobresalía de una apilada confusión.

Ya sabe, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación del sólido globo terráqueo, no había hecho ninguna estipulación concerniente a las trivialidades que se mueven por su superficie. Y la tierra gira tan deprisa que su superficie en el ecuador viaja a bastante más de mil millas por hora y en estas latitudes a más de la mitad de esa velocidad. Así que el pueblo, y el señor Maydig, y el señor Fotheringay, y todos y todo habían sido lanzados violentamente hacia adelante a unas nueve millas por segundo —es decir, de forma mucho más violenta que si hubieran sido disparados por un cañón. Y todos los seres humanos, todas las criaturas vivas, todas las casas y todos los árboles —todo el mundo tal y como lo conocemos— habían sido lanzados de esa manera, y machacados y destruidos completamente. Eso era todo.

Desde luego el señor Fotheringay no comprendió plenamente estas cosas. Pero se percató de que su milagro había fracasado, por lo que le sobrevino un gran asco hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras porque las nubes se habían arremolinado y tapaban el momentáneo vislumbre de la luna y el aire estaba lleno de irregulares copos de granizo, torturados y luchadores. Un gran rugido del viento y las aguas llenaban el cielo y la tierra, y, escudriñando con la mano de visera a través del polvo y el aguanieve en dirección al viento, vio, a la luz de los rayos, una vasta pared de agua cayendo a cántaros que venía hacia el.

—¡Maydig! —gritó la débil voz del señor Fotheringay entre el estrépito de los elementos—. ¡Aquí! ¡Maydig!

—¡Detente! —gritó el señor Fotheringay al agua que avanzaba—. ¡Oh, por amor de Dios, detente!

—Sólo un momento —dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos—. Deteneos un momento mientras recopilo mis pensamientos... ¿Y ahora qué hago? —se preguntó—. ¿Qué hago? ¡Cielos! Ojalá estuviera aquí el señor Maydig.

—Ya sé —dijo el señor Fotheringay—. Y por amor de Dios, que esta vez salga bien.

—¡Ah! —exclamó—, que nada de lo que voy a ordenar suceda hasta que diga ¡ya!... ¡Cielos! Ojalá lo hubiera pensado antes.

Elevó la vocecita contra el vendaval gritando más y más alto en el vano deseo de oír su propia voz.

—¡Ahora!.. ¡allá va! Ten cuidado con lo que acabo de decir. En primer lugar cuando se haya realizado todo lo que tengo que decir, que pierda mis poderes milagrosos, que mi voluntad sea como la de cualquier otro y que terminen todos estos peligrosos milagros. No me gustan. Preferiría no haberlos hecho. Nunca. Eso es lo primero. Y lo segundo es que vuelva al momento de antes de empezar los milagros, que todo sea exactamente igual que era antes de que aquella bendita lámpara se volcara. Es mucho trabajo, pero es el último. ¿Lo has cogido? Ningún milagro más. Todo como estaba. Yo de vuelta en el Dragón Largo justo antes de beber mi media pinta. ¡Eso es! Sí.

Metió los dedos en el montículo, cerró los ojos y dijo:

—¡Ya!

Todo se volvió completamente inmóvil. Se dio cuenta de que estaba firme, de pie.

—Eso dice usted —dijo una voz.

Abrió los ojos. Estaba en el bar del Dragón Largo discutiendo de milagros con Toddy Beamish. Tuvo una vaga sensación de algo grande olvidado que pasó instantáneamente. Ya sabe, excepto por la pérdida de los poderes milagrosos, todo volvía a estar como había estado, su inteligencia y memoria, por tanto, eran ahora exactamente lo que habían sido al comienzo de esta historia, de forma que no supo absolutamente nada de todo lo contado aquí, no sabe nada de todo lo contado aquí hasta el día de hoy. Y entre otras cosas, desde luego, todavía no cree en los milagros.

—Le digo que los milagros, hablando con precisión, no pueden existir —dijo—, mantenga lo que mantenga. Y estoy preparado para demostrárselo pase lo que pase.

—Eso es lo que usted piensa —dijo Toddy Beamish—, demuéstrelo si puede.

—Escuche, señor Beamish —dijo Fotheringay—. Entendamos claramente lo que es un milagro. Es algo contrario al curso de la naturaleza hecho por el poder de la Voluntad...



VERNE SEGUN LA WIKIPEDIA :

Jules Gabriel Verne (Nantes, 8 de febrero de 1828 – Amiens, 24 de marzo de 1905), conocido en los países de lengua española como Julio Verne, fue un escritor francés de novelas de aventuras. Es considerado junto a H. G. Wells uno de los padres de la ciencia ficción.[1]

Tabla de contenidos

1 Biografía 
1.1 Sus últimos años 
2 Obra 
3 Obras 
4 Adaptaciones 
4.1 Principales películas 
5 Carguero espacial Julio Verne 
6 Referencias 
  
 

Biografía

Nace el 8 de febrero de 1828. Era el menor de los cinco hijos que tuvo el matrimonio formado por el abogado Pierre Verne y Sophie Allotte de la Fuÿe, esta última perteneciente a una familia de armadores. En 1839 ingresa en el colegio Saint-Stanislas donde demuestra su talento en geografía, griego, latín y canto. Estaba interesado en la poesía y en la ciencia y leía y coleccionaba artículos científicos, demostrando una curiosidad casi enfermiza que le duraría toda la vida. En 1846 regresa del Liceo Real de Nantes con un alto promedio; probablemente gana un premio de geografía. Comienza a escribir prosa.

En 1847 comienza sus estudios de derecho en París. Su prima irina, de quien ha estado perdidamente enamorado, se compromete. Escribe una obra de teatro: Alejandro VI. En 1848 es introducido por su tío Châteaubourg en los círculos literarios, donde conoce a los Dumas, padre e hijo; el primero tendrá gran influencia personal y literaria en Verne. En 1849 se recibe de abogado y su padre le permite permanecer en París. Sigue escribiendo teatro. Su padre quiso que se dedicara a su carrera de abogacía, pero él no estaba por la labor y su padre, enfadado con él, dejó de financiarle. Además todos sus ahorros los gastó en libros y pasó largas horas en las bibliotecas de París.

En 1850 escribe una comedia ligera, Las pajas rotas que logra estrenar en París gracias a Dumas, con modesto éxito. Al año siguiente publica en la revista ilustrada El museo de las Familias dos relatos: Martín Paz (una fantasía inspirada en las pinturas del artista peruano Ignacio Merino) y Los primeros navíos mexicanos (un cuento histórico inspirado por el Viaje al equinoccio americano, del naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt) y varias obritas teatrales, libretos para operetas de moda y novelas cortas. Durante esta época es secretario del Teatro Nacional de París, recomendado por Dumas. El poco dinero que puede reunir lo invierte en un piano. En 1857 —traicionando la causa de su misógino grupo de amigos Los once sin mujer— se casa con Honorine de Viane, viuda de Morel y madre de dos hijas. También desoyó los consejos de sus padres que le recomendaban otra mujer con mejor dote. Le pide 50.000 francos a su padre para invertir en Bolsa; después de una gran discusión su padre accede y Julio hace una pequeña fortuna poco después. Pronto lo dejará.

En 1859 viaja a Escocia con su íntimo amigo Hignard. Su primera obra de ficción científica es también la primera novela que escribió, París en el siglo XX, y una de las pocas que no publicó en vida —se imprimió en 1994—; Pierre-Jules Hetzel, su editor, rechazó la novela por el pesimismo que encerraba, pues presagiaba una sociedad en que la gente vive obsesionada con el dinero y con los faxes.[2] Julio Verne publicó en 1863 el primero de sus 60 Viajes extraordinarios, Cinco semanas en globo. La serie, prolongada durante casi 40 años, habría de incluir entregas de la talla de Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), Los hijos del capitán Grant (1867). En el año 1869 aparece publicada en España —antes incluso que en Francia—, posiblemente debido a la amistad entre Hetzel y Guimerá —el traductor español de algunas de sus obras— Veinte mil leguas de viaje submarino (1869) a la que seguirían La isla misteriosa (1874), La vuelta al mundo en 80 días (1873), Miguel Strogoff (1876) —la mejor coartada para quienes le consideran un reaccionario— o La esfinge de los hielos, (1897). Trabajador infatigable, ni que decir tiene que, paralelamente a sus viajes, cultivó su primera vocación, el teatro, escribiendo y adaptando algunas piezas para la escena.

Portada de Veinte mil leguas de viaje submarino. 
En 1861 logra juntar el suficiente dinero para viajar a Noruega e Islandia con su mujer, pero ella no puede viajar por encontrarse encinta. A su vuelta le recibe con su recién nacido hijo Michel, único fruto del matrimonio.

En 1863 traba amistad con el aventurero, periodista y fotógrafo Felix Tournachon. Con él investiga los adelantos que se les podría hacer a estos aparatos volantes, los que describe en Cinco semanas en globo. Nadar lo recomienda a Hetzel, dueño del Magazine de ilustración y recreo, quien le publica la primera entrega del folletín. Debido al éxito de esta obra el dueño de la revista le ofrece un contrato por veinte años a veinte mil francos anuales (una pequeña fortuna para esa época). En 1863, a raíz del éxito de su tercera novela, viaja a Estados Unidos en un ciclo de conferencias con su hermano Paul Verne. Dos años después publica la historia de un viaje a la Luna en dos partes: De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna. Uno de los personajes, el intrépido francés Michel Ardán —anagrama de Nadar— es un vivo retrato de su querido amigo. El otro, Impey Barbicane, está basado en el carácter del presidente estadounidense Abraham Lincoln, asesinado a principios de ese mismo año.

El día del estreno de su adaptación al teatro de La vuelta al mundo en ochenta días, Verne experimentó la única experiencia de su vida digna de sus personajes: insistió en revisar personalmente la canastilla que conduciría a Phileas Fogg y a su inseparable Passepartout a grupas de un elefante verdadero. La caída de una parte del escenario asustó al animal, que salió despavorido del teatro con el autor a cuestas, para recorrer el Boulevard des Capuchins hasta que el domador los alcanzó en las Tullerías.

En 1879 se compró un pequeño yate, el «Saint Michel», con el que recorre el Mediterráneo. A su regreso marcha a residir a la ciudad de Amiens. Durante los dos años siguientes continúa viajando: recorre Irlanda, Escocia y Noruega (1880) Inglaterra, el Mar del Norte y el Báltico (1881).

Su hijo Michel fue muy rebelde y fue recluido en un manicomio a petición de Julio. Después de algunos años Michel salió, pero llevó siempre muy mal que su padre hubiera hecho esto con él. De pequeño, Michel también estuvo en un correccional.

Sus últimos años 
 

Tumba de Julio Verne en el Cementerio de La Madeleine en Amiens. 
El 9 de marzo de 1886, caminando de regreso a su casa, su sobrino Gastón, de 25 años, con quien llevaba una cordial relación, le disparó con un revólver. La primera bala le erró, pero la segunda le hirió en la pierna izquierda, provocándole una cojera de la que no se recuperaría. El incidente fue ocultado por la prensa y Gastón pasó el resto de su vida en un manicomio.

Tras las muertes de Hetzel y de su madre en 1887, Julio comenzó a escribir obras más sombrías. En parte esto pudo deberse a cambios en su personalidad, pero un factor importante es el hecho de que el hijo de Hetzel, que continuó la empresa de su padre, no era tan riguroso en las correcciones como lo había sido aquel. Se dice que algunas veces, de tantas horas trabajando para sus obras, tuvo parálisis faciales. En 1888 Verne ingresó en la política y fue elegido concejal de Amiens, donde abogó por una serie de mejoras en la ciudad, labor que desarrolló durante quince años.

El 24 de marzo de 1905, enfermo de diabetes desde hacía años, Verne murió en su hogar, sita en el bulevar Longueville 44 (actualmente bulevar Julio Verne). Fue enterrado en el cementerio de La Madeleine, ubicado al noroeste de Amiens, en cuya tumba se representa a Verne emergiendo del sepulcro, obra del escultor Albert Roze. Su hijo Michel supervisó la publicación de sus últimas novelas La invasión del mar y El faro del fin del mundo. La serie Viajes extraordinarios continuó durante un lapso prolongado al mismo ritmo de dos volúmenes al año. Posteriormente se descubrió que Michel había realizado extensos cambios (El secreto de Wilhelm Storitz, Los náufragos del Jonathan) o versiones completamente nuevas de estas historias (El eterno Adán (1910) y La misión Barsac (1919)), cuyas versiones originales no se publicaron sino a fines del siglo XX.

En 1863, Julio Verne había escrito una novela llamada París en el siglo XX acerca de un joven que vive en un mundo de rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, automóviles de gas, calculadores y una red mundial de comunicaciones, pero que no puede alcanzar la felicidad y se dirige a un trágico fin. Hetzel pensó que el pesimismo de esta novela dañaría la promisoria carrera de Verne y sugirió que esperase veinte años para publicarla. Éste puso el manuscrito en una caja fuerte, donde fue «descubierta» por su biznieto en 1989 y publicada en 1994. 
 

Obra

Fue precursor de la ciencia ficción y de la moderna novela de aventuras.[3] [4] Fue un estudioso de la ciencia y la tecnología de su época, lo que —unido a su gran imaginación y a su capacidad de anticipación lógica— le permitió adelantarse a su tiempo, describiendo entre otras cosas los submarinos (el «Nautilus» del capitán Nemo, de su famosa Veinte mil leguas de viaje submarino),[5] el helicóptero (un yate que en la punta de sus mástiles tiene hélices que lo sostienen, en Robur el conquistador).[6]

Sus personajes siempre fueron héroes, hombres buenos en la escala social. Frente al Verne conservador impuesto por su editor Hetzel y por su educación como hijo de un abogado católico y de un tiempo en que el antiguo régimen se tambalea, no es de extrañar su inicial defensa del statu quo, postura que con el tiempo se irá atemperando hasta dar paso a concepciones radicalmente opuestas a las sugeridas en sus primeras páginas, merced a sus contactos con círculos socialistas y anarquistas.[7] El Verne filorevolucionario se deja ver en una de sus obras menos difundidas, quizás por su simpatía por la causa revolucionaria, Matías Sandorff (1885), donde narra la experiencia de un rebelde ante la tiranía austrohúngara.[8]

Además de sus novelas y sus obras de teatro, realizó veinte relatos cortos.

Obras

Veinte mil leguas de viaje submarino. 
Cinco semanas en globo (texto) (Cinq Semaines en ballon, 1863). 
Viaje al centro de la Tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864). 
De la Tierra a la Luna (texto) (De la terre à la lune, 1865). 
Las aventuras del capitán Hatteras (Voyages et aventures du capitaine Hatteras, 1866). 
Los hijos del capitán Grant (Les Enfants du capitaine Grant, 1867-1868). 
Veinte mil leguas de viaje submarino (texto) (Vingt mille lieues sous les mers, 1869). 
Alrededor de la Luna (Autour de la lune, 1870). 
Una ciudad flotante (Une ville flottante, 1871). 
Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África Austral (Aventures de trois Russes et de trois Anglais, 1872). 
El doctor Ox (Une Fantaisie du Docteur Ox, 1872). 
La vuelta al mundo en 80 días (Le Tour du Monde en quatre-vingts jours, 1873). 
El país de las pieles (Le Pays des fourrures, 1873). 
La isla misteriosa (L’île mysterieuse, 1874). 
El "Chancellor" (Le Chancellor, 1875). 
Un drama en México (1876). 
Miguel Strogoff (Michel Strogoff, 1876). 
Las Indias negras (Les Indes noires, 1877). 
Héctor Servadac (Hector Servadac, 1877). 
Martín Paz (1877). 
Un capitán de quince años (Un Capitaine de quinze ans, 1878). 
Historia de los grandes viajes y de los grandes viajeros 1878). 
Las tribulaciones de un chino en China (Les tribulations d'un chinois en Chine, 1879). 
Los quinientos millones de la begún (Les Cinq cents millions de la Bégum, 1879). 
La casa de vapor (La Maison à vapeur, 1880). Precursora del tanque de guerra. 
La jangada (La Jangada, 1880) 
El rayo verde (Le Rayon vert, 1882). 
Diez horas de caza (1882). 
Escuela de Robinsones (1882). 
Kerabán el testarudo (1883). 
El archipiélago en llamas (L’Archipel en feu, 1884). 
La Estrella del Sur (1884). 
Matías Sandorf (1885). 
El náufrago de Cynthia (1885). 
Robur el conquistador (Robur-le-Conquérant, 1886). 
Un billete de lotería (Un Billet de loterie, [1886]). 
Norte contra Sur (Nord contre Sud, 1887). 
El camino de Francia (Le Chemin de France, 1887). 
Dos años de vacaciones (Deux Ans de vacances, 1888). 
Familia sin nombre (Famille-sans-nom, 1888-1889). 
El secreto de Maston (1889). 
César Cascabel (1890). 
Mistress Branican (1891). 
El castillo de los Cárpatos (1892). 
Claudio Bombarnac (1893). 
P'tit Bonhomme (1893). 
Maravillosas aventuras de Antifer (1894) 
La isla de hélice (1895). 
Ante la bandera (1896) . 
Los Viajes de Clovis Dardentor (1896). 
La esfinge de los hielos (1897). 
El soberbio Orinoco (1898). Viaje de aventuras por la selva venezolana. 
El testamento de un excéntrico (1899). 
Segunda patria (1900). 
El pueblo aéreo (1901). 
Las historias de Juan María Cabidoulin (1901). 
Los hermanos Kip (1902). En homenaje a su hermano Paul, que murió ese año. 
Los piratas del Halifax (1903). 
Un drama en Livonia (1904). 
Dueño del mundo (1904). 
La invasión del mar (1905). 
El faro del fin del mundo (1905). 
El volcán de oro (Le Volcan d'or, 1906). 
La agencia Thompson y Cía. (1907). 
La caza del meteoro (1908). Dos científicos rivales —Dean Forsyth y Sidney Hudelson— se disputan la gloria de un descubrimiento sin abandonar sus respectivos observatorios. 
El piloto del Danubio (1908). 
Los náufragos del Jonathan (1909). 
El secreto de Wilhelm Storitz (1910). 
Ayer y mañana (1910). 
El eterno Adán (1910). 
La misión Barsac (L’Invasion de la mer, 1919). Es un furioso ataque contra el occidentalismo que defendiera en el resto de su producción. 
Viaje con retrocesos por Inglaterra y Escocia (1989). 
El tío Robinson (1991). 
París en el siglo XX (1994).

Adaptaciones

De las novelas de Julio Verne, 33 han sido llevadas al cine, dando lugar a un total de 95 películas, sin contar las series de televisión. La obra más veces adaptada ha sido Miguel Strogoff (16 veces), seguida de Veinte mil leguas de viaje submarino (9 veces) y Viaje al centro de la Tierra (6 veces). 
 

Principales películas

Viaje a la Luna de 1902 dirigida por Georges Méliès 
La isla misteriosa de 1951 dirigida por Spencer Gordon Benet y protagonizada por Richard Crane 
20.000 leguas de viaje submarino de 1954 dirgida por Richard Fleisher con Kirk Douglas en el papel de Ned y James Mason como el capitán Nemo 
Miguel Strogoff de 1956 dirigida por Carmine Gallone y con Curd Jurgens como Miguel Strogoff 
La vuelta al mundo en 80 días de 1956 dirigida por Michael Anderson con David Niven como Phileas Fogg y Cantinflas como Picaporte 
De la Tierra a la Luna de 1958 dirigida por Byron Haskin con Joseph Cotten, Debra Paget y George Sanders 
Viaje al centro de la Tierra de 1959 dirigida por Henry Levin y protagonizada por James Mason 
Dueño del mundo de 1961 dirigida por William Witney y protagonizada por Vincent Price 
La isla misteriosa de 1961 dirigida por Cy Endfield con Michael Craig como protagonista 
Los hijos del capitán Grant de 1962 dirigida por Robert Stevenson y con Maurice Chevalier, George Sanders y Hayley Mills como protagonistas 
Cinco semanas en globo de 1962 dirigida por Irwin Allen con Rod Buttons 
La luz del fin del mundo de 1971 dirigida por Kevin Billington e interpretada por Kirk Douglas, Yul Brynner y Fernando Rey 
La vuelta al mundo en 80 días de 2004 dirigida por Frank Coraci con Jackie Chan 
La isla misteriosa de Julio Verne de 2005 dirigida por Russell Mulcahy e interpretada por Kyle MacLachlan, Patrick Stewart y Gabrielle Anwar 
 

Carguero espacial Julio Verne

En honor a este escritor, la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó el domingo 9 de marzo del 2008 desde Francia con el cohete Ariane 5 un carguero espacial con su nombre (Julio Verne), un cilindro de 4, 5 metros de diámetro y 9, 8 metros de altura y con un peso de una veintena de toneladas con destino a la Estación Espacial Internacional (ISS).[9]



MAS SOBRE VERNE :

Julio Verne nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Se escapó de su casa a la edad de 11 años para ser grumete y más tarde marinero, pero, prontamente atrapado y recuperado por sus padres, fue llevado de nuevo al hogar paterno en el que, en un furioso ataque de vergüenza por lo breve y efímero de su aventura, juró solemnemente (para fortuna de sus millones de lectores) no volver a viajar más que en su imaginación y a través de su fantasía.

Una promesa que mantuvo en más de ochenta libros que, según un informe públicado a principios de 1972 por la prestigiosa revista francesa Paris Match como resultado de una investigación realizada por la UNESCO, han sido traducidas a 112 idiomas, lo que coloca a Verne en segundo lugar en la lista de vendedores de éxitos detrás de otro autor de producción más reducida pero mucho más densa (Karl Marx, traducido a 133 idiomas).

Su adolescencia transcurrió entre continuos enfrentamientos con su padre, a quien las veleidades exploratorias y literarias de Julio le parecían el todo ridículas, y los continuos desaires de su prima Caroline, que sumen al joven Julio en profundas crisis de melancolía. Al fin consigue trasladarse a París donde empieza a codearse con lo más granado de la intelectualidad del momento, Victor Hugo, Eugenio Sue, etc., y consigue la amistad y protección de los Dumas, padre e hijo. En 1850 acaba sus estudios de derecho y su padre le conmina a volver a Nantes. Pero Julio se resiste, afirmándose en su decisión de hacerse un profesional de las letras.

Es por esta época cuando Verne, influenciado por las increíbles cotas que alcanzaban por aquel entonces ciencia y técnica, concibe el proyecto de crear la literatura de la edad científica, vertiendo todos estos conocimientos en relatos épicos, ensalzando el genio y la fortaleza del hombre en su lucha por dominar y transformar la naturaleza

Pero antes está la necesidad de comer y vestirse. Para conseguir el dinero que le es necesario, una vez que su padre le cortó el suministro del mismo, se centra en el teatro y en operetas, de calidad y éxito irregulares, pero en cualquier caso un trabajo agotador e insatisfactorio, puesto que le roba el tiempo necesario para el estudio de esas ciencias que tanto admira.

En 1856 conoce a Honorine de Vyane, con la que se casa en 1857 tras establecese en París como agente de bolsa. Su carrera como tal no le resultó en absoluto satisfactoria, y así Verne siguió el consejo de un amigo, el editor P. J. Hetzel, quien será su editor in eternum, y convirtió un relato descriptivo de Africa en la que sería la novela. CINCO SEMANAS EN GLOBO, (1863) fue un éxito fulminante y tuvo como resultado un espléndido contrato con Hetzel que garantizaba al joven e inexperto novelista (tenía 35 años cuando publicó su primer libro) la cantidad anual de 20.000 francos durante Los siguientes veinte años, a cambio de lo cual Julio Verne se obligaba a escribir dos novelas de un nuevo estilo cada año. El contrato fue renovado por Hetzel y más tarde por el hijo de éste, con el resultado de que, durante más de cuarenta años, Los voyages extraordinaires aparecieron en capítulos mensuales dentro de la revista MAGASIN D'EDUCATION ET DE RECREATION.

Estaba claro que el destino de la obra de Verne, quien se anticipó a su tiempo con más lógica y acierto que la mayoría de los escritores del género a los que podemos considerar primitivos, con la única excepción de nombres como H. G. Wells, tenía que ser como éste, un auténtico filón para el arte que estaba naciendo al mismo tiempo que sus libros: el cine.

La obra de Verne, en efecto, estará entre las más adaptadas dentro de la literatura (y en ese aspecto si que podemos decir que gana a Karl Marx) y desde LAS TRIBULACIONES DE UN CHINO EN CHINA hasta LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DIAS, los modos de adaptar su obra han sido también muy diversos, desde la aventura granguiñolesca a la francesa, como puede darse en el primer caso citado, hasta el gran espectáculo en pantalla grande y reparto estelar, como ocurre en el segundo. Pero son otros los títulos que han merecido un tratamiento más respetuoso y un acercamiento más profundo, como VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA o DE LA TIERRA A LA LANA (adaptada entre otros por George Mélies) que inspiraron lo que puede denominarse con toda justicia como el primer film serio de ciencia ficción posibilista realizado par los americanos en 1950, CON DESTINO A LA LUNA (Destination: Moon), una vez pasada la época de las delirantes fantasías de invasiones marcianas, venusianas, selenitas y de toda la retahila de catastrofismos, incluyendo el cheque de la Tierra con otro cuerpo estelar, con el que el cine USA se divirtió (y nos divirtió, todo hay que decirlo) durante la década de los 30 y los 40, que incluyó la adaptación de clásicos del comic (ya entonces considerados como tales) como Flash Gordon, el Capitán Marvel, Buck Rogers o Brick Bradford.

Tan dotado para la ciencia ficción como para la aventura pura y simple (LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT, MIGUEL STROGOFF), Verne une las dos vertientes en una de sus obras más sólidas y afortunadas, VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, en la que nos presenta a uno de sus personajes más logrados, patéticos y humanos, el capitán Nemo (nadie), especie de trágico holandés errante que vaga sin rumbo de una parte a otra del mundo, en una sorprendentemente real anticipación de lo que en su día serán los submarinos atómicos, en su Nautilus.

Pese a todo, la vida de Verne no fue fácil. Por un lado su dedicación al trabajo minó hasta tal punto su salud que durante toda su vida sufrió ataques de parálisis. Por si esto fuera poco era diabético y acabó por perder vista y oído. Su hijo Michael le dio los mismos problemas que él mismo había proporcionado a su padre y, desgracia entre las desgracias, sufrió una agresión por parte de uno de sus sobrinos, que le disparó un tiro a quemarropa dejándolo cojo. Su vida marital tampoco fue todo lo feliz que él hubiera deseado, y es comunmente admitido por todos sus biógrafos que mantuvo un matrimonio paralelo con una misteriosa dama, que sólo acabó cuando esta murió.

Verne también se interesó por la vida política, llegando a ser elegido concejal de Amiens en 1888 por la lista radical, siendo reelegido en 1892, 1896 y 1900. Ideológicamente era decididamente progresista en todo lo que concernía a educación y técnica pero de un marcado caracter conservador, y en ocasiones reaccionario, en el aspecto político.

Murió el 24 de marzo de 1905

Basado en el artículo JULES VERNE de Manel Dominguez Navarro aparecido en el número 54 (Julio de 1983) de la revista 1984 y en el libro JULIO VERNE, ESE DESCONOCIDO, de Miguel Salabert 



JULIO VERNE SOÑO CON INTERNET :

Julio Verne soñó con Internet

 Si el mundo de la literatura es un mundo de fantasía bien podemos afirmar que Julio Verne fue todo él pura fantasía. 
Su mundo de ensueño y aventuras encandiló a miles de lectores ávidos de evasión. 
Como no podía ser de otra forma tambíen en Internet encontramos a este extraordinario contador de historias, comunicador nato y precursor de la ciencia-ficción.

  ,

 Jules Verne ( Nantes 1828 - Amiens 1905 ) fue durante toda su vida un escritor que cabalgó a lomos de la más pura imaginación.

Comenzó como libretista y colaboró con su amigo A. Dumas hijo ( autor de Los Tres Mosqueteros ). En 1863 publicó la primera de las novelas de aventuras que le reportarían fama universal: Cinco Semanas en globo. 
Los elementos de la novela de Verne sirvieron para enganchar a miles de lectores aburridos de la seriedad decimonónica de los clásicos. La lucha contra las fuerzas de la naturaleza, lo desconocido, la injusticia o el malvado de turno, se combinaba, en sus escritos con la investigación científica, el progreso como modo de vida, la acción y el suspense, y por supuestos, los viajes, cuanto más exóticos más atrayentes.

El escritor francés Jules Verne se encargó de hacer soñar a sus lectores con aventuras y lugares a los que nunca llegarían. Inventó sitios inaccesibles y personajes que causaban admiración y envidia. Imaginó un artefacto que surcara los fondos marinos tiempo antes de que el invento de Isaac Peral se conociera con el nombre de sumergible ( hoy submarino). Desafío las leyes de la gravedad con su globo novelado, llegó al Centro de la Tierra, dio la vuelta al mundo y trascribió al papel tantos sueños como su mente inquieta le dictaba.

Junto a H.G.Wells hoy sigue siendo considerado como el precursor absoluto de la literatura de Ciencia Ficción.Tal vez si Julio Verne hubiese vivido unos años más también hubiese soñado con un mundo intercomunicado, más próximo y global. Hubiese soñado, sin duda, con Internet. . 



  JACK EL DESTRIPADOR Y JULIO VERNE ?

Desenterrando al auténtico Julio Verne

¿Fue Julio Verne, Jack el Destripador?

  El mundo celebra, este 2005, el centenario de la muerte de Julio Verne. La celebración se inició en Francia 
  con el Mundial Julio Verne en marzo de este año y continuará por muchos lugares del planeta a lo largo 
  de este año a fin de celebrar el centenario de la muerte del reconocido escritor galo. Luego de una larga 
  investigación he logrado reunir un gran volumen de pruebas presentes en toda la obra de Verne, como 
  nunca antes han sido presentadas al mundo, que demuestran una extraña afinidad psicológica entre Julio 
  Verne y el célebre asesino de seis mujeres conocido con el seudónimo de Jack el Destripador.

  Los expertos en Jack el Destripador podrán notar la similitud de estilo literario entre Verne y Jack, el tono 
  mordaz y el humor negro. Podremos encontrar esta similitud por ejemplo en la novela: La Jornada de un 
  periodista americano en el 2889. En una cita textual se lee: "Señor John Last...no es con una pluma 
  que se escribe en nuestra época, es con un bisturí...". Este mismo estilo se confirma leyendo el primer 
  capítulo de La asombrosa aventura de la misión Barsac.

  Existe una parte oscura y misteriosa dentro de la obra verniana que nadie se ha detenido a estudiar 
  concienzudamente. Por supuesto que el trabajo literario de Verne tiene muchos puntos positivos que han 
  sido elogiados por los críticos durante casi 150 años. En mi investigación me consagro casi enteramente a 
  estudiar e interpretar ese mundo oscuro y subterráneo que ha sido descuidado por los estudiosos y 
  especialistas durante todo ese tiempo. No es destruir la imagen del extraordinario narrador que era Verne 
  lo que se persigue con este trabajo, sino hacerle honor a la verdad y al escritor, desenterrando la verdadera 
  dimensión humana, literaria e histórica de Julio Verne.

  Verne fue un misógino y detractor de las mujeres, quien viajó extensamente por Gran Bretaña y Londres 
  pese a su fobia y aborrecimiento por los ingleses a quienes insulta sistemáticamente en su obra. Verne se 
  proyecta a sí mismo a través de personajes anglomaniacos y detractores de Inglaterra como el capitán 
  Nemo, un Cipayo hindú que viaja por los mares del mundo en busca de venganza contra los ingleses. En la 
  famosa novela Veinte mil leguas de viaje submarino que inmortalizó al Capitán Nemo, encontramos: 
  "No era una vulgar misantropía lo que había encerrado al Capitán Nemo y a sus compañeros entre los 
  flancos del Nautilus, sino un odio monstruoso o sublime que el tiempo no conseguiría debilitar".

  También el personaje real del legendario homicida Nana Sahib, quien masacró a 800 mujeres británicas en 
  la Colonia inglesa de la India y al cual Verne venera e inmortaliza en su novela La Casa de Vapor. En uno 
  de los capítulos encontramos: "¡Desdichados los que caigan otra vez en manos de Dandu-Pant! ¡Ingleses, 
  todavía no habéis concluido con Nana Sabih!".

  El anglomaníaco Jack Sin Nombre del relato Familia Sin Nombre cuyo odio por los ingleses raya en el 
  canibalismo. El homicida Jack Lindsay quien llega desde Estados Unidos a Londres para asesinar a dos 
  indefensas mujeres, tema que desarrolla el escritor en la novela Agencia Thompson y Cía. Las aventuras 
  del enigmático Jack Zermatt en la novela Segunda Patria, que es la continuación de las aventuras del 
  personaje ficticio que protagoniza la obra El Robinsón suizo de Wyss, que cautivó la imaginación del 
  escritor toda su vida.

  De la misma forma, la vida misteriosa de Jack "el piper", entre las cavernas y minas de Gran Bretaña, es 
  parte del relato Las Indias negras, "Quería verte camarada, respondió Jack Ryan, e invitarte a la fiesta 
  del clan de Irving. Ya sabes que yo soy el Piper". Note el lector la similitud entre Piper y Ripper. Ripper 
  significa “destripador” en inglés, la alusión al homicida de Whitechapel no puede ser más clara y evidente.

  Así como el anglomaníaco y caníbal solapado Jacques, quien odia a los ingleses más que a todo en el 
  mundo y cuya máxima ilusión es viajar por Gran Bretaña y que sueña además con llevarse a la boca un 
  trozo de mujer, cuestión que recrea el escritor en el relato Viaje maldito por Inglaterra y Escocia. 
  Jackel Semo, el controversial personaje ficticio que provocó una demanda contra la casa editorial Hetzel 
  para que no fuera incluido en el relato El piloto del Danubio en 1908, luego de la muerte de Verne, es 
  otro ejemplo típico. Harry Killer, el protagonista de La asombrosa aventura de la misión Barsac, es un 
  homicida alcohólico dedicado al crimen y el asesinato en Londres, quien luego de estrangular y asesinar a 
  seis personas huye de Londres hacia la colonia francesa de Conakry, burlándose de Scotland Yard.

  El auténtico Julio Verne podemos descubrirlo abiertamente en sus escritos de la juventud. Todo lo que 
  Verne escribió antes de 1863 revelan a un hombre profundamente decepcionado de la vida, del amor, de la 
  humanidad, del progreso, de las relaciones sociales, de la familia, etc. El Verne de estos escritos es un 
  hombre con la mirada fija en las bondades del mal y de la muerte, quien luego de largos años de estudio 
  terminó por darse cuenta que la desesperanza y el pesimismo no son cosas que la sociedad acostumbra a 
  comprar, por esto terminó convirtiéndose en el campeón del optimismo, para alcanzar sus sueños de fama 
  y universalidad. Verne es optimista por necesidad, no por convicción y en el relato Viaje maldito por 
  Inglaterra y Escocia, y la novela París en el siglo XX se puede descubrir un retrato psicológico del 
  verdadero Julio Verne.

  Los ingenios mecánicos y los prodigios de la ciencia que el escritor nos presenta en su obra son una 
  ingeniosa coartada que atrapa la atención de los lectores y la dirige hacia otros lugares. En la novela De la 
  Tierra a la Luna, la capacidad analítica de los lectores queda atrapada en el cohete que va a la Luna. Lo 
  único claro que todo el mundo saca de esa novela es que Verne predijo en ella los viajes espaciales al 
  satélite de la Tierra. Verne logró comprender, como Phileas Barnum, en qué consiste el gusto de la 
  sociedad y por qué la gente compra lo que compra. Los Viajes Extraordinarios, a imitación del 
  espectáculo más grande del mundo presentado por Barnum en su circo, es una obra dirigida a capturar la 
  atención de la sociedad a través de una larga lista de fenómenos hiperbólicos con los que se buscaba 
  picar y satisfacer la curiosidad de la sociedad.

  El lector y la sociedad son entidades ingenuas y predecibles para el escritor. Verne escribe para un 
  público comercial al que conoce tan bien como la palma de su mano y al que endulza como un niño 
  pequeño, entregándole el caramelo de la ciencia y la tecnología, desviando de esta forma la atención del 
  lector de los dramas, conflictos, obsesiones, contradicciones y bestialidades que se esconden bajo las 
  tramas de sus relatos. El verdadero fondo ideológico de todo el trabajo literario de Verne es el anarquismo 
  y el antagonismo entre los que mandan y los que obedecen, entre los de arriba y los de abajo. Dentro de 
  este contexto el imperio británico y la sociedad inglesa se alzan en la obra verniana como los amos del 
  mundo, a quienes el escritor combate desde las sombras por medio de la profecía, del humor negro, de la 
  ironía y de otros métodos más radicales.

  El universo ficticio desarrollado por Verne está lleno de obsesiones y fenómenos malditos, entre las cuales 
  destaca el odio que el escritor sentía por su cronométrico padre Pierre Verne, disimulado en la mayoría de 
  sus novelas bajo el enmascaramiento de un caballero inglés como Phileas Fogg y hombres-reloj como 
  Zacarías y Pitonacio, los siniestros protagonistas del relato El maestro Zacarías. El escritor convirtió a su 
  padre, Pierre Verne, en el protagonista de toda su obra. El padre del escritor es de alguna manera obligado 
  y encarrilado a viajar por todos los rincones del planeta y del universo, el mundo de viajes a que el escritor 
  no pudo tener acceso por la voluntad castradora de su padre es el punto central de todo el trabajo literario 
  de Verne, vengándose de su progenitor, obligándolo en su obra a pensar como él y a recorrer el mundo en 
  mil direcciones e itinerarios. Verne vivió con un profundo temor y odio por la figura paterna. Sus 
  protagonistas son figuras paternas, tiranos libertarios que aman la libertad y el conocimiento como, por 
  ejemplo, el capitán Nemo, pese a que la libertad no existe en el Nautilus ni bajo su propio mando. Los 
  héroes vernianos son tiranos ejerciendo siempre una influencia nefasta y castradora sobre sus 
  subordinados, que son un disimulo de la figura del hijo a lo largo de Los Viajes Extraordinarios.

  Verne, en su obra, sintetiza en un solo concepto la imagen paterna de Pierre Verne y el imperio británico. 
  El odio que el escritor no puede manifestar abiertamente contra su padre ni contra sus cronométricos 
  protagonistas, terminó proyectándolo en su obra contra la sociedad de Londres e Inglaterra. Los Viajes 
  Extraordinarios están llenos de anglomaníacos que odian la sociedad inglesa y sueñan con su 
  destrucción. Las distintas versiones del relato La jornada de un periodista en el año 2889, escrito en 
  1888 está ambientado mil años en el futuro y está lleno de alusiones a Jack el Destripador, allí el escritor 
  profetiza la desaparición del imperio británico, y alude a la obra del Destripador. Por ejemplo: "¿Y este 
  asunto del asesino Chapmman?...El acusado será ejecutado antes de haber sido condenado..." (...) "¡Sí, 
  el estómago! ¡No anda muy bien! ¡el estómago ha envejecido! ¡Pero la cirugía ha progresado mucho! ¡Será 
  necesario hacerle colocar uno nuevo! Usted sabe tenemos estómagos de repuesto, con garantía de dos 
  años...". Se cree que Michel Verne escribió originalmente este relato en 1888, pero está demostrado que 
  Verne lo reescribió y modificó cuatro o cinco veces consecutivas, resulta extraño que el escritor se tomara 
  tantas molestias con este relato corto, el cual nunca permitió que formara parte de la serie de Los Viajes 
  Extraordinarios. Chapman es el apellido de una de las víctimas de Jack, el de Anne Chapman, y las 
  alusiones a la fisiología y salud del estómago son una extraña inquietud de Verne en muchas partes de su 
  obra. También es importante señalar que en la primera versión del relato aparece un personaje llamado 
  Jack, que Verne se aseguró de omitir en las versiones subsiguientes.

  El rechazo de Carolina Tronson, la única mujer que amó en su vida, junto a la infancia traumática que 
  padeció Verne al lado de su padre, es uno de los capítulos más dolorosos de su vida. El novelista nunca 
  pudo superar estos traumas y terminó convirtiéndose en un misógino empedernido. Verne es un detractor 
  solapado de las mujeres, a quienes considera las culpables de todo el dolor y las tragedias por las que ha 
  atravesado la humanidad y así lo manifiesta en su novela París en el Siglo XX. En sus novelas, los 
  subordinados, los que obedecen, los hijos, siempre ven truncados sus sueños afectivos y matrimoniales 
  por culpa de los cronométricos sabios, lo que parece indicar que fue el padre del escritor quien 
  verdaderamente se opuso a la relación de Verne con su prima Carolina, este es un tema ampliamente 
  reflejado en la obra verniana.

  Los hombres-reloj, que protagonizan Los Viajes Extraordinarios, son muchas veces figuras diabólicas o 
  tiránicas que esconden bajo múltiples trucos y símbolos los rasgos más sobresalientes de la personalidad 
  del padre del escritor, Pierre, quien era un padre castrador y castigador que tenía probablemente graves 
  trastornos de la personalidad. El padre de Verne era un maniático del tiempo y de la exactitud en todos los 
  actos de la vida, vivía obsesionado con los ritos y preceptos de la iglesia católica, su manía por la 
  exactitud lo llevaba a contabilizar la cantidad de pasos que había desde su casa hasta los distintos lugares 
  de la ciudad de Nantes. Estaba obsesionado con la idea del control y la medición de su pequeño mundo a 
  través de la escala del tiempo, siendo además un devoto obsesivo del código moral de su clase social: la 
  burguesía. De esta actitud del padre de Verne y de estos rasgos de su personalidad se desprende la dura 
  disciplina a que debió estar sometido el escritor durante su infancia. Pierre Verne se propuso quebrar el 
  espíritu libertario y aventurero de su rebelde e incorregible hijo Julio, a quien obligó a renunciar a sus 
  sueños y a estudiar la carrera de Derecho que tanto detestaba.

  Dentro del universo ficticio creado por Verne es posible determinar un inmenso número de obsesiones y 
  temas malditos que van desde el incesto hasta una extraña pasión del escritor por la muerte. Dentro de 
  este contexto es importante señalar que Julio realiza a lo largo de toda su obra una defensa sistemática y 
  subterránea del canibalismo, el cual es presentado por el escritor como una feliz perspectiva, siendo esta 
  una de las aberraciones más extensamente defendidas por el escritor a lo largo de su trabajo literario. 
  Veamos lo que Verne escribió en Los hermanos Kip:

  -Pues hay un plato que no puedo ofrecerles mi queridos amigos, porque ya no se hace en el país.

  -¿Cuál es?

  -Un pastel compuesto de sagón, nuez de coco y sesos humanos…

  -¿Y estaba bueno?

  -El rey de los pasteles...

  En la obra verniana la anglofobia de Verne y el canibalismo van unidos estrechamente, y son proyectados 
  contínuamente sobre la sociedad inglesa, y la referencia citada anteriormente es una clara muestra de ello. 
  En El Chancellor, los lectores podrán descubrir un extraño relato de canibalismo proyectado sobre la 
  sociedad inglesa, representada en el relato por los viajeros anglosajones a bordo de un navío inglés que es 
  una prolongación del suelo de Inglaterra. El canibalismo y las bondades de la muerte son aberraciones del 
  pensamiento verniano que están continuamente proyectadas sobre la sociedad inglesa, lo que identifica a 
  Verne con el Destripador de Londres.

  Todos los traumas psicológicos del escritor están proyectados sobre la sociedad inglesa a lo largo de Los 
  Viajes Extraordinarios. Verne se convirtió en un escritor de literatura para los ingleses, y la sociedad 
  inglesa es uno de los principales protagonistas de su serie de novelas. El protagonista geográfico de su 
  obra es, así mismo, el suelo del imperio británico. La travesía de la Mancha, de Francia a Inglaterra, es un 
  viaje obsesivo recreado continuamente en la obra y la vida del escritor, es un viaje cerrado que simboliza y 
  sintetiza todo su trabajo literario, revelando el escritor cual es el punto focal sobre el que está fijo su 
  pensamiento.

  Para Verne cualquier paraje del mundo o del universo es una reproducción del suelo de Inglaterra y de 
  Londres. La Luna, el Polo Norte o el suelo de Venezuela tienen en Gran Bretaña un punto de comparación 
  y de referencia, a través del cual el escritor recrea continuamente el ambiente local del suelo británico. El 
  Universo, para el escritor, tiene nacionalidad británica y esto lo revela claramente en uno de los pasajes de 
  Los hijos del capitán Grant, donde el sabio geógrafo Santiago Paganel interroga, durante su paso por 
  Australia, a un niño llamado Toline respecto a sus conocimientos geográficos. El niño, quien había ganado 
  un primer premio en un concurso de geografía, revela a los atónitos viajeros que el mundo pertenece a los 
  ingleses y que hasta la Luna llegará a pertenecerles algún día.

  La geografía como la entiende el pequeño Toline, es la geografía que el escritor despliega en toda su obra y 
  todo el trabajo literario de Verne está orientado a indicar que Londres es el punto focal sobre el que está 
  permanentemente fija su mirada y pensamiento. Aquí una secuencia de esta novela: 
 

  -Señor alumno, ¿Cuáles son las cinco partes del mundo?

  -Oceanía, Asia, África, América y Europa (...) Todo pertenece a los ingleses

  El mundo ficticio creado por Verne es como hemos podido comprobar, un disimulo del suelo de Inglaterra y 
  de la sociedad de Londres. Subterráneamente, existe una serie de datos y fenómenos que parecen sugerir 
  la existencia de un vínculo muy estrecho entre la obra de Verne y la de Jack el Destripador. Las pruebas 
  son literarias pero muy contundentes, y ellas ocupan el grueso de mi investigación y de mi libro Jack el 
  destripador: Viajero y profeta del futuro. El lector sagaz lo podrá descubrir en las obras que Verne 
  escribió alrededor de 1888 como Norte contra sur, Gil-Braltar, Dos años de vacaciones, Familia sin 
  nombre, En el año 2889, etc. Las obras que Verne publicó por estas fechas, sobre todo después de 1886 
  cuando el escritor atravesaba por la peor crisis de su vida, reunen el máximo de odio contra los ingleses y 
  están llenas de alusiones a los crímenes de Whitechapel. Tomemos como referencia nuevamente Veinte 
  mil leguas de viaje submarino y seamos testigos de un interesante diálogo:

  "Se puede ser antropófago y buena persona a un mismo tiempo- objetó Conseil-, como también se puede 
  ser glotón y honrado. En definitiva, una cosa no excluye a la otra". Verne llega a insinuar en otras novelas 
  como El Chancellor, que el canibalismo es una forma valida de alimentación, al menos en situaciones de 
  supervivencia.

  En este libro, que será publicado en breve, he realizado un profundo análisis de toda la vida y obra de Julio 
  Verne para demostrar como Verne confiesa, a través de innumerables muestras aleatorias, haber tenido 
  noticias de los homicidios de las seis prostitutas asesinadas en 1888 en Londres, lo que puede ser un 
  indicio de su propia autoría en los crímenes. La evolución del pensamiento verniano en su obra indica que 
  el escritor terminó fundiendo en una sola idea y concepto la imagen de su padre con los ingleses y las 
  mujeres, lo que se puede apreciar a través de varias mujeres viajeras y sabias como las protagonistas de 
  El rayo verde, La señora Branican, y El soberbio Orinoco.

  Verne hace un uso restringido, pero muy sospechoso de la nomenclatura y terminología relacionada con 
  Jack el Destripador en muchos lugares de su obra. Para entender este punto recurramos a su novela El 
  piloto del Danubio: "¿Natcha...! ¿Qué había ocurrido a Natcha con toda esta horrorosa devastación...? 
  ¿Vivia todavía? ¿O por el contrario estaba muerta y su cadáver destripado y troceado, como el de tantas 
  otras víctimas inocentes se arrastraba por el cieno, el fango y la sangre, pisoteado por los caballos?".

  En la novela Claudio Bombarnac el protagonista es el corresponsal francés del "Siglo XX", un 
  anglomaníaco quien va despotricando y maldiciendo de las mujeres inglesas, de los caballeros ingleses y 
  de la sociedad inglesa en general mientras va fumando con verdadero placer e ironía los cigarrillos de 
  marca "Londres". En este, como en la mayoría de los relatos vernianos, el escritor intenta adentrarse en 
  los misterios tecnológicos del futuro y del siglo XX. No parece por esto casual que Jack el Destripador le 
  escribiera a la policía en Londres: "Yo le di nacimiento al siglo XX".

  Finalmente debo manifestar, que algunos de las obras señaladas en el presente artículo, se cree que 
  fueron modificadas por Michel Verne como es el caso de La asombrosa aventura de la misión Barsac. 
  De otro lado Agencia Thopmson y Cia se piensa erróneamente que fue escrita en su totalidad por 
  Michel, sin embargo, el análisis literario indica que no es así, pero eso es materia para otro trabajo. Estos 
  y muchísimos otros datos son expuestos en mi libro, los que parecen sugerir una relación insospechada 
  entre Verne y el homicida de Whitechapel. Al parecer, el mundo está celebrando no solo el centenario de 
  la muerte de Verne, sino el centenario de la muerte de Jack el Destripador.



JACK Y JULIO,MAS  INDICIOS :

Jack el Destripador

Fecha: 1 Diciembre 2004 
Hora: 10:42 pm 
Archivado en: Cosas 
Autor: Sergi

Entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888 el terror se extendió por el East End londinense. Cinco prostitutas de la calle Whitechapel, en uno de los barrios más marginales e inseguros de Londres, eran asesinadas de una forma despiadada y brutal por un individuo sanguinario y misterioso. Sus ataques fueron aumentando en violencia, hasta llegar a la última víctima, Mary Kelly, a la que literalmente destripó por completo. La encontraron en la habitación en que vivía de alquiler con el vientre abierto y las entrañas esparcidas por toda la cama y las paredes. Sus orejas, nariz, riñones y pechos habían sido arrancados y se encontraban diseminados por la habitación. Además, Jack se llevó el útero y el corazón de recuerdo.

Los únicos datos que llegaron a saberse sobre la identidad del autor de esta barbárie, fueron un nombre de pila y un “nombre artístico” que aparecieron en unas cartas enviadas a la policía de Londres. Su nombre era Jack, y el nombre artístico El Destripador.

Más de un siglo después de que los crímenes cesaran tan repentinamente como empezaron, sigue sin saberse a ciencia cierta quién era el que quizás es el asesino en serie más conocido de la historia, y las versiones sobre su identidad se han sucedido durante años. Pero parece que el enigma se resuelve, o al menos eso es lo que creen los expertos que han dedicado años, incluso décadas de sus vidas al estudio de las andanzas nocturnas de Jack el Destripador.

La última de esas versiones ha aparecido la semana pasada en la prensa inglesa. Según los expertos la identidad de Jack el Destripador podría ser la de James Maybrick, un respetado comerciante de algodón de Liverpool que viajaba regularmente a Londres por motivos de trabajo. No es la primera vez que se señala a este individuo como sospechoso, pero nuevas pruebas lo han convertido en el favorito para ser reconocido como Jack el Destripador.

El descubrimiento de un pequeño reloj de bolsillo de oro donde está grabado el texto “Yo soy Jack” junto a “James Maybrick”, así como las iniciales de las cinco víctimas reconocidas del asesino: Mary Nichols (MN), Annie Chapman (AC), Elizabeth Stride (ES), Catherine Eddowes (CE) y Mary Kelly (MK), han devuelto a Jack el Destripador a la actualidad.

Este reloj se descubrió a mediados de los 90 poco después de la aparición del supuesto diario personal de James Maybrick, en el que narraba los crímenes que había cometido. Aunque hasta ahora se creía que tanto el diario como el reloj eran una burda falsificación para sacar dinero, unos recientes análisis hechos por la Universidad de Manchester han revelado que el reloj podría ser realmente de la época en que Jack se paseaba por la calle Whitechapel haciendo de las suyas.

Con la ayuda de microscopios electrónicos han detectado partículas oxidadas de cobre depositadas en el fondo de las iniciales grabadas en el reloj y que pertenecerían a la herramienta con que se hicieron. La Universidad de Bristol también lo analizó y certificó que podía tener “decenas de años de antigüedad”, pero que no se podía decir con exactitud.

El posible esclarecimiento de uno de los casos más intrigantes de la historia criminal, tiene a los seguidores y estudiosos de Jack divididos en dos bandos: los que creen que el misterio por fin ha sido resuelto, y los que en cambio creen que esto no es más que una estrategia para ganar dinero.

Y es que a raíz de la posible autenticidad del reloj, el diario personal de James Maybrick vuelve a tenerse en cuenta, y los derechos de autor para la TV, el cine y su publicación en forma de libro ascenderían a la friolera de 4 millones de libras que serían para su dueño, el trapero Mike Barrett. Y tampoco saldría mal parado Albert Johnson, el dueño del reloj, un vigilante del Instituto Técnico de Birkenhead en Liverpool, que lo compró en una joyería de la misma ciudad por 225 libras en 1992 y que si resulta ser cierto que pertenecía a Jack el Destripador podría llegar a valer millones.

El argumento más utilizado en contra de la teoría Maybrick y de la autenticidad del diario es que la letra no se corresponde con la usada por Jack en las alegres cartas que enviaba a la policía de Londres cuando estaba en activo. Pero parece que a pesar de eso esta teoría es la que actualmente cuenta con más seguidores, como podemos ver en la web oficial sobre las noticias e investigaciones de Jack el Destripador.

En dicha web, Maybrick es el favorito de entre todos los sospechosos (que son muchos), seguido por Francis Tumblety y ya a mucha distancia de ellos Joseph Barnett. Esta web, digamos oficial, es un buen lugar donde seguirle los pasos a Jack, muy recomendable si quieres estar a la última sobre cualquier nuevo descubrimiento sobre Jack el Destripador.

Misterio solucionado? O quizás nunca sepamos quien fue Jack el Destripador? De momento puede seguir siendo un tema de debate en cenas y reuniones familiares al más puro estilo Quién es Quién. Tiene bigote? Lleva gafas? Es Lewis Carroll? Es James Maybrick? Es rubio? Es Joseph Barnett? Es Michael Ostrog?

NUEVA TEORIA SOBRE JACK EL DESTRIPADOR

Se esta difundiendo en Internet la noticia de un nuevo libro en el que se devela la verdadera identidad del destripador de Londres. Pueden tener noticias de ello en la página del prestigioso escritor Cristian Tello, donde el investigador venezolano Jesús Rojas a publicado un artículo sobre su libro Jack el Destripador: Viajero y Profeta del Futuro, la direccion y vinculo es el siguirnte: http://www.geocities.com/paginaverniana/verne_jack.htm

Jack el Destripador: Viajero y Profeta del Futuro, intenta demostrar que el prestigioso escritor frances Julio Verne y Jack fueron la misma persona. Pueden obtener más información ingresando al foro internacional de Julio Verne en Internet a través de la página de Ariel Pérez; Viaje al Centreo del Verne Desconocido. 



UN COMENTARIO DE UN FORO SOBRE JACK :

Mirando el tema del famoso graffiti o mural tras el asesinato de Mss. Eddowes en Mittred Square, si bien Sr. Charles Warren demuestra clara impericia policial, no debemos juzgarle tan severamente pues en su lugar y con sus medios y circunstancias, probablemente nosotr@s hubiéramos actuado de un modo muy parecido. 
Si, claro hoy cualquiera sabe que lo propio hubiera sido en cada caso, precintar el lugar o acordonarlo de algún modo disponible y eficaz, preservar con lona o mantas oscuras los escenarios, fotografiarlo todo, tomar las notas y muestras oportunas y posteriormente limpiar adecuadamente para dar paso a transeúntes y curios@s (morbos@s) sin que ello reportara desordenes o disturbios y no trascendiera a la prensa nada más que aquello que se quiere o se pretende filtrar al único propósito o interés de resolver el caso o arrojar luz sobre el mismo. 
Pero recordemos que Sr. Charles Warren tenía como obligación mantener el orden social en la zona y eso implicaba abortar disturbios y algaradas callejeras, más aún alzamientos políticos. 
Lo relevante no es si el graffiti rezaba “…los judíos, son los hombres que nunca serán culpados por nada…” o por “…no hay porqué culpar a los judíos…” o bien “…los judíos son los hombres que nunca serán culpados…” y cualquiera de las múltiples y variadas combinaciones que pretendamos. Lo relevante es que si el Comisionado y Scotlan Yard interpretó que podía hacer alusión a esta etnia y corriente religiosa, es sin duda porque así debía de ser. 
Ahora bien caben dos posibilidades: la de que el mural ya estaba allí como sostienen algunas voces y tan sólo es casual que Jack matara en dicho lugar o en mi humilde parecer que Jack sin duda firmara su obra corrigiendo no sólo el enfoque policial y mediático sino el motivo mismo de los asesinatos quitándoles la etiqueta de rituales religiosos. 
Esto nos llevaría sin duda a dos caminos posibles y además no desconocidos; acaso daba pistas falsas apuntando en la dirección incorrecta propio del manipulador a mi juicio un tanto inexperto o por el contrario y al igual que los cadáveres no tenía porqué ocúltalos ni le preocupaba en absoluto manipular a la ya bastante embarullada opinión pública y policial. 
Qué quién quiera y pueda entender saque sus propias conclusiones, pero me atrevo aventurar que alguien que está desenfrenado, frenético, al que importa un bledo ocultar un cadáver dada la inmensa cantidad de ocasiones que le ha salido bien el asunto y dado lo aburrido de tratar de ocultar pruebas a unos manifiestos incompetentes que ellos solos se hacen la picha un lío y perdónenme la expresión, porqué no arrojarles algún hueso para roer a los sabuesos. 
La obsesión irreverente con Mr. Lusk, acaso Jack lo conocía personalmente, acaso habría participado activamente (para sus propios intereses) en el llamado Comité de Vigilancia de Whitechapell. 
Podemos asegurar que Jack no se acercó con la muchedumbre a los lugares en los que anteriormente había matado, viendo como un vecino más la inútil actividad policial y mediática, supongo que se lo pasó bien si así fue. 
No deja de parecerme curioso que llamen asesino desorganizado, a quién deambula por los barrios que conoce en busca de la presa propicia y aleatoria (eso sí con unas condiciones conocidas por todos) para seducirla con una buena oportunidad, qué permite a la víctima más confianza y seguridad siendo ella quién lleva el control sobre el lugar para el “acto”, etc. 
Recordemos “…con una buena carnaza, cojeras seguro un buen pez…” porqué no una botella de licor de alta graduación, quizás algún tipo de aguardiente, dulce elixir para una puta alcoholizada y mejor antiséptico e higienizante a la par que conservante (recordemos el 1/2 riñón conservado en destilados). 
Bueno aún nos falta el instrumental, nos hablan de un chuchillo de hoja fina y afilada al estilo de un bisturí de la época o aparellaje de carniceros y matarifes, pero hay que dar muchas explicaciones si te paran en plena calle los policías, sin embargo pensemos por un momento en una navaja barbera en el bolsillo del chaquetón de un barbero, lo creéis justificable sobre todo si la higienizas bien con la botella de licor o aguardiente, bueno os aporto algo más también se puede utilizar los aftershave de la época con base alcohólica. 
Veamos, es respetable la profesión de barbero, se relacionaría con los profesionales del entorno, participaría del Comité de Comerciantes y Empresarios del lugar del tal Lusk, estaría al día de las novedades y noticias del entorno. 
De verdad, qué no conocería a todas las chicas que malvivían por el lugar, seguro que no había sido cliente habitual y por eso tenían toda la confianza y credibilidad en tal personaje. 
Bueno tengamos en cuenta que simplemente son reflexiones como otras muchas, no seáis muy duros con las críticas, sólo se trata de un juego, un puzzle en el cual tod@s pensamos o creemos que las pruebas están ahí, que algo se nos escapa y sobre todo en que pena no disponer de los avances en ciencias de los que disponemos hoy día para resolver el dilema. 
Consideremos entonces que sí aporta un kit de matar y sí tiene un perfil determinado de víctima, una que no se puede ocultar, que no se puede defender y que nadie va echar de menos, sabe dónde y cómo encontrarla y cómo convencerla. 
Ahora bien tenemos a la presa en el lugar y en la posición, caben dos opciones una frontal y otra opuesta, en el primer caso dada la decrepitud de las mujeres, sus enfermedades y poca o extinta belleza (gancho sexual) se arrodillarían para sexo oral rápido esto obliga a sujetar por la cabeza y la barbilla de forma cariñosa y condescendiente para bruscamente efectuar un giro rompiendo el cuello y una vez en el suelo pisar la barbilla o la cara y degollar al efecto de la exanginación y asegurando quietud y control del flujo de sangre direccionando en el sentido que interese. 
El caso contrario implica usar bufanda, pañuelo, cinturón, calcetín, etc. cualquier objeto útil al propósito de sofocar a la presa con estrangulación sanguínea procurando un silencio e intimidad deseada y posteriormente proceder con el consabido método o sistema de sesgar el cuello cercenando los grandes vasos (carótida y yugular principalmente) para dominar el torrente sanguíneo direccionalidad y asegurar que la fulana no se va a mover porque hemos fallado en la estrangulación, cuando empecemos a cortar y trinchar. 
Si, si de acuerdo reconozco que era un OPORTUNISTA, eso sí, pero ojo NO DESORGANIZADO ni idiota sistemático, trabajaba en una oscuridad manifiesta, un candil o un farol portátil llamaría la atención sobre su posición, si bien le procuraría luz para su actividad también le delataría ante testigos ocasionales y miradas indiscretas desde ventanucos o rendijas. 
Cuando se abre un cuerpo, todo es de color rojo, solamente se puede llegar de forma rápida y segura a los órganos que pretendamos extirpar si conocemos su posición exacta, ahora tengamos en cuenta el escaso tiempo del que dispones Jack para tomar sus trofeos, el temple y la serenidad que hace falta para trabajar en esas condiciones temiendo la posibilidad que en cualquier momento alguien/es te pueda/n sorprender. 
Además de todo esto está el problema de cómo transportar lo recesionado sin levantar sospechas y cómo justificarlo si te dan el alto, bueno de acuerdo también dudo mucho yo que aquellos Bobys distinguieran un útero humano o un riñón humano de uno de cerdo. 
Pero queda meridianamente patente que el tío en la metodología no improvisaba, ¿no?. 
Últimas inquietudes. 
Varón blanco soltero (me vale viudo o separado) de mediana edad (35 a 40 años), más próximo a la cuarentena que a la treintena, con trabajo estable y propio ( de profesión autónoma) respetable pero introvertido (el chico era algo tímido), solvente y residente en Whitchapell con domicilio propio, busca chica alegre para compartir sensaciones descuartizantes. 
Aporto bebidas y atrezo para la fiesta, se valorará disponibilidad total, no importa si es muy agraciada o no.

P. D.

“…la belleza está en el interior…”

Recordemos que mataba entorno a los fines de semana y altas horas de la madrugada, esto indicaría que el resto de la semana estaba ocupado en algo a la par que llegar a casa tras una buena borrachera o juerga con un atuendo desaliñado, sucio y manchado posiblemente con rastros de sangre despertaría cuando menos el interés de nuestr@ partener. 
Si, estoy de acuerdo que en el Victoriano tardío la opinión de la mujer y más en Whitechapel sería poco menos que irrelevante e inmiscuir la narices en los asuntos del marido conllevaría necesariamente una bronca o aún algunos guantazos pero esto no significa que la natural y preciosa intuición y curiosidad femenina pudiera dar al traste con las andanzas de nuestro “amigo”. 
Por otro lado debemos recordar que hay que ocultar los trofeos obtenidos en la cacería nocturna y disponerlos en tal lugar lejos de miradas curiosas para nuestro disfrute o gozo personal, es indispensable intimidad. 
Ante un elemento como éste la convivencia sería poco menos que imposible dada la impulsividad y tremendos arranques de furia, además se trata de un individuo extremadamente manipulador que daría al traste en poco tiempo con la convivencia conyugal. 
Lo importante no es quién era Jack, tampoco las víctimas, ni la forma de matar. 
Lo verdaderamente interesante era el motivo para matar y el ritual que acontecía una vez tomada y muerta la presa. 
Qué buscaba en los úteros y órganos femeninos, porqué no valían las presas masculinas, ¿envidia de la maternidad? ¿era Jack homosexual o tenía inclinaciones en éste sentido? 
¿Había una substitución del pene por el cuchillo?, ¿sufría una fractura de identidad en los ataques? 
¿Cómo llegó a este trastorno, qué ocurrió en su vida que le llevara a esta adicción? 



WELLES SEGUN WIKIPEDIA :

Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent, Inglaterra — 13 de agosto de 1946 en Londres), fue un escritor inglés, notable novelista y filósofo británico, famoso por sus novelas de ciencia ficción, de la que es considerado, junto a Julio Verne, uno de sus precursores.

Tabla de contenidos

1 Biografía 
2 Convicciones 
3 Obra 
4 Bibliografía 
5 Premios 
6 Véase también 
 

Biografía

Desempeñó varios oficios (aprendiz, contable, tutor y periodista) hasta 1884, antes de obtener una beca para estudiar Ciencias Naturales en el Royal College of Science de Londres. Después enseñó en el University Correspondence College de Cambridge. Su relación con Rebecca West, que duró diez años, dio por fruto un hijo, Anthony West, nacido en 1914.

Al contraer tuberculosis abandonó todo para dedicarse a escribir, llegando a completar más de cien obras. Se le considera uno de los precursores de la ciencia-ficción y sus primeras obras tuvieron ya por tema la fantasía científica, descripciones proféticas de los triunfos de la tecnología y comentarios sobre los horrores de las guerras del siglo XX: “The Time Machine” (La máquina del tiempo) (1895), su primera novela, de éxito inmediato, en la que se entrelazaban la ciencia, la aventura y la política; “The Invisible Man” (El hombre invisible) (1897); “The War of the Worlds” (La guerra de los mundos) (1898); y “The First Men in the Moon” (1901). Muchas de ellas dieron origen a varias películas.

A la vez se interesó por la realidad sociológica del momento, especialmente por la de las clases medias, defendiendo los derechos de los marginados y luchando contra la hipocresía imperante, que dibujó con cariño, compasión y sentido del humor en novelas como “Love and Mr. Lewisham” (1900), “Kipps, the Story of a Simple Soul” (1905) y “Mr. Polly” (1910), novela de extenso retrato de los personajes en la que, como en “Kipps”, describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones sociales de sus protagonistas.

La gran mayoría de sus restantes libros pueden clasificarse como novelas sociales. Entre ellas se encuentran “Ann Veronica” (1909), en la que defiende los derechos de las mujeres, “Tono Bungay” (1909), un ataque al capitalismo irresponsable, y “Mr. Britling va hasta el fondo” (1916), que describe la reacción del inglés medio ante la guerra.

Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), redactó la historia de la humanidad en tres partes, “Outline of History” (1920), en la que colaboró Julian Huxley.

A lo largo de toda su vida Wells se preocupó, y dejó amplia constancia de ello, de la supervivencia de la sociedad contemporánea. Durante un breve periodo de tiempo fue miembro de la Sociedad Fabiana. Aunque creyó firmemente en la utopía según la cual las vastas y terroríficas fuerzas materiales puestas a disposición del ser humano podían ser controladas por la razón y utilizadas para el progreso y la igualdad entre los habitantes del mundo, poco a poco fue volviéndose más pesimista y cesó su pertenencia a dicha sociedad. Así dedicó su obra “42 to 44” (1944) a la crítica de muchos de los líderes mundiales del tiempo. Por otro lado, en “El destino del homo sapiens” (1945) expresaba las dudas acerca de la posibilidad de supervivencia de la raza humana. Escribió asimismo “Experimento en Autobiografía” (1934) antes de su muerte acaecida el 13 de agosto de 1946, en Londres. 
 

Convicciones

H.G. Wells fue toda su vida un izquierdista convencido. De hecho, su primera novela, La máquina del tiempo (1895), trataba fundamentalmente la lucha de clases. Los hermosos Eloi eran descendiente de los antiguos capitalistas, y los Morlocks de los proletarios, enterrados junto con las máquinas y la industria y que, en la novela, acaban por dominar a sus antiguos opresores.

Convencido de la necesidad de un sistema social más justo, se uniría al Fabian Club, cuyo objetivo era instaurar el socialismo de forma pacífica, si bien diferencias con ciertos miembros (por ejemplo Bernard Shaw) acabaron por distanciarlo del grupo.

Wells criticó también la hipocresía y la rigidez de la época victoriana, así como el imperialismo británico y en su novela Ana Verónica (1909) se adelanta a lo que serían los movimientos de liberación femeninos.

Wells estaba convencido de que la especie humana podría ser mejorada gracias a la ciencia y a la educación. Sin embargo, no cayó en la ingenuidad de muchos de sus contemporáneos y fue uno de los primeros pensadores que advirtió del peligro de confiar ciegamente en las máquinas. Siempre postuló que era el hombre quien debería dominar a las máquinas, y no al revés.

Durante la última época de su vida, Wells asumió la tarea de defender en escritos y conferencias todo aquello que considerara positivo para el progreso, así como en criticar los grandes conflictos bélicos que asolaron Europa. 
 

Obra

Toda la obra de H.G. Wells está influenciada por sus profundas convicciones. En La máquina del tiempo (1895) abordó el tema de la lucha de clases, en La isla del doctor Moreau (1896) y en El hombre invisible (1897) los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar de forma ética más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos, en La guerra de los mundos (1898) la crítica de los usos y costumbres de la época victoriana y las prácticas imperialistas británicas... Esto en lo que respecta a sus primeras novelas, que lo han convertido en uno de los más grandes escritores de ciencia ficción.

A partir de 1900 comenzó a escribir novelas que describían la vida de las gentes humildes, entre las que se encuentra Ana Verónica (1909), en la que aborda el tema de la liberación de la mujer.

Además de sus novelas, escribió ensayos de carácter enciclopédico como "El perfil de la historia" (1919) o "La conspiración abierta" (1922) y, si bien jamás desistió en su intento de crear un mundo más justo y solidario, sus últimos escritos "El destino del homo sapiens" (1939) y "La mente a la orilla del abismo" (1945) están marcados por un pesimismo fruto de contemplar una humanidad que, por ambición y odio, se destruye a si misma.

El estilo literario de Wells, sin embargo, no está a la altura de los temas que trata, de manera que su fama como escritor se debe exclusivamente a estos últimos. Según él lo que cuenta es lo que se escribe, no cómo se escribe. Como él mismo dijo:

«Yo hago honradamente lo que puedo por evitar repeticiones en mi prosa y cosas así pero, quitando un pasaje de altura, no veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje sin más.» 
Fue también el autor de Esquema de la Historia Universal-Historia sencilla de la vida y de la humanidad ,obra dividida en 3 partes que narra toda la historia universal desde los egipcios hasta la caída de la Alemania Nazi .

En 1997 fue incluido en el Salón de la Fama de la ciencia ficción con carácter póstumo en reconocimiento a su obra pionera en el género. Igualmente se ha reconocido su influencia en muchos otros eventos, como en el hecho de que aparezca reseñado en la encuesta Locus de 1997 como uno de los mejores autores de ciencia ficción de todos los tiempos, y sus obras La máquina del tiempo y La guerra de los mundos obtuvieran también esa distinción en la encuesta realizada en 1998, todo un siglo después de al publicación de la segunda de estas obras.

A continuación se muestra una lista que enumera toda su obra (las obras marcadas con * se encuentran disponibles en el sitio web del Proyecto Gutenberg):

The Chronic Argonauts (1888) 
Textbook of Biology (1893) (revisado en 1898 como Textbook of Zoology) 
Honours Physiography, co-escrito con R. A. Gregory, (1893) 
Select Conversations with an Uncle (now extinct) (1895) 
The Time Machine: An Invention— La máquina del tiempo (1895)* 
The Wonderful Visit (1895) 
The Stolen Bacillus and Other Incidents (1895)* 
The Argonauts of the Air (1895) 
Under the Knife (1896) 
In the Abyss (1896) 
The Island of Doctor Moreau—La isla del doctor Moreau (1896)* 
The Red Room (1896)* 
The Wheels of Chance: A Bicycling Idyll (1896)* 
The Sea Raiders (1896) 
The Crystal Egg (1897) 
The Star (1897) 
A Story of the Stone Age (1897) 
The Plattner Story, and Others (1897) 
The Invisible Man: A Grotesque Romance— El hombre invisible (1897)* 
Certain Personal Matters: A Collection of Material, Mainly Autobiographical (1898) 
The War of the Worlds— La guerra de los mundos (1898)* 
The Man Who Could Work Miracles (1898) 
When the Sleeper Wakes (1899) (revisado más adelante como The Sleeper Awakes, 1910)* 
Tales of Space and Time (1899)

A Story of the Days To Come (1899) 
Love and Mr Lewisham: The Story of a Very Young Couple (1900)* 
The First Men in the Moon (1901)* 
Filmer (1901) 
The New Accelerator (1901) 
Anticipations of the Reaction of Mechanical and Scientific Progress upon Human Life and Thought (1902) 
The Discovery of the Future (1902) 
The Sea Lady: A Tissue of Moonshine (1902) 
Mankind in the Making (1903)* 
The Magic Shop (1903)* 
Twelve Stories and a Dream (1903) 
The Truth About Pyecraft (1903) 
The Food of the Gods and How It Came to Earth (1904)* 
The Land Ironclads (1904) 
Kipps: The Story of a Simple Soul (1905) 
A Modern Utopia (1905)* 
The Empire of the Ants (1905) 
In the Days of the Comet (1906)* 
The Future in America: A Search After Realities (1906) 
Faults of the Fabian (1906) 
Socialism and the Family (1906) 
Reconstruction of the Fabian Society (1906) 
This Misery of Boots (1907), reimpresa de la revisión independiente, Dic. 1905. 
Will Socialism Destroy the Home? (papel, escrito en 1907) 
New Worlds for Old (1908) 
The War in the Air (1908)*

First and Last Things: A Confession of Faith and Rule of Life (1908)* 
The Valley of Spiders (1909) 
Ann Veronica (1909)* 
Tono-Bungay (1909)* 
The History of Mr. Polly (1910)* 
The Sleeper Awakes (1910)* - Edición revisada de When the Sleeper Wakes 1899 
The Late Mr Elvesham (1911) 
The New Machiavelli (1911)* 
The Country of the Blind and Other Stories (1911)* 
The Door in the Wall and Other Stories (1911) 
Floor Games (1911)* 
The Great State: Essays in Construction (título en los EEUU: Socialism and the Great State: Essays in Construction) (corregida por Wells, G. R. S. Taylor y Lady Warwick (1912) 
The Labour Unrest (1912) 
Marriage (1912) 
War and Common Sense (1913) 
Liberalism and Its Party: What Are the Liberals to Do? (1913) 
Little Wars: A Game for Boys from Twelve Years of Age to One Hundred and Fifty and for that More Intelligent Sort of Girls who Like Boys' Games and Books (1913) 
The Passionate Friends: A Novel (1913) 
An Englishman Looks at the World: Being A Series of Unrestrained Remarks upon Contemporary Matters (título en los EEUU: Social Forces in England and America) (1914) 
The World Set Free: A Story of Mankind (1914) 
The Wife of Sir Isaac Harman (1914) 
The War That Will End War (1914) 
The Peace of the World (1915) 
Boon, The Mind of the Race, The Wild Asses of the Devil, and The Last Trump: Being a First Selection from the Literary Remains of George Boon, Appropriate to the Times (la primera edición fue publicada pseudoanónimante bajo el nombre de 'Reginald Bliss') (1915) 
Bealby: A Holiday (1915) 
Tidstänkar (1915) 
The Research Magnificent (1915) 
What is Coming? A Forecast of Things After the War (1916) 
Mr. Britling Sees It Through (1916) 
The Elements of Reconstruction: A Series of Articles Contributed in July and August 1916 to The Times (la primera edición fue publicada pseudoanónimante bajo las iniciales 'D. P.') (1916) 
God the Invisible King (1917)* 
War and the Future: Italy, France and Britain at War (edición en los EEUU publicada como Italy, France and Britain at War) (1917)*

The Soul of a Bishop (1917)* 
A Reasonable Man's Peace (1917) 
Joan and Peter: The Story of an Education (1918) 
In the Fourth Year: Anticipations of a World Peace (1918) 
The Undying Fire: A Contemporary Novel (1919) 
The Idea of a League of Nations (con el vizconde Edward Grey, Lionel Curtis, William Archer, H. Wickham Steed, A. E. Zimmern, J. A. Spender, Viscount Bryce y Gilbert Murray) (1919) 
The Way to a League of Nations (con el vizconde Edward Grey, Lionel Curtis, William Archer, H. Wickham Steed, A. E. Zimmern, J. A. Spender, Viscount Bryce y Gilbert Murray) (1919) 
History is One (1919) 
The Outline of History: Being a Plain History of Life and Mankind, I, II (1920, 1931, 1940; revisiones póstumas de Raymond Postgate 1949, 1956, 1961, 1971) 
Russia in the Shadows (1920) 
The Salvaging of Civilization (1921)

The New Teaching of History. With a Reply to Some Criticisms of 'The Outline of History' (1921) 
Washington and the Hope of Peace (título en los EEUU: Washington and the Riddle of Peace) (1922) 
What H.G. Wells Thinks about ‘The Mind in the Making’ (1922) 
University of London Election: An Electoral Letter (1922) 
The World, its Debts and the Rich Men (1922) 
A Short History of the World (1922, 1931, 1938, 1945; con varias revisiones póstumas de G. P. Wells y Raymond Postgate) 
 The Secret Places of the Heart (1922)* 
Men Like Gods: A Novel (1923) 
Socialism and the Scientific Motive (1923) 
To the Electors of London University, University General Election, 1923, from H.G. Wells, B.Sc., London (1923) 
The Labour Ideal of Education (1923) 
A Walk Along the Thames Embankment (1923) 
The Story of a Great School Master (1924) 
The Dream: A Novel (1924) 
The P.R. Parliament (1924) 
A Year of Prophesying (1924) 
Christina Alberta's Father (1925) 
A Forecast of the World’s Affairs (1925) 
The World of William Clissold: A Novel at a New Angle, I, II, III (1926) 
Mr. Belloc Objects to the 'Outline of History' (1926) 
Democracy Under Revision (1927) 
Playing at Peace (1927) 
Meanwhile: The Picture of a Lady (1927) 
The Stolen Body (1927) 
A Dream of Armageddon (1927)

The Short Stories of H. G. Wells (1927) (retitulado más adelante como The Complete Short Stories of H. G. Wells y puestas al día posteriormente en 1998) - incluyen A Vision of Judgment 
The Way the World is Going: Guesses & Forecasts of the Years Ahead (1928) 
The Open Conspiracy: Blue Prints for a World Revolution (1928, 1930 [subtitulado A Second Version of This Faith of a Modern Man Made More Explicit and Plain], 1933 [sin subtítulo], también publicado bajo el título What are We to do With our Lives? [1931]) 
Mr. Blettsworthy on Rampole Island: Being the Story of a Gentleman of Culture and Refinement who suffered Shipwreck and saw no Human Beings other than Cruel and Savage Cannibals for several years. How he beheld Megatheria alive and made some notes of their Habits. How he became a Sacred Lunatic. How he did at last escape in a Strange Manner from the Horror and Barbarities of Rampole Island in time to fight in the Great War, and how afterwards he came near returning to that Island for ever. With much Amusing and Edifying Matter concerning Manners, Customs, Beliefs, Warfare, Crime, and a Storm at Sea. Concluding with some Reflections upon Life in General and upon these Present Times in Particular (1928) 
The Book of Catherine Wells (1928) (editado por Wells) 
The King Who Was A King: The Book of a Film (subtitulado en los EEUU como An Unconventional Novel) (1929)

Common Sense of World Peace (1929) 
The Adventures of Tommy (1929) 
Imperialism and The Open Conspiracy (1929) 
The Autocracy of Mr. Parham: His Remarkable Adventures in this Changing World (1930) 
The Science of Life: A Summary of Contemporary Knowledge about Life and its Possibilities, I, II, III (con Julian S. Huxley y G. P. Wells) (1930) (reeditado posteriormente en nueve volúmenes, 1934-1937, bajo el título general The 'Science of Life' Series) 
The Way to World Peace (1930) 
The Problem of the Troublesome Collaborator: An Account of Certain Difficulties in an Attempt to Produce a Work in Collaboration and of the Intervention of the Society of Authors Therein (1930) 
Settlement of the Trouble between Mr. Thring and Mr. Wells: A Footnote to the Problem of the Troublesome Collaborator (1930)
What Are We To Do With Our Lives? (revisión de The Open Conspiracy) (1931) 
The Work, Wealth and Happiness of Mankind (EEUU 1931; primera edición británica 1932) 
After Democracy: Addresses and Papers on the Present World Situation (1932) 
The Bulpington of Blup: Adventures, Poses, Stresses, Conflicts, and Disaster in a Contemporary Brain (1932)

What Should be Done Now? (1932) 
The Shape of Things to Come: The Ultimate Revolution (1933) 
Experiment in Autobiography: Discoveries and Conclusions of a Very Ordinary Brain (since 1866), I, II (1934) (un tercer volumen, titulado H. G. Wells in Love, fue publicado póstumamente en 1984) 
Stalin-Wells Talk: The Verbatim Record and a Discussion (con Josef Stalin, George Bernard Shaw, J. M. Keynes, Ernst Toller y Dora Russell (1934) 
The New America: The New World (1935) 
Things to Come: A Film Story (1935) 
The Anatomy of Frustration: A Modern Synthesis (1936) 
The Croquet Player (1936) 
The Idea of a World Encyclopaedia (1936) 
The Man Who Could Work Miracles: A Film (1936) 
Star Begotten: A Biological Fantasia (título en los EEUU, Star-Begotten) (1937) 
Brynhild, or the Show of Things (1937) 
The Camford Visitation (1937) 
The Informative Content of Education (1937) 
The Brothers: A Story (1938) 
World Brain (1938) 
Apropos of Dolores (1938) 
The Holy Terror (1939)

Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water (1939) 
The Fate of Homo Sapiens: An unemotional Statement of the Things that are happening to him now, and of the immediate Possibilities confronting him (título en los EEUU, The Fate of Man) (1939) 
The New World Order: Whether it is attainable, how it can be attained, and what soert of world a world at peace will have to be (1939) 
The Rights of Man, Or What Are We Fighting For? (1940) 
Babes in the Darkling Wood (1940) 
The Common Sense of War and Peace: World Revolution of War Unending (1940) 
All Aboard for Ararat (1940) 
Guide to the New World: A Handbook of Constructive World Revolution (1941) 
You Can't Be Too Careful (1941) 
The Outlook for Homo Sapiens: An unemotional Statement of the Things that are happening to him now, and of the immediate Possibilities confrontinmg him (1942) (amalgama de The Fate of Homo Sapiens y The New World Order)

Science and the World-Mind (1942) 
Phoenix: A Summary of the Inescapable Conditions of World Reorganization (1942) 
A Thesis on the Quality of Illusion in the Continuity of Individual Life of the Higher Metazoa, with Particular Reference to the Species Homo Sapiens (1942) 
The Conquest of Time (1942) 
The New Rights of Man: Text of Letter to Wells from Soviet Writer, Who Pictures the Ordeal and Rescue of Humanistic Civilization - H. G. Wells' Reply and Program for Liberated Humanity (con Lev Uspensky) (1942) 
Crux Ansata: An Indictment of the Roman Catholic Church (1943) 
The Mosley Outrage (1943) 
The Rights of Man: An Essay in Collective Definition (editado anónimamente por Wells) (1943) 
'42 to '44: A Contemporary Memoir upon Human Behaviour during the Crisis of the World Revolution (1944)

The Illusion of Personality (1944) 
The Happy Turning: A Dream of Life (1945) 
Mind at the End of Its Tether (1945) 
The Desert Daisy (publicación póstuma de un trabajo escrito entre 1878-1880) (1957) 
The Wealth of Mr Waddy (publicación póstuma de un trabajo escrito entre 1898-1905, que Wells revisó y publicó como Kipps, editado por Harris Wilson) (1969) 
H. G. Wells in Love (tercer volumen póstumo de su autobiografía, editado por G. P. Wells) (1984) 
The Betterave Papers and Aesop's Quinine for Delphi, editado por John Hammond

Bibliografía

H. G. Wells, La historia de Plattner y otras narraciones. Traducción de Rafael santervás. Colección: El Club Diógenes / CD-248. Valdemar: Madrid, 2007. ISBN 978-84-7702-572-6. Incluye: el mismo contenido de la colección Avatares ya publicada 
—, La máquina del tiempo y otros relatos. Traducción de Rafael Santervás. Colección: El Club Diógenes / CD-247. Valdemar: Madrid, 2007. ISBN 978-84-7702-571-9. Incluye: el mismo contenido de la colección Avatares ya publicada 
—, Los ojos de Davidson; Prólogo Alberto Manguel; Traducción José Luis López Muñoz, Premio Nacional de traducción 1980. Ediciones Atalanta: Girona, 2006. ISBN 84-935313-0-8. Incluye: 
Los ojos de Davidson 
Bajo el bisturí 
El astro 
El huevo de cristal 
El país de los ciegos (incluye conclusión original de 1904 y final revisado de 1939) 
—, La guerra de los mundos, Editorial Edaf: Madrid, 2005. ISBN 84-414-1640-0 
—, El país de los ciegos, Acantilado: Barcelona, 2004. ISBN 84-96136-90-6 
—, La puerta en el muro, Acantilado: Barcelona, 2003. ISBN 84-96136-42-6 
—, La isla del Dr. Moreau, Editorial Anaya: Madrid, 2003. ISBN 84-667-2478-8 
—, El nuevo Fausto y otras narraciones. Traducción de Rafael Santervás. Colección: Avatares / AV-055. Valdemar: Madrid, 2002. ISBN 84-7702-417-0. Incluye: 
La nariz 
Un perfecto caballero sobre ruedas 
La esencia de Wayde 
La extraña historia del periódico de Brownlow 
Walcote 
El devoto del arte 
Un artista incomprendido 
El marido terrible 
El tesoro del rajá 
La presencia junto al fuego 
El dopplegänger del señor Marshall 
La cosa del nº 7 
La huella del pulgar 
Una fuga familiar 
Nuestro vecinito 
La lealtad de Esau Common 
Los asnos silvestres del diablo 
Respuesta a la oración 
El nuevo fausto 
La reconciliación 
Mi primera avioneta 
Mamita en la cima del Mörderberg

La historia del último trompetazo 
La raza abominable 
—, La máquina del tiempo y otras relatos. La historia de Plattner y otras narraciones. Traducción de Rafael Santervás. Colección: Avatares / AV-043. Valdemar: Madrid, 2001 [2ª edición 2002]. ISBN 84-7702-345-X. Incluye: 
La máquina del tiempo y otros relatos: 
La máquina del tiempo 
El imperio de las hormigas 
Una visión del juicio final 
Los acorazados terrestres 
El traje maravilloso 
La puerta en el muro 
La perla del amor 
El país de los ciegos 
La historia de Plattner y otras narraciones: 
La historia de Plattner 
Los argonautas del aire 
La historia del difunto señor Elvesham 
En el abismo 
La manzana 
Bajo el bisturí 
Los invasores marinos 
Pollock y el hechicero Porroh 
La habitación roja 
El cono 
El píleo rojo 
Las calabazas de Jane 
Al estilo de hoy: una historia de amor antipática 
Una catástrofe 
La herencia perdida 
La triste historia de un crítico dramático 
Una muestra en el microscopio 
—, El hombre invisible, Editorial Anaya: Madrid, 2001. ISBN 84-667-0604-6 
—, El bacilo robado y otros incidentes. Traducción de Rafael Santervás. Colección: Avatares / AV-038. Valdemar: Madrid, 2000. ISBN 84-7702-306-9. Incluye: 
El bacilo robado y otros incidentes: 
El bacilo robado 
La floración de la extraña orquídea 
En el observatorio astronómico de Avu 
Los triunfos de un taxidermista 
Un negocio de avestruces 
Por la ventana 
La tentación de Harringay 
El hombre que volaba 
El fabricante de diamantes 
La isla de Ípiornis 
El extraordinario caso de los ojos de Davidson 
El dios de las dinamos 
El robo en el parque Hammerpond 
La polilla 
El tesoro en el bosque 
Cuentos del espacio y del tiempo: 
El huevo de cristal 
La estrella

Una historia de la edad de piedra 
Una historia de tiempos futuros 
El hombre que podía hacer milagros 
—, Doce historias y un sueño. Traducción de Agustín Izquierdo, Rafael Díaz, Javier Sánchez. Colección: El Club Diógenes / CD-035. Valdemar: Madrid, 1995 [2ª edición 2001]. ISBN 84-7702-145-7. Incluye: 
Filmer 
La tienda mágica 
La verdad sobre Pyecraft 
El valle de las arañas 
Mr. Skelmersdale en el país de las hadas 
El fantasma inexperto 
Jimmy Goggles, el dios 
El nuevo acelerador 
Las vacaciones de Mr. Ledbetter 
El cuerpo robado 
El tesoro de Mr. Brisher 
El corazón de Mss. Winchelsea 
El sueño de Armageddon

Premios

1997: Incluido en el Salón de la Fama de la ciencia ficción 
1998: Encuesta Locus, 17ª mejor novel anterior a 1990 por La máquina del tiempo 
1998: Encuesta Locus, 28ª mejor novel anterior a 1990 por La guerra de los mundos 
1999: Encuesta Locus, 2ª mejor novela corta de todos los tiempos por La máquina del tiempo



EL FUTURO 2889,SEGUN VERNE :

* UNO DE LOS POLEMICOS,AMBICIOSOS Y POCO CONOCIDOS,CUENTOS DE VERNE SOBRE EL FUTURO

EN EL SIGLO XXIX: 
LA JORNADA DE UN PERIODISTA AMERICANO EN EL 2889 
 

Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de un espectáculo de magia continua, sin que parezcan darse cuenta de ello. Hastiados de las maravillas, permanecen indiferentes ante lo que el progreso les aporta cada día. Siendo más justos, apreciarían como se merecen los refinamientos de nuestra civilización. Si la compararan con el pasado, se darían cuenta del camino recorrido. Cuánto más admirables les parecerían las modernas ciudades con calles de cien metros de ancho, con casas de trescientos metros de altura, a una temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches y aeroómnibus. Al lado de estas ciudades, cuya población alcanza a veces los diez millones de habitantes, qué eran aquellos pueblos, aquellas aldeas de hace mil años, esas París, esas Londres, esas Berlín, esas Nueva York, villorrios mal aireados y enlodados, donde circulaban unas cajas traqueteantes, tiradas por caballos. ¡Sí, caballos! ¡Es de no creer! Si recordaran el funcionamiento defectuoso de los paquebotes y de los ferrocarriles, su lentitud y sus frecuentes colisiones, ¿qué precio no pagarían los viajeros por los aerotrenes y sobre todo por los tubos neumáticos, tendidos a través de los océanos y por los cuales se los transporta a una velocidad de 1.500 kilómetros por hora? Por último, ¿no se disfrutaría más del teléfono y del telefoto, recordando los antiguos aparatos de Morse y de Hugues, tan ineficientes para la transmisión rápida de despachos? 
¡Qué extraño! Estas sorprendentes transformaciones se fundamentan en principios perfectamente conocidos que nuestros antepasados quizás habían descuidado demasiado. En efecto, el calor, el vapor, la electricidad son tan antiguos como el hombre. A fines del siglo XIX, ¿no afirmaban ya los científicos que la única diferencia entre las fuerzas físicas y químicas reside en un modo de vibración, propio de cada una de ellas, de las partículas etéricas? 
Puesto que se había dado ese enorme paso de reconocer la similitud de todas estas fuerzas, es realmente inconcebible que se haya necesitado tanto tiempo para llegar a determinar cada uno de los modos de vibración que las diferencian. Es extraordinario, sobre todo, que el método para reproducirlas directamente una de la otra se haya descubierto muy recientemente. 
Sin embargo, así sucedieron las cosas y fue solamente en 2790, hace cien años, que el célebre Oswald Nyer lo consiguió.

¡Este gran hombre fue un verdadero benefactor de la humanidad! ¡Su genial invención fue la madre de todas las otras! Así surgió una pléyade de innovadores que condujo a nuestro extraordinario James Jackson. Es a este último a quien debemos los nuevos acumuladores que condensan, unos, la fuerza contenida en los rayos solares, otros, la electricidad almacenada en el seno de nuestro globo, aquellos, por fin, la energía que proviene de una fuente cualquiera: vientos, cascadas, ríos, arroyos, etc. También de él procede el transformador que, extrayendo la energía de los acumuladores bajo la forma de calor, de luz, de electricidad, de potencia mecánica, la devuelve al espacio, después de haber obtenido el trabajo deseado. 
¡Sí! Es el día en que estos dos instrumentos fueron ideados cuando verdaderamente se origina el progreso. Sus aplicaciones son incalculables. Al atenuar los rigores del invierno por la restitución del exceso de los calores estivales, han ayudado eficazmente a la agricultura. Al suministrar la fuerza motriz de los aparatos de navegación aérea, han permitido que el comercio se desarrollara magníficamente. A ellos se debe la producción incesante de electricidad sin pilas ni máquinas, de luz sin combustión ni incandescencia y, por último, de una inagotable fuente de trabajo, que ha centuplicado la producción industrial. 
¡Pues bien! Vamos a encontrar al conjunto de estas maravillas en una mansión incomparable, la mansión del Earth Herald, recientemente inaugurada en la avenida 16823 de Universal City, la actual capital de los Estados Unidos de las dos Américas. 
Si el fundador del New York Herald, Gordon Bennett, volviera a la vida hoy, ¿qué diría al ver este palacio de mármol y oro, que pertenece a su ilustre nieto, Francis Bennett? Veinticinco generaciones se sucedieron y el New York Herald se mantuvo en la distinguida familia de los Bennett. Hace doscientos años, cuando el gobierno de la Unión se trasladó de Washington a Universal City, el periódico lo siguió –a menos que el gobierno haya seguido al periódico– y tomó el nombre de Earth Herald.

Que no se piense que haya declinado bajo la administración de Francis Bennett. ¡No! Su nuevo director, por el contrario, iba a infundirle una energía y una vitalidad sin paralelos al inaugurar el periodismo telefónico. Conocemos este sistema, llevado a la práctica por la increíble difusión del teléfono. Todas las mañanas, en lugar de ser impreso, como en los tiempos antiguos, el Earth Herald es "hablado": es en una rápida conversación con un reportero, un político o un científico, que los abonados se informan de lo que puede interesarles. En cuanto a los clientes no suscriptos, se sabe que por unos centavos toman conocimiento del ejemplar del día en las innumerables cabinas fonográficas. 
Esta innovación de Francis Bennett revitalizó el antiguo periódico. En algunos meses su clientela ascendió a ochenta y cinco millones de abonados y la fortuna del director aumentó gradualmente hasta los treinta mil millones, cifra altamente superada en la actualidad. Gracias a esta fortuna, Francis Bennett ha podido edificar su nueva mansión, colosal construcción de cuatro fachadas, cada una de las cuales mide tres kilómetros, y cuyo techo se ampara bajo el glorioso pabellón de setenta y cinco estrellas de la Confederación.

Francis Bennett, rey de los periodistas, sería hoy el rey de las dos Américas si los americanos pudiesen alguna vez aceptar la figura de un soberano cualquiera. ¿Usted lo duda? Los plenipotenciarios de todas las naciones y nuestros mismos ministros se apretujan en su puerta, mendigando sus consejos, buscando su aprobación, implorando el apoyo de su órgano todopoderoso. Calcúlese la cantidad de sabios que animaba, de artistas que mantenía, de inventores que subvencionaba. Realeza fatigosa la suya; trabajo sin descanso y, ciertamente, un hombre de otro tiempo no hubiera podido resistir tal labor cotidiana. Felizmente, los hombres de hoy son de constitución más robusta, gracias al progreso de la higiene y de la gimnasia, que ha hecho elevar de treinta y siete a cincuenta y ocho años el promedio de la vida humana, gracias también a la presencia de los alimentos científicos, mientras esperamos el futuro descubrimiento del aire nutritivo, que permitirá nutrirse... sólo con respirar. 
Y ahora, si les interesa conocer todo lo que constituye la jornada de un director del Earth Herald, tómense la molestia de seguirlo en sus múltiples ocupaciones, hoy mismo, este 25 de julio del presente año de 2890. 
Francis Bennett se había despertado aquella mañana de muy mal humor. Hacía ocho días que su esposa estaba en Francia. Se encontraba, pues, un poco solo. ¿Es de creer? Estaban casados desde hacía diez años y era la primera vez que Mrs. Edith Bennett, la profesional Beauty, se ausentaba tanto tiempo. Habitualmente, dos o tres días bastaban en sus frecuentes viajes a Europa, y más particularmente a París, donde iba a comprarse sombreros. 
La primera preocupación de Francis Bennett fue, pues, poner en funcionamiento su fonotelefoto, cuyos hilos iban a dar a la mansión que poseía en los Campos Elíseos.

El teléfono complementado por el telefoto, una conquista más de nuestra época. Si desde hace tantos años se transmite la palabra mediante corrientes eléctricas, es de ayer solamente que se puede transmitir también la imagen. Valioso descubrimiento, a cuyo inventor Francis Bennett no fue el último en agradecer aquella mañana, cuando percibió a su mujer, reproducida en un espejo telefótico, a pesar de la enorme distancia que los separaba. 
¡Dulce visión! Un poco cansada del baile o del teatro de la víspera, Mrs. Bennett está aún en cama. Aunque allá sea casi el mediodía, todavía duerme, su cabeza seductora oculta bajo los encajes de la almohada. 
Pero de pronto se agita, sus labios tiemblan... ¿Acaso está soñando? ¡Sí, sueña...! Un nombre escapa de su boca: "¡Francis..., querido Francis...!" 
Su nombre, pronunciado con esa dulce voz, ha dado al humor de Francis Bennett un aspecto más feliz y, no queriendo despertar a la bella durmiente, salta con rapidez de su lecho y penetra en su vestidor mecánico. 
Dos minutos después, sin que hubiese recurrido a la ayuda de ningún sirviente, la máquina lo depositaba, lavado, peinado, calzado, vestido y abotonado de arriba abajo, en el umbral de sus oficinas. La ronda cotidiana iba a comenzar. Fue en la sala de folletinistas donde Francis Bennett penetró primero. 
Muy vasta, esta sala, coronada por una gran cúpula translúcida. En un rincón, diversos aparatos telefónicos por los cuales los cien literatos del Earth Herald narraban cien capítulos de cien novelas a un público enardecido. 
Divisando a uno de los folletinistas que tomaba cinco minutos de descanso, le dijo Francis Bennett:

–Muy bueno, mi querido amigo, muy bueno, su último capítulo. La escena donde la joven campesina aborda con su enamorado unos problemas de filosofía trascendente es producto de una finísima observación. Jamás se han pintado mejor las costumbres campestres. ¡Continúe así, mi querido Archibald! ¡Ánimo! ¡Diez mil nuevos abonados, desde ayer, gracias a usted! 
–Señor John Last –prosiguió volviéndose hacia otro de sus colaboradores–, estoy menos satisfecho con usted. ¡Su novela no parece verídica! ¡Corre usted muy rápido hacia la meta! ¡Pero bueno!, ¿y los métodos documentales? ¡Es necesario disecar! No es con una pluma que se escribe en nuestra época, es con un bisturí. Cada acción en la vida real es el resultado de pensamientos fugitivos y sucesivos, que hay que enumerar con esmero para crear un ser vivo. Y qué más fácil que servirse del hipnotismo eléctrico, que desdobla al hombre y libera su personalidad. ¡Observe cómo vive usted, mi querido John Last! Imite a su compañero a quien he felicitado hace un momento. Hágase hipnotizar... ¿Cómo? ¿Usted ya lo hace, me dice...? ¡No lo suficiente, entonces, no lo suficiente! 
Habiendo dado esta breve lección, Francis Bennett continúa la inspección y penetra en la sala de reportajes. Sus mil quinientos reporteros, situados entonces ante sendos teléfonos, les comunicaban a los abonados las noticias del mundo entero recibidas durante la noche. La organización de este incomparable servicio se ha descripto a menudo. Además de su teléfono, cada reportero tiene ante sí una serie de conmutadores que permiten establecer la comunicación con tal o cual línea telefótica. Así los abonados no sólo reciben la narración, sino también las imágenes de los acontecimientos, obtenidas mediante la fotografía intensiva. 
Francis Bennett interpela a uno de los diez reporteros astronómicos, destinados a este servicio, que aumentará con los nuevos descubrimientos ocurridos en el mundo estelar.

–¿Y bien, Cash, que ha recibido? 
–Fototelegramas de Mercurio, de Venus y de Marte, señor. 
–¿Es interesante este último? 
–¡Sí! Una revolución en el Imperio Central, en provecho de los demócratas liberales contra los republicanos conservadores. 
–Como aquí, entonces. ¿Y de Júpiter? 
–¡Aún nada! No logramos entender las señales de los jovianos. Quizás... 
–¡Esto le concierne a usted y lo hago responsable, señor Cash! –respondió Francis Bennett, que muy disgustado se dirigió a la sala de redacción científica. 
Inclinados sobre sus calculadoras, treinta sabios se absorbían en ecuaciones de nonagésimo quinto grado. Algunos trabajaban incluso con fórmulas del infinito algebraico y del espacio de veinticuatro dimensiones como un escolar juega con las cuatro reglas de la aritmética. 
Francis Bennett cayó entre ellos como una bomba. 
–¿Y bien, señores, qué me dicen? ¿Aún ninguna respuesta de Júpiter? ¡Será siempre lo mismo! Veamos, Corley, hace veinte años que usted estudia este planeta, me parece... 
–¿Qué quiere usted, señor? –respondió el sabio interpelado–. Nuestra óptica aún deja mucho que desear e incluso con nuestros telescopios de tres kilómetros... 
–Ya lo oyó, Peer –interrumpió Francis Bennett, dirigiéndose al colega de Corley–, ¡la óptica deja mucho que desear...! ¡Es su especialidad, mi querido amigo! ¡Ponga más lentes, qué diablos! ¡Ponga más lentes! 
Luego regresó con Corley:

–Pero a falta de Júpiter, ¿al menos obtenemos resultados con respecto a la Luna...? 
–¡Tampoco, señor Bennett! 
–¡Ah! Esta vez no acusará a la óptica. La Luna está seiscientas veces más cerca que Marte, con el cual, no obstante, nuestro servicio de correspondencia está establecido con regularidad. No son los telescopios los que faltan... 
–No, los que faltan son los habitantes –respondió Corley con una fina sonrisa de sabio. 
–¿Se atreve a afirmar que la Luna está deshabitada? 
–Por lo menos, señor Bennett, en la cara que nos muestra. Quién sabe si del otro lado... 
–Bueno, Corley, hay un medio muy sencillo para cerciorarse de ello... 
–¿Cuál es? 
–¡Dar vuelta la Luna! 
Y aquel día los sabios de la fábrica Bennett comenzaron a proyectar los medios mecánicos que debían llevar a la rotación de nuestro satélite. 
Por lo demás Francis Bennett tenía motivos para estar satisfecho. Uno de los astrónomos del Earth Herald acababa de determinar los elementos del nuevo planeta Gandini. Es a mil seiscientos millones trescientos cuarenta y ocho mil doscientos ochenta y cuatro kilómetros y medio que este planeta describe su órbita alrededor del sol y para realizarla necesita doscientos setenta y dos años, ciento noventa y cuatro días, doce horas, cuarenta y tres minutos, nueve segundos y ocho décimas. 
Francis Bennett estaba encantado con esa precisión. 
–¡Bien! –exclamó–, apresúrese a informar al servicio de reportajes. Usted sabe con qué pasión sigue el público estas cuestiones astronómicas. Quiero que la noticia aparezca en el número de hoy.

Antes de abandonar la sala de reporteros, Francis Bennett se acercó al grupo especial de entrevistadores y, dirigiéndose al que estaba encargado de los personajes célebres, preguntó: 
–¿Ha entrevistado al presidente Wilcox? 
–Sí, señor Bennett, y publico en la columna de informaciones que sin duda alguna sufre de una dilatación del estómago y que debe someterse a lavados tubulares de los más concienzudos. 
–Perfecto. ¿Y este asunto del asesino Chapmann? ¿Ha entrevistado a los jurados que deben presidir la audiencia? 
–Sí, y están todos tan de acuerdo en la culpabilidad que el caso ni siquiera será expuesto ante ellos. El acusado será ejecutado antes de haber sido condenado... 
–¿Ejecutado... eléctricamente? 
–Eléctricamente, señor Bennett, y sin dolor... se supone, pues aún no se ha dilucidado este detalle. 
La sala contigua, vasta galería de medio kilómetro de largo, estaba consagrada a la publicidad y fácilmente se imagina lo que debe ser la publicidad de un periódico como el Earth Herald. Producía un promedio de tres millones de dólares al día. Gracias a un ingenioso sistema, una parte de esta publicidad se difundía en una forma absolutamente novedosa, debida a una patente comprada al precio de tres dólares a un pobre diablo que está muerto de hambre. Consiste en inmensos carteles, que reflejan las nubes, y cuya dimensión es tal que se los puede percibir desde toda una comarca.

En esa galería, mil proyectores se ocupaban sin cesar de enviar esos anuncios desmesurados a las nubes, que los reproducían en colores. 
Pero, aquel día, cuando Francis Bennett entró en la sala de publicidad, vio que los mecánicos estaban de brazos cruzados cerca de los proyectores inactivos. Se informa... Por toda respuesta, le muestran el cielo de un azul puro. 
–¡Sí! ¡Buen tiempo –murmura– y la publicidad aérea no es posible! ¿Qué hacer? ¡Si no se tratase más que de lluvia, podríamos producirla! ¡Pero no es lluvia, sino nubes lo que necesitamos! 
–Sí... hermosas nubes muy blancas –respondió el mecánico jefe. 
–Bueno, señor Samuel Mark, se dirigirá usted a la redacción científica, servicio meteorológico. Les dirá de mi parte que se pongan a trabajar en el asunto de las nubes artificiales. Verdaderamente no podemos quedarnos así, a merced del buen tiempo. 
Tras haber acabado la inspección de las diversas divisiones del periódico, Francis Bennett pasó al salón de recepción donde lo esperaban los embajadores y ministros plenipotenciarios, acreditados ante el gobierno americano. Estos caballeros venían a buscar los consejos del todopoderoso director. En el momento en que Francis Bennett entraba en el salón, estaban discutiendo con cierta animación. 
–Que su Excelencia me perdone –decía el embajador de Francia al embajador de Rusia–, pero para mí no hay nada que cambiar en el mapa de Europa. El Norte para los eslavos, ¡sea! ¡Pero el Sur para los latinos! Nuestra frontera común del Rin me parece excelente. Por otra parte, sépalo bien, mi gobierno resistirá cualquier maniobra que se haga contra nuestras prefecturas de Roma, Madrid y Viena.

–¡Bien dicho! –dijo Francis Bennett, interviniendo en el debate–. ¿Acaso, señor embajador de Rusia, no está satisfecho con su vasto imperio, que desde las orillas del Rin se extiende hasta las fronteras de China, un imperio cuyo inmenso litoral bañan el océano Glacial, el Atlántico, el mar Negro, el Bósforo y el océano Índico? Además, ¿para qué las amenazas? ¿Es posible la guerra con las invenciones modernas, esos obuses asfixiantes que se envían a cientos de kilómetros, esas centellas eléctricas, de veinte leguas de largo, que pueden aniquilar de un solo golpe un ejército entero, esos proyectiles que se cargan con microbios de la peste, del cólera, de la fiebre amarilla y que destruirían toda una nación en algunas horas? 
–Ya lo sabemos, señor Bennett –respondió el embajador de Rusia–. Pero ¿podemos hacer lo que queremos? Empujados nosotros mismos por los chinos en nuestra frontera oriental, debemos intentar, cueste lo que costare, alguna acción hacia el Oeste... 
–No es lo correcto, señor –replicó Francis Bennett con un tono protector–. ¡Bueno, como la proliferación china es un peligro para el mundo, presionaremos sobre los Hijos del Cielo. Tendrá que imponerles a sus súbditos un máximo de natalidad que no podrán superar bajo pena de muerte. Esto compensará las cosas. 
–Señor cónsul–dijo el director del Earth Herald, dirigiéndose al representante de Inglaterra–, ¿qué puedo hacer por usted? 
–Mucho, señor Bennett –respondió este personaje inclinándose con humildad–. Basta que su periódico consienta iniciar una campaña en nuestro favor...

–¿Y con qué propósito? 
–Simplemente para protestar contra la anexión de Gran Bretaña por los Estados Unidos. 
–¡Simplemente! –exclamó Francis Bennett encogiéndose de hombros–. ¡Una anexión de ciento cincuenta años de antigüedad! ¿Pero los señores ingleses no se resignarán jamás a que, por un justo vuelco del destino, su país se haya convertido en colonia americana? Es pura locura. Cómo es posible que su gobierno haya creído que yo iniciaría esta campaña antipatriótica... 
–Señor Bennett, la doctrina de Munro [sic] es toda América para los americanos, usted lo sabe, nada más que América, y no... 
–Pero Inglaterra es sólo una de nuestras colonias, señor, una de las mejores, convengo en eso, y no cuente con que consintamos en devolverla. 
–¿Se rehusa usted? 
–¡Me rehuso, y si insiste, provocaremos un casus belli nada más que con la entrevista de uno de nuestros reporteros! 
–¡Entonces es el fin! –murmuró abatido el cónsul–. ¡El Reino Unido, Canadá y Nueva Bretaña son de los americanos, las Indias de los rusos, Australia y Nueva Zelanda son de ellas mismas! De todo lo que una vez fue Inglaterra, ¿qué nos queda? ¡Nada! 
–¡Nada no, señor! –respondió Francis Bennett–. ¡Les queda Gibraltar! 
Dieron las doce en ese momento. El director del Earth Herald terminó la audiencia con un ademán, abandonó el salón, se sentó en un sillón de ruedas y llegó en pocos minutos a su comedor, situado a un kilómetro de allí, en el extremo de su mansión. 
La mesa está servida. Francis Bennett ocupa su lugar. Al alcance de su mano está dispuesta una serie de grifos y, ante él, se redondea el cristal de un fonotelefoto, sobre el cual aparece el comedor de su mansión de París. A pesar de la diferencia horaria, el señor y la señora Bennett convienen en tener sus comidas al mismo tiempo. Nada más encantador que almorzar así, frente a frente, a mil leguas de distancia, viéndose y hablándose por medio de aparatos fonotelefóticos. 
Pero en este momento la sala en París está vacía. 
–Edith estará retrasada –se dice Francis Bennett–. ¡Oh, la puntualidad de las mujeres! Progresa todo, menos eso...

Y haciéndose esta muy justa reflexión, abre uno de los grifos. 
Como todas las personas acomodadas de nuestra época, Francis Bennett, renunciando a la cocina doméstica, es uno de los abonados a la Gran Sociedad de Alimentación a Domicilio. Esta sociedad distribuye mediante una red de tubos neumáticos manjares de toda clase. Este sistema es costoso, sin duda, pero la cocina es mejor y tiene la ventaja de suprimir la exasperante raza de los cocineros de ambos sexos. 
Así que Francis Bennett almuerzó solo, no sin pesar, y estaba terminando su café cuando Mrs. Bennett, que volvía a su residencia, apareció en el cristal del telefoto. 
–¿Y de dónde vienes, mi querida Edith? –preguntó Francis Bennett. 
–¡Vaya! –respondió Mrs. Bennett–. ¿Ya has terminado? ¿He llegado tarde...? ¿Que de dónde vengo...? ¡De mi sombrerero...! ¡Este año hay unos sombreros fascinantes! ¡Es más, ya no son sombreros siquiera... son domos, son cúpulas! Estaré un poco olvidadiza... 
–Un poco, querida, puedes ver que ya he terminado mi almuerzo... 
–Bueno, ve, querido mío, ve a tus ocupaciones –respondió Mrs. Bennett–. Aún tengo que hacerle una visita a mi modista–modelador. 
Este modista era nada menos que el célebre Wormspire, aquel que tan acertadamente proclamó el principio: "La mujer no es más que una cuestión de formas". 
Francis Bennett besó la mejilla de Mrs. Bennett sobre el cristal del telefoto y se dirigió a la ventana, donde esperaba su aerocoche.
–¿Adónde va, señor? –preguntó el aerocochero. 
–Veamos; tengo tiempo –respondió Francis Bennett–. Condúzcame a mis fábricas de acumuladores del Niágara.

El aerocoche, admirable máquina, basada en el principio de lo más pesado que el aire, se lanzó a través del espacio con una velocidad de seiscientos kilómetros por hora. Bajo sus pies desfilaban las ciudades y sus aceras móviles que transportaban a los peatones a lo largo de las calles, los campos recubiertos de una inmensa telaraña, la red de hilos eléctricos. 
En media hora Francis Bennett había llegado a su fábrica del Niágara, en la cual, después de haber utilizado la fuerza de las cataratas para producir energía, la vende o la alquila a los consumidores. Luego de finalizar su visita, volvió por Filadelfia, Boston y Nueva York a Universal City, donde su aerocoche lo dejó a las cinco de la tarde. 
Había una muchedumbre en la sala de espera del Earth Herald. Acechaban el regreso de Francis Bennett para la audiencia diaria que concedía a los solicitantes. Eran inventores que mendigaban fondos, empresarios que proponían negocios, todos dignos de ser atendidos. Tras escuchar las diferentes propuestas, había que elegir, rechazar las malas, examinar las dudosas, aceptar las buenas. 
Francis Bennett despachó rápidamente a los que no aportaban más que ideas inútiles o impracticables. ¿No pretendía uno de ellos hacer revivir la pintura, un arte tan pasado de moda que el Ángelus de Millet se acababa de vender en quince francos, y esto gracias al progreso de la fotografía en color, inventada a fines del siglo XIX por el japonés Aruziswa–Riochi–Nichrome–Sanjukamboz–Kio–Baski–Kû, nombre que se ha vuelto popular con tanta facilidad? ¿No había encontrado otro el bacilo primigenio, que debía hacer al hombre inmortal tras ser introducido en el organismo humano bajo la forma de un caldo bacteriano? ¿No acababa de descubrir éste, un químico práctico, un nuevo cuerpo simple, el nihilio, cuyo kilogramo costaba tres millones de dólares? ¿No afirmaba aquél, un osado médico, que si la gente moría aún, al menos moría curada? ¿Y este otro, aun más audaz, no pretendía poseer un remedio específico contra el catarro...? 
Todos estos soñadores fueron despedidos prontamente. 
Algunos otros recibieron mejor acogida y primeramente un joven, cuya amplia frente anunciaba una profunda inteligencia.

–Señor –dijo–, si antiguamente se calculaban en setenta y cinco los cuerpos simples, este número se ha reducido actualmente a tres, ¿sabe usted? 
–Perfectamente –respondió Francis Bennett. 
–Bien, señor, estoy a punto de reducir estos tres a uno solo. Si no me falta el dinero, en algunas semanas lo habré logrado. 
–¿Y entonces? 
–Entonces, señor, lisa y llanamente habré determinado lo absoluto. 
–¿Y la consecuencia de este descubrimiento? 
–Será la creación sencilla de cualquier materia, piedra, madera, metal, fibrina... 
–¿Entonces pretendería usted llegar a fabricar una criatura humana...? 
–Absolutamente... Sólo le faltará el alma... 
–¡Cómo no! –respondió irónicamente Francis Bennett, que, sin embargo, incorporó al joven químico a la redacción científica del periódico... 
Un segundo inventor, basándose en viejas experiencias que databan del siglo XIX y desde entonces repetidas muchas veces, tenía la idea de desplazar toda una ciudad en un solo bloque. Se trataba concretamente de la ciudad de Staaf, situada a unas quince millas del mar, la cual se transformaría en estación balnearia, tras haber sido llevada sobre rieles hasta el litoral. De donde resultaría un enorme beneficio para los terrenos edificados y por edificar. 
Francis Bennett, seducido por este proyecto, consintió en ir a medias en el negocio. 
–Sabe, señor –le dijo un tercer postulante–, que, gracias a nuestros acumuladores y transformadores solares y terrestres, hemos logrado uniformar las estaciones. Transformamos en calor una parte de la energía de que disponemos y enviamos este calor a las regiones polares, donde fundirá los hielos... 
–Déjeme sus planos –respondió Francis Bennett– y vuelva en una semana. 
Por fin, un cuarto sabio llevaba la noticia de que una de las cuestiones que apasionaban al mundo entero iba ser resuelta esa misma noche. 
Se sabe que un siglo atrás una temeraria experiencia había atraído la atención pública sobre el doctor Nathaniel Faithburn. Partidario convencido de la hibernación humana, es decir, de la posibilidad de suspender las funciones vitales y posteriormente hacerlas renacer luego de cierto tiempo, se había decidido a experimentar sobre sí mismo la excelencia del método. Después de haber indicado mediante testamento ológrafo las maniobras adecuadas para volverlo paulatinamente a la vida dentro de cien años, fue sometido a un frío de 172 grados; reducido entonces al estado de momia, el doctor Faithburn fue encerrado en una cripta por el periodo convenido.

Ahora bien, era precisamente ese día, 25 de julio de 2890, cuando el plazo expiraba. Vinieron a proponerle a Francis Bennett que la resurrección esperada con tanta impaciencia se celebrase en una de las salas del Earth Herald. De este modo el público podría estar al tanto de la situación segundo a segundo. 
La propuesta fue aceptada y como la operación no debía realizarse hasta las nueve de la noche, Francis Bennett se tendió en una reposera en la sala de audición. Luego, girando una perilla, se puso en comunicación con el Central Concert. 
¡Después de una jornada tan ocupada, qué delicia encontró en las obras de los mejores músicos de la época, basadas en una sucesión de sabias fórmulas armónico–algébricas! 
La oscuridad envolvía la sala y Francis Bennett, entregado a un sueño semiextático, ni siquiera se daba cuenta. Pero de pronto se abrió una puerta. 
–¿Quién es? –dijo, girando un conmutador colocado bajo su mano. 
Inmediatamente, por una sacudida eléctrica producida en el éter, el aire se volvió luminoso. 
–¡Ah! ¿Es usted, doctor? –dijo Francis Bennett. 
–Soy yo –respondió el doctor Sam, quien venía a hacer su visita diaria... del abono anual–. ¿Cómo se encuentra? 
–Bien. 
–Tanto mejor... Veamos su lengua. 
Y la observó bajo el microscopio. 
–Bien... ¿Y su pulso? 
Lo tomó con un sismógrafo, muy parecido a los que registran las vibraciones del suelo. 
–¡Excelente! ¿Y el apetito? 
–¡Este...!

–¡Sí, el estómago! ¡No anda muy bien! ¡El estómago ha envejecido! ¡Pero la cirugía ha progresado mucho! ¡Será necesario hacerle colocar uno nuevo! Usted sabe, tenemos estómagos de repuesto, con garantía de dos años... 
–Ya veremos –respondió Francis Bennett–. Mientras esperamos, doctor, acompáñeme a cenar. 
Durante la comida, la comunicación fonotelefótica fue establecida con París. Esta vez, Edith Bennett estaba sentada a la mesa y la cena, entremezclada con los chistes del doctor Sam, fue fascinante. Luego, apenas terminaron: 
–¿Cuándo calculas regresar a Universal City, mi querida Edith? –preguntó Francis Bennett. 
–Voy a partir al instante. 
–¿Por el tubo o el aerotren? 
–Por el tubo. 
–¿Entonces estarás aquí...? 
–A las once y cincuenta y nueve de la noche. 
–¿Hora de París? 
–¡No, no! Hora de Universal City. 
–Hasta pronto, entonces, y, sobre todo, no pierdas el tubo. 
Estos tubos submarinos, por los cuales se venía de Europa en 295 minutos, eran preferibles a los aerotrenes, que sólo iban a 1.000 kilómetros por hora. 
El doctor se retiró, después de haber prometido regresar para asistir a la resurrección de su colega Nathaniel Faithburn, y Francis Bennett, queriendo determinar las cuentas del día, entró a su despacho. Enorme operación, cuando se trata de una empresa cuyos gastos diarios alcanzan los 1.500 dólares. Afortunadamente, el progreso de la mecánica moderna facilita notablemente este tipo de trabajo. Con ayuda del piano–calculador eléctrico, Francis Bennett acabó su tarea en veinticinco minutos. 
Ya era hora. Apenas hubo golpeado la última tecla en el aparato totalizador, su presencia fue reclamada en la sala de experimentación. De inmediato se dirigió a ella y fue recibido por un numeroso cortejo de sabios, quienes se hallaban junto al doctor Sam. 
Allí está el cuerpo de Nathaniel Faithburn, en su ataúd, que se halla colocado sobre caballetes en medio de la sala. 
Se activa el telefoto y el mundo entero va a poder seguir las diversas fases de la operación. 
Se abre el féretro... Se saca a Nathaniel Faithburn... Todavía parece una momia, amarillo, duro, seco. Suena como la madera... Se lo somete al calor... a la electricidad... Ningún resultado... Se lo hipnotiza... Se lo sugestiona... Nada puede vencer este estado ultracataléptico... 
–¿Y bien, doctor Sam? –pregunta Francis Bennett. 
El doctor Sam se inclina sobre el cuerpo, lo examina con la mayor atención... Le introduce por medio de una inyección hipodérmica algunas gotas del famoso elixir Brown–Séquard, que aún está de moda... La momia está más momificada que nunca. 
–Bien –responde el doctor Sam–, creo que la hibernación se ha prolongado en demasía... 
–¿Y entonces? 
–Entonces, Nathaniel Faithburn está muerto. 
–¿Muerto?

–¡Tan muerto como se lo puede estar! 
–¿Puede decir desde cuándo? 
–¿Desde cuándo? –respondió el doctor Sam–. Desde el momento en que ha tenido la nefasta idea de hacerse congelar por amor a la ciencia... 
–¡Vamos –dijo Francis Bennett–, he aquí un método que necesita ser perfeccionado! 
–Perfeccionado es la palabra –respondió el doctor Sam, mientras la comisión científica de hibernación se llevaba su fúnebre paquete. 
Francis Bennett, seguido por el doctor Sam, volvió a su habitación y, como parecía muy fatigado después de una jornada tan atareada, el médico le aconsejó tomar un baño antes de acostarse. 
–Tiene razón, doctor... Así me repondré... 
–Completamente, señor Bennett, y si lo desea, voy a ordenar al salir... 
–No es necesario, doctor. Hay siempre un baño preparado en la mansión y ni siquiera tengo que molestarme en ir a tomarlo fuera de mi habitación. Mire, con sólo tocar este botón, la bañera va a ponerse en movimiento y la verá presentarse ella sola con el agua a la temperatura de treinta y siete grados. 
Francis Bennett acababa de presionar el botón. Un ruido sordo brotaba, crecía, se intensificaba... Luego, se abrió una de las puertas y apareció la bañera, deslizándose eléctricamente sobre sus rieles. 
¡Cielos! Mientras el doctor Sam se cubre la cara, unos grititos de pudor y espanto se escapan de la bañera... 
Habiendo llegado hacía media hora a la mansión por el tubo transoceánico, Mrs. Bennett estaba dentro... 
El día siguiente, 26 de julio de 2890, el director del Earth Herald volvía a comenzar su ronda de veinte kilómetros a través de sus oficinas y a la noche, cuando operó su totalizador, estimó los beneficios de aquella jornada en doscientos cincuenta mil dólares: cincuenta mil más que la víspera. 
¡Qué buena ocupación, la de periodista a fines del siglo veintinueve!

VI 
EL ETERNO ADÁN 
 

El zartog Sofr-Ai-Sr (es decir el doctor, tercer representante masculino de la centésima primera generación de la estirpe de los Sofr), caminaba despacio por la calle principal de Basidra, capital de Mahart-Iten-Schu (llamado también «El Imperio de los Cuatro Mares»). Efectivamente, cuatro mares, el Tubelone o Septentrional, el Ebone o Austral, el Spone u Oriental, y el Mérone u Occidental, limitaban esta región enorme, de forma muy irregular cuyos puntos, cuyos puntos extremos (contando según las medidas que el lector conoce) llegaban al cuarto grado de longitud Este y el grado cincuenta y dos de longitud Oeste, y al grado cincuenta y cuatro Norte y el grado cincuenta y cinco Sur de latitud. En cuanto a la extensión respectiva de dichos mares, ¿cómo calcularla, siquiera de manera aproximada, si todos se entremezclaban, y un navegante que partiera de cualquiera de sus costas y siempre avanzara, llegaría necesariamente a la costa diametralmente opuesta? Porque en toda la superficie del globo no existía ninguna otra tierra que la de Mahart-Iten-Schu. 
Sofr caminaba lentamente, en primer lugar porque hacía mucho calor; comenzaba la estación ardiente, y sobre Basidra, ubicada a orillas del Spone-Schu, o más oriental, a menos de veinte grados al Norte de Ecuador, una tremenda catarata de rayos caía del Sol, cercano al cenit en ese momento. 
Pero más aún que el cansancio o el calor, era el peso de sus pensamientos lo que volvía zozobrante el andar de Sofr, el sabio zartog. Enjugándose la frente con mano distraída, evocó la sesión que acababa de terminar, donde tantos oradores elocuentes, entre los que se encontraba con orgullo, habían celebrado esplendorosamente los ciento noventa y cinco años del imperio.

Algunos habían delineado toda su historia, es decir, la de la humanidad entera. Habían mostrado a Mahart-Iten-Schu, la Tierra de los Cuatro Mares, dividida originariamente en una inmensa cantidad de poblaciones salvajes que se ignoraban entre sí. Las tradiciones más antiguas se remontaban a esas poblaciones. En cuanto a los acontecimientos anteriores, nadie los conocía, y las ciencias naturales apenas empezaban a vislumbrar un tenue resplandor en medio de las impenetrables tinieblas del pasado. En todo caso, aquéllas edades remotas escapaban a la crítica histórica cuyos primeros rudimentos estaban compuestos por nociones vagas, todas referidas a las antiguas poblaciones dispersas. 
Por más de ocho mil años, la historia cada vez más completa y exacta de Mahart-Iten-Schu narraba solamente combates y guerras, al principio entre individuos, luego entre familias, y por último entre tribus, ya que cada ser viviente, cada comunidad grande o pequeña, tenía como único objetivo, a través de los siglos, asegurar su supremacía sobre sus enemigos, y se había esforzado, con distinta suerte, por someterlos a sus leyes. 
A partir de esos ocho mil años, los recuerdos de los hombres se fueron precisando poco a poco. Al principio del segundo de los cuatro períodos en que se dividían comúnmente los anales de Mahart-Iten-Schu, la leyenda comenzaba a merecer con creciente justicia el calificativo de historia. Además, ya fuera historia o leyenda, la materia de los relatos casi no variaba. Siempre eran masacres o matanza, no ya entre tribus, por cierto, si no entre pueblos, a tal punto que este segundo período no era, después de todo, muy diferente del primero. 
Y lo mismo, sucedía con el tercero, que había concluido hacía apenas doscientos años, luego de una duración aproximada de seis siglos. Tal vez esta tercera época haya sido más atroz todavía, pues durante la misma, agrupados en ejércitos innumerables, los hombres habían regado la tierra con su sangre con insaciable furor.

En efecto, poco menos de ocho siglos antes del momento en que el zartog Sofr caminaba por la calle principal de Basidra, la humanidad se hallaba preparada para enormes convulsiones. En ese momento, las armas, el fuego, y la violencia ya habían llevado a cabo parte de su obra necesaria, pues los débiles habían sucumbido antes los fuertes y los hombres que poblaban Mahart-Iten-Schu conformaban tres naciones homogéneas, en cada una de las cuales el tiempo había ido atenuando las diferencias entre los vencedores y los vencidos de antaño. Fue entonces cuando una de estas naciones emprendió el sometimiento de sus vecinas. Situados en el centro de Mahart-Iten-Schu, los Andart’-Ha-Sammgor (Hombres-De-Cara-De-Bronce) pelearon sin piedad para ampliar sus fronteras, dentro de la que se sofocaba su raza ardorosa y prolífica. Unos tras otros, a costa de guerras seculares, vencieron a los Andart’-Mahart-Horis (Hombres-Del-País-De-La-Nieve), pobladores de las regiones del Sur, y a los Andart’-Mitra-Psul (Hombres-De-La-Estrella-Inmóvil), cuyo imperio se encontraba al Norte y al Oeste. 
Habían pasado cerca de doscientos años desde que la última insurrección de estos dos pueblos habían sido sofocadas en torrentes de sangre, y la Tierra conocía al fin una historia de paz. Era el cuarto período de la historia. Un imperio único reemplaza ahora a las tres naciones antiguas, todos obedecían la ley de Basidra y la unión política tendía a fusionar las razas. Ya nadie hablaba de los Hombres-Del-País-De-La-Nieve ni de los Hombres-De-La-Estrella-Inmóvil y la tierra era sólo pisada por un único pueblo: los Andart’-Iten-Schu (Hombre-De-Los-Cuatro-Mares), que reunía en su seno a todos los demás.

Pero transcurridos esos doscientos años de paz, parecía anunciarse un quinto período. Desde hacía algún tiempo circulaban rumores inquietantes, venidos de quién sabe donde. Habían aparecido pensadores, para despertar en las almas recuerdos ancestrales que se creían perdidos para siempre. El antiguo sentimiento racial renacía bajo un aspecto diferente, caracterizado por palabras nuevas. Se hablaba comúnmente de «atavismo», de «afinidades», de «nacionalidades», etc. Todos vocablos de reciente creación, que —por responder a una necesidad— habían adquirido al instante, derecho de ciudadanía. Siguiendo los factores comunes de origen, de aspecto físico, de tendencias morales, o simplemente de región o clima, aparecieron grupos que fueron creciendo poco a poco y ya empezaban a agitarse. ¿En qué terminaría esa evolución naciente? ¿Se disgregaría el Imperio apenas formado? ¿Mahart-Iten-Schu se vería dividido como antes? En una gran cantidad de naciones dispares, o al menos, para mantener su unidad, habría que recurrir nuevamente a las horribles hecatombes que, durante tantos milenios, habían convertido la tierra en un osario. 
Sofr ahuyentó tales pensamientos con un movimiento de cabeza. Ni él ni nadie conocían el porvenir. ¿Por qué entristecerse de antemano ante hechos inciertos? Además, no era el indicado para meditar en esas hipótesis funestas. Era una jornada festiva y había que pensar únicamente en la majestuosa grandeza de Mogar-Si, el duodécimo emperador de Mahart-Iten-Schu, cuyo cetro guiaba el universo hacia su destino glorioso. 
Por otra parte, no faltaban motivos de regocijo para un zartog. Aparte del historiador que había trazado los esplendores de Mahart-Iten-Schu, una legión de sabios, en ocasión del grandioso aniversario, establecieron, —cada uno en su especialidad—, el balance del conocimiento humano indicando el punto al que había arribado la humanidad con su esfuerzo secular.

Ahora bien, si el primero había sugerido, con cierta mesura, algunas tristes consideraciones, al contar por medio de qué camino lento y tortuoso la humanidad había logrado librarse de su bestialidad original, los demás habían alimentado el orgullo legítimo de su público. 
Sí; ciertamente la comparación entre lo que el hombre había sido, desnudo y desarmado sobre la tierra, y lo que era en ese momento, estimulaba la admiración. Durante siglos, a pesar de sus discordias y odios fraticidas, no había interrumpido la lucha contra la naturaleza ni un instante, aumentando sin cesar el alcance de su victoria. Lentamente en un comienzo, su marcha triunfal se había acelerado de modo sorprendente desde hacía doscientos años, ya que la estabilidad de las instituciones políticas y la paz universal que surgía de ellas habían provocado un fantástico progreso en la ciencia. La humanidad había vivido para el cerebro y no sólo para sus miembros, en vez de consumirse en guerras insensatas; y, por eso en el transcurso de los dos últimos siglos había avanzado con paso cada vez más veloz hacia el conocimiento y la domesticación de la materia. 
Sofr, mientras seguía caminando por la larga calle de Basidra bajo el Sol ardiente, esbozaba en su espíritu el panorama de las conquistas del hombre.

En primer lugar, —era algo que se desvanecía en la noche de los tiempos—, había imaginado la escritura con el fin de fijar el pensamiento; después —el invento se remontaba a más de quinientos años atrás—, había descubierto la manera de difundir la palabra es una cantidad casi infinita de ejemplares, mediante un molde único. En realidad, de este hallazgo derivaban todos los demás. Gracias a él, los cerebros se habían puesto en actividad, la inteligencia de cada uno se había visto acrecentada por la del prójimo, y los descubrimientos de orden teórico y práctico se habían multiplicado vertiginosamente, al punto de que era imposible contarlos. 
El hombre había socavado las entrañas de la Tierra y extraía de allí el calor mineral o hulla, generoso proveedor de calor; había liberado las fuerzas latentes del agua, y a partir de entonces el vapor arrastraba pesados convoyes sobre larguísimas tiras de hierro o activaban un sinnúmero de máquinas poderosas, delicadas y precisas. Gracias a tales máquinas, tejían las fibras vegetales y trabajaban a gusto los metales, el mármol y la roca. 
En un dominio menos concreto o al menos de aprovechamiento menos directo o inmediato, fue penetrando gradualmente el misterio de los números, y recorrió —acercándose cada vez más al infinito— las verdades matemáticas. Gracias a ellas, su pensamiento había explorado el cielo.

Sabía que el Sol era simplemente una estrella que gravitaba a través del espacio según leyes rigurosas, arrastrando consigo a los siete planetas (por lo tanto los Andart’-Iten-Schu ignoraban a Neptuno {nota del autor}. Y también a Plutón, descubierto en 1930, veinticinco años después de la muerte de Verne {nota del traductor}) de su cortejo en una órbita de fuego. Conocía tanto el arte tanto de combinar ciertos cuerpos brutos de modo tal que formaban cuerpos nuevos que no guardaran ninguna relación con los primeros, como el dividir otros cuerpos en sus elementos constitutivos y primordiales. Sometía el análisis del sonido, la luz, el calor, y empezaba a definir su naturaleza y sus leyes. Cincuenta años antes había aprendido a producir esa fuerza de la cual el rayo y los relámpagos son la manifestación más aterradora, y pronto había logrado convertirla en su esclava; este agente misterioso ya transmitía a distancias inconcebibles el pensamiento escrito; mañana transmitiría el sonido; pasado mañana, qué duda cabe, la luz (resulta evidente que los Andart’-Iten-Schu conocían el telégrafo, pero aún ignoraban el teléfono y la luz eléctrica en el momento en que zartog Sofr se entregaba a sus reflexiones ). Sí, el hombre era grandioso, más que el gigantesco universo, al que en un día no muy lejano dominaría como amo y señor… 
Entonces, para obtener la verdad integral, quedaría por resolver éste último problema: ese hombre, dueño del mundo, ¿quién era? ¿de dónde venía? ¿hacia qué fines desconocidos tendía su esfuerzo inagotable? 
Precisamente, el zartog había tratado este vasto tema durante la ceremonia de la que acababa de salir. En realidad, no había hecho más que probarlos, porque semejante problema era insoluble en ese momento y sin duda lo seguiría siendo por mucho más tiempo. Sin embargo, algunos resplandores indefinidos comenzaban a iluminar el misterio. ¿No era el zartog Sofr, acaso, quien había lanzado los resplandores más potentes, cuando interpretando sistemáticamente las pacientes observaciones de sus predecesores y sus propias notas personales, había arribado a su ley de la evolución de la materia viva, ley admitida ahora universalmente y que no encontraba un solo detractor?

Esta teoría se sostenía en una base triple.

En primer término, sobre la ciencia geológica que, nacida el día mismo en que se excavaron las entrañas del suelo por primera vez, se había ido perfeccionando en relación con el desarrollo de las exploraciones mineras. La corteza del globo se conocía con tal exactitud que se atrevían establecer su edad en cuatrocientos mil años, y la de Mahart-Iten-Schu en veinte mil años, tal como existía en ese momento. Antes, el continente yacía dormido bajo las aguas del mar, como lo testimoniaba la densa capa de limo marítima que cubría, sin interrupción, las capas de roca subyacentes. ¿Mediante qué mecanismo había brotado de debajo de las olas? Evidentemente, luego de una contracción del globo al enfriarse. Fuera como fuese en tal sentido, el surgimiento de Mahart-Iten-Schu debía ser considerado como seguro. 
Las ciencias naturales le habían brindado a Sofr los otros dos cimientos de su sistema, al demostrar el estrecho parentesco de las plantas entre sí, y de los animales entre sí. Sofr había ido más lejos aún: había probado hasta la evidencia de que la mayoría de los vegetales existentes se relacionan con una planta marítima que era su ancestro, y que prácticamente todos los animales terrestres o aéreos derivaron de animales marítimos. Mediante una evolución lenta pero incesante, éstos se habían ido adaptando poco a poco a condiciones de vida, al principio cercanas y luego más alejadas de las que caracterizaron su vida primitiva y, de etapa en etapa, habían dado a luz a la mayor parte de las formas vivientes que habitaban la tierra y el cielo.

Lamentablemente, esta ingeniosa teoría no era inobjetable. Que los seres vivos del reino animal o vegetal descendían de antepasados marítimos era algo que parecía indiscutible para la mayoría, pero no para todos. En efecto, existían algunas plantas y animales que parecían imposibles de relacionar con formas acuáticas. Ese era uno de los puntos débiles del sistema. 
El hombre era el otro punto débil. Y Sofr no lo ocultaba. Entre el hombre y los animales no era posible ninguna proximidad. Por supuesto, las funciones y las propiedades primordiales, como la respiración, la alimentación y la motricidad eran idénticas y se cumplían o se manifestaban de manera semejante a la sensibilidad, pero subsistía un abismo infranqueable entre las formas externas, la cantidad y la disposición de los órganos. Si era posible relacionar a la gran mayoría de los animales con antepasados salidos del mar, por medio de una cadena a la que le faltaban pocos eslabones, tal filiación resultaba inadmisible en lo concerniente al hombre. Para conservar la teoría intacta de la evolución, era necesario imaginar gratuitamente la hipótesis de un tronco común entre los habitantes de las aguas y el hombre, tronco cuya existencia jamás se había demostrado de ninguna manera. 
En algún momento, Sofr había esperado encontrar en el suelo, argumentos que favorecieran sus referencias. Durante muchos años se habían realizado excavaciones impulsadas y dirigidas por él, pero para arribar a resultados diametralmente opuestos de los que deseaba. 
Después de traspasar una delgada película de humus formado por la composición de plantas y animales análogos o semejantes, a los que se veían diariamente, llegaron a la espesa capa de limo, en donde los restos del pasado habían cambiado de naturaleza. En este limo, ya no quedaban huellas de la flora y la fauna existentes, sino un acumulamiento colosal de fósiles exclusivamente marinos cuyos congéneres aún vivían frecuentemente en los océanos que rodeaban a Mahart-Iten-Schu.

¿Qué conclusión podía sacarse, sino que los geólogos tenían razón al afirmar que el continente había servido de fondo a esos mismos océanos en tiempos remotos, y que Sofr tampoco se equivocaba al dar por sentado el origen marítimo de la fauna y la flora contemporáneas? Pues —salvo excepciones tan escasas que uno hubiera podido considerarlas monstruosidades—, como las formas acuáticas y las formas terrestres eran las únicas cuyas huellas se encontraban, éstas habían sido engendradas necesariamente por aquéllas. 
Por desgracia para la generalización del sistema, se vieron más descubrimientos todavía. Diseminadas en todo el espeso campo de humus, y hasta en la zona más superficial del depósito de limo, salieron a la luz innumerables osamentas humanas. No había nada fuera de lo común en la estructura de estos fragmentos de esqueleto, y Sofr se vio obligado a renunciar a exigirles los organismos intermediarios cuya existencia hubiera corroborado su teoría: eran, ni más ni menos, osamentas de hombres. 
Sin embargo, no quedó mucho tiempo en quedar demostrada una particularidad bastante llamativa. Hasta determinada antigüedad -que podía calcularse groseramente en dos o tres mil años-, cuanto más antiguo era el osario, más pequeño era el tamaño de los cráneos. Contrariamente, más allá de ese período, la progresión se invertía, y, de ahí en adelante, cuanto más se retrocedía en el pasado, más aumentaba la capacidad de los cráneos y, por ende, la magnitud de los cerebros que habían albergado. El máximo fue encontrado justamente entre los restos, en verdad muy escasos, descubiertos en la superficie de la capa de limo. La observación minuciosa de estos venerables vestigios no permitía dudar que el hombre en aquellos tiempos remotos hubiera alcanzado un desarrollo cerebral muy superior al de sus sucesores (incluidos los propios contemporáneos del zartog Sofr). Esto indicaba que, durante ciento sesenta siglos o ciento setenta siglos, había ocurrido una regresión ostensible, seguida de una nueva ascensión. 
Sofr, sorprendido por estos hechos inesperados, continuó con sus investigaciones.

La capa de limo fue atravesada de lado a lado sobre un espesor que, según las más discretas conjeturas, habría requerido por lo menos quince o veinte mil años de acumulación. Más allá, se encontraron leves restos de una antigua capa de humus. Luego, debajo de este humus, apareció la roca de naturaleza diversa según el sitio de las investigaciones. Pero lo que llevó el asombro a su punto culminante, fue el hecho de recoger restos de indudable origen indudablemente humano, extraídos a esas misteriosas profundidades. Eran partes de esqueletos y fragmentos de armas o de máquinas, pedazos de vasijas, estelas, con inscripciones en un lenguaje desconocido, duras piedras talladas delicadamente, algunas veces esculpidas como estatuas casi perfectas, capiteles finamente trabajados, etc., etc. Todos estos hallazgos llevaron a inferir que alrededor de cuarenta mil años antes —o sea, veinte mil antes del momento en que habían surgido los primeros habitantes de la raza contemporánea, no se sabía cómo ni de dónde—, el hombre ya había vivido en esos mismos lugares y había alcanzado un grado muy avanzado de civilización. 
Tal fue la conclusión generalmente aceptada, aunque hubo por lo menos un disidente. Y este disidente era Sofr. Aceptar que otros hombres, separados de sus sucesores por un tiempo de cuarenta mil años, hayan habitado la Tierra por primera vez era, en su opinión, pura locura. ¿De dónde vendrían, entonces, esos descendientes de ancestros extinguidos hacia tanto tiempo, y a los que no unía ningún vínculo? Antes que admitir semejante hipótesis, era preferible mantenerse a la expectativa. Que tales hechos singulares no hayan sido explicados no implican necesariamente que fuesen inexplicables. Alguna vez serían interpretados. Hasta el momento convenía no darles cabida y continuar sujeto a los principios que satisfacen plenamente la razón pura.

La vida del planeta se divide en dos etapas: antes del hombre y después del hombre. En la primera, la Tierra, en estado de transformación permanente es, por esto mismo, inhabitable e inhabitada. En la segunda, la corteza del globo ha alcanzado un grado de solidez que permite la estabilidad. Luego, al contar por fin con un sustrato firme surge la vida. Se inicia con las formas más elementales, y va complicándose hasta arribar finalmente al hombre, su más perfecta y acabada expresión. Una vez sobre la Tierra, el hombre emprende de inmediato y sin descanso el camino hacia su objetivo, que es el conocimiento perfecto y el dominio absoluto del universo. 
Sofr, empujado por el ardor de sus convicciones, había pasado de largo su casa. Cuando se percató, dio media vuelta a regañadientes. 
—¡Vamos! —se decía—. ¡Aceptar que el hombre tendría cuarenta mil años! ¡Qué haya alcanzado un grado de civilización comparable, o hasta superior, a este que gozamos actualmente, y que sus conocimientos y logros hayan desaparecido sin dejar el más mínimo rastro, al punto de obligar a sus descendientes a reemprender la obra desde su base, como si fueran los pioneros de un mundo jamás habitado antes que ellos! ¡Eso sería negar el porvenir, proclamar que nuestro esfuerzo es inútil y que todo progreso es tan precario e inseguro como una burbuja de espuma flotando entre las olas! 
Sofr se detuvo frente a su casa. 
—¡Upsa ni! … ¡Hartchok! … (¡No! ¡No!… ¡De veras!) ¡Andart’ mir’ hôe Spha!… (¡El hombre es el amo de las cosas!) balbuceó empujando la puerta.

Luego de descansar unos instantes, el zartog almorzó con apetito frugal y se acostó para hacer su siesta diaria. Sin embargo, las preguntas removidas al regresar a su hogar lo seguían obsesionando y le agitaban el sueño. 
Por más que su deseo fuese establecer la unidad intachable de los métodos de la naturaleza, tenia suficiente espíritu critico como para reconocer la debilidad de su sistema ni bien ser abordara el problema del origen y la formación del hombre. Formar los hechos para que se ajusten a una hipótesis previa es una manera de tener razón contra los demás, no contra uno mismo. 
Si, en lugar de ser un sabio, un zartog sobresaliente, Sofr hubiese pertenecido a la clase de los iletrados, tal vez hubiese estado menos incomodo. En efecto, el pueblo —sin perder el tiempo en hondas especulaciones— se contentaba con aceptar ciegamente la antigua leyenda transmitida de padres a hijos, desde tiempos inmemoriales. Esta explicaba el misterio con otro misterio: hacia remontar el origen del hombre a la intervención de una de una voluntad superior. Un buen día, esta potencia extraterrena había creado de la nada a Hedom e Hiva, el primer hombre y la primera mujer, cuyos descendientes habían poblado la tierra. Así, todo encajaba con suma sencillez. 
¡Con demasiada sencillez!, pensaba Sofr. 
Es fácil hacer intervenir a la divinidad cuando unos se desesperan para comprender algo, De esa manera se vuelve inútil la búsqueda de la solución de los enigmas del universo, pues los problemas son eliminados ni bien quedan planteados. 
¡Si al menos la leyenda popular tuviese la apariencia de una base sólida! Pero descansaba sobre la nada. Era simplemente una tradición, nacida en tiempos de ignorancia y transmitida a través de los siglos. Hasta ese momento «Hedom» ¿de donde provenía ese vocablo singular, de sonoridades extranjeras, que parecía no pertenecer al idioma de los Andart'-Iten-Schu? Sólo ante ese pequeño enigma filosófico habían sucumbido una infinidad de sabios, sin encontrar una respuesta valida.

¡Vamos, eran todas tonterías, indignas de absorber la atención de un zartog! Irritado, Sofr bajó a su jardín. Era la hora en que solía hacerlo. El sol declinante esparcía sobre la tierra un calor menos vivo, y una brisa tibia comenzaba a soplar desde el Spone-Schu. El zartog deambuló por las avenidas a la sombra de los árboles, cuyas hojas trémulas susurraban al viento y, de a poco, sus nervios recuperaron el equilibrio acostumbrado. Logro ventilar sus absorbentes pensamientos, disfrutar del aire libre con tranquilidad, interesarse por los frutos —riqueza de los jardines— y por las flores, su adorno. 
Lo azaroso del paseo lo llevó hacia la casa, y se detuvo al borde de una honda excavación, junto a la cual yacían numerosas herramientas. Pronto estarían terminados allí los cimientos de un nuevo edifico que tendría el doble de la superficie de su laboratorio. Pero en aquel día festivo, los obreros habían suspendido el trabajo para entregarse al placer. 
Sofr calculaba maquinalmente el trabajo realizado y lo que aun quedaba por hacer, cuando, entre las sombras de la excavación, un destello atrajo su mirada. Intrigado, bajo al fondo del pozo y limpio un extraño objeto, de la tierra que lo cubría en sus tres cuartas partes. 
De nuevo, a la luz del día, examino su descubrimiento. Era algo semejante a un estuche, de un metal desconocido, gris y granuloso, cuya prolongada permanencia en el suelo había disimulado su brillo. Había una hendidura en la tercera parte de su longitud, que señalaba que el estuche estaba compuesto por dos partes que se ajustaban entre sí. Sofr intentó abrirlo. 
Al primer intento, el metal —disgregado por el tiempo— se deshizo, dejando a la vista un segundo objeto que yacía en su interior.

Para el zartog, la materia de este nuevo objeto era tan novedosa como el metal que la había recubierto. Era un rollo de pequeñas hojas superpuestas y plagada de extraños signos, cuya regularidad señalaba que se trataba de caracteres de escritura, pero de una escritura ignorada, diferente a las que Sofr había visto jamás. Temblando de emoción, el zartog fue a encerrarse a su laboratorio, y luego de acomodar cuidadosamente el precioso documento, lo observó. 
Sí, era escritura, no cabía duda alguna. Pero era una escritura que no guardaba relación con ninguna de las que se habían practicado sobre toda la superficie de la Tierra, desde el origen de los tiempos históricos. 
¿De dónde provenía ese documento? ¿Qué significaba? Tales preguntas se formularon por sí solas al espíritu de Sofr. 
Para responder la primera, era necesario estar en condiciones de contestar la segunda. Se trataba, en primer lugar, de leer, y al instante de traducir; porque se podía asegurar a priori que el idioma del documento sería tan desconocido como su escritura. 
¿Era algo imposible? Al zartog Sofr no le parecía tal cosa, y se puso a trabajar febrilmente, sin mayo demora. 
El trabajo le llevó mucho tiempo, años enteros. Sofr no se cansó. Prosiguió sin desalentarse, el estudio pormenorizado del documento misterioso, avanzando paso a paso hacia su esclarecimiento. Al final llegó el día en que fue dueño de la clave del indescifrable jeroglífico, llegó el día en que, todavía con gran zozobra y gran esfuerzo, logró traducirlo al idioma de los Hombres-De-Los-Cuatro-Mares. 
Ahora bien, cuando ese día llegó, el zartog Sofr-Ai-Sr leyó lo que sigue.

Rosario, 24 de mayo de 2…

Fecho así el comienzo de mi narración, aunque en verdad haya sido redactada en otra fecha, mucho más próxima, y en muy distintos lugares. Pero en tales asuntos, considero que el orden es imperiosamente necesario, y por eso elijo la forma de un «diario» escrito día a día. 
Por lo tanto, es el 24 de mayo cuando se inicia el relato de los horribles sucesos que aquí se registra para la enseñanza de los que vendrán después de mí, si es que el género humano todavía tiene posibilidades de contar con algún tipo de futuro. 
¿En qué idioma escribiré esto? ¿En inglés, o en español que domino con soltura? ¡No! Lo haré en el idioma de mi país: en francés. 
Aquél día —24 de mayo— había reunido a ciertos amigos en mi residencia de Rosario. Rosario es —o, mejor dicho, era— una ciudad de México, situada a orillas del Pacífico, algo al Sur del golfo de California. Doce años atrás me había establecido allí para dirigir la explotación de una mina de plata de mi propiedad. Mis negocios habían progresado de una manera sorprendente. Era rico, muy rico en realidad —¡hoy esa palabra me hace reír!—, y tenía el plan de volver pronto a Francia, mi tierra de origen. 
Mi lujosa residencia se hallaba situada en el punto más elevado de un inmenso jardín que bajaba en pendiente hacia el mar, y se interrumpía bruscamente en un acantilado de más de cien metros de altura que caía en picado. Detrás de mi residencia, el terreno seguía subiendo, y por senderos serpenteantes era posible llegar a la cima de las montañas, cuya altura superaba los mil quinientos metros. Constituía frecuentemente un bello paseo: yo había efectuado la ascensión en automóvil, un doble Faetón magnífico y poderosos treinta y cinco caballos, de una de las mejores marcas francesas.

Vivía en Rosario con mi hijo Jean, un joven apuesto de veinte años, cuando, debido a la muerte de parientes lejanos en lo sanguíneo, pero muy próximos a mi corazón, me hice cargo de su hija, Hèléne, que quedó huérfana y desamparada. Habían transcurrido cinco años desde entonces. Mi hijo Jean tenía veinticinco años y mi pupila Hèléne veinte. En lo más profundo de mi alma, les veía unidos por el destino. 
Nuestra servidumbre estaba compuesta por el mayordomo Germain; por un chofer de lo más despierto, Modesto Simonat; por mi jardinero George Raleigh y su mujer Anna, y las hijas de ambos, Edith y Mary. 
Aquél 24 de mayo, nos encontrábamos sentados alrededor de la mesa, iluminados por lámparas alimentadas por equipos electrógenos instalados en el jardín. Había cinco comensales más, aparte del dueño de casa, su hijo y su pupila, tres de los cuales pertenecían a la raza anglosajona, y dos a la nación mexicana. 
El doctor Bathurst contábase entre los primeros, y el doctor Moreno entre los segundos. Ambos eran sabios en el sentido cabal del término, lo que no impedía que estuviesen frecuentemente en desacuerdo. Por lo demás, eran excelentes personas y de los mejores amigos del mundo. 
Los dos anglosajones restantes se apellidaban Williamson, propietario de una importante factoría pesquera de Rosario, y de Rowling, un hombre osado que había fundado un establecimiento de horticultura, que pronto le proporcionaría una fortuna considerable.

Con respecto al último comensal, se trataba del señor Mendoza, presidente del tribunal de Rosario, persona estimable, cultivado espíritu y juez íntegro. 
Llegamos al final de la comida, sin incidentes dignos de mención. Las palabras pronunciadas hasta ese momento las he olvidado. No así lo que se dijo mientras fumábamos nuestros cigarros. 
No significa que tales frases guarden en sí mismas una importancia particular, pero el brutal comentario de que serían objeto muy pronto no dejan de brindarles algún interés, y por eso no las he olvidado todavía. 
Terminamos por hablar —¡No importa cómo!— de los progresos asombrosos alcanzados por el hombre. El doctor Bathurst intervino en cierto momento. 
—¡Está claro que si Adán (lo pronunciaba Edem, como es natural en el anglosajón) y Eva (lo pronunciaba Iva, lógicamente) regresaran a la Tierra, quedarían de lo más sorprendidos! 
Así comenzó la discusión. Moreno, darvinista a ultranza, firme partidario de la selección natural, preguntó a Bathurst irónicamente, si éste le daba crédito a la leyenda del paraíso terrenal. Bathurst que al menos creía en Dios, y que, dado que la existencia de Adán y Eva tenían sustento en la Biblia, no era capaz de contradecirla. Moreno, a su vez, replicó que creía en Dios, aunque no fuera más que como su adversario, pero que el primer hombre y la primer mujer tranquilamente podían ser mitos, símbolos, y que no era un sacrilegio figurarse que la Biblia había querido representar de ese modo el soplo vital insuflado por la potencia creadora en la primera célula, de la que habían surgido todas las demás. Para Bathurst, tal explicación era engañosa, y en su opinión, ser obra directa de la divinidad era preferible a provenir de ella a través de primates más o menos siniestros… 
La discusión amenazaba subir de tono, pero se detuvo de repente; ambos oponentes habían encontrado casualmente una zona de común entendimiento. Por lo demás, esas cosas casi siempre terminaban así.

Ahora, retomando el primer tema de la conversación, ambos antagonistas coincidieron en admirar, más allá del tema del origen de la humanidad, la elevada cultura a la que habían arribado. Con orgullo fueron enumerando sus conquistas. Todas desfilaron. Bathurst alabó la química, llevada a tal grado de perfección que propendía a desaparecer para confundirse con la física, dos ciencias que terminarían siendo una sola y cuyo objeto se centraría en el estudio de la energía inmanente. Moreno, elogió la medicina y la cirugía, mediante las cuales se habían ahondado en la naturaleza secreta del fenómeno de la vida y cuyos hallazgos extraordinarios dejaban entrever en un futuro no muy lejano la inmortalidad de los seres animados. Luego se felicitaron por las alturas alcanzadas por la astronomía. ¿No se dialogaba, acaso, con siete de los planetas del sistema solar, mientras se esperaba a las estrellas? {se deduce de estas palabras que, en el momento en que este diario sea divulgado, el sistema solar comprenderá más de ocho planetas, y que el hombre descubrirá uno o más de uno más allá de Neptuno (nota del autor)}. 
Pasado el entusiasmo inicial, los dos apologistas decidieron tomarse un descanso. A su vez, los demás comensales aprovecharon para intercambiar algunas palabras, y se ingresó en el terreno gigantesco de los inventos prácticos que habían modificado tan hondamente la condición de la humanidad. Fueron festejados los ferrocarriles y los vapores, imprescindibles para el transporte de mercaderías pesadas e incómodas; las aeronaves económicas, utilizadas por los viajeros que disponen de tiempo, los túneles neumáticos o electro iónicos que surcan todos los mares y continentes, adoptados por las personas con prisa. Festejaron las innumerables máquinas, cada cual más ingeniosa que la anterior, y que, con una sola de ellas puede realizarse la tarea de cien hombres en ciertas industrias. Festejaron la imprenta, la fotografía de los colores, la luz, del sonido, del calor y de todas las vibraciones del éter. Festejaron ante todo la electricidad, ese agente extremadamente ágil y dócil, conocido tan a la perfección en su esencia y en sus cualidades que permite, sin conectador material alguno, tanto activar un mecanismo cualquiera, como dirigir una nave de superficie —submarina o aérea—, o escribirse, hablarse o verse, sin importar la distancia. 
Resumiendo, aquello un verdadero ditirambo en el que, lo confieso, tomé parte activa. 
Acordamos que el progreso alcanzado por la humanidad era impensable antes de nuestra época, y que, por lo tanto, permitía creer en su triunfo definitivo sobre la naturaleza. 
—Sin embargo... —dijo el juez Mendoza con su vocecita aflautada, sirviéndose del momento de silencio que siguió a esta conclusión—, oí hablar de pueblos hoy desaparecidos sin dejar el mínimo rastro, que ya habían alcanzado un grado de civilización igual o análogo a la de la nuestra.

—¿Cuáles? —preguntaron todos a la vez. 
—¡Bien! Los babilonios, por ejemplo. 
Hubo una explosión de carcajadas. ¡Ser capaz de comparar a los babilonios con los hombres modernos! 
—Los egipcios —continuó imperturbable Mendoza. 
Se rieron todavía más de él. 
—Contemos también a los atlantes, nuestra ignorancia convierte en legendarios —siguió diciendo el presidente—. ¡Agreguemos a eso la posibilidad de que una infinidad de humanidades diferentes, anteriores a los mismos atlantes, hayan nacido, prosperado y extinguido sin que lo sospechemos siquiera! 
Debido a que el señor Mendoza se obstinaba en su paradoja, se convino en fingir que lo tomábamos en serio, para no ofenderle. 
—Escuche, querido juez —insinuó Moreno, con el tono de voz que se utiliza para hacer entrar en razón a un chiquillo—, supongo que usted no pretenderá que alguno de esos pueblos arcanos puedan compararse con el nuestro, ¿no es así?... Reconozco que en el orden moral alcanzaron un nivel equivalente de cultura, ¡pero en el orden material!

—¿Por qué no? —replicó Mendoza. 
—Porque —se apuró a explicar Bathurst—, nuestros inventos tienen la característica de ser difundidos al instante por todo el globo: la desaparición de un solo pueblo, o incluso de muchos pueblos, no modificaría en absoluto la suma del progreso conseguido. Para que no quedara rastro alguno del esfuerzo humano, debería desaparecer toda la humanidad al mismo tiempo. ¿No es esa, le pregunto, una hipótesis admisible? 
Mientras seguíamos conversando, en el infinito del universo continuaban engendrándose recíprocamente los efectos y las causas, y, antes de transcurrido un minuto luego de la réplica del doctor Bathurst, la resultante total no iba a hacer más que confirmar el escepticismo de Mendoza. Pero lejos estábamos de sospecharlo, y hablamos plácidamente, algunos reclinados sobre el respaldo de los sillones, otros acodados sobre la mesa, en fin, todos dirigiendo miradas piadosas, hacia Mendoza, a quien creíamos aplastado por la argumentación de Bathurst. 
—En principio —contestó el juez, sin conmoverse—, debemos reconocer que la Tierra contaba antes con menos habitantes que ahora, de modo tal que un pueblo tranquilamente podía ser el único dueño del saber universal. Luego, no considero una extravagancia, a priori, la posibilidad de que toda la superficie del globo se vea perturbada al mismo tiempo. 
—¡Vamos, vamos! —prorrumpimos al unísono. 
Fue en ese preciso momento cuando sobrevino la hecatombe. 
Todavía pronunciábamos aquél «¡vamos, vamos!», cuando se alzó un estruendo aterrador. El suelo tembló y se partió bajo nuestros pies; la residencia osciló bajo sus cimientos. 
Tropezando y lastimándonos, víctimas de un terror indescriptible, nos abalanzamos al exterior. 
Ni bien cruzamos el umbral, la casa se desplomó en un solo bloque, enterrando bajo sus escombros al juez Mendoza y a mi mayordomo Germain, que venían últimos. 
Luego de unos segundos de locura generalizada, nos aprestábamos a socorrerlos, cuando vimos a Raleigh, mi jardinero, seguido por su esposa, viniendo hacia nosotros desde la parte más baja del jardín, donde vivía.

—¡El mar…! ¡El mar…! —gritaba a voz de cuello. 
Giré en dirección al océano y quedé petrificado. No es que distinguiera claramente lo que veía, pero de inmediato tuve la nítida impresión de que la perspectiva acostumbrada había cambiado. Ahora bien, ¿no bastaba que el aspecto de la naturaleza, que considerábamos esencialmente inmutable, se hubiese alterado de manera tan extraña en apenas unos segundos, para helar el corazón de horror? 
Sin embargo, enseguida recuperé mi sangre fría. La verdadera superioridad del hombre no consiste en dominar, en vencer a la naturaleza; es, para el hombre de acción, mantener el ánimo sereno ante la rebelión de la materia, es poder decirle: «¡Qué me aniquile, sea! ¡Pero conmoverme, eso nunca!». 
En cuanto recobré la tranquilidad, descubrí las diferencias entre el cuadro que tenía ante mis ojos y aquél que solía contemplar. El acantilado ya no existía, y mi jardín había descendido hasta el nivel del mar; las olas, luego de haber destrozado la casa del jardín, batían con furia contra mis arriates más bajos. 
Como parecía poco probable que el nivel del agua hubiese subido, la tierra debería de haber bajado. El descenso superaba los cien metros, pues el acantilado tenía antes dicha altura, pero había ocurrido con alguna suavidad porque apenas nos habíamos percatado de ello, lo que justificaba la aparente calma del océano. 
Un rápido examen me persuadió de que mi hipótesis era acertada y también me permitió corroborar que el descenso no había terminado aún. Efectivamente, el mar seguía avanzando, a una velocidad que calculé próxima a los dos metros por segundo; es decir, siete u ocho kilómetros por hora. Considerando la distancia que nos separaba de las olas más cercanas, y si la velocidad de caída se mantenía uniforme, seríamos engullidos en menos de tres minutos. 
Me decidí de inmediato. 
—¡Al auto! —exclamé. 
Fui comprendido. Todos nos abalanzamos a la cochera y empujamos el auto al exterior. En un abrir y cerrar de ojos llenamos el tanque de combustible y luego nos acomodamos como mejor pudimos… Simonat, mi chofer, puso el motor en marcha, saltó al volante, embragó y arrancó en cuarta por el sendero, mientras Raleigh, luego de haber abierto el portón, se colgó del auto al pasar y se asió con fuerza a los muelles traseros.

¡Justo a tiempo! El oleaje, rompiendo, mojó las ruedas hasta el eje en el momento en que el auto llegaba al camino. ¡Bah! ya podíamos reírnos del acoso del mar. Mi fiel vehículo nos mantendría fuera de su alcance a pesar de su carga excesiva, salvo que el descenso hacia el abismo continuase indefinidamente… Como sea, delante de nosotros teníamos campo: por lo menos, dos horas de ascensión y una altura disponible de alrededor de mil quinientos metros. 
De todas maneras, pronto reconocí que no convendría cantar victoria de antemano. Luego del primer salto del vehículo, que nos lanzó a unos veinte metros de la línea de espuma, de nada sirvió que Simonat aumentara la entrada de combustible: la distancia no varió. Era evidente que el peso de las doce personas hacía la marcha más lenta. Por el motivo que fuese, esta marcha equivalía a la del agua invasora, que se mantenía imperturbablemente a la misma distancia. 
En seguida nos enteramos de este inquietante hecho, y todos —salvo Simonat, ocupado en manejar el coche— nos dimos la vuelta para mirar el camino que dejábamos atrás. Todo era agua. A medida que avanzábamos, la ruta iba desapareciendo bajo el mar. Este, sin embargo, se había calmado. Sólo unas pequeñas olas venían a morir plácidamente sobre una grava siempre nueva. Era un lago pacífico que crecía y crecía, con un movimiento uniforme, y ninguna tragedia podía equipararse a la persecución de aquélla agua mansa. Huíamos en vano; el agua subía con nosotros, implacable… 
Con los ojos fijos en la ruta, Simonat tomó una curva y dijo: 
—Nos hallamos en la mitad de la pendiente. Todavía tenemos una hora de subida. Nos estremecimos: ¡Llegaríamos a la cima en una hora, y luego deberíamos bajar, siempre perseguidos, esta vez alcanzados sin remedio, fuera cual fuese nuestra velocidad, por las masas líquidas que se desplomarían en avalancha detrás de nosotros! La hora fijada transcurrió sin que nuestra situación se modificara en absoluto. Cuando ya divisábamos el punto culminante de la cuesta, el auto pegó una violenta sacudida y pegó un bandazo que por poco lo estrella contra el talud de la ruta. Simultáneamente una inmensa ola se infló detrás de nosotros dispuesta a saltar el camino, se ahuecó, y por último rompió sobre el coche, que quedó rodeado de espuma… 
¿Así que terminaríamos siendo tragados por el agua? 
¡No! 
El agua se retiró burbujeante, mientras el motor, apurando de repente sus jadeos, aumentaba nuestra velocidad. ¿Cuál era la causa del brusco aumento de velocidad? El grito de Anna Raleigh nos lo hizo saber: tal como la desdichada mujer nos hizo comprobarlo, su marido ya no iba aferrado a los muelles. 
Era evidente que la sacudida había arrojado al desgraciado, y por lo mismo, el coche ya sin lastre, escalaba la cuesta con mayor facilidad. 
De pronto, se detuvo abruptamente.

—¿Qué sucede? —le pregunté a Simonat— ¿Alguna avería? 
Hasta en circunstancias semejantes, el orgullo profesional no perdía sus derechos: Simonat se encogió de hombros con indiferencia, queriendo significar de esa manera que la avería era algo desconocido para un chofer de su categoría, y alzando silenciosamente la mano, señaló hacia delante. Comprendí entonces el motivo de la detención. 
A menos de diez metros de nosotros, la ruta estaba cortada. Y «cortada» es la palabra exacta, pues parecía rebanada por un cuchillo. Más allá de una desnuda saliente que la interrumpía abruptamente, había un vacío, un tenebroso abismo en cuyo fondo era imposible vislumbrar nada. 
Nos dimos la vuelta, enloquecidos, convencidos de que nuestra última hora había llegado. El océano, que nos había perseguido hasta esas alturas, nos alcanzaría indefectiblemente en unos segundos… 
Todos, excepto la pobre Anna y sus hijas, que sollozaban hasta partirnos el alma, lanzamos una exclamación de asombro. No, el agua no había persistido en su ascensión, o, mejor dicho, la tierra había dejado de hundirse. Sin duda, la tremenda sacudida que acabamos de sufrir había sido la última manifestación de la hecatombe. El océano había detenido su marcha, y su nivel se mantenía cerca de cien metros por debajo del sitio en donde estábamos, reunidos alrededor del auto que aún se estremecía, semejante a un animal sofocado, tras la veloz carrera. 
¿Nos sería posible salir de aquél mal trance? Lo sabríamos a la luz del día. Por el momento, sólo restaba esperar. Unos tras otros, nos echábamos sobre el sueño ¡y —Dios me perdone— creo haberme dormido! 
Un ruido espantoso hizo que despertara sobresaltado. ¿Qué hora es? No lo sé. De cualquier manera, continuábamos sepultados en las tinieblas de la noche. 
El ruido proviene del abismo insondable en el que se ha precipitado la ruta. ¿Qué ocurre? Juraría que allí caen masas de agua en cataratas, que gigantescas olas se entrechocan con furia. Sí, de eso se trata, pues llegan hasta nosotros volutas de espuma y el rocío del mar nos envuelve. 
Después, poco a poco, renace la calma… 
Todo vuelve a recuperar su silencio… El cielo palidece… Despunta el día…

25 de mayo

¡Qué tormento es el lento descubrimiento de nuestra situación! En un principio descubrimos sólo nuestros alrededores inmediatos, pero el círculo crece, crece continuamente, como si nuestra desesperanza hubiese levantado uno a uno una infinita cantidad de sutiles velos; y al fin reina una luz plena, que acaba con nuestras ilusiones. 
Nuestra situación es sumamente sencilla, y se la puede describir con muy pocas palabras: nos hallábamos sobre una isla. Por todas partes nos rodea el mar. Ayer, alcanzamos a divisar un océano repleto de cumbres, muchas de las cuelas dominaban la que ahora nos sustenta: todas ellas han desaparecido, mientras que -por causa s que permanecerán ignoradas para siempre- la nuestra, más humilde, ha frenado su serena caída; donde estaban las demás sólo hay una ilimitada capa de agua. Por todos los costados, únicamente el mar. Ocupamos el único punto sólido del enorme círculo descrito por el horizonte. 
Con sólo echar un vistazo reconocemos en toda su extensión el islote donde una suerte excepcional nos ha hecho encontrar refugio. Es pequeño, en efecto: mil metros de largo como máximo, y quinientos en la dimensión contraria. Su cima, que se alza a unos cien metros por encima de las olas, se une con las costas Norte, Oeste y Sur mediante una pendiente bastante suave. Por el contrario, hacia el este, el islote termina en un acantilado que cae en picada en el océano. 
Nuestros ojos, miran casi siempre hacia ese costado. En esa dirección deberíamos ver montañas escalonadas y más allá, todo México. ¡Qué alteración en el lapso de una breve noche de primavera! ¡Las montañas ya no están, y México fue tragado por las aguas! ¡En su lugar hay un infinito desierto, el árido desierto del mar! 
Nos miramos con espanto. Atrapados sin víveres ni agua., sobre esta desnuda y estrecha roca, no podemos albergar la más mínima esperanza. Nos acostamos sobre el suelo, huraños, y comenzamos a aguardar la muerte.

A bordo del Virginia

¿Qué sucedió durante los días siguientes? No lo recuerdo. Supongo que finalmente perdí el conocimiento: recién recuperé la conciencia a bordo del barco que nos recogió. Fue entonces cuando supe que habíamos estado diez días completos en el islote, y que dos de nosotros —Williamson y Rowling— murieron allí a causa de la sed y el hambre. De las quince personas que albergaba mi residencia cuando ocurrió el cataclismo, apenas quedan nueve: mi hijo Jean y mi pupila Hèléne, mi chofer Simonat, desconsolado luego de la pérdida de su vehículo, Anna Raleigh y sus dos hijas, los doctores Bathurst y Moreno, y finalmente yo, que redacto estas líneas con apuro, para instrucción de las futuras razas, si existe alguna posibilidad de que nazcan. 
El Virginia, sobre el que viajamos, es un navío mixto —a velas y a vapor—, de alrededor de dos mil toneladas, destinado al transporte de mercancías. Es un barco bastante lento y viejo. El capitán Morris tiene bajo sus órdenes a veinte hombres, todos son ingleses. 
Hace aproximadamente un mes, el Virginia zarpó de Melbourne con destino a Rosario. Ningún percance marcó el viaje, con excepción —durante la noche del 14 al 25 de mayo— de una serie de olas de mar de fondo de prodigiosa altura, pero de proporcionada longitud, lo que las hacía inofensivas. Estas olas, por extrañas que resultaran, no podían hacer que el capitán sospechara el cataclismo que estaba sucediendo en ese mismo instante. En efecto, quedó muy sorprendido al encontrar únicamente el mar en el lugar en donde esperaba avistar Rosario y la costa mexicana. De esta costa quedaba sólo un islote. Un bote del Virginia abordó ese islote, en donde descubrieron once cuerpos inertes. Dos ya eran cadáveres; embarcaron a los nueve restantes. Así fue como nos salvamos.

En tierra. Enero o febrero

Un lapso de ocho meses separa las últimas líneas de lo anterior, de estas que ahora escribo. Las fecho en enero o febrero, ante la imposibilidad de ser más preciso, porque ya no tengo una noción exacta del tiempo.

Estos ocho meses conforman el período más espeluznante de nuestras desdichas, le período en que por etapas que sucedieron cruelmente, conocimos toda la magnitud de nuestro infortunio. 
Luego de recogernos, el Virginia siguió a todo vapor su ruta hacia el Este. Cuando volví en mí, el islote en donde estuvimos a punto de desaparecer había quedado tras el horizonte, hacía tiempo. Según las medidas que tomó el capitán en un cielo despejado, estábamos navegando en el sitio preciso en donde tendría que haber estado México. Pero no quedaba un solo rastro de México: nada más que el que ya habían descubierto, estando desmayado, de las montañas centrales; no más que el que ahora distinguían por encima de toda la Tierra, y por lejos que abarcara la vista; por todos lados, sólo veíamos el mar inconmensurable. 
Existía algo verdaderamente enloquecedor en semejante comprobación. Sentíamos que estábamos a un paso de perder la razón. ¡Todo México sumergido bajo las aguas! 
Cruzábamos miradas de espanto preguntándonos hasta donde habrían llegado los estragos de la horrible hecatombe. 
En tal sentido, el Capitán quiso saber a qué atenerse; cambiando el rumbo, enfilamos hacia el Norte: si México había desaparecido, resultaba inadmisible que lo mismo hubiera sucedido con todo el continente americano. 
Así era, sin embargo. Durante doce días subimos en vano hacia el Norte sin encontrar tierra, y lo mismo ocurrió luego de virar en redondo y dirigirnos hacia el Sur, durante más o menos un mes. Finalmente, nos vimos forzados a rendirnos a la evidencia por paradójica que nos pareciera: ¡sí, el continente americano se había hundido bajo las olas en su totalidad! 
¿Así que habíamos sobrevivido sólo para conocer una vez más las aflicciones de la agonía? En verdad, teníamos motivos para creerlo. Sin mencionar los víveres que tarde o temprano faltarían, un peligro inminente nos amenazaba: ¿qué iba a ser de nosotros cuando el carbón se agotara y detuviera el andar de las máquinas? Sería como cuando el corazón de un animal exangüe deja de latir. Por tal motivo, el 14 de julio —entonces nos hallamos en las proximidades del emplazamiento antiguo de Buenos Aires— el capitán Morris dejó que los fuegos se apagaran y en su lugar se alzaran las velas. Luego reunió a todo el personal del Virginia, tanto a la tripulación como a los pasajeros y, exponiendo en pocas palabras nuestra situación, nos rogó que reflexionáramos a conciencia y propusiéramos las posibles soluciones a la asamblea que tendría lugar el día siguiente. 
Ignoro si algunos de mis compañeros de infortunio dieron con algún recurso más o menos ingenioso. Por mi parte, debo confesar que vacilaba, muy confundido con respecto a la mejor elección a tomar, cuando una tempestad nocturna acabó con la cuestión; nos vimos obligados a huir hacia el Oeste, arrastrados por un viento desenfrenado, a punto de ser engullidos en todo momento por un mar enfurecido.

El huracán duró treinta y cinco días, sin que amainara un solo minuto, o diese señal de detenerse. Comenzábamos a desesperar de que algún día llegara a hacerlo, cuando el 19 de agosto, volvió el buen tiempo con tanta prontitud como había terminado. El capitán aprovechó para realizar sus mediciones: el cálculo dio 40º de latitud Norte y 144º de longitud Oeste. ¡Eran estas las coordenadas de Pekín! 
¡Significada que habíamos pasado sobre la Polinesia, y probablemente por Australia, sin siquiera enterarnos, y en ese momento navegábamos en el sitio en donde se extendía la capital de un imperio de cuatrocientos millones de almas! 
¿Había sufrido Asia la misma suerte que América? 
Pronto no quedaron dudas al respecto. El Virginia continuó su rumbo Sudoeste y alcanzó la altura del Tibet, luego la del Himalaya. Allí deberían elevarse las cumbres más altas del globo. 
Pues bien, en todas las direcciones, nada emergía de la superficie del océano. ¡Era de suponer que sobre la tierra ya no existía ningún otro punto firme que la del islote que nos había salvado: que éramos nosotros los únicos sobrevivientes de la catástrofe, los últimos habitantes de un mundo enterrado en la movediza mortaja del mar! 
Si así era, pronto pereceríamos. A pesar de un racionamiento severo, los víveres de a bordo se agotaban, efectivamente, y en consecuencia, teníamos que abandonar las esperanzas de renovarlos.

Abrevio el relato de esta penosa travesía. Si para exponerla en detalle, intentase revivir día a día, el recuerdo me volvería loco. Por extraordinarios y terribles que sean los hechos que le precedieron y la sucedieron, por angustioso que me parezca el futuro —un futuro que no llegaré a ver—, aún así fue en el transcurso de esa navegación infernal cuando conocimos el mayor horror. ¡Oh! Esa eterna carrera a través de un mar sin fin. ¡Esperar todos los días llegar a alguna parte y ver como retrocedía continuamente el fin de nuestro viaje! ¡Vivir inclinados sobre mapas donde los hombres habían grabado la sinuosa línea de las costas, y constatar que nada absolutamente había quedado de esos lugares que suponíamos eternos! ¡Decirse que la Tierra bullía de vidas innumerables, que millones de personas y millones de animales la recorrían en todas direcciones o surcaban los aires, y que todo ha dejado de existir al mismo tiempo, que todas esas vidas se han apagado juntas como una leve llama al soplo del viento! ¡Buscar sobrevivientes por todas partes, y buscar en vano! ¡Arribar paso a paso a la certeza de que nada vivo existe a nuestro alrededor, e ir tomando conciencia paulatinamente de la soledad en medio de un universo despiadado! 
¿He dado con las palabras justas para expresar todas nuestras angustias? Lo ignoro. En ningún idioma deben existir términos apropiados para semejante calamidad. 
Luego de haber explorado el mar en donde antes estaba la península India, subimos hacia el Norte durante unos diez días, después enfilamos rumbo al Oeste. Sin que cambiase nuestra situación franqueamos la cadena de los Urales, trasformadas en montañas submarinas, y navegamos sobre lo que había sido Europa. Pronto bajamos hacia el Sur, hasta veinte grados pasando el Ecuador; luego de lo cual, harto de tan inútil búsqueda, remontamos el rumbo Norte y cruzamos, después de dejar atrás los Pirineos, una extensión de agua que cubría África y España. En verdad, comenzábamos a habituarnos a nuestro horror. A medida que avanzábamos, señalábamos nuestra ruta en los mapas, y exclamábamos: «aquí estaba Moscú… Varsovia… Berlín… Viena… Roma… Túnez… Tombuctú... Saint Louis…Orán… Madrid…», pero cada vez con mayor indiferencia y amparados por el hábito, llegamos a pronunciar esas palabras sin emoción, cuando en verdad eran sumamente trágicas.

Sin embargo, yo al menos, no había agotado mi capacidad de sufrimiento. Me percaté de ello el día —era el 11 de diciembre, más o menos— en que el capitán Morris me dijo: «Aquí estaba París…» Ante semejantes palabras, creí que me arrancaban el alma. ¡Qué todo el universo se hubiese hundido, sea! ¡Pero Francia… mi Francia! ¡Y París, que la representaba! 
A mi lado escuché un sollozo. Me di vuelta; era Simonat, llorando. 
Continuamos navegando hacia el Norte aún por cuatro días; luego, cuando estuvimos a la altura de Edimburgo, bajamos hacia el Sudoeste, buscando Irlanda, después enfilamos rumbo al Este… A decir verdad, errábamos al azar, ya que no existían mayores motivos para tomar una dirección en lugar de otra… 
Pasamos por encima de Londres, cuya líquida sepultura fue saludada por toda la tripulación. Cinco días más tarde, estábamos a la altura de Dantzig, cuando el capitán Morris ordenó girar en redondo y poner el timón hacia el Sudeste. El timonel obedeció inmutable. 
¿Qué le importaba? ¿Acaso no sería lo mismo tomar cualquier rumbo? 
Fue en el noveno día de navegación por esta nueva ruta cuando comimos nuestro último bocado de bizcocho. 
Mientras cruzábamos miradas de espanto, el capitán Morris, de pronto, dio la orden de encender nuevamente los fuegos de las calderas. ¿Qué ideas regían su orden? Todavía me lo pregunto; pero la orden fue obedecida, y la velocidad del navío aumentó… 
Dos días después, el hambre ya nos atormentaba cruelmente. En el segundo día, la mayoría de nosotros se negaba obstinadamente a levantarse; sólo contábamos el capitán Morris, Simonat, algunos tripulantes y yo, para proporcionar la energía que mantuviese el rumbo de la nave. 
Al siguiente día —quinta jornada de ayuno— el número de timoneles y maquinistas generosos disminuyó aún más. En veinticuatro horas, ya nadie tendría fuerzas suficientes para mantener en pie. 
Hacía más de siete meses que estábamos navegando. Desde hacía más de siete meses que surcábamos el mar en todas direcciones. Debía ser, creo yo, 8 de enero. Digo «creo» ante la imposibilidad en que me encuentro de ser más preciso, ya que para nosotros, en aquel momento, el calendario había perdido mucho de su rigor. 
Ese día, sin embargo, mientras sosteníamos la barra del timón y me esforzaba en mantener el rumbo con atención desfalleciente, creí divisar algo al Oeste. Pensé que era juguete de un engaño y abrí los ojos de par en par… 
¡No, no me había confundido! 
Lancé un verdadero rugido, luego aferrándome al timón, exclamé a viva voz: 
-¡Tierra a estribor por delante! 
¡Qué efecto prodigioso tuvieron esas palabras! Todos los moribundos resucitaron al mismo tiempo, y sus rostros macilentos irrumpieron sobre la banda a estribor. 
—Sí, es tierra —dijo el capitán Morris, luego de estudiar la nube que se alzaba en el horizonte. 
Media hora después, no cabía ninguna duda. ¡Lo que encontrábamos en pleno océano Atlántico era tierra, luego de haberla buscado en vano sobre toda la extensión de los antiguos continentes! 
Cerca de las tres de la tarde, pudimos distinguir en detalle el litoral que nos interrumpía el paso, y sentimos reavivarse nuestra esperanza. Porque en realidad este litoral no se asemejaba a ningún otro, y nadie de entre nosotros recordaba haber visto uno semejante, de tan absoluto y perfecto salvajismo. 
En la Tierra, tal como la conocíamos antes de la tragedia, el verde era un color que abundaba. Ninguno de nosotros sabía de una costa tan alejada de la mano de Dios, una región tan árida que hasta carecía de arbustos, o de algún grupo de juncos, o simplemente capas de liquen o musgo. Allí no existía nada de eso. Sólo se vislumbraba un imponente acantilado negruzco, a cuyo pie yacía una confusión de roquedales, sin una sola planta o brizna de hierba. Era la desolación más cabal y absoluta que pudiera imaginarse.

Costeamos el abrupto acantilado durante dos días, sin hallar en él la menor hendidura. Recién por la tarde del segundo día encontramos una bahía amplia, bien protegida contra todos los vientos marinos, en cuyo fondo dejamos caer el ancla. 
Luego de llegar a la costa en los botes, nuestra primera inquietud fue juntar alimentos en la playa. Esta se hallaba cubierta por centenares de tortugas y millones de mariscos. En los recovecos de los arrecifes se veían cantidades fabulosas de cangrejos, bogavantes y langostas, sin mencionar los peces. Resultaba evidente que un mar poblado tan ricamente, a falta de otros recursos, nos permitiría subsistir un tiempo ilimitado. 
Recobradas nuestras fuerzas, una hendidura del acantilado nos permitió alcanzar la meseta, donde descubrimos un espacio muy amplio. El aspecto de la costa no nos había engañado: por todas partes y en todas direcciones, no había más que rocas áridas, recubiertas de algas y de fucos casi todos resecos, sin una brizna de hierba, sin nada vivo, tanto sobre en la tierra como en los aires. Lagos pequeños, más bien charcos resplandecían aquí y allá bajo los rayos del Sol. Cuando quisimos calmar nuestra sed descubrimos que era agua salada. 
Para ser sinceros, eso no nos sorprendió. Se confirmaba lo que ya habíamos sospechado desde un comienzo: a saber, que ese continente desconocido había nacido ayer, y que había emergido de las profundidades del mar en un sólo bloque. Eso explicaba asimismo la espesa capa de barro esparcida uniformemente que, luego de la evaporación, comenzaba a cuartearse en fino polvo. 
Al mediodía del día siguiente, las mediciones marcaban 17° 20' de latitud Norte y 23° 55' de longitud Oeste. Cuando las trasladamos al mapa, vimos que se encontraban en medio del mar, más o menos a la altura del Cabo Verde. Y sin embargo, ahora, la Tierra hacia el Oeste y el mar hacia el Este, se extendían hasta donde la vista podía abarcar. 
Por ingrato e inhóspito que fuera el continente en el que habíamos tomado tierra, estábamos forzados a contentarnos con el. Por tal motivo, se llevó a cabo sin demora la descarga del Virginia. Sin elegir, subimos la meseta con todo lo que había y dejamos al Virginia anclado en una bahía, sin problema. 
Ni bien comenzamos el desembarco, comenzamos nuestra nueva vida. Primeramente, convenía...

En este punto de su traducción, el zartog Sofr se vio obligado a interrumpirla. El manuscrito mostraba una primera laguna, muy importante por el número de páginas afectadas, laguna acompañada de otras varias todavía más considerables. A pesar de la protección del estuche, era evidente que gran cantidad de páginas habían sido víctimas de la humedad: en consecuencia, sobrevivían sólo algunos fragmentos de diferente extensión, cuyo contexto se halaba arruinado para siempre en forma indefectible. Se sucedían en el orden que sigue:

...nos empezamos a aclimatar. 
¿Cuanto hace que desembarcamos en este litoral? No estoy seguro. Se lo pregunté al doctor Moreno que lleva un calendario de los días transcurridos. Me respondió: «seis meses..». Y agregó «días más, días menos», pues teme haberse equivocado. 
De vez en cuando atrapamos algún pájaro: la atmósfera no está tan desierta como supusimos al comienzo, una docena de conocidas especies están representadas sobre este continente nuevo. Son aves que recorren exclusivamente la larga distancia: golondrinas, zapateros, albatros y algunas más. 
Supongo que no deben encontrar su alimento en esta tierra desprovista de vegetación pues no cesan de girar por encima de nuestro campamento, al acecho de nuestras exiguas comidas. A veces recogemos alguna muerta por el hambre, lo que nos permite ahorrar pólvora y balas de fusil. 
Afortunadamente, existen oportunidades de que la situación no empeore. En la bodega del Virginia hallamos una bolsa de trigo, y sembramos la mitad. El trigo será una mejora importante cuando crezca. Ahora bien: ¿germinará? Una espesa capa aluvional cubre el suelo, un lodo arenoso enriquecido por algas en descomposición. Por más pobre que sea su calidad no deja de ser humus. Cuando llegamos se encontraba impregnado de sal; pero a partir de entonces, la superficie ha sido copiosamente lavada por lluvias diluvianas, porque ahora todas las depresiones están llenas de agua dulce. 
Sin embargo, la capa aluvional está desprovista de sal solamente en un espesor muy delgado: los arroyos, así como los ríos, que comienzan a formarse, son todos muy salobres lo cual demuestra que la capa está todavía muy saturada en su base. 
Para sembrar el trigo y conservar en reserva la otra mitad, casi tuvimos que pelear: una parte de la tripulación del Virginia deseaba hacer pan inmediatamente. Estuvimos obligados a...

...que cuidábamos a bordo del Virginia. 
Ambas parejas de conejos se salvaron en el interior, y dejamos de verlos. Deberán haber encontrado con que alimentarse. Según creemos, la producirán entonces...

...Por lo menos dos años que estamos aquí. El trigo creció formidablemente. Poseemos pan casi a discreción, nuestros campos son cada vez más extensos. ¡Pero qué pelea contra las aves! Se multiplican de extraña manera y, alrededor de todas nuestras plantaciones! 
A pesar de las muertes que referí más arriba, no solo no se ha reducido, sino que ha aumentado. Mi hijo y mi pupila han dado a luz tres hijos, y cada uno de nosotros tres, otros tantos. Toda esta población revienta de salud. Pareciera que la raza humana es dueña ahora de un vigor mayor, de una vitalidad más intensa, desde que su número se ha visto disminuido. Pero qué motivos...

...En este lugar desde hace diez años, y nada sabemos del continente. Lo conocemos apenas en un radio de algunos kilómetros a la redonda del sitio en que desembarcamos. Quien nos ha hecho avergonzar de nuestra indiferencia es el doctor Bathurst: debido a su insistencia equipamos el Virginia lo que nos llevó cerca de seis meses, y llevamos a cabo un viaje de reconocimiento. 
Hemos recorrido todo el contorno del continente y, todo parece indicarlo, sería junto con nuestro islote, la última parcela sólida existente sobre la superficie del globo. Todas sus orillas nos parecieron similares, muy ásperas y muy salvajes. 
Interrumpimos la navegación para realizar numerosas excursiones al interior. Ante todo esperábamos hallar rastros de las Azores y de la Isla de Madeira, ubicadas antes de la hecatombe, en el Océano Atlántico. No reconocimos el más leve vestigio. 
¡Para nuestro asombro, no hallábamos lo que buscábamos, pero hallamos lo que no buscábamos! A la altura de las Azores, medio enterrados en la lava, ante nosotros aparecieron pruebas de un trabajo humano, aunque no del trabajo de los moradores de esas islas. Eran vestigios de columnas y vasijas, diferentes de las que conociéramos jamás. Luego de examinarlas, el doctor Moreno manifestó la idea de que tales restos debían provenir de la antigua Atlántida, y que habían asomado a la luz del día por el flujo volcánico. 
Es probable que el doctor Moreno tenga razón. Efectivamente, en caso de existir, la antigua Atlántida habría ocupado más o menos el lugar del nuevo continente. En tal caso, sería bastante singular que en el mismo sitio se hubiesen sucedido tres humanidades que no procedían una de la otra.

Como quiera que fuese, debo admitir que el problema no me incumbía: ya bastante tenemos que hacer con el presente, como para andar ocupándonos del pasado. 
Cuando volvimos a nuestro campamento, nos sorprendió el hecho de que, comparadas con el resto de la región, nuestras inmediaciones parecían una zona privilegiada. Esto sólo se refiere al color verde, tan profuso en la naturaleza de antaño, y que, mientras en el resto del continente se halla radicalmente suprimido, aquí no es del todo desconocido. Esa observación nunca la habíamos hecho hasta entonces, pero resulta algo innegable. Briznas de hierba que no existían al momento de nuestra legada, brotan alrededor de nosotros con bastante abundancia. Por lo demás, pertenecen únicamente a un pequeño número de especies de las más vulgares, cuyos granos es evidente, fueron traídos por las aves hasta aquí. 
De lo anterior, no debería afirmarse que no hay más vegetación que esas pocas especies antiguas. Por el contrario, gracias a un trabajo de adaptación muy extraño, existe una vegetación en estado muy prometedor, si bien rudimentario, sobre todo el continente. 
Cuando surgió de entre las olas, las plantas marinas que lo cubrían perecieron en su mayoría con la luz del Sol. Sin embargo, algunas persistieron en los lagos y en los charcos que poco a poco ha ido resecando el calor. Pero en este tiempo comenzaban a nacer ríos y arroyos, mucho más propicios para la vida de los fucos y las algas, por tener agua salada. Cuando la superficie, y más tarde la profundidad del suelo, se quedó sin sal y cuando el agua se tornó dulce, una enorme mayoría de estas plantas quedaron destruidas. No obstante, una cantidad pequeña pudo adaptarse a las nuevas condiciones de vida, y prosperó en el agua dulce al igual que lo había hecho en el agua salada. Pero el fenómeno no se interrumpió allí: algunas de esas plantas —luego de adaptarse al agua dulce— se adaptaron al aire libre, dotadas de una mayor facultad de acomodación, y aparecieron primeramente sobre las riberas y después avanzaron poco a poco hacia el interior. 
Fuimos testigos de dicha transformación, pudimos comprobar cuantas formas mutaban al mismo tiempo que el funcionamiento fisiológico. Algunos tallos ya se alzaban hacia el cielo. Se puede prever que algún día una flora entera será creada en detalle, y que estallará una lucha encarnizada entre las especies nuevas y las que proceden del antiguo orden de cosas. 
Lo que sucede con la flora sucede también con la fauna. En los alrededores de las corrientes de agua se ven antiguos animales marinos mayormente moluscos y crustáceos, en el proceso de devenir terrestres. El aire es surcado por peces voladores que tienen más de aves que de peces, cuyas alas han crecido enormemente y cuya cola curva les posibilita…

El último fragmento estaba intacto y contenía el final del manuscrito:

…todos viejos. El capitán Morris murió. El doctor Bathurst tiene sesenta y cinco años; el doctor Moreno sesenta; yo, sesenta y ocho. Pronto dejaremos de existir todos nosotros. No obstante, antes llevaremos a cabo la tarea estipulada y, mientras nos sea posible, iremos en auxilio de las futuras generaciones, en la lucha que les aguarda. 
¿Pero llegarán a ver la luz estas generaciones del porvenir? 
Juraría que sí, teniendo en cuenta la multiplicación de mis semejantes: los niños pululan y, además, al amparo de este clima saludable, en esta tierra donde los animales feroces son desconocidos, la longevidad es un hecho. La importancia de nuestra colonia se ha triplicado. 
Contrariamente, juraría que no, si pienso en la abismal decadencia intelectual de mis compañeros de infortunio. 
En verdad, nuestro pequeño grupo de náufragos podría haber sacado provecho del saber humano: contaba con un hombre particularmente enérgico —el capitán Morris—, dos hombres más instruidos que lo común —mi hijo y yo—, y dos sabios auténticos: los doctores Bathurst y Moreno. Con semejante equipo se podría haber hecho algo… Nada se hizo. La preservación de nuestra vida material, ha sido desde el comienzo —y aún lo es—, nuestra preocupación. Como al principio, empleamos nuestro tiempo en buscar alimentos y, por la noche, caemos extenuados en un profundo sueño.

Desgraciadamente, está claro que la humanidad —de la que somos sus únicos representantes—, va en camino de una veloz regresión y tiende a aproximarse a lo animal. 
Entre los marineros del Virginia —gente ya inculta en otros tiempos— los rasgos de animalidad sobresalieron primero; mi hijo y yo ya no recordamos lo que sabíamos; los doctores Bathurst y Moreno también han dejado de ejercitar su cerebro. Podría decir que nuestra vida cerebral ha sido suprimida. 
¡Resulta afortunado que hayamos hecho, hace tantos años, la circunnavegación de este continente! Hoy careceríamos del valor necesario… Y, además, quien comandó la travesía, el capitán Morris, ha muerto, lo mismo que ha muerto de abandono el Virginia, que nos llevó. 
Al comienzo de nuestra vida aquí, algunos de nosotros emprendimos la construcción de viviendas. Construcciones que jamás terminamos, hoy convertidas en ruinas. Dormimos sobre la tierra, en todas las estaciones del año. 
Hace ya mucho tiempo que nos quedamos sin vestimentas con que cubrirnos. Durante algunos años, nos la arreglamos para reemplazarlas por algas tejidas de una manera bastante ingeniosa al principio, luego más tosca. Pronto nos hartamos de este esfuerzo que las bondades del clima vuelve innecesario: vivimos desnudos, como los que antaño llamábamos salvajes. 
Sin embargo, aún persisten algunos signos de nuestras antiguas costumbres, ideas y sentimientos. Mi hijo, Jean, hombre ya maduro y abuelo, no ha perdido del todo el sentimiento afectivo, y Modesto Simonat —mi ex chofer— conserva cierta reminiscencia de que yo alguna vez fui su patrón. 
Pero con ellos, con nosotros, esas vagas huellas de los hombres que fuimos —porque, a decir verdad, ya no somos hombres—, terminarán por desvanecerse para siempre. La gente del futuro que nazca aquí no conocerá jamás otra existencia. La humanidad que será irreductiblemente como estos adultos —los tengo ante mis ojos, mientras escribo— que no saben leer, escribir ni contar; y apenas saben hablar; a estos niños de afilados dientes, que sólo parecen ser un vientre insaciable. Después de ellos vendrán después otros adultos y otros niños, cada vez más cercanos al animal, cada vez más alejados de nuestros abuelos pensantes. 
Parece que los estuviera viendo a esos hombres futuros, apartados del lenguaje articulado, extinguida su inteligencia, cubierto el cuerpo de gruesos pelos, deambulando por este triste desierto. 
¡Pues bien! Queremos evitar que así sea. Haremos los logros de la humanidad a la que pertenecimos, no se pierda en el olvido. El doctor Bathurst, el doctor Moreno y yo, despabilaremos nuestros cerebros entumecidos, lo forzaremos a recordar lo que alguna vez supo. Repartiendo el trabajo sobre este papel y con esta tinta proveniente del Virginia, enumeraremos todos nuestros conocimientos, en las diferentes categorías de la ciencia, con la finalidad de que los hombres, en caso de perdurar, y luego de un tiempo de salvajismo más o menos extenso, cuando sienta renacer dentro de ellos su sed de luz, encuentren este resumen del trabajo que han hecho sus antecesores. ¡Podrán bendecir así la memoria de los que se esmeraron, por si acaso, para abreviar el doloroso camino de hermanos que nunca se verán!

Al borde de la muerte

Hace quince años que las líneas precedentes fueron escritas. El doctor Bathurst y el doctor Moreno han muerto. De los que desembarcamos aquí, yo soy prácticamente el único que queda, y uno de los más viejos. Pero pronto la muerte va a alcanzarme a mí también. La siento trepar desde mis fríos pies hasta mi corazón que se detiene. 
Nuestro trabajo ha llegado a su fin. Guardé los manuscritos con nuestro resumen de la ciencia humana, en una de las cajas del Virginia, y la enterré muy hondo en el sueño. Con ella, enterraré varias páginas enrolladas en un estuche de aluminio. 
¿Alguna vez será encontrado el depósito confinado a la tierra? ¿Lo buscará alguien al menos? 
¡Depende del destino! ¡De Dios…! 
 

Mientras el zartog iba traduciendo el curioso documento, una especia de horror oprimía su alma. 
¡Vaya! ¿Significaba que la raza de los Andart’-Iten-Schu descendían de aquellos hombres que, luego de haber recorrido durante largos meses los océanos desiertos, habían encallado finalmente en ese sitio de la costa donde ahora se erguía Basidra? 
¡De modo que esas criaturas miserables habían pertenecido a una humanidad esplendorosa, al lado de la cual la humanidad actual apenas si lograba balbucear! Y sin embargo, ¿qué había sido necesario para que la ciencia y hasta el recuerdo de esos pueblos gloriosos quedasen abolidos para siempre? Menos que nada: que un imperceptible estremecimiento atravesara la corteza del globo. 
¡Qué percance irreparable que los manuscritos señalados por el documento hayan sido destruidos junto con la caja de hierro que los contenía! Pero, por grave que fuera tal percance, era imposible guardar alguna esperanza, pues los obreros, para cavar los cimientos, habían removido el suelo en todas las direcciones. Resultaba evidente que el hierro se había corrompido con el tiempo, mientras que el estuche de aluminio aguantaba victorioso. 
Por otra parte, no hacían falta más elementos para que el optimismo de Sofr se viera inevitablemente convulsionado. Si el manuscrito omitía todo detalle técnico, prevalecía en indicaciones generales y probaba de manera contundente que la humanidad había avanzado tiempo atrás sobre el camino de la verdad más de lo que lo hizo después.

En aquel relato constaba todo; las nociones que Sofr manejaba, y otras que jamás se hubiera atrevido a imaginar. ¡Hasta la explicación del nombre de Hedom, a raíz sobre el cual se habían entablado tantas inútiles discusiones! Hedom era una variación de Edem, que lo era a su vez de Adán, nombre que a su vez sería variación de alguna palabra más remota. 
Hedom, Edem, Adán, es el símbolo eterno del primer hombre, y también es una explicación de su llegada sobre la Tierra. Por cierto, Sofr había negado equivocadamente a este ancestro, cuya realidad se hallaba confirmada sin ninguna duda por el documento, y es el común de la población que tenía razón al otorgarse tales antepasados. Pero, tanto en ese sentido, como en todos los demás, los Andart’-Iten-Schu no habían inventado nada. Se habían conformado con decir una vez más lo que ya había sido dicho antes que ellos. 
Y cabe suponer, después de todo, que los contemporáneos de quien escribiera el relato no hayan inventado demasiado. Es probable que sólo hayan recorrido nuevamente, ellos también, el camino realizado por otras humanidades surgidas antes que ellos 
¿Acaso el manuscrito no hacía referencia a un pueblo de los atlantes? Y de estos atlantes, eran sin duda, los restos casi impalpables que se habían descubierto gracias a las excavaciones de Sofr sobre el limo marino. ¿Qué grado de verdad había alcanzado esa antigua nación al momento de ser barrida de la faz de la Tierra por la invasión del océano? 
Como fuere, después de la catástrofe nada había quedado de su obra, y el hombre se vio obligado a retomar su ascensión, hacia la luz, desde el pie de la montaña. 
Tal vez lo mismo sucediera con los Andart’-Iten-Schu. Tal vez lo mismo sucedería después de ellos, hasta el día…

¿Pero llegaría alguna vez el día en que el deseo insaciable del hombre quedara plenamente satisfecho? ¿Llegaría alguna vez el día en que, habiendo trepado la cuesta, pudiese descansar al fin en la cumbre conquistada? 
Así se debatía el zartog Sofr, inclinado sobre el venerable manuscrito. 
Mediante ese testimonio de ultratumba, imaginaba el terrible drama que se desarrollaba perpetuamente en el universo, y su corazón rebosaba de piedad. 
Sangrando por los incontable males que había padecido todo lo que vivió antes que él, doblándose debajo el peso de esos vanos esfuerzos acumulados en la infinitud de los tiempos, el zartof Sofr-Ai-Sr adquiría, lenta y dolorosamente, la íntima certeza del eterno recomienzo de las cosas. 
 

Título original: Hier et Demain,1910 
Publicado en español: Ayer y mañana, Ediciones Orbis, 1987. Colección Biblioteca Julio Verne, nº 47



  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
 
Palabras claves, ,
publicado por masallaesoteric a las 18:34 · Sin comentarios ·  Recomendar
 
Más sobre este tema · Participar
Comentarios (0) · Enviar comentario
Enviar comentario
Nombre:
E-Mail (no será publicado):
Sitio Web (opcional):
Recordar mis datos.
Escriba el código que visualiza en la imagenEscriba el código [Regenerar]:
Formato de texto permitido: <b>Negrita</b>, <i>Cursiva</i>, <u>Subrayado</u>, <li>· Lista</li>
imgSobre mí
FOTO

Fabio Ramirez

hola soy Fabio Ramirez,Bienvenidos a este blog de novedades esotericas...

» Ver perfil

imgCalendario
Ver mes anteriorOctubre 2017Ver mes siguiente
DOLUMAMIJUVISA
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031
imgBuscador
Blog  Web
imgTópicos
» General (21)
imgNube de tags [ ? ]
imgSecciones
» Inicio
imgEnlaces
 
FULLServices Network | Blogs | Privacidad